30 octubre 2011

Doble Mascara; 5º



La siente llorar tras la puerta y golpea su puño contra esta, se siente abatido y desesperado, con gusto la tiraría abajo en este preciso momento, pero como puede permitirse ese acto siendo el, el causante de sus desdichas.


Permanece un momento mas con la frente apoyada en la puerta. Nada puede hacer para ganarse su perdón, por lo menos no aquí ni ahora. Es mas, no cree merecerlo. Se ha portado con ella como un verdadero hijo de puta y nada puede cambiar ese hecho; ni siquiera que ella es la novia de su hermano siendo todavía su mujer. Se mesa el cabello aturdido. Todo lo que el ha contado Sara es tan subrealista. Tan increíble. Por un instante sopesa la idea de ir a dar con Paco. De recriminarle el daño que le causo a su hija pero con que cara hacerlo. Como se presenta después de tres años ante su amigo, como después de la forma en que se marcho. Como sin tener que descubrir su secreto, sin romper la promesa que le hizo el día de su boda a Sara.


Cabizbajo se da la vuelta para marcharse, dejando antes que sus dedos acaricien la fría madera como si del propio rostro de Sara se tratase, haciéndolo con la misma delicadeza con la que le gustaría enjugar sus lágrimas.


Esta desecho. Los acontecimientos de hace un rato han terminado por hundirlo en la miseria. Sospechaba que Sara lo odiaba pero ahora es un hecho y no puede vivir con ello. Se sube en su coche y se dirige a su apartamento pero no le apetece nada estar solo, así que, sin tiempo a arrepentirse, se encamina a casa de su padre. Tiene la certeza que no va a encontrarse con su hermano, ni con Sara, así que… donde mejor que allí.


Entra sin hacer apenas ruido y se encamina a su antigua habitación, justo al lado de la de Tomás. Necesita estar cerca de su padre esta noche y recordar por que dejo atrás toda su vida y todo lo que le importaba. Necesita recordar como tuvo el valor de dejar a Sara y sobre todo, recordar los motivos que lo impulsaron a ello antes de volverse loco.


Ya en la habitación se sirve un ron seco de la botella que cogio, de paso, de la sala. Sabe que la mejor manera para ahogar sus penas no es esa, pero si la más efectiva. Tan solo se quita la cazadora y los zapatos antes de tirarse en la cama sin deshacer. Los sucesos en el apartamento de su mujer le vienen una y otra vez a la cabeza. Como puede haberle cambiado tanto la vida en unos minutos. Con un brazo encima de los ojos, recapacita distraído. Inconcientemente esperaba encontrársela al volver a Madrid? Había vuelto con esas intenciones aun sin querer reconocérselo? Esperaba que esto pasase de un momento a otro? Que coño se supone que tenia que hacer ahora?


Los minutos pasan y el sueño, unido al cansancio y al agotamiento emocional lo hacen caer rendido, transportándolo al paraíso de sus recuerdos. Recuerdos, que sin saberlo ninguno de los dos… Sara en su apartamento y Lucas en su casa, los llevan hasta el día de su boda mientras lloran ambos recordando los momentos vividos


Habían llegado al pueblo el día anterior, El Molar era maravilloso. Había sido un impulso viajar hasta allí con Sara pero ella estaba tan desconcertada y dolida por la actitud de Paco, que una semana antes le había dado, firmada, la solicitud de emancipación precoz que el mismo había solicitado, que supo que tenia que llevársela de su entorno aunque se gastase en ese viaje todo lo que les quedaba. Tenía muy buenos recuerdos de ese pueblo. Su madre había nacido allí y muchos inviernos iban, los tres, a ver caer la nieve sobre las montañas encima de las cuevas, que servían de hogares, incrustadas en la propia ladera de esta.

Se había instalado en la pequeña cueva, que les había prestado Ramona, una vieja amiga de su madre, y habían dormido abrazados todas la noche. Por primera vez, Sara había descansado y su sueño era acompasado. Por primera vez, en casi un mes, no había intentado seducirlo descaradamente a pesar de su intención de esperar hasta que ella cumpliese los dieciocho años y fuese mayor de edad. La miraba dormir como casi cada mañana y en ese momento, protegidos por la paz de la montaña, lo supo, supo que quería pasar el resto de su vida con ella, que sin tenerla a su lado no podría vivir. Y de pronto, la idea más loca que se le había pasado, nunca, por la cabeza le pareció maravillosa. Por qué no unir sus destinos por y para siempre.

Le acaricio la mejilla dulcemente haciendo con este gesto que Sara se desperezarse y abriera sus ojos lentamente. La adoraba cuando lo miraba. Sentía que con ella mirándolo nada podía ir mal. Sentía que perdido en su mirada ambos eran invencibles.

Lu: Sara… buenos días mi niña!
Sa: Hola Lucas… buenos días!
Lu: Sabes Sara, te quiero….y podría quererte durante toda mi vida!!!
Sa: Lo se… yo también te quiero.
Lu: Princesa, cásate conmigo?
Sa: Que?
Lu: Sara, ahora tu eres mi familia… lo único que tengo…. No quiero perderte!!!!
Sa: Lucas, nunca me perderás…
Lu: Cásate conmigo?
Sa: Estas hablando en serio?
Lu: No he hablado más en serio en mi puta vida!!!
Sa: Pero…
Lu: Sara te lo diré otra vez…. Te amare siempre… cásate conmigo y ese siempre empezara desde hoy!!!!
Sa: Y si nos casamos… podré seducirte?
Lu: Ummmmm…. Supongo que si!!!!
Sa: Lucas… si quiero…. Por supuesto que quiero. Te amo, te amo, te amo.

Desayunaron entre risas, a Sara de vez en cuando se le entristecía la mirada, el lo notaba. Sentía sus silencios como pesadas losas. Sabía a ciencia cierta que se acordaba de sus padres. Si el los echaba de menos, no podía imaginar como debía de extrañarlos Sara. Paco y Lola siempre la habían adorado. Para ellos eran su niña consentida y de pronto, tan solo por haberse enamorado de el, la había apartado de su lado, dándole a elegir entre ellos, sus padres, y el, un despreciable cabron, como lo había llamado Paco en su ultima discusión.

Afortunadamente, y sin el esperarlo, Sara en un momento recogió unas pocas cosas en un bolso y tras besar a su madre, lo cogio de la mano y lo saco del piso. Era imposible razonar con Paco pero el estaba dispuesto a intentarlo por todos los medios. Estaba dispuesto a, con el corazón en la mano, confesarle todo el amor que sentía por su hija. Quería gritar al mundo entero que la amaba. Estaba dispuesto a venerarla como ella se merecía. Como a una princesa, como a su princesa.

Zarandeando la cabeza sacudió los malos recuerdos, le dio un beso a Sara, que fregaba en ese momento la loza del desayuno y, sonriendo, se encamino hacia la ducha. Este iba a convertirse, probablemente, en el día más importante de su vida y ningún fantasma se lo iba a arruinar.

Después de ducharse y vestirse, ambos salieron a la calle, donde lucia un sol esplendido. De la mano se encaminaron al pequeño ayuntamiento y recogieron los impresos en la ventanilla correspondiente. El estaba temeroso. Tenia miedo de que Sara se arrepintiese de casarse con el. Que por su edad le pusieran alguna pega aun teniendo el documento de emancipación firmado por un juez.

Los rellenaron sentados en un pequeño café. Dejaron varios apartados en blanco por que no tenían testigos, ni padrinos. A Sara se le ocurrió preguntarle a Ramona si ella quería acompañarlos en ese momento. Al final, ella y su familia, eran las únicas personas que conocía allí. Eran bellísimas personas y además, justificó, lo adoraban a el. Ramona siempre lo había adorado, a el y a su madre. Y aunque hacia mucho tiempo que no iba por allí, demasiados años, para ella siempre había sido especial, y no lo escondía. Así que ni cortos ni perezosos se acercaron hasta la peluquería que Ramona tenia a un lado de la plaza y allí, cuando por fin esta se deshizo de su ultima clienta, el mismo, le pidió a la amiga de las niñez de su madre que fuese su madrina de boda, a la que ella acepto con la lágrimas en los ojos y además, comprometió a su marido para que llevara a Sara del brazo.

Juntos, acompañados por Ramona, regresaron al ayuntamiento ya con todos lo campos de los documentos rellenos. Y esta hablo con el alcalde. Le explico que no tenían diez días como el quería hacerlos esperar. Según ella, Lucas y esa hermosa niña querían casarse al día siguiente, antes de volver a Madrid, y ellos no les podían negar ese deseo. Le explico al juez, con mucho ímpetu, que no hacia falta hacerles ningún cuestionario ni seguimiento, que en sus ojos se veía lo enamorados que estaban y que ya habían sufrido mucho por su amor incomprendido, pero que por supuesto no le iba contar toda su historia. Y el alcalde ante su ímpetu acepto, claro que ayudo que el y Ramona fuesen primos.

Pronto descubrieron que Ramona resulto ser casi como su hada madrina, como la llamo Sara. No los dejo solos en ningún momento de ese día. Ella estaba dispuesta a hacerlos un poquito más felices y ellos no podían oponerse. No cuando Sara vio el precioso vestido de novia con el que se caso Sonia, la hija mayor de Ramona, sobre la cama dispuesto para que ella se lo probase.

En un primer momento, se negó. Estaba dispuesta a casarse en vaqueros sin ningún problema. La ropa no era impórtate, tan solo el hombre al que iba unir su vida para siempre. El las oyó discutir desde el salón, donde libraba su propia batalla con Guillermo, el marido de Sonia, que insistía en que el mismo se probase el suyo. Un frac que al final le quedo corto. Los pantalones apenas le llegaban a los tobillos, y las mangas de la chaqueta, parecían tres cuartos. Un chiste.

Al parecer, como supo después, con el vestido de Sonia pasaba justamente lo contrario. A Sara le colgaba tela por todos lados. El corpiño palabra de honor no se le mantenía en su sitio y de cintura le sobraban por lo menos dos tallas. Nada que no se pudiese arreglar con unos cuantos imperdibles, mucha maña y aun más confianza, en la improvisada costurera… Ramona, aunque ni con esta, fue suficiente para hacer un milagro con el vestido.

Se pasaron toda la tarde metidas en la habitación y el la echo muchísimo de menos. Tan complicado era elegir un vestido para ponerse. Ella habría estado igual de preciosa con un saco de patatas, unos vaqueros o cualquier traje de los suyos, aun mas si era el morado, que sabia guardaba en la maleta, que se había puesto para su primera cita en los Cachis. Por fin salieron de la habitación, después de horas, ya con el asunto del vestido arreglado, No habían conseguido preparar el traje de Sonia y no importaba. A Sara le quedaba perfecto el vestido de la confirmación de Luisa, otra de sus hijas. Un sencillo traje blanco, con anchos tirantes y escote en V, con una amplia falda por debajo de las rodillas. Lucas se puso de pie para marcharse a la cueva, que ellos estaban ocupando. Les esperaba otra sorpresa y esta no tan agradable. Ramona quería que Sara pasase la noche en su casa, y así, durante la mañana, entre ella y su hija la ayudarían a prepararse. Además, no podía ver a la novia antes de la boda, era la tradición.

Al saber los planes de su madrina de bodas se quisieron hasta morir. Se habían acostumbrado a dormir juntos. Sara se abrazaba su espalda y el sentía su corazón latir, sobre su piel, hasta que se dormía y entonces se daba la vuelta, la abrazaba contra su pecho y escondía su rizos en el hueco de su cuello. Intentaron ambos protestar pero no dio resultado y con una triste sonrisa y un casto beso, el se marcho de allí, con un traje de Antonio colgado de su brazo y, sintiendo la, desconsolada, mirada de su niña clavada en su espalda.

Una vez llego a su casa comprendió el por que del interés de Ramona en que se quedase solo. El le había comentado esa misma mañana que necesitaba pétalos de rosas y velas para adornar la cueva y allí estaba todo lo que necesitaba. Quería que cuando Sara llegase, ya convertida en su mujer, se encontrase con esa sorpresa. Quería que ese día no se le olvidase jamás, quería que todo fuese especial; pero sobre todo quería a amarla sobre un lecho de pétalos de rosas hasta enloquecer ambos de placer. Necesitaba unirse a ella en la primitiva danza del amor y sentirla suya, por encima de todo y de todos, por siempre y para siempre y esa noche, deseando que llegase la mañana fue el último momento en el que fue plena y concientemente feliz.



Su corazón late raudo en su pecho, poco a poco se le amontonan todos los momentos felices que compartió junto a Sara y se asusta. El recuerdo del día de su boda, y de todos los que vivió con ella, antes y después de aquel día, lo han acompañado desde entonces y lo han mantenido cuerdo, aunque lo ha conseguido notando, a cada segundo, la agonía de su ausencia. A miles de km de ella y mucho tiempo después, todavía podía verla en aquel ayuntamiento con su precioso vestido blanco y la cara radiante de felicidad cuando sus ojos se encontraron y se hablaron con el lenguaje de las miradas. Cuando ella se sentía la mujer más feliz del mundo por estar viviendo todo aquello junto a él.


De pronto sobresaltado salta de la cama, moviendo su cabeza frenéticamente de un lado a otro. No quiere, no puede pensar más en ella. No se puede permitir seguir añorando a una mujer que jamás va a volver a tener. A una mujer que lo odia y lo desprecia, una mujer que comparte su cuerpo, y esto le enferma de rabia y de celos, y su corazón con alguien que no es el; a pesar de que, ante los ojos de la ley, ella siga siendo… su mujer.


Impotente y contrariado cierra los puños hasta que los nudillos se le quedan blancos ante la presión de sus dedos. No sabe como conseguirlo pero tiene que olvidarse de ella, de sus ojos, sus manos, su boca, su cuerpo. Tiene que olvidar todo aquello que le recuerda a Sara para poder seguir adelante. Y si no puede olvidarla, por lo menos tendrá que aceptar que ya no le quiere, y que pronto se casará con Aitor. Ella, que un día decidió ser su esposa pronto se convertirá en su cuñada, desgarrándole el alma, de camino, y haciéndolo pedazos. Y ese día dejara de ser suya para convertirse en la mujer de otro y por lo tanto en alguien inalcanzable e intocable. Pero, a pesar de todo, tiene que aceptar que aunque pasan miles de años, aunque tengan miles de amores jamás, jamás, ni la olvidara, ni la dejara de amar

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