Era mediodía, a fines de septiembre, y las paletas de los ventiladores que se movían lentamente no aliviaban el calor y la humedad del pequeño comedor de hotel. Lucas había llegado a El Cairo el día anterior. Aquella mañana había conseguido encontrar un traje más o menos decente y había ordenado todo lo que necesitaba para el viaje de regreso a España. Ahora estaba paladeando una copa de coñac y esperaba la comida; su mente estaba totalmente vacía. No deseaba pensar en los últimos ocho meses, que habían sido para él un verdadero infierno.
—Lucas Fernández, ¿verdad? Qué coincidencia verlo aquí. ¿Qué lo trae a El Cairo?
Lucas alzó los ojos y vio a Gonzalo Miranda de pie frente a la mesa.
—Tenía que atender algunos asuntos —replicó Lucas. Se preguntó si Gonzalo sabía que esos asuntos se relacionaban con Sara—. Pero ahora he terminado, y a fines de mes regresaré a España. ¿Quiere almorzar conmigo? —preguntó cortésmente Lucas.
—En realidad, estoy esperando a una persona con quien me cite para almorzar; pero beberé una copa con usted mientras ella llega.
—¿Se reunirá aquí con su hermana? —preguntó Lucas, con la esperanza de que la respuesta fuese negativa.
No deseaba verla ahora... o nunca.
—Sara regresó a España hace unos cinco meses. No podía soportar Egipto. Tampoco a mí me agrada mucho este país. El único aspecto positivo de mi estancia aquí fue conocer a mi esposa. Nos casamos el mes pasado y muy pronto volveremos a casa; probablemente en el mismo barco que usted.
—Imagino que corresponde felicitarlo. Por lo menos, su viaje a Egipto no fue una pura pérdida... a diferencia del mío —dijo amargamente Lucas. De buena gana se alejaba de Egipto y de los recuerdos recientes que el país evocaba en él.
Gonzalo Miranda se levantó e hizo señas en dirección a la entrada y Lucas vio a dos hermosas mujeres que se aproximaban a la mesa. Gonzalo besó en la mejilla a la mayor de las dos jóvenes y presentó a su esposa y su cuñada.
—El señor Fernández es un conocido de Madrid. Parece que volveremos juntos a España —dijo Gonzalo a las damas.
—Me alegra muchísimo conocerlo, señor Fernández —exclamó Estelle Hendricks—. Estoy segura de que el viaje será muchísimo más agradable con usted. Señor Fernández, no está casado, ¿verdad?
—¡Estelle! —exclamó Kareen—. ¡Ese asunto no te concierne! —Después, se volvió hada Lucas, una leve sonrisa en los labios sonrojados—. Señor Fernández, disculpe a mi hermana. Es una muchacha demasiado franca y siempre me trae dificultades.
La audacia de la joven divirtió a Lucas.
—No se preocupe, señora Miranda. Es reconfortante conocer a una persona que dice lo que piensa.
Aquella noche, Lucas estaba acostado en la cama del hotel y maldecía su suerte, que lo había llevado a encontrarse con Gonzalo Miranda. El encuentro había renovado vívidamente la imagen de Sara. Había abrigado la esperanza de olvidarla, pero era imposible. Noche tras noche su imagen lo perseguía; el cuerpo bello y esbelto apretado contra el cuerpo del propio Lucas; sus cabellos cuando la luz los rozaba; los ojos verde azulados y la sonrisa seductora. Sólo con pensar en ella sentía que lo dominaba una profunda excitación. Aún la deseaba, pese a que había decidido no verla nunca más.
Al principio, Lucas había pensado permanecer en Egipto. No podía regresar a España y correr el riesgo de tropezar con Sara. Pero dondequiera que miraba, la veía. En la tienda, a orillas del estanque, en el desierto... por doquier. Mientras permaneciera en Egipto no podría apartarla de su mente.
Lucas había pensado regresar a España cuatro meses antes. Pero Amair, hermano de Silvina, había llegado de visita al campamento y había revelado a Lucas la verdad acerca del secuestro de Sara. Jimîl había planeado el asunto. Había tratado de que mataran a Lucas, porque deseaba ser jeque.
Jimîl no había regresado al campamento después de llevar a Sara y devolverla a su hermano. Si hubiese regresado, Lucas lo habría matado; durante cuatro meses Lucas buscó a Jimîl, pero el árabe había desaparecido.
El día anterior a la partida de la nave, como no tenía nada mejor que hacer, Lucas fue a la plaza del mercado y recorrió los puestos y las pequeñas tiendas. Las calles estaban atestadas de árabes que regateaban. Por doquier, Lucas vio camellos cargados con fardos de mercancías.
El aroma fragante de los perfumes saturaba el aire y recordaba a Lucas la primera vez que había recorrido esa plaza, unos catorce años atrás. Entonces tenía apenas veinte años, y Egipto le había parecido un país extraño y temible. Había venido a buscar a su padre, pero no tenía idea del modo de hallarlo. Sabía únicamente el nombre de su padre, y que era el jeque de una tribu del desierto.
Lucas había pasado semanas recorriendo las calles polvorientas y preguntando a la gente si sabían de Lorén Alhamar. Finalmente comprendió que de ese modo no obtendría resultados. Su padre era un hombre del desierto, de modo que Lucas contrató a un guía para que lo llevase allí. Con dos camellos cargados de suministros, iniciaron el recorrido por las arenas candentes.
Durante los duros meses que siguieron, Lucas se familiarizó con las privaciones de la vida en el desierto. El sol ardiente calcinaba la tierra durante el día; el frío intenso lo obligaba durante la noche a buscar el calor del camello.
Durante varios días habían avanzado sin ver a nadie . Cuando se cruzaban con beduinos, éstos no conocían a Lorén, o no tenían la menor idea del lugar en que podían hallarlo.
Y de pronto, cuando Lucas se disponía a renunciar a la búsqueda, dio con el campamento de su padre. Jamás olvidaría ese día, ni la expresión del rostro de su padre cuando Lucas se identificó.
Lucas había sido feliz en Egipto, pero ya no podía soportar más la permanencia en ese país.
Mientras estuviese allí, no podría olvidar a Sara. Como aparentemente no tenía esperanza de hallar a Jimîl, decidió regresar a España. Volvería a España e informaría a Mariano de la muerte de su padre; y vendería su propiedad. Quizá fuera a Estados Unidos. Deseaba ir a un sitio muy alejado del lugar en que estuviera Sara Miranda.
* Lucas no ha podido olvidar a Sara... y parece que finalmente no se caso con Silvina..... Que pasara ahora?
besos
5 comentarios:
Estoy en un sinvivir... ya no me tengo que hacer la manicura porque ya no me quedan uñas por morder... uffff que se embarque ya rumbo a España y que encuentre de nuevo a la mujer de su vida... y al que se ponga por delante ¡que le reviente la cabeza! ..jajaja
Gracias por seguir haciéndonos soñar.
Besitos,
María A.
La cuñadita de Gonzalo no será un obstáculo,¿ verdad ?
Mira que si a Lucas le da por agarrarse a un clavo ardiendo para olvidarse de Sara. Claro que no tiene mucho sentido, porque ser el cuñado de Gonzalo no le dejaría huír de sus recuerdos de Sara.
En fin, que yo tengo ganas de que Lucas se reencuentre con Sara y conozca a su hijo. Y si ya encima lo hace en su casa.... sería un bonito guiño a " Orgullo y Prejuicio ".
Y esperaré para verlo lo que haga falta.
Un beso.
Adriana.
Pues no va precisamente a un lugar alejado de Sara...
Ya falta menos para que te crezcan las uñas, María.
Un beso p rincesas.
The second one...
Pero cómo se iba a casar con Silvina si era una patraña del Jimîl de los güitos jajaja ahora hay que echar un ojo a la hermanísima que nos la lía. Lucas por fin cada vez más cerca de saber la verdad no? más te vale Himarita jjajajjaaj que la ausencia se merece un revolcón jajajaja.
Besitos y continuo...
Ayla.
Perdón que no era Silvina jajaj era Neva no? es que Himara hija con esos nombres para no dudar jajajajaj
Muacksssssssss.
Ayla.
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