05 noviembre 2008

Pasion; San Antonio

Los pensamientos de Lucas habrían sorprendido a Sarita si ella hubiera tenido forma de saberlos. Por primera vez en su vida, Lucas se encontraba confundido, pero su estado de ánimo no tenía nada que ver con lo que le había contado Philliphe. Lo que le perturbaba era su reacción ante el marido de Sarita. Nunca antes había odiado a un hombre a primera vista, ni siquiera a don Lorenzo, ni tampoco había considerado seriamente la idea de robar la mujer de otro hombre. Sin embargo, esta noche, detrás de. una fachada distante y cortés, estaba haciendo ambas cosas y se sentía furioso y turbado.

Las mujeres nunca habían significado demasiado para Lucas, en parte debido a su educación comanche y en parte debido a que jamás había tenido una relación estable con ninguna. No había conocido el amor de una madre y por cierto, que su matrimonio no lo había hecho encariñarse con el sexo débil. En lo que a él se refería, las mujeres servían para dos cosas: le daban placer físico a un hombre y engendraban hijos. Más allá de eso, tenían poco valor para él. Nunca había mantenido a una amante más de unas semanas, ni tampoco había perseguido a una mujer; había demasiadas que se mostraban más que dispuestas a meterse en su cama, cosa que a él le desagradaba. Varias mujeres casadas habían conocido su deseo, pero los maridos de ellas sólo le habían inspirado desprecio... hasta ese momento. Hasta que conoció al marido de la mujer que se había adueñado de sus pensamientos más de lo que a él le gustaba admitir.

Su reacción violenta ante Philliphe Mignon lo confundía, así como también el hecho de que cada vez que alguien se refería a la princesa como la mujer de Philliphe deseaba arrancarle la lengua al que hablaba. Ni siquiera podía pensar en ella como Sarita: ¡Sarita era la esposa de Philliphe, pero la princesa era suya! Y al imaginarla entre los brazos de Philliphe sentía tanta ira y dolor que la mente se le ponía en blanco, negándose a aceptar que otro hombre tuviera derecho a poseer ese cuerpo esbelto, de reclamar su amor.

¿Qué la hacía diferente de las demás?, se preguntó Lucas con rabia, mientras echaba una mirada torva al rostro suave y hermoso de Sarita. Había conocido mujeres hermosas, aunque quizá no tanto como ella, admitió. Mujeres bellas y ardientes que se habían aferrado a él y que le habían devuelto las caricias hasta que él se había cansado de ellas y de sus exigencias. Pero no había sido así con la princesa. Ella se le había resistido desde el principio. Lucas recordó sin humor cómo se había negado a mirarlo cuando él se acercó a Silvia aquella primera vez, dispuesto a saber quién era esa hermosa criatura a su lado. Una criatura etérea con ojos color amatista y un pelo suave como un rayo de luna, que había hecho que su corazón hasta ese momento un órgano confiable, de pronto diera un vuelco cuando él la había divisado a través de la habitación en el baile de los Costa. ¿y qué había hecho ella? Con rabia recordó que no le había prestado atención y se había dedicado a sonreír a algún galán, haciéndole sentir a él deseos de arrancarle el cuero cabelludo al joven en cuestión.

Pero no fue la resistencia de ella o su atractivo físico lo que había dado origen a las extrañas emociones que le corrían por las venas como tampoco lo era el recuerdo de ese cuerpo de seda retorciéndose debajo del suyo. La pasión y la resistencia no tenían nada que ver con ese intenso deseo de cuidarla y protegerla. El, que jamás había experimentado esos sentimientos, los sentía ahora al igual que lo había hecho aquella noche en casa de los Costa y lo confundían y enfurecían. "¿Por qué ella, Santo Dios?", se preguntó con rabia. Era una ramera; lo sabía con certeza. Engañaba a su marido a cada instante y tendía sus redes a jóvenes románticos e ingenuos como Aitor. y sin embargo... y sin embargo, la deseaba como no había deseado nada en su vida. Furioso, tomó un trago del vino que habían servido con la cena y miró a Sarita con rencor mientras ella.conversaba con Aitor. ¡Cómo se atrevía a perturbarlo de esta forma! Alimentó deliberadamente su rabia y su enojo, recordándose una y otra vez los incidentes que habían demostrado que la opinión que tenía de ella era válida. Cuando la cena terminó, Lucas se había convencido de que detestaba a Sarita Mignon y que lo único que le interesaba de ella era su cuerpo hermoso. El hecho de reducir sus sentimientos a lujuria pura no le permitía alejarla de sus pensamientos, pero al menos le dejó pensar que se había recuperado de una debilidad momentánea. ¡Ninguna mujer iba a encontrar el camino hacia su corazón!

Las cavilaciones de Lucas habían pasado inadvertidas para todos, aunque Aitor le echó una o dos miradas, intrigado por su repentino silencio. Aitor tampoco estaba en su mejor estado de ánimo y su conversación con Sarita era algo forzada, sobre todo cuando descubría la mirada calculadora de Lucas sobre ellos.

Aitor había temido su encuentro con Sarita, pero a pesar de su desilusión, no le resultó tan doloroso como había creído. Sarita lo trató como siempre, bromeando con suavidad y sonriéndole alegremente. Pero a pesar de eso, él se sintió aliviado cuando terminó la comida, pues necesitaba más tiempo para asimilar la relación de Sarita y Lucas.

Philliphe, don Paco y doña Lola fueron los únicos que disfrutaron realmente de la velada y no notaron la tensión que se incrementaba en la atmósfera con el correr de los minutos. Philliphe debió de haberla sentido; más aún, los instintos que lo habían advertido en relación ron Aitor parecían haberlo abandonado ahora que estaba cara a cara con la primera amenaza real a su felicidad matrimonial.

Philliphe había presentido el enamoramiento de Aitor casi de inmediato, pero si bien consideraba que Lucas Fernandez tenía modales encantadores, no simpatizó demasiado con él una vez que pasó el entusiasmo de descubrir a alguien con su misma pasión por la ropa. Lucas era demasiado moreno y vital para su gusto y esos ojos negros y enigmáticos le ponían nervioso. Cometió el error de creer que una mujer sentiría lo mismo. Nunca se le cruzó por la cabeza la idea de que acababa de cenar con el hombre que tanto había temido que pudiera aparecer en la vida de Sarita. El hombre que podría robarle el corazón antes de que ella se diera cuenta de lo que sucedía.

Sarita tampoco había pensado en eso, pero a medida que se acercaba el momento de anunciar que ella y Philliphe partirían por la mañana, se dio cuenta de que no sentía deseos de hacerlo. Esto no tenía nada que ver con el hecho de derrotar a Lucas, pero sí con la idea de que lo dejaba y quizá jamás lo volvería a ver. Podía decirse mil veces que era débil y cobarde en lo que se refería a Lucas, podía recordarse una y mil veces sus votos matrimoniales, pero nada parecía aliviar el dolor que le causaba la idea de no volver a verlo. Estaba desgarrada entre su deber hacia Philliphe por un lado y lo que temía fuera su única oportunidad de encontrar el amor por el otro. Sabía que considerar la posibilidad de amor en relación con Lucas Fernandez era una tontería, pero no podía fingir que no había una hebra de sentimientos entre ellos, una hebra que a ella le habría gustado convertir en algo más fuerte y duradero. Pero no se atrevía. Y tampoco, admitió con angustia, podía cerrarle el corazón a su matrimonio y a Philliphe.

Finalmente, al ver que Philliphe no decía nada y sabiendo que no podía seguir postergando la partida que era el único camino que le quedaba, Sarita dijo mientras tomaban una última copa de vino:
-¡Qué maravillosa visita ha sido esta! Philliphe y yo lamentaremos mucho decirles adiós cuando nos marchemos por la mañana. Han sido tan amables con nosotros que pensaremos en ustedes todo el tiempo durante el viaje de regreso a Natchez.

Hubo un momento de silencio que a Sarita le resultó cargado de peligro, y luego don Paco y doña Lola hablaron al mismo tiempo para tratar de convencerlos de que se quedaran más tiempo. Sarita se resistió con entereza y Philliphe acudió en su ayuda diciendo que era necesario que partieran por la mañana.
-Lamento que no puedan seguir gozando de la hospitalidad de mi primo -dijo Aitor al cabo de un momento, obligándose a hablar con ligereza-, pero no se sorprendan si más adelante me ven en Natchez. Después de encargarme de los documentos legales pertinentes a la compra de las tierras que estuve inspeccionando con Lucas, regresaré a Nueva Orleáns para comprar varias provisiones. Quizá remonte el río y les haga una visita. Si es que la invitación sigue en pie, claro.

Philliphe le aseguró sin demasiado entusiasmo que seguía en pie y extendió la invitación a los Fernandez. Todos se mostraron muy corteses y dijeron lo que se dice cuando se acerca la partida... es decir, todos menos Lucas.

Lucas se puso rígido cuando Sarita hizo el anuncio y un brillo duro apareció en los ojos negros. Esperó a que todos terminaran de hablar y luego murmuró:
-¡Qué conveniente para mí! Yo también tengo cosas que hacer en San Antonio, de modo que con su permiso, les acompañaré.

Sarita quedó petrificada. Sabía que corría un riesgo al desafiarlo y que él podía tomar represalias, pero jamás se le había ocurrido que fuera a insistir en acompañarlos a San Antonio. Comprendió ahora que hubiera sido mucho más seguro permanecer en la hacienda con los demás que ponerse en la posición en que se encontraba ahora. Una vez que estuvieran lejos de la hacienda, con excepción de los sirvientes, ella y Philliphe estarían solos con él. Por un instante, Sarita recordó la muerte de Ruth. ¿Acaso él la habría orquestado? ¿La odiaría tanto como para repetir la historia? No podía ni quería creer eso de Lucas, pero tampoco deseaba que los acompañara de regreso a San Antonio.

Philliphe, sin embargo, no tenía esos temores y aceptó de buen grado la proposición de Lucas.
-¡Sería maravilloso! Siempre es agradable tener a alguien que conoce los alrededores.

Lucas hizo una reverencia y dijo con serenidad.
-Bien. Y como supongo que permanecerán unos días en San Antonio, espero que me harán el honor de aceptar la hospitalidad de la casa que poseo allí.

Sarita estaba a punto de negarse, pero Aitor habló antes que ella.
-¿Tienes una casa en San Antonio? -preguntó con sorpresa. Fue don Paco el que respondió.

-Su abuelo Silva le dejó una propiedad considerable cuando murió hace unos años y en ella se incluye la casa de la que habla. -Volviéndose hacia Philliphe, agregó:- Iba a sugerir les que pararan en una casa pequeña que tenemos en las afueras de San Antonio, pero mi hijo se me adelantó. Su casa les gustará, sin duda; la encontrarán mucho más confortable que un hotel. .

-¡Bien, entonces está decidido! -exclamó Philliphe, complacido-. Por supuesto que aceptaremos su invitación, señor.

Todo sucedió con tanta velocidad que Sarita no tuvo oportunidad de oponerse al plan, y más tarde, mientras se desvestía para irse a dormir, casi lloró de frustración. Tendría que haber sabido que Lucas haría alguna jugada así, pero no había creído que realmente le importara. Ella pensó que si le forzaba la mano, él no trataría de detenerla. Al fin y al cabo, con la opinión que tenía de ella, sin duda se alegraría de verla partir. ¿O no?

El hecho de que él no pareciera dispuesto a dejarla ir la alarmaba y al mismo tiempo la hacía sentirse extrañamente excitada.

¿Pero qué clase de tonta era?, se reprendió con fastidio. ¡Lucas Fernandez era peligroso, demasiado peligroso!

No pudo dormirse, pues la cabeza le daba vueltas sin cesar. Recordó las palabras de Concha acerca de los hechos que habían llevado a la muerte de Ruth y durante varios minutos permaneció en la cama, preguntándose si Lucas había ordenado que la mataran. Todo su ser se rebelaba ante semejante idea. Lucas podía ser peligroso, pero no lograba imaginarlo haciendo algo tan vil. Estaba segura de que era capaz de matar, pero también sabía que hubiera sido más probable que estrangulara a Ruth con sus propias manos en un arrebato de ira que hacerla matar por una banda de asesinos comanches. Esa idea no la hacía sentirse mejor, pero al menos aplacaba uno de sus temores.

Otro temor también se disipó en esa larga noche de insomnio: Lucas no le había revelado su relación con ella a Philliphe y después de mucho cavilar, Sarita llegó a la conclusión de que fueran cuales fueren sus razones, él no lo haría. El secreto que existía entre los dos la hacía retorcerse de desprecio por sí misma. Ojalá no hubiera acudido a la invitación de Ruth aquel día en Nueva Orleáns...

La mañana llegó por fin y con ella, la hora de partir. Philliphe le dio un gran susto a Sarita cuando murmuró:
-Es una vergüenza que tengamos que marchamos de esta forma precipitada. No había motivos para que no nos pudiéramos quedar unos días más, ¿verdad?

Sarita le dirigió una mirada casi temerosa, pero no había nada alarmante en el rostro de él.
-No, no los había, pero una vez que tomamos la decisión de partir, supuse que querrías hacerlo lo antes posible.

Philliphe la miró largamente, notando las sombras bajo los ojos de Sarita y la línea tensa de su boca. A pesar de que no sospechaba que Lucas Fernandez pudiera resultar atractivo para el sexo débil, Philliphe era consciente del hecho de que su mujer se había estado comportando de forma muy peculiar desde que habían llegado a la hacienda, sobre todo desde que había aparecido el hijo de don Paco. Conocía bien a Sarita, y habría sido un tonto si no hubiera sospechado que algo la perturbaba. Varias veces había tratado de que ella se lo dijera, pero Sarita siempre se había evadido, como lo estaba haciendo ahora.

Cuando llegó el momento de decir adiós, Sarita se sintió emocionada. Detestaba tener que despedirse de Aitor, pues él significaba mucho para ella, y don Paco y doña Lola habían si do tan amables que le parecía un acto de suma desconsideración marcharse tan súbitamente.

Don Paco había insistido en enviar diez hombres para incrementar la protección del grupo de modo que fue una caravana bien armada la que finalmente partió de la hacienda. Lucas, montado sobre su corcel gris, su expresión ocu1ta debajo del ala del sombrero negro, se adelantó al carruaje cuando atravesaron los portones. Su presencia vital le recordó a Sarita que todavía no había escapado del peligro mayor. De pronto, deseó intensamente estar otra vez en las tranquilas calles de Natchez.

La tristeza de Sarita al dejar la hacienda había sido obvia para Philliphe y él estaba seguro de que había algo más detrás de la mera despedida. ¿Acaso ella habría descubierto que amaba a Aitor más de lo que había creído? Philliphe frunció el entrecejo. ¡No, desde luego que no! ¿Entonces qué la preocupaba? Philliphe no solía entrometerse, pero decidió que haría un último intento por enterarse de cuál era la causa de la tensión y tristeza de Sarita. No dijo nada durante varios kilómetros, pues quería darle a ella la oportunidad de recuperar la compostura. Finalmente, mientras contemplaba con atención sus botas brillantes, dijo:
-¿Quieres decirme cuál ha sido la verdadera razón por la que nos hemos marchado de la hacienda tan rápidamente?

Sarita mantuvo la vista fija sobre las manos enguantadas que apretaba sobre el regazo. De pronto tuvo miedo de las mentiras y verdades a medias.
-¿De veras quieres saberlo, Philliphe? -preguntó al cabo de unos instantes.

Ahora que ella iba a decírselo, a Philliphe no le pareció una idea tan buena. Pensó un momento y luego replicó con serenidad.
-No, creo que no, querida. Sarita lo miró y sonrió.

-¿Alguna vez te he dicho, querido Philliphe, que siento un cariño profundo por ti?

Una expresión complacida cruzó por el rostro de él.
-No, creo que jamás me lo has dicho -declaró. Y como si necesitara seguridad, agregó-: ¿de veras?

-Sí, Philliphe. Te quiero mucho, mucho -sonrió Sarita, sintiéndose culpable por haberlo engañado de forma involuntaria.

No conversaron mucho después de eso, pues cada uno estaba sumido en sus propios pensamientos; Philliphe se felicitó por haber confiado en Sarita y no dejado que las sospechas y celos desbordaran de su razonable límite.

En cuanto a Sarita, no había estado diciendo cualquier cosa cuando le aseguró a su marido que lo quería profundamente. Era cierto. Y aunque sabía que él nunca despertaría en ella las pasiones que Lucas encendía sin ningún esfuerzo, de pronto decidió que se esforzaría más para que su matrimonio funcionara bien. Una vez en casa, podría olvidar a Lucas Fernandez y el poder que ejercía sobre su corazón.

No obstante, Sarita estaba obstinadamente segura de que no amaba a Lucas. El amor no llegaba de forma tan rápida, tan involuntaria, pensó, desesperada. El amor era lo que ella y Philliphe compartían, un aprendizaje placentero, una relación que cada día se tornaba más entrañable y no algo que se asemejaba a un rayo salido de un cielo límpido. No era algo que hacía que el corazón le latiera alocadamente cada vez que veía la figura erguida y fuerte de Lucas, ni el estremecimiento que sentía al imaginarse en sus brazos, al pensar en la boca de él sobre la suya. No, eso no era amor... ¡Era sólo un estúpido deslumbramiento!, se dijo con firmeza. Decidió que de algún modo sobreviviría a los próximos días y luego, por fin, estaría de regreso en Briarwood, dejando atrás a Lucas y todo lo relacionado con él.

Pero era más fácil hacer la promesa que cumplirla; así lo descubrió Sarita esa noche cuando se detuvieron para acampar .Eligieron un lugar separado cerca de un arroyo; en otras circunstancias, a Sarita le hubiera resultado encantador. Pero había dos muy buenas razones que le impedían disfrutar del paisaje: la primera era el lamentable hecho de que Philliphe había celebrado el regreso a la civilización de forma algo exagerada, bebiendo una considerable cantidad del coñac que había traído consigo desde Natchez; al cabo de poco tiempo estaba roncando apaciblemente en uno de los carromatos, más ebrio de lo que Sarita lo había visto nunca. Para ella fue un gran golpe, porque si bien sabía que Philliphe bebía con entusiasmo -¿qué caballero no lo hacía?- nunca había bebido delante de ella y la situación le resultaba angustiante. Y por supuesto, la otra razón por la que no podía disfrutar de la noche era la presencia de Lucas.

El se había mostrado heladamente cortés durante todo el día y Sarita pudo evitar estar con él sencillamente porque él prefirió montar su caballo en lugar de viajar en el carruaje. Su comportamiento hacia ella era tan formal y correcto que Sarita se preguntó si no se habría equivocado respecto de la razón por la que él quería acompañarlos. Trató de no pensar en él, trató de no pensar en el motivo por el que viajaba con ellos, pero no lo logró.

Las razones de la frialdad de Lucas eran simples. Estaba tan furioso con Sarita que no confiaba en poder tratarla nada más que con puntillosa cortesía. No sólo lo había tomado por sorpresa con su rebeldía; lo peor era que Lucas había descubierto que no podía dejarla marcharse de su vida, como lo habría hecho con cualquier otra mujer. "¡Y lo mejor que se me ocurre hacer es seguirla como un idiota enamorado!", pensó con furia.

Era cierto que tenía cosas que hacer en San Antonio y también era cierto que había pensado partir esa mañana para la ciudad. Pero era igualmente cierto que de no haber sido por Sarita, habría partido de la hacienda con las primeras luces del alba y se habría adelantado a la lenta caravana de los Mignon por más de medio día. El saber precisamente el no haber hecho eso no mejoraba su humor en absoluto. "¡Princesa! ¡Al diablo con su belleza!"

La cena a la luz de la fogata, había sido decididamente incómoda. Philliphe estaba demasiado borracho como para ser un compañero agradable; no hablaba mucho y cuando lo hacía decía disparates. Y entre Sarita y Lucas había un silencio tenso y hostil.

Con alivio, Sarita finalmente se retiró a la intimidad del carromato donde dormía. Pero después de moverse de un lado a otro sin poder dormir, se puso una bata de raso verde y bajó del carromato.

El campamento estaba en silencio, roto por el crujido de las últimas llamas y los ruidos de los caballos y bueyes. Todos parecían estar durmiendo, menos dos hombres que estaban junto al fuego y otro que hacía guardia cerca del carruaje. Lucas no estaba por ninguna parte. Aunque sabía que no era prudente alejarse, Sarita no pudo resistir la tentación de caminar hasta la pequeña cascada, fuera de la vista del campamento.

No había luna llena, pero la luz la guió de todos modos. El susurro del agua sobre las rocas la llenó de paz y tranquilidad.

Pero la paz no duró. Sarita había tomado un poco de agua con las manos y se disponía a beberla, cuando la voz de Lucas la hizo volverse bruscamente.

El estaba apoyado con descuido contra un árbol. El ala del sombrero ocultaba la expresión en los ojos negros, pero la luz de la luna revelaba la curva burlona de sus labios.
-¿No habrás pensado realmente que iba a dejarte escapar con tanta tranquilidad, no es así, princesa?

Sarita vaciló, pues no sabía cuál era el estado de ánimo de él. No parecía enojado, pero había una nota en su voz que a ella no le gustaba. Agotada por la lucha consigo misma, Sarita se encogió de hombros y dijo en voz baja:
-No... pero esperaba que comprendieras la insensatez de nuestra relación. Nada bueno puede resultar de ella, como sin duda lo sabrás.

El esbozó una sonrisa peligrosamente atractiva y se apartó del árbol con un movimiento ágil. Echando el ala del sombrero hacia atrás con un dedo, le recorrió el cuerpo con ojos abiertamente sensuales.
-Yo no diría eso, mi vida, se me ocurren muchas cosas buenas que podrían suceder entre nosotros... que han sucedido entre nosotros.

Sarita captó la insinuación y sintió deseos de borrar esa sonrisa burlona del rostro de Lucas. Apretó los puños, sin darse cuenta de lo que hacía.

Lucas vio el movimiento instintivo y sonrió provocativamente. Se acercó a Sarita y terció:
-Si estuviera en tu lugar, no lo haría, princesa. Tócame y ambos sabemos lo que sucederá.

Sarita tragó con fuerza, deseando que él no estuviera tan cerca, deseando no percibir con tanta intensidad la atracción de ese cuerpo fuerte y tibio. Dio un paso atrás y sintió las rocas detrás de ella. Atrapada entre Lucas y las piedras, levanto el mentón con gesto desafiante y trató de fingir una serenidad que no sentía.
-Creo que ya no hay nada de qué hablar. De modo que si me haces el favor de echarte a un lado, regresaré a mi cama.

-¿Sola? -la provocó él. Fue entonces cuando Sarita sintió el leve aroma a whisky en su aliento y pasando por alto su pregunta, dijo con rabia:

-¿Tú también estás borracho?

Lucas sacudió la cabeza.
-¡En absoluto! A diferencia de tu marido, sé beber.

Sarita se sonrojó ante la referencia a Philliphe.
-¡Estás borracho! -replicó con vehemencia.

-No. Tu marido lo está -respondió Lucas con tranquilidad. Había un brillo divertido en los ojos negros-. Es posible que haya bebido más de lo que se debe antes de visitar a una dama, pero no, no estoy ebrio.

Lucas decía la verdad. Jamás sería tan tonto como para emborracharse en la ruta. Pero era verdad que había bebido más whisky de lo que quizás era prudente en tales circunstancias. Pero aun borracho, se controlaría a sí mismo mejor que Philliphe, y su estado actual lo volvía más audaz, menos cauteloso, infinitamente más peligroso... La ira se había disipado, dejando en su lugar una extraña vulnerabilidad que habría aniquilado si el alcohol no le hubiera debilitado el férreo control que mantenía sobre sus sentimientos. Pero para él, Sarita era más potente que cualquier bebida y sin darse cuenta de lo que hacía, Lucas extendió el brazo y delineó el rostro de ella con los dedos,
-Eres muy bella, princesa. Tan bella que yo... -Se detuvo de pronto y clavó los ojos en los de Sarita, como si buscara la respuesta a algún enigma en las profundidades verdes.

La suave caricia de la mano de él sobre su mejilla era un dulce tormento y Sarita se estremeció, Sabía que debía apartarse, pero estaba atrapada por el hechizo de su virilidad.
-Lucas, por favor... -comenzó a decir, pero la boca de él se acercaba y las palabras murieron en la garganta de Sarita.

Nunca la había besado así; era como si el whisky hubiera hecho desaparecer al hombre duro y sarcástico que ella conocía tan bien, y dejando al descubierto el amante gentil que se mantenía siempre tan oculto, Había un torrente de ternura en ese beso y Sarita sintió que su resistencia se desintegraba; entrelazó los brazos alrededor del cuello de él buscando la calidez de su cuerpo.

Estaban perdidos el uno en el otro, Lucas bebiéndose la dulzura que Sarita le entregaba y ella aceptando el éxtasis de volver a estar entre sus brazos. Lucas la apretó con fuerza contra él y Sarita pudo sentir su palpitante deseo.

Se estremeció contra él, ansiando la plenitud que sólo él podía darle.

El repentino relincho de uno de los caballos hizo volver de inmediato a Lucas a la realidad. Respirando entrecortadamente, tenso de ardiente pasión, levanto la cabeza y escuchó con atención, tomando conciencia de pronto del peligro que corrían. Este no era el momento ni el lugar para lo que él quería de Sarita y con repentina rabia admitió que el momento adecuado para él y la mujer que tenía entre los brazos podía no llegar nunca... a menos que él lo hiciera suceder.

Sarita lo sintió apartarse y se avergonzó ante la decepción que la invadió. Su mente podía resistirse, pero su cuerpo no era tan quisquilloso; las punzadas de deseo que sentía en la boca del estómago eran muy reales.

Al cabo de un momento, Lucas tuvo la seguridad de que el relincho del caballo no había anunciado nada siniestro. Miró a Sarita con una sonrisa apesadumbrada y murmuró:
-Por mucho que te desee, no arriesgaré el pellejo por la dicha momentánea. Lo lamento, mi vida, creo que el mejor lugar para ti ahora es tu cama. Sola.

Humillada por su reacción ante la proximidad de Lucas y también por la facilidad con que él dejaba a un lado lo que había sucedido, Sarita se puso rígida. Apretó los dientes y dijo:
-¿Quieres hacer el favor de soltarme, entonces? Lucas maldijo en voz baja cuando se dio cuenta de lo torpes que habían sido sus palabras. Tomándola con fuerza por los hombros, masculló:

-No quise decirlo de esa forma. -Esbozó una sonrisa torcida y agregó:- Cuando estoy contigo, sólo puedo concentrarme en ti y aquí afuera eso podría resultar mortal. No estoy acostumbrado a dar explicaciones, princesa, pero no quise subestimar lo que acaba de suceder. Sería mucho más prudente para ti regresar a tu carreta y en lugar de besarte, debería haberte dado una buena reprimenda por haberte atrevido a pasear por la oscuridad.

Sarita echó la cabeza hacia atrás para mirar el rostro adusto de él y sintiendo repentinos deseos de discutir, lo desafió:
-¿Por qué no lo hiciste, entonces?

Pero Lucas no estaba dispuesto a polemizar. La atrajo hacia él y murmuró contra su mejilla:
-Sabes muy bien por qué no lo he hecho. -Sin poder resistirse a la seducción de esa boca rosada tan cerca da la suya, volvió a besarla largamente. Fue un beso que dejó a Sarita sintiéndose débil y deseando más.

Lucas, tampoco parecía dispuesto a dar por terminado el encuentro; la mantuvo abrazada contra él y le acarició la mandíbula con los labios. Su estado de animo era tan poco característico de él que Sarita descubrió que reaccionaba a su calidez como nunca lo había hecho antes. No había frialdad en Lucas, sólo seducción y ternura. "Debe de ser el whisky", pensó ella sin ninguna lógica. No podía haber otro motivo.

Pero Sarita se equivocaba; sí, el whisky había hecho desaparecer la ira de él, pero era ella la que lo enloquecía. Aunque sabía que era una locura, Lucas quería tenerla entre sus brazos a cualquier precio. Mañana podría estar otra vez furioso, pero ahora lo único importante era que ella se entregaba con ardor a sus caricias.Sarita lo embriagaba como el vino y Lucas descubrió que decía cosas que jamás habría dicho. -¿Sabes que fui a Natchez a buscarte? -susurró de pronto, mientras le mordisqueaba una oreja. Hizo una mueca burlona y agregó con dureza-: Pero me enteré de que eras muy feliz con tu matrimonio, de modo que me marché.

Los ojos de Sarita se agrandaron por el asombro y se apartó de él, exclamando:
-¡Entonces eras tú! .

-¿Qué quieres decir? -preguntó Lucas, levantando la cabeza, perplejo.

-Alrededor de un año después de... de que nos conocimos, alguien me dijo que un hombre alto y moreno había estado preguntando por mí -confesó Sarita, sin mirarlo.

El arqueó una ceja y murmuró con sarcasmo:
-¿Y sencillamente supusiste que era yo? Podría haber sido Curtis ¿sabes?

-¡Curtis no es alto! -replicó ella y se mordió el labio con fastidio. Eso no era lo que había querido decir. Se recuperó un poco y agregó con frialdad-: Curtis no andaría preguntando por mí. No hay nada entre nosotros, pese a lo que te guste creer.

El se encogió de hombros y replicó:
-No quiero hablar de Curtis. -Recorrió el rostro de ella con los ojos y añadió:- Preferiría hablar de nosotros.

-¡No existe el nosotros! -exclamó Sarita acaloradamente, sabiendo que no decía la verdad.

-Mientes, mi vida. Podrás estar casada con esa pobre imitación de un hombre, pero eres mía aunque no quieras admitirlo -terció Lucas, mirándola con intensidad.

Temiendo que él tuviera razón, Sarita luchó para liberarse de los brazos masculinos y enfrentándose a Lucas, dijo en voz baja:
-¡No soy de nadie! ¡Ni tuya, ni de Philliphe, ni de nadie!

Lucas se limitó a sonreír y murmurar:
-El tiempo lo dirá, ¿no crees?

Ella le dirigió una mirada furiosa y tras girar sobre los talones, se encaminó apresuradamente hacia su carreta. ¡Canalla arrogante!


La casa que Lucas había heredado de su abuelo materno estaba situada en un extremo de San Antonio, cerca de la caleta del mismo nombre. Era de dos plantas y tenía altas y elegantes columnas que traían a la mente las plantaciones de la Virginia natal del abuelo Silva.

No era una casa enorme, pero sí confortable; las habitaciones eran amplias y estaban suntuoMarianoente decoradas. Una diminuta mujer mexicana les mostró a Sarita y a Philliphe los dormitorios que ocuparían.

Era evidente, por el alboroto que causó la llegada de la caravana, que Lucas no pasaba demasiado tiempo en la casa. Los criados lo recibieron con efusivas muestras de afecto y se desvivieron por llevar a cabo sus órdenes. Sarita tuvo la sensación de que lo apreciaban mucho.

La habitación que le adjudicaron le agradó, quizá porque le recordaba a Natchez y la hacía olvidar por un instante que estaba en la casa de Lucas Fernandez y que tenía que enfrentar todavía varios días de peligro. Su placer se Evaporo, sin embargo, cuando descubrió que no era posible pasar de su habitación a la de Philliphe; no había una puerta que las uniera. Hacía años que ella y Philliphe no compartían el dormitorio, pero Lucas no lo sabía y era decididamente extraño que un anfitrión ubicara a marido y mujer en habitaciones totalmente separadas.

Philliphe no pareció darle ninguna importancia al hecho cuando instantes más tarde, entró en la habitación de Sarita. A decir verdad, se mostró sorprendido de que ella lo mencionara.
-Pero no cambia nada, querida; al fin y al cabo no compartimos las intimidades matrimoniales.

Olvidando la necesidad de mostrarse cautelosa, Sarita exclamó:
-¡Pero él no lo sabe! ¡Nadie lo sabe excepto nosotros!

-Puede ser, pero no me parece que tengas que quejarte sólo porque nuestras habitaciones no se conectan. Estoy a unos pasos de ti, siguiendo por el corredor.

Sarita se dio cuenta de que su insistencia podría meter la en la clase de situación que quería evitar, de modo que dijo con fingido descuido:
-Tienes razón; es una tontería. No me prestes atención, Philliphe. No volvieron a tocar el tema y bajaron juntos por la amplia escalinata. Pero Sarita seguía preocupada. De pronto se vio obligada a ahogar una exclamación cuando se le ocurrió la idea de que quizá Lucas tratara de aprovecharse vilmente de la situación.

Esa suposición era una injusticia de su parte para con Lucas. Era cierto que él era perfectamente capaz de seducir a la mujer de otro hombre, pero una forma de honor retorcida le impedía hacerlo bajo su propio techo. Sin embargo, no fue por accidente que Philliphe fue a dar a la habitación del otro lado del corredor; quizá Lucas no fuera a hacerle el amor a Sarita, ¡pero tampoco iba a facilitarle a Philliphe el acceso a los encantos que a él se le negaban!

La cena no fue demasiado vivaz. Sarita se concentró en no prestar atención a la presencia magnética de Lucas en la cabecera de la mesa y él estaba cautivado por la belleza de ella, de modo que se limitó a responder distraídamente a la conversación de Philliphe, que disfrutaba de la cena, pues no había notado la tensión entre los dos. Supuso que Sarita se mostraba fría e indiferente porque Fernandez no era de su agrado y esto lo satisfizo de modo que se esforzó por ser amable con su anfitrión. Pero cuando terminó la cena, Philliphe estaba cansado y aburrido.

Una vez agotado el tema de la ropa -cosa que hicieron de inmediato, pues Lucas había fingido su aparente interés en la moda la noche en que se habían conocido- quedó poco terreno en común entre ellos. A Philliphe no le interesaban en absoluto los temas que atraían a Lucas y mucho menos los problemas que acosaban a la República; a Lucas le parecían ridículas las frivolidades que interesaban a Philliphe. En consecuencia, cuando terminó la cena, la conversación comenzó a flaquear y Philliphe comenzó a buscar una forma de divertirse.

Si hubiera estado solo con Sarita, le habría deseado las buenas noches, dando por sentado que ella tendría alguna forma de pasar el tiempo y se habría ido a divertirse en alguna taberna, como solía hacerlo en Natchez. Pero aunque no creía que Lucas resultara atractivo a las damas, no le parecía bien dejar a Sarita sola en la casa de Fernandez. Por cierto que no creía que él fuera a comportarse de manera poco caballerosa, pero algo lo instaba a quedarse junto a su mujer. De cualquier forma, después de cavilar sobre las posibilidades de diversión para la velada que le esperaba, tuvo la feliz ocurrencia de renovar la relación amistosa con Mariano y Bernarda Moreno.

La idea fue bien recibida; Lucas llegó al extremo de sugerir que un mensajero partiera de inmediato para invitar al matrimonio Moreno al café, que se serviría en el gran patio detrás de la casa. Sarita se sintió tan aliviada que casi besó a su marido. Sería agradable volver a ver a los Moreno y la presencia de ellos disiparía la peligrosa intimidad. Pero la curiosidad le obligó a preguntarle a Lucas:
-¿Los conoce? La boca de Lucas se curvó en una sonrisa irónica.

-Sí, cuento a Mariano y Bernarda entre mis pocos amigos en San Antonio. El hecho de que mi abuelo -a quien ellos conocían- hubiera elegido unirse a una mestiza comanche nunca les importó. Fueron amables con mi abuelo y lo son también conmigo.

Sintiendo que había cometido una falta social, Sarita apartó la mirada y murmuró:
-Ah.

Esta era la primera vez que Philliphe oía hablar de la abuela mestiza y decidió de inmediato que la incomodidad que sentía respecto de su anfitrión se debía a la sangre indígena de este. Frunció el entrecejo y jugueteó nerviosamente con su copa de vino. "Desde el primer momento en que lo vi, supe que había algo extraño con este individuo", se dijo y llegó con pesar a la conclusión de que tendrían que marcharse lo antes posible. "¡No puedo exponer a Sarita a un maldito comanche! ¡Vaya, quién sabe qué puede ocurrírsele hacer!"

Por fortuna el criado encontró a los Moreno en casa y ellos aceptaron gustosos la inesperada invitación. Una hora más tarde todos estaban sentaos en la gran terraza disfrutando del aire nocturno. Los Moreno se mostraron encantados de volver a ver a Sarita y a Philliphe y expresaron su pesar por la interrupción del viaje a Santa Fe.
-¡Silvia se sentirá tan decepcionada! -exclamó Bernarda cuando se enteró de la razón por la que estaba Nuevamente en San Antonio, y Sarita se sintió como una estúpida.

Lucas la dejó balbucear excusas durante un momento y luego, como si se apiadara de ella, cambió de tema.
-¿La reunión con los jefes Pehnahterkuh sigue planeada para mañana? -le preguntó a Mariano Moreno.

Mariano asintió.
-¿Es por eso que estás aquí? -preguntó con suspicacia-. ¿Para asistir a la reunión?

Lucas encendió un cigarro delgado y miró a Sarita un instante antes de responder.
-Sí. Estuve con Houston hace unos días y a él le pareció una buena idea que yo estuviera. Quiere que "observe" la reunión.

Sarita sintió que se ruborizaba y se alegró de que estuviera oscuro.
"¡Qué estúpida fui al creer que venía a San Antonio por mí!", pensó con humillación. Se sintió desgarrada entre el alivio y la tristeza; una parte de su ser se alegraba de que el viaje de Lucas no tuviera nada que ver con ella y la otra parte...

-¿Sería posible que yo asistiera a la reunión con usted? -preguntó Philliphe de pronto, sintiendo deseos de ver a uno de estos salvajes coman ches de cerca-. Me gustaría ver a un romanche antes de marcharme de Texas.

Philliphe hablaba igual que muchos hombres blancos, como si un comanche fuera una criatura de otro mundo y Lucas sintió una oleada de rabia. Estaba a punto de decir algo de lo que se hubiera arrepentido, cuando Mariano rió y exclamó:
-¡Pues si alguien puede meterlo dentro del edificio del consejo mañana, ese es Lucas Fernandez! ¡Viene con la aprobación de Mariano Houston! -Miró a Lucas y añadió:
-¿Por qué no lo llevas? Después de todo, no siempre se puede ver a un comanche y vivir para contarlo.

Lucas accedió de mala gana. Philliphe era la última persona con quien quería estar en la reunión, pero no podía negarse.

Bernarda se volvió hacia Sarita y dijo en voz baja:
-Yo soy una de las mujeres que se encargarán de los prisioneros a quienes se liberará mañana. No sabemos cuántos habrá ni en qué condiciones estarán, pero nos vendría bien otro par de manos, si es que usted quiere ayudar.

-Sí, desde luego -replicó Sarita con entusiasmo, feliz de que Bernarda pensara que podría resultar útil.

-¿Crees que habrá problemas? -le preguntó Moreno a Lucas-. Sé que el coronel Fisher está aquí con tres compañías de soldados.

Lucas se encogió de hombros. -Depende de los términos y de cómo estos se presenten. Hay que recordar que los comanches son una raza orgullosa y están acostumbrados a que se les trate con temor y respeto.

El rostro de Mariano se ensombreció.
-¡Lucas, si piensas que vamos a inclinar la cabeza ante una banda de sucios y malolientes...! -Se interrumpió al recordar que parte de esa sangre "sucia y maloliente" corría por las venas de Lucas, pero como él no dijo nada, Mariano agregó con más serenidad:- El coronel Fisher dejó claro que no habrá trato amenos que se libere a todos los prisioneros texanos mañana.

Lucas respiró hondo y dijo lentamente:

-En ese caso, quizás haya problemas porque no creo que traigan a todos los prisioneros. Creo que no liberarán a más de uno o dos cada vez. Conociendo a los comanches, puedo asegurarte de que tratarán de negociar individualmente por cada mujer y niño y pretenderán que se les pague caro por ellos.

Con la voz cargada de hostilidad, Mariano replicó:
-¡Y nosotros, los texanos, no pensamos rendirles ni el más mínimo tributo! No pagaremos rescate por gente a la que no se tendría que haber tomado prisionera, en primer lugar.

Lucas fumó en silencio un largo instante. Finalmente, declaró con tono lacónico:
-¡Entonces, amigo, es muy probable que haya problemas!


*Siento el retraso nuevamente pero el curro... ya sabéis.... Voy a provechar para dejaros programados un par de capis para los proximos dias.... y no sufráis, que ahora llega lo mejor.

Besotes

5 comentarios:

Anónimo dijo...

Cada capitulo me gusta mas y se me hace mas corto. Este hombre va a acabar conmigo, que complicado que es y esa pasion que destila , me vuelve loca.

Ya estoy esperando ese algo mejor que nos has anticipado y gracias un dia mas , por regalarnos un poquito de tu limitado tiempo.

Besos.


CHIQUI.

Anónimo dijo...

Gracias por la nueva entrega.
Este Lucas Fernández es tan complejo, apasionado e interesante...
Qué suerte tiene la princesa!

Anónimo dijo...

Himaraaaa jamía que no hay quien te vea el pelo, salvo si vamos a que nos pongas pepinillos. Esta Pasión está cada vez más interesante.

Un besote.

Blue.

Anónimo dijo...

Qué va a ser el whiski, es que el es así de apasionado en relidad.

Gracias otra vez por este magnífico relato. Sigue cuando puedas (¡pronto! jajaja).

María A.

Anónimo dijo...

Jjejejj qué suerte he tenido hoy, acabo con uno y tengo el otro esperando jajaajjaja sesión doble de pistolero. Me ha encantado el tira y afloja de esta comanche Ummmmmmm que debate tiene en su interior...aprovechará la ocasión en su casa? aunque me temo, como el dice, que van a llegar problemas. Me voyyyy corriendo a leer máaaaas jajajaaajajaj.

Besos.

Ayla.