21 agosto 2011
Maldita sea su estampa… y encima Mariano no esta por la labor de colaborar… será posible!!!!!
Lu: -intenta convencerloe por todos los medios- 300 euros y no subo más.
Ma: No
Lu: 300 euros y hacer la colada un mes.
Ma: No.
Lu: Coño Mariano, lo que quieras, todo lo que quieras. Que solo te estoy pidiendo un favor.
Ma: Lucas, si yo por ti hago todo lo que quieras. Pero conmigo no cuentes para esto. Que yo en la tele no me veo. Que no doy el perfil, que todos son muy guapos y yo... yo... que no Lucas, lo siento pero no.
Lu: ¿Pero que tele ni que ostias Mariano? Que te estoy pidiendo que cuides tú de la niña, no que vayas al Diario de Patricia.
Ma: Con la niña el tomate se va a cebar, que es carne de paparazzi Lucas. Sarita va a llegar tarde al cole y tú a comisaría, así que será mejor que empieces a vestirte -dice mientras sale por la puerta camino de casa de Paco.
Ve tan desesperado a Lucas que esta a punto de sucumbir a su pedido y no quiere que al final le convenza para ser él el que cuide de Sara. Y no le importaría hacerlo, la niña con él es un amor, pero sabe que Paco se cabreará con él si se entromete en sus planes. A su amigo se le ha metido en la cabeza que Lucas y su hija tienen que estar juntos sea como sea y cree que el turno de vigilancia puede propiciar el acercamiento definitivo entre ellos… Y a su entender… nada que ver.
Mientras, Lucas se viste de mala gana, maldiciendo a su mala suerte, y se dirige a casa de su vecino. No quiere ver a Sara, no quiere tener que vigilarla, no quiere estar cerca de ella. Cada vez que él decide alejarse, ella parece buscarlo y le está volviendo loco.
Respira hondo antes de entrar intentando hacer acopio de paciencia. Sospecha que va ser un día muy largo y la va a necesitar. Al abrir la puerta ella es lo primero que ve. Ya esta uniformada para el colegio y mira su tazón de cereales, aburrida, con desgana.
Parece triste pero su expresión cambia cuando lo ve entrar por la puerta. Ahora sonríe y se levanta para darle un beso. Picara, sin que nadie más lo note, al besarlo le da un pequeño lametón cerca de la oreja, con el único propósito de ponerlo más nervioso, cosa que, por supuesto, ha conseguido.
En un último intento de salir de esto, busca a Mariano, implorando su ayuda, con la mirada, pero este no dice nada; él solo puede mirar a Paco y su cara de satisfacción ante la escena.
Lu: Vamonos Sara o llegaremos tarde. Tengo que estar pronto en comisaría.
Pa: Lucas... tú no entras a trabajar hoy hasta las once.
Lu: ¿Quéeeeeeeee?
Pa: Pues eso, que no entras hasta las once. Que tienes que cuidar bien a mi hija y eso lleva su tiempo.
Lo: Paquito, que Sara tiene que estar en clase a las 8.30…
Pa: Por si acaso hay atasco Lola, que tal y como está Madrid nunca se sabe.
Lu: -susurrando- Pues cojonudo!!!!! A ver que coño hago yo hasta las 11:30… me cago en la puta!!
Los dos salen de la corrala como si fuesen al matadero. Sara ha oído su último comentario aunque fue casi imperceptible para los demás y está dolida. Aunque intenta que no le se le note, el saber que Lucas no la soporta le duele.
En silencio se suben al coche. Lucas esta de mal humor y ella, en ese momento, no es la alegría de la huerta tampoco. Y eso no es buena señal. Siempre que se enfada con él decide torturarlo, y como no tiene nada más a mano comienza a manipular la radio, que Lucas le ha dicho muchas veces que no toque, sin pedirle su opinión, y pone el disco que le ha grabado Jimmy. Suena una canción romántica y casi sin pensarlo apoya su cabeza en el hombro de Lucas relajada.
Sa: No quiero ir al cole. Hagamos novillos.
Lu: No Sara… vas a ir
Sa: Por fa Lucas…. solo hoy!!!
Le hace caso, no sabe porqué, pero le hace caso. Pasa de largo el colegio ante la complacida mirada de ella. Se le acaba de ocurrir una idea. Quiere enseñarle a Sara su rincón favorito de Madrid. Quiere que ella también lo conozca porque sabe, que también le va a gustar.
Sa: ¿Vienes mucho por aquí?
Lu: Si. Cuando necesito pensar, cuando tengo algún problema, cuando estoy feliz, no sé... me relaja. Vengo casi todas las semanas.
Sa: ¿Y a todas tus conquistas las traes contigo? -bromeando mientras se acerca más a él.
Lu: Solo a las que no quieren ir al cole.
Ambos están relajados y felices. Saben que cuando no intentan demostrar al otro cuanto se odian, se llevan bien y se lo pasan bien juntos. Lástima que ocurra tan pocas veces.
Sa: Lucas... ¿has estado alguna vez enamorado?
Lu: ¿Y tú?
Sa: Te he preguntado yo antes
Lu: Y yo después
Sa: Venga Lucas....
Lu: Tú primero
Sa: Si
Lu: ¿Si? ¿De quién?
Sa: Desde hace mucho tiempo. Pero él jamás ha sentido nada por mí.
Lu: Idiota
Sa: ¿Qué?
Lu: Que si no sabe ver lo especial que eres ese tío es idiota y no te merece.
Sa: Ya.... - "Si lo eres. Claro que lo eres, por no darte cuenta de que llevo enamorada de ti toda la vida" -Te toca ¿Tú te has enamorado alguna vez?
Lu: Si
Sa: Claro, mi tía Silvia
Lu: No, aquello no fue amor, fue otra cosa.
Sa: ¿Entonces?
Lu: Pues... mira, déjalo, no me gusta hablar de estas cosas.
Sa: Venga Lucas, que yo te lo he contado...
Lu: Está bien. Pues yo también he estado muy enamorado
Sa: ¿Y que pasó? ¿Ya no lo estás?
Lu: Si. Si lo estoy. Pero intento olvidarla.
Sa: ¿Por qué?
Lu: Ella no siente lo mismo -se queda callado sin saber que decir. Tiene a Sara apoyada en su hombro preguntándole si está enamorado y quisiera poder decirle la verdad. Decirle que la quiere a ella, que le vuelve loco. Pero sabe que eso solo empeoraría las cosas y decide callar. -Venga, Vamonos.
Sa: ¿Al cole?
Lu: Si quieres ir al cole te llevo al cole. Pero yo había pensado tomarnos un día de descanso y enseñarte Madrid.
Ella sonríe y se sube al coche. Lucas conduce dejando atrás el descampado y se dirige hacia el centro. Quiere enseñarle a Sara el templo de Deboh, pasear por la Gran Vía, comer un bocata de calamares en la plaza mayor, ir al Museo de Cera, montar en barca en el Retiro... quiere hacerla pasar un día inolvidable a su lado.
Llegan ya a la hora de la cena a casa y en la mesa todos comprueban como su relación ha cambiado. Sonríen, se tocan, bromean, tontean. Parecen más felices de lo que han sido nunca y no solo ellos, Paco no podría sentirse más dichoso ni aunque ganase la lotería.
Se despiden con un beso y un hasta mañana, pero Sara no tiene sueño, quiere seguir hablando con él, quiere aprovechar al máximo su compañía. Se acuesta a oscuras y las mariposas que tiene en el estomago no la dejen en paz. Quiere estar con Lucas, necesita estar con él, necesita contarle lo feliz que ha sido hoy… Ya sabe lo que hará…. ira a buscarle ya cuando sus padres estén dormidos.
Espera pacientemente en su cama hasta que oye como su padre comienza a roncar y entonces, sin darse tiempo para arrepentirse, sale hacia su casa. Entra con la llave de Lola y a pesar de que está todo oscuro no enciende la luz. A trompicones, como puede, llega hasta su cuarto y lo contempla dormido; mira como su cuerpo descansa sobre las sabanas desordenadas y una gran ternura se apodera de ella. Jamás le ha visto tan guapo, ni tan vulnerable, como ahora. Se acerca hasta él y pasea un dedo por su hombro desnudo. Si esta dormido es imposible que hablen, así que se acerca a la puerta dispuesta a marcharse. Mañana será otro día, pero cuando vuelve a mirarle, antes de salir, cambia de opinión y se acuesta a su lado. Quiere sentir su calido abrazo, quiere amanecer junto a él.
24 marzo 2009
Amor en el desierto; Fin
—¿Has olvidado la apuesta que hicimos anoche? —preguntó Lucas cuando ella entró en el dormitorio con la bandeja del desayuno,. Creo que apostamos una mañana acostados tranquilamente... y yo gané.
—Querido, no he olvidado nada, pero aún dormías cuando desperté. Creí que podías desear un bocado que te ayudase a esperar el almuerzo.
—Es más probable que fueras tú quien deseara un bocado. últimamente estás comiendo muchísimo; empiezo a creer que te interesan los alimentos más que yo —se quejó Lucas. Recibió la bandeja de manos de Sara y la depositó sobre la mesa de mármol negro, frente al diván.
—Eso no es cierto, y tú lo sabes —dijo Sara, fingiendo enojo.
—Bien, no deberías haber traído tú la bandeja. En adelante, que los criados se ganen su sueldo.
—Señor mío, usted sabe muy bien que no se permite a los criados entrar en el dormitorio cuando la puerta está cerrada. Tú mismo diste la orden el segundo día de nuestra luna de miel. Una criada vino a cambiar la ropa blanca y nos encontró en la cama. Tu enojo asustó muchísimo a la pobre muchacha.
—Y tenía razón —sonrió Lucas—. Pero, ¿por qué te retrasaste tanto? Estuviste fuera de la habitación casi una hora, y ya pensaba ir a buscarte. Cuando gano una apuesta, pretendo que me la paguen del todo, y no sólo la mitad.
—Estos últimos meses, siempre que hemos jugado a póquer perdí; empiezo a creer que cuando me enseñaste el juego en Egipto, con toda intención me permitías ganar.
—En ese caso, no apuestes conmigo. Pero ahora que las apuestas son interesantes, prefiero ganar. Y es muy posible que tú prefieras perder.
—Te agradaría creerlo, ¿verdad? —se burló Sara, reclinándose en el diván forrado de terciopelo.
—¿No es así? —preguntó Lucas, sentándose junto a Sara.
—Amor mío, no necesitas un mazo de naipes y un juego de azar para conseguir que yo pase la mañana en la cama contigo... o para el caso, el día entero. Ya deberías saberlo.
—Sarita, tantos meses creí que me odiabas, que ahora me parece difícil pensar que nuestra felicidad es real —dijo Lucas.
Sujetó con las manos el rostro de Sara y la miró con profundo afecto a los ojos.
—Un hombre no tiene derecho a sentirse tan feliz como yo gracias a tu amor. No puedo creer que seas realmente mía.
Sara se abrazó estrechamente a Lucas.
—Tenemos que olvidar los once meses que estuvimos separados –murmuró—y olvidar las dudas que compartimos. Fuimos unos tontos porque no confesamos nuestro amor. Pero ahora sé que me amas tanto como yo te amo. Jamás, jamás te abandonaré.
Ella se apartó un poco y lo miró; y de pronto le brillaron los ojos. —Yo te diré una cosa, Lucas. Si otra mujer llegase a atraer tu atención, ¡lucharé por ti! Me dijiste una vez que nadie te quita lo tuyo. Bien, ¡ninguna mujer me quitará jamás lo mío!
—Qué mujer más impetuosa —sonrió—. ¿Por qué no me dijiste que serías una esposa celosa y posesiva?
—¿Lamentas haberte casado conmigo? —preguntó Sara.
—Conoces la respuesta a tu pregunta. Ahora, dime por qué estuviste tanto tiempo abajo. No estarás intentando alejarte de mi lecho, ¿verdad?
—Jamás haré eso. Me detuve unos minutos para ver al pequeño Lucas. Estaba intentando caminar sin sostenerse en nada. Y me agrada tanto verlo cuando hace eso. Además, Emma me entregó una carta... de Kareen.
—¿Y quieres leerla ahora mismo? Adelante —dijo Lucas.
Sara sonrió y abrió la carta. Después de leerla en silencio unos minutos, se echó a reír.
—Bien –dijo—ya era tiempo.
—¿De qué se trata? —preguntó Lucas.
—Kareen tendrá un hijo. Estoy segura de que Gonzalo se siente muy feliz, e imagino que lo mismo podrá decirse de Lola. Estaba muy conmovida cuando nos fuimos y nos llevamos a su hijo, como ella llamaba al pequeño Lucas. Se alegrará de que haya otro en la casa.
—Es una buena noticia y me alegro por ellos. Pero ya es hora de que ampliemos nuestra familia.
—Lucas sonrió perversamente—. Y podemos empezar a trabajar en ello ahora mismo.
Él la alzó en brazos y la llevó al gran lecho de dosel, todavía desordenado después del descanso nocturno. La besó tiernamente y los labios blandos de Lucas se movieron lentamente sobre la boca de Sara. Le besó el cuello, los hombros, y después la depositó sobre la cama.
Los ojos verdes de Lucas ardían de deseo. Se quitó la bata de terciopelo y ayudó a Sara a desnudarse. Ella abrió los brazos para recibirlo y los cuerpos de ambos se enlazaron estrechamente. Él volvió a besarla con ardor.
De pronto, él se apoyó en un codo y sonrió perezosamente a Sara.
—Me agrada la idea de tener una familia numerosa —dijo—. No te opondrás a tener otro hijo cuando ha pasado tan escaso tiempo desde el último, ¿verdad?
—Debiste formularme esa pregunta hace un mes. Ahora ya no hay alternativa. Dentro de ocho meses nuestra familia aumentará —sonrió Sara.
—Pero, ¿por qué no me lo dijiste antes? —preguntó alegre Lucas.
—Estaba esperando el momento oportuno. Ojala esta vez tengamos una niña.
—No, no quiero. Primero, tres o cuatro varones... después, podrás tener la niña que deseas.
—Pero, ¿por qué?
—Porque si nuestra hija se parece a ti, necesitará mucha protección en este mundo.
—Bien, esperemos y veamos. Me temo que el asunto no depende de nuestra voluntad.
—Imagino que por eso comes tanto últimamente —dijo Lucas—. Bien, esta vez vigilaré personalmente tu embarazo.
Sara frunció levemente el ceño, y recordó qué proporciones había alcanzado su propio cuerpo la primera vez. Pero Lucas sonrió.
—En tu vientre crecerá nuestro hijo. Y tú estarás más bella que nunca... si tal cosa es posible. Te amo, Sarita.
Lucas la besó apasionadamente y los dos cuerpos se unieron en estrecho abrazo. Las llamas ardientes del amor los envolvieron y Sara comprendió que siempre sería así entre ellos. Sabía que su amor por Lucas no se apagaría jamás.
* Niñas aquí se termina esta historia... espero que os haya gustado tanto como a mi.
Os quiero niñas.
Besotes
23 marzo 2009
Amor en el desierto; La verdad!!!
Anoche Gonzalo le había dicho que al fin Sara había despertado. ¿O lo había soñado? Bien, había un modo de comprobarlo. Se puso de pie. Un dolor agudo le atravesó de nuevo la cabeza y Lucas se juró que no volvería a beber whisky por mucho tiempo. Se salpicó agua sobre la cara y después permaneció inmóvil un rato, con las manos apoyadas en la mesa del tocador, hasta que el dolor se calmó un poco.
Después de un rato Lucas pudo encender el fuego que no se había molestado en encender la noche anterior. Se afeitó y se cambié de ropa. Comenzó a sentirse otra vez casi humano y decidió que era el momento oportuno para ver a Sara.
Caminó los pocos metros que lo separaban de la habitación de Sara y entró sin llamar; la encontró sentada en la cama, ataviada con la túnica de terciopelo negro que cubría un camisón adornado con encaje blanco. Los largos cabellos cubrían gran parte de la almohada y envolvían la cabeza con un bello halo dorado.
—¿Nunca llamas? —preguntó Sara secamente.
—De todos modos, me dirías que pasase, así que no vale la pena perder tu tiempo y el mío. —Lucas cerró la puerta y ocupó la silla que Gonzalo había acercado a la cama—. De modo que al fin has despertado. ¿Qué demonios pretendes lograr durmiendo tres días y dejando a mi hijo a merced de una nodriza?
Por el tono de voz Sara no pudo decidir si Lucas se burlaba o hablaba en serio. Decidió atenerse a la segunda posibilidad y se irritó.
—Lamento que mi prolongado sueño te haya inquietado, pero yo he visto a mi hijo esta mañana. Y creo que se arregló bastante bien. Y puesto que parecen desagradarle las nodrizas, ¿puedes decirme, Lucas, cómo te las arreglarás si acepto entregarte a mi hijo?
—¡Maldita sea, mujer! —rugió Lucas, y emitió un gemido provocado por el sonido de su propia voz.
Sara comprendió lo que le pasaba y se hecho a reír.
—¿Qué demonios te parece divertido? —Lucas la miró con ojos irritados.
—Tú —dijo Sara mientras trataba de contener la risa—. ¿Qué te indujo a beber tanto tres noches seguidas? Sé que te preocupó la posibilidad de perder al pequeño Lucas, pero no tenías motivo para emborracharte. Sabías que él no había sufrido el más mínimo daño.
—Estábas aquí, acostada, inconsciente, y no sé si vivirás o morirás... ¿y me preguntas qué me indujo a beber?
—¿Qué te importa que yo viva o muera? Estoy segura de que si yo no hubiese sobrevivido Gonzalo te habría entregado el pequeño Lucas. Te habrá complacido mucho la perspectiva de obtener lo que deseabas. Lamento haberte decepcionado.
Lucas se recostó en la silla y miré fijamente a Sara.
—¡Debería desollarle viva a causa de esa observación! Ah, demonios.—en fin... hubiera sido mejor esperar un poco antes de hacerte esta visita. Era evidente que estabas muy conmovida porque tu amante se encuentra encerrado en la cárcel.
—¡Maldita sea, no fue mi amante! —observó irritada Sara—. Señor Fernández, que quede claro que usted fue el único amante que yo tuve jamás.
—No es necesario gritar, ¡por todos los diablos! —gritó Lucas.
—¿No necesito gritar? Yo diría que es el único modo de que me oigas. Y además, Aitor ya no está en la cárcel. Fue...
—¿He oído bien? —Lucas la interrumpió, y sus ojos verdes se ensombrecieron.
—Me oíste bien —replicó Sara, sin hacer caso de la cólera de él—. Aitor fue liberado anoche... respondiendo a mis insistentes ruegos.
—¡Por todos los santos! —estalló Lucas, que había olvidado su dolor de cabeza——. ¿Y por qué intercediste y lograste que lo liberasen como si nada hubiese ocurrido?
—Su intención no fue matarme.
—¡Lo sé! ¡Quería liquidarme a mi ¡ ¿Se le ha ocurrido, señora, que quizá formule una acusación oficial?
—No lo hagas, Lucas —dijo Sara en voz baja——. Aitor lamenta lo que hizo. Me pidió que lo disculpase ante ti. Él...
—¿Ya has hablado con él? —la interrumpió Lucas.
—Sí. Vino a verme esta mañana.
—Y ahora me pides por su libertad. —Lucas se recostó en la silla como si un enorme peso lo apretase contra ella—. Seguramente lo quieres mucho.
—Crecí con Aitor. Éramos íntimos amigos hasta que él decidió enamorarse de mí. Pero yo no correspondía a ese sentimiento.
—¿Pero proyectabais casaros?
—Él pidió mi mano el primer día que volví a casa, y después, día tras día, hasta que ya no pude soportar más. Lo rechazaba, pero él no estaba dispuesto a ceder. Fui a Magnun para alejarme de Aitor, pero cuando regresé a casa él volvió a insistir. Pedí a Gonzalo que tratase de apartar a Aitor, pero mi hermano prefirió apoyarlo. Creí que no volvería a verte nunca, y por eso cedí. Acepte casarme con Aitor porque todos querían que lo hiciera. Éramos amigos, y yo lo quería como amigo... Eso no ha cambiado. Esta mañana, cuando vino a despedirse, había vuelto a ser el mismo de siempre.
—¿Despedirse?
—Sí, ingresará en el ejército. Le echaré de menos. Cuando rompí nuestro compromiso enloqueció de celos, pero ahora está bien. ¿Todavía deseas acusarle?
—No. Si se ha ido, le deseo buena suerte. ¿De modo que para ti no era más que un buen amigo?
—Sí.
Lucas comenzó a reír estrepitosamente. Se inclinó hacia adelante, sin abandonar la silla.
—Te diré algo que debí decirte hace mucho tiempo. Te amo, Sarita. Siempre te amé. Creo que no vale la pena vivir la vida sin ti. Deseo llevarte a casa conmigo... quiero que vayamos a Magnun. Pero lo comprenderé si te niegas; tengo que pedírtelo. Y si aceptas, no te exigiré nada. Sé que me odias por el sufrimiento que te infligí, pero lograré soportar tu odio mientras pueda convivir contigo.
Sara se echó a llorar. No podía creerlo.
—Sarita, no es necesario que me contestes ahora.
Ella abandonó de un salto la cama y se arrodilló frente a Lucas. Abrazó la cintura de Lucas como si deseara no apartarse nunca de él. Lucas alzó el rostro de Sara y le acarició suavemente los cabellos, y la miró con expresión tierna y al mismo tiempo inquisitivo.
—¿Quieres decir que vendrás conmigo?
—Lucas, ¿acaso pensabas otra cosa? ¿Cómo puedes creer que te odiara? Te amo con todo mi corazón. Creo que te quise desde el principio, pero lo comprendí sólo cuando Yamaid Unriart me secuestró. Habría continuado toda la vida en Egipto si no me hubieses arrojado de tu lado. Y cuando ocurrió eso, sufrí muchísimo, hasta que supe que llevaba a tu hijo en mi vientre. El pequeño Lucas me dio un motivo para continuar viviendo.
—Por favor, Sarita, no me mientas. No te expulsé del campamento. ¡Tú me abandonaste!
—Pero no miento, Lucas. Todavía tengo la nota que Jimîl me entregó cuando tú saliste en busca del campamento de Yamaid Unriart. Al principio no pude creerlo. Pero cuando Jimîl me dijo que tú deseabas casarte con Neva, acepte la situación y le acompañé.
—Sarita, no escribí ninguna nota. Fui al campamento de Yamaid para invitar a su tribu a nuestra boda. Cuando volví...
—¡Nuestra boda!
—Sí... En realidad, había comenzado a creer que me querías realmente. Deseaba casarme contigo para asegurarme de que jamás te perdería. Nuestra boda tenía que ser una sorpresa. Pero cuando volví, te habías marchado, y... déjame ver esa nota.
De mala gana, Sara se apartó de Lucas y se acercó a su escritorio. Del cajón superior extrajo el arrugado pedazo de papel y se lo entregó a Lucas.
—¡Jimîl! —rugió Lucas después de ver la nota—. ¡Tendría que haberío adivinado! ¡Aunque sea mi último acto en esta vida, volveré a Egipto y mataré a ese bastardo!
—No entiendo.
—¡Jimîl escribió esta nota! Me dejó otra firmada con tu nombre, y en ella me pedías que no te siguiera. Pensé que el último mes me habías engañado. Creí que sólo fingías que eras feliz, con el fin de que te dejase sola para facilitar tu fuga.
—Lucas, ¿cómo pudiste creer tal cosa? jamás me sentí tan feliz en mi vida como durante ese mes contigo. No podría haber fingido esa clase de felicidad. —Sonrió afectuosamente y acarició la nuca de Lucas—. Pero, ¿por qué hizo esto Jimîl?
—Seguramente concibió la esperanza de que yo iría a buscarte a España y no regresaría. Jimîl siempre me odió por que yo era el favorito de nuestro padre, y porque me convertí en jefe de la tribu. Para él, ser jeque era más importante que nada. Yo entendía su situación y le permití hacer su voluntad en muchas cosas. Pero llegó demasiado lejos para obtener lo que quería. Planeé tu secuestro y mi muerte a manos del jeque Yamaid. Cuando el hermano de Silvina me revelé la verdad, busqué por doquier a Jimîl, pero no pude hallarlo. Finalmente, renuncié a mis esfuerzos. Por otra parte, no podía soportar la vida en aquel país, donde todo lo que veía evocaba tu recuerdo. Pero no es posible perdonar a Jimîl. Por su culpa hemos perdido un año entero de mutuo amor.
—Habría sido bastante difícil durante algunos meses del año —rió Sara—. Pero no importa... porque ahora nos tememos uno al otro, y para siempre. —Hizo una pausa—. Pero, ¿qué me dices de Estelle? Afirmaste que la deseabas.
—Sólo porque sabía que me escuchabas, querida. ¿Por qué crees que dejé abierta la puerta?
Lucas se puso de pie y atrajo a Sara. Se unieron en un beso apasionado y Sara creyó que el éxtasis la abrumaba. Lucas le sostuvo la cara entre las manos, y le besó los ojos, las mejillas y los labios.
—Sarita, ¿te casarás conmigo? ¿Vivirás conmigo y compartirás siempre mi vida y amor?
—Oh, sí, amor mío, eternamente. Y jamás volveré a ocultarte mis sentimientos.
—Tampoco yo los míos.
—Pero, Lucas, hay algo que aún me desconcierta. ¿Por qué me trataste con tanta frialdad desde el momento de tu llegada a esta casa?
—Querida, porque vine para casarme contigo, pero en cuanto entré oí que aceptabas la propuesta de otro hombre. La cólera me dominaba de tal modo que no pude ver claro.
—¿Estabas celoso? —preguntó Sara alegremente, mientras le acariciaba la mejilla con los dedos.
—¡Celoso! ¡jamás he sentido celos! —Lucas se apartó y cerró con llave las puertas del dormitorio. La atrajo bruscamente hacia él—. Pero si te veo desviando los ojos hacia otro hombre, ¡te arrancaré la piel a tiras!
—¿De veras? —Ella pareció sorprendida.
—No —murmuró Lucas. Los ojos tenían una expresión maligna mientras la despojaba de la túnica negra—. No abandonarás el lecho el tiempo necesario para darme motivos.
22 marzo 2009
Amor en el desierto; Amigos
Gonzalo se paseaba por el dormitorio de Sara mientras el viejo doctor Willis cerraba su valijón.
—De acuerdo con lo que me informa el señor Fernández, me temo que el problema de Sara es mental, no físico. Cuando reaccionó del primer desmayo y escuchó el segundo disparo, imaginó que habían matado a su hijo. No hay ninguna razón que le impida despertar... sencillamente, no lo desea.
—¡Pero tiene motivos fundados para vivir!
—Lo sabemos, pero ella no. En definitiva, sugiero que usted se siente aquí y le hable... trate de arrancarla de la inconsciencia. Y no se inquiete demasiado, Gonzalo. En el curso de mi vida profesional jamás he perdido a un pariente que muriese de mera obstinación. Excepto su madre. Pero ella tenía lucidez total y deseaba morir. Hable con Sara. Dígale que su hijo la necesita... dígale todo lo que pueda arrancarle de su sopor. Cuando despierte estará perfectamente.
Cuando el doctor Willis se marchó, Lucas entró en la habitación y se detuvo al lado de la cama.
—¿Qué dijo Willis? —preguntó Lucas.
—¡Que no hay motivo que le impida despertar! ¡Sencillamente, no lo desea! —replicó irritado Gonzalo—. ¡Maldita sea! Está deseando morir de pena, exactamente como hizo nuestra madre.
Bien entrada la noche, después de que Gonzalo hubiera pasado el día entero hablándole, Sara abrió los ojos.
Miró a Gonzalo, que estaba sentado en una silla al lado de la cama y se preguntó por qué su hermano se encontraba allí, recordó lo que había ocurrido.
—¡Oh, Dios mío, no... No! —gritó histéricamente.
—Está bien, Sarita... ¡El pequeño Lucas está perfectamente! Vive y está sano. ¡Lo juro! —se apresuró a decir Gonzalo.
—Gonzalo, no... no me mientas —imploró Sara entre sollozos.
—Lo juro, Sarita, tu hijo no sufrió el más mínimo daño. Está en la habitación contigua y duerme.
Ella no podía dejar de llorar.
—¡Oí un disparo! Lo oí perfectamente.
—Sarita, el disparo que oíste fue en la planta baja, cuando Aitor dejó caer las pistolas al suelo. Nadie fue herido... el pequeño Lucas está muy bien.
Sara apartó las mantas y comenzó a bajar de la cama. Pero un dolor lacerante le atravesó la cabeza, de modo que tuvo que volver a acostarse.
—Deseo verlo personalmente.
—Muy bien, Sarita, si no me crees... Pero ahora siéntate sin hacer movimientos bruscos. Has estado en cama tres días.
Finalmente Gonzalo tuvo que llevarla a la habitación del niño. La acompañó suavemente al lado de la cuna y la sostuvo para que no cayera. Sara contempló a su hijo dormido. Acercó la mano a su carita, sintió el aliento tibio y le acarició la mejilla. El niño se movió y volvió la cabeza.
—Vive —murmuró complacida Sara.
Gonzalo volvió a alzarla y la llevó de regreso a su lecho. Sara volvió a llorar, pero esta vez de alegría.
—Sarita, ordenaré que te traigan de comer. Y después debes descansar un poco más.
—Pero dijiste que había dormido tres días. No necesito más descanso, Gonzalo. Deseo saber qué ocurrió —observó serenamente Sara.
—Uno de los criados de los Carrasco me encontró en los establos. El conde Carrasco envió al muchacho con el fin de que me advirtiese que Aitor venía armado. Oí el primer disparo antes de llegar a la casa. Encontré a Aitor en el vestíbulo. El segundo disparo fue accidental. Tú gritaste y yo pensé que Aitor había matado a Lucas. Pero cuando subí vi que tú eras la herida. Sarita... pensé que estabas muerta. Pero Lucas me aseguró que sólo te habías desmayado después de oír el segundo tiro. Si no hubieses perdido el sentido hubieras sabido que el pequeño Lucas estaba perfectamente. El primer disparo no lo molestó, pero los ecos del segundo lo asustaron y gritaba con toda la fuerza de sus pulmones. Ni siquiera Lola consiguió calmar su llanto.
—¿También Lucas está bien?
—Sí. Ambos habrían estado perfectamente si no te hubieses cruzado en la línea de fuego. Sarita, sé por qué lo hiciste, pero me pareció que no era asunto mío decírselo a Lucas. Gracias a Dios, la bala solamente te rozó.
—¿Dónde está ahora Lucas?
—Creo que abajo, emborrachándose, como hizo las últimas tres noches.
—¿Y Aitor... está bien?
—Creo que Aitor estaba más conmovido que todos los demás. Creyó que te había matado. Lloró como un niño cuando le dije que sólo te habías desmayado. Pero me temo que lo han arrestado. Después de todo, te disparó.
—Pero estoy bien... no fue más que un accidente. Gonzalo, no quiero que lo retengan en la cárcel. Aitor enloqueció porque rompí nuestro compromiso. Quiero que obtengas su libertad... esta misma noche.
—Veré qué puedo hacer, pero primero te traeré de comer.
—Señorita Sarita, querida, despierta. Aquí hay alguien que desea ver a su mamá.
Sara se movió en la cama y vio a Lola que sostenía en brazos al pequeño Lucas. Sonrió, pues incluso cuando lo acunaban el niño se movía inquieto. Sara se desabrochó el camisón y comenzó a amamantar al niño mientras miraba a Lola, que mostraba evidente nerviosismo mientras ordenaba las cosas de la habitación.
—¿Qué te ocurre? —preguntó Sara.
—La verdad, me asustaste muchísimo... tres días completos en la cama. Y para colmo, tu hermano me ordena venir a preguntarte si puedes ver al señor Aitor. Si me lo hubiese preguntado, me habría negado; pero ya nadie me pregunta nada.
—Oh, Lola, deja de protestar. Veré a Aitor apenas termine de alimentar al pequeño Lucas.
—Quizá todavía no estés en condiciones de recibir visitas? —propuso Lola con cierta esperanza.
—No estoy enferma. Ahora, continúa con lo tuyo y dile a Aitor que lo veré en seguida.
Un rato después Aitor llamó a la puerta cuando Sara regresaba de la habitación infantil, donde había dejado al pequeño Lucas. Sara abrió la puerta y vio que Aitor vestía ropas de viaje. Lo invitó a pasar.
—Sarita, yo...
—Está bien, Aitor —interrumpió Sara—. No tienes que decir nada acerca de eso.
—Pero deseo hablar —dijo Aitor, y Tomó entre las suyas las manos de Sara—. Lo siento mucho, Sarita. Tienes que creerme. De ningún modo quise lastimarte.
—Lo sé, Aitor.
—Ahora comprendo cuánto amas a Lucas Fernández. Hubiera debido comprenderlo antes, pero estaba obsesionado con mis propios sentimientos. Cuando Fernández llegó a esta casa vi en él sólo a un rival. Pero ahora sé que nunca fuiste mía... siempre fuiste suya. Dile que lamento lo ocurrido. Aún duerme; por eso no puedo decírselo personalmente.
—Puedes hablar con él más tarde.
—No, no estaré aquí. Parto por la mañana.
—Pero, ¿adónde vas?
—He decidido ingresar en el ejército —dijo tímidamente Aitor.
—Pero, ¿y tus propiedades? Tu padre te necesitará —dijo Sara. Pero era evidente que Aitor ya había adoptado una decisión.
—Mi padre todavía es joven. Aquí nada me retiene. Lo mismo que tu, Sarita, he vivido aquí mi vida entera. Es hora de que vea el mundo. —La besó en la mejilla y sus ojos castaños expresaron profunda amistad—. jamás encontraré a una persona como tú, pero quizás aparezca alguien.
—Así lo espero, Aitor. Te lo digo de veras. Y te deseo toda la suerte del mundo.
Cuando Aitor se marchó, Sara permaneció largo rato en el centro de la habitación. Se sentía muy triste y solitaria, como si le hubiesen arrancado un pedazo del corazón. El Aitor con quien acababa de hablar era el de siempre, el hombre a quien ella quería como a un hermano; y estaba segura de que en el futuro le echaría de menos profundamente.
* Tiene buen corazon Sarita ehhhhh... parece que Aitor se ha ido para no volver... si es que asi deberia ser siempre!!!!! capullos guionistas.
21 marzo 2009
Amor en el desierto; El enfrentamiento final!!!!!
Lo cambié y después se sentó en la mecedora para alimentarlo. Mientras amamantaba al niño, Sara volvió a pensar en las palabras de Lucas. Nuestro hijo. Lo había dicho con mucha naturalidad. Ella siempre había pensado en el pequeño Lucas como en su propio hijo o como en el hijo de Lucas.
Volvió a poner al niño en la cuna y aproximó ésta a la luz del sol que entraba por la ventana. Le acercó algunos juguetes para que se entretuviera mientras llegaba la hora del baño y después pasó a su propia habitación. Tenía que prepararse para el encuentro con Aitor.
El pequeño reloj sobre la repisa de la chimenea indicaba que eran las siete y diez, pero Sara tenía la certeza de que Aitor llegaría de un momento a otro. Decidió usar un vestido escotado de satén violeta, con mangas largas y ajustadas. No era una prenda apropiada para usarla por la mañana, pero Sara confiaba en que así lograría distraer de su cólera a Aitor.
Sara decidió asegurarse los rizos con las horquillas tachonadas de rubíes, y ponerse los grandes aros adornados con pequeños rubíes. No usó el collar que hacía juego, por temor que ocultase lo que ella deseaba que Aitor viera. Después de mirar por última vez su imagen reflejada en el gran espejo, Sara llegó a la conclusión de que su apariencia era satisfactoria.
Sara descendió a la planta baja y se alegró de comprobar que Aitor aún no había llegado. Por lo menos, podría desayunar en paz. Fue directamente a la repisa del comedor colmada de fuentes de alimentos, y se sirvió un plato. Como las fuentes estaban medio vacías era evidente que Gonzalo y Lucas ya habían desayunado, y probablemente habían salido de la casa.
Tras concluir el desayuno, Sara se levantó para servirse otra taza de café. Cuando se volvió, vio a Aitor de pie en el umbral. Vestía un elegante traje de montar y en la mano derecha sostenía un látigo. Como había previsto, los ojos castaños del joven se fijaron directamente en el ancho escote que apenas disimulaba los pechos grandes y redondos.
Ella sonrió con simpatía.
—Aitor, no te he oído llegar, pero no importa. Ven y tómate conmigo una taza de café.
—¿Qué?
Finalmente él la miró en los ojos.
—Dije que te invito a tomar una taza de café.
—Sí. —Se acercó a Sara y sus ojos volvieron a posarse hambrientos en el busto de la joven—. Sara, ¿cómo puedes llevar un vestido así por la mañana? Es...
—¿No te agrada mi vestido? —Sonrió seductora—. Me lo puse para ti.
Aitor se ablandó. La atrajo y la abrazó. Sus labios buscaron los de Sara, pero ella no sintió nada que se pareciese a una excitación especial. No sintió la oleada de fuego que recorría su cuerpo cada vez que Lucas la besaba.
—Sarita, es un hermoso vestido. —La apartó un poco y la miró de arriba abajo—. No me importa que lo uses ahora que Fernández se ha ido.
—Aitor.
—Dios mío, Sarita, no sabes lo que he sufrido desde que vino ese hombre. ¡Un verdadero infierno! No podía dormir ni comer, no podía hacer nada. Mi único pensamiento era que había sido tu amante.
—Aitor.
—Pero ahora todo se arreglará. Dime, ¿lo expulsó Gonzalo anoche o se ha ido esta mañana?
—Aitor, Lucas no se irá.
Él la miró como si hubiese recibido inesperadamente una bofetada en la cara, pero ella se apresuró a hablar.
—Gonzalo me creyó cuando le dije que anoche no ocurrió nada. Aitor, todo fue muy inocente... en efecto, no hubo nada. Lucas Fernández ya no me desea... ya viste cómo se comportó con Estelle. No hay motivo para inquietarse.
—¡No hay motivo! —explotó Aitor.— Estaba en tu cuarto y tú... ¡estabas desnuda! ¿Te parece que eso no significa nada? Sara, no lo soportaré más aquí!. ¡No lo soportaré!
—Mira, Aitor, eso no está bien. Lucas tiene derecho estar aquí. En esta casa está su hijo.
—¡Hablaré de esto con Gonzalo! ¡Ese hombre no continuará en la casa contigo!
—¡Esta es mi casa tanto como la de Gonzalo! —gritó Sara—. Y yo digo que Lucas puede permanecer aquí.
—¡Maldición!
Aitor descargó el látigo sobre la mesa.
—Aitor —dijo Sara—. Lucas está aquí sólo por su hijo... no por mí. ¿No comprendes?
—Entonces, ¿por qué demonios no le entregas a tu hijo?
—No puedes hablar en serio —dijo Sara riendo.
—Si todo lo que Fernández desea es tener a su hijo, entrégaselo. De todos modos, nunca quise a ese mocoso —dijo Aitor con amargura—. Sara, apenas nos casemos tendremos nuestros propios hijos. ¡Mis hijos!
Sara habló con voz pausada:
—Agradezco que me hayas dicho lo que sientes por el pequeño Lucas antes de que nos casemos. Ahora no habrá matrimonio. Aitor, si no quieres a mi hijo, no puedo casarme contigo.
—¡Sara!
—No comprendes mis sentimientos hacia el niño, ¿verdad? Aitor, es mi hijo, y lo amo con todo el corazón. No hay poder en la tierra que me obligue a renunciar a él.
—¿Nunca has pensado en casarte conmigo, verdad? —gritó Aitor, el rostro rojo por la pasión. Un escalofrío recorrió la columna vertebral de Sara—. ¡Siempre has querido a ese hombre! Bien, no lo tendrás, Sara. ¡Recuerda lo que digo! ¡Lucas Fernández lamentará el día que entró en esta casa! !Y tú también lo lamentarás!
—¡Aitor! —gritó Sara.
Pero él salió de la sala, cerrando la puerta con un fuerte golpe.
Sara comenzó a temblar incontroladamente. ¿Qué podía hacer? ¿Qué se proponía hacer Aitor? Tenía que encontrar a Lucas y advertirle, pero no tenía idea del lugar en que se encontraba.
Sara subió corriendo la escalera. Fue directamente a la habitación de Lucas y cerró la puerta. «Lo esperaré aquí —pensó—. ¡Oh, Lucas... por favor, date prisa! ¡Aitor ha enloquecido!»
Pasaron veinte minutos durante los cuales Sara se paseo de un extremo al otro del cuarto de Lucas. Le parecieron horas. Continuó recordando lo que Aitor había dicho y cavilando acerca del sentido de sus palabras. Cuando oyó pasos en el corredor, contuvo la respiración rogando que fuera Lucas. Cuando se abrió la puerta, casi se desmayó de alivio.
—¿Qué demonios haces aquí? ¿Intentas devolverme la visita que te hice anoche? —preguntó Lucas fríamente.
Entró en la habitación y comenzó a quitarse la pesada chaqueta de montar.
Sara se sintió abrumada por la dureza de Lucas, pero recordó la razón por la cual estaba allí.
—Lucas, he venido a advertirte. Aitor profirió amenazas contra ti, y se comportaba de un modo tan extraño que yo...
—¡Sara, no seas absurda! —La interrumpió Lucas. — Me pediste anoche que saliera de tu cuarto y ahora te pido que abandones el mío. Tu hermano ha dicho claramente que no desea volver a vemos solos.
—¿Dijo eso?
—No exactamente, pero ése era el sentido —replicó Lucas.
—Pero Lucas. Aitor dijo que te pesaría haber venido aquí. Él...
—¿Crees realmente que me importa en lo más mínimo lo que dice Carrasco? Te aseguro que puedo cuidarme a mí mismo. —Se apartó de ella, dejándola sumida en total confusión—. Si tu joven amante intenta algo trataré de que no sufra demasiado. Ahora, ten la bondad de salir de mi cuarto.
Sara asió el brazo de Lucas y lo obligó a mirarla y sus ojos irritados se clavaron en los ojos verdes de Lucas.
—¡Creó que quiere matarte! ¿No puedes meterte eso en tu dura cabeza?
—De acuerdo, Sara, es precisamente lo que me propongo hacer —dijo Aitor.
De pronto, Sara sintió que las náuseas la dominaban y percibió al mismo tiempo los músculos tensos del brazo de Lucas. Se volvió lentamente para mirar a Aitor, que estaba de pie en el umbral. El recién llegado apuntaba a Lucas con dos pistolas.
—Sabía que os hallaría juntos. Bien, Sara, tu advertencia llegó un poco tarde. Ahora nada podrá salvar a tu amante.
Emitió una risa breve.
Sara trató de hablar, pese a que le parecía que iba a desmayarse de un momento a otro.
—Aitor, ¡no puedes hacer esto! ¡Cometerás un asesinato! Arruinarás tu propia vida.
—¿Crees que mi vida me importa en lo más mínimo? No me importa lo que me ocurra, si él muere. Y ahora morirá, Sara... ante tus propios ojos. ¿Crees que no sé que te acostaste con él mientras decías ser mi prometida? ¿Crees que soy tan estúpido?
—¡No es cierto, Aitor! —gritó Sara. Avanzó para proteger con su cuerpo a Lucas, pero él la apartó con un movimiento del brazo y Sara cayó en la cama.
—Sara, quítate del medio. Esto tiene que resolverse entre Carrasco y yo —dijo Lucas con voz dura.
—Muy emocionante —dijo Aitor riendo—. Pero mi propósito no es herir a Sara.
—¡Aitor, escúchame! —rogó Sara. ¡Tenía que detenerlo! Se incorporó bruscamente y se enfrentó a Aitor con la respiración agitada—. Iré contigo, Aitor. Me casaré hoy. Por favor, por favor, deja las pistolas.
—Mientes. ¡Siempre me has mentido!
—Aitor, no te miento. ¡Esto es absurdo! No tienes motivo para sentir celos de Lucas. No lo amo. No me desea, y yo no lo deseo. ¿Cómo podría amarlo después de lo que me hizo? Por favor... ¡escucha mis razones! Partiré hoy mismo contigo y no volveremos a mencionar este asunto. ¡Por favor, Aitor!
—¡Basta ya, Sara! De nuevo te burlas de mí y no lo toleraré. ¡Siempre has querido a este hombre y no trates de decir lo contrario! —Rugió Aitor, la cara contraída en una máscara de odio. — Hemos sido novios y sin embargo jamás has permitido que te tocara; pero soportaste que él te pusiera las manos encima, ¿verdad? ¡Bien, ya es suficiente! Sara, no lo tendrás... ni tendrás a su hijo. —Aitor volvió a reír cuando oyó la exclamación de Sara, pero mantuvo la vista fija en Lucas, que no hacía un solo movimiento. ¿Crees que permitiré que ese mocoso viva para recordarte a este hombre? No, Sara... ¡ambos morirán! Tengo dos balas, una para cada uno.
—Tendrá que usar las dos conmigo, Carrasco, e incluso así lo destrozaré.
La voz de Lucas era serena, pero amenazadora.
—Lo dudo, Fernández... soy excelente tirador. Mi primera bala le destrozará el corazón y me quedará una para matar a ese bastardo.
Sara no conservará nada de usted. —Hizo una pausa y miró el piso—. Sarita, eras la mujer que siempre desee, pero te apartaron de mí.
Miró a Lucas y sus ojos de nuevo mostraron una expresión extraviada.
Aitor alzó una de las pistolas y apuntó al corazón de Lucas. Sara profirió un grito escalofriante y se arrojó hada adelante en el mismo instante en que Aitor disparaba. Lucas había dado un paso al lado para esquivar la bala, pero pudo sostener a Sara en sus brazos cuando ella se desmayó; la sangre le brotaba de una herida en la cabeza.
Sara sintió que caía, en un movimiento lento, describiendo amplios círculos. Frente a sus ojos todo se tiñó de rojo... y después la oscuridad se la tragó.
—Oh, Dios mío, ¿qué he hecho? ¡La he matado! —exclamó Aitor.
Había palidecido intensamente; profirió un grito que era casi un aullido y se volvió y descendió corriendo la escalera. Pero antes de que llegase a la puerta principal Gonzalo salió del comedor; detrás iban Kareen y Lola.
—¡Aitor! —gritó Gonzalo, impidiéndole el paso. Aitor se volvió lentamente y Gonzalo palideció al ver las dos pistolas en sus manos—. Dios mío, ¿qué has hecho?
Aitor dejó caer las armas, como si le quemaran las manos. Pero una pistola aún estaba cargada y cuando golpeó el suelo estalló con un estrépito horrible. Del primer piso llegó un grito de angustia. Aitor cayó de rodillas y las lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos.
—¡Ya está persiguiéndome! —exclamó Aitor—. Oh, Dios mío, Sarita, no quería herirte. Yo te amaba.
—Quédate aquí, Aitor —ordenó Gonzalo con voz ahogada y comenzó a subir de prisa la escalera; las mujeres lo siguieron.
—¿Adónde voy a ir? —murmuró Aitor en el vestíbulo-. ¿Por qué no viene a buscarme Fernández? ¡Es necesario que se haga justicia! Oh, Dios mío, cómo he podido ser tan ciego que no he visto cuánto le amaba... tanto, que se cruzó en mi línea de fuego para protegerlo. No puedo soportar lo que he hecho... ¡Quiero morir!
20 marzo 2009
Amor en el desierto; Descarado
Lucas había cambiado desde la desaparición de Sara, una semana antes. Ya no disputaba con ella y, en cambio, la trataba con una actitud cortes y fría. jamás mencionaba el pasado y eso molestaba a Sara, que esperaba constantemente una observación mordaz que nunca llegaba.
No quería encontrarse a solas con Lucas, pero esa situación se repetía siempre en la habitación del niño. Sara insistía en que Lola la acompañase, pero apenas aparecía Lucas, Lola formulaba una excusa fútil y se alejaba de prisa.
Sin embargo, Lucas parecía interesado únicamente en su hijo, y se mantenía a cierta distancia de Sara. La veía bañar al pequeño Lucas o jugar con él sobre la suave alfombra. Pero cuando llegaba el momento de darle el pecho, Lucas se retiraba discretamente. Esa actitud desconcertaba por completo a Sara.
Aitor era el peor de los problemas que Sara afrontaba. Después de la llegada de Lucas había adoptado una actitud muy exigente. Continuamente pedía a Sara que fijase la fecha del matrimonio; pero hasta ahora ella se había negado a dar aquel paso.
Sin embargo hoy Sara había encontrado un motivo de alegría.
Kareen entró en el comedor cuando Sara Tomaba un almuerzo tardío.
—Estelle al fin decidió volver a casa. Ahora está en su habitación preparando las maletas —informó.
Sara nada dijo, aunque sentía deseos de saltar de alegría.
—Pese a que es mi hermana y a que la quiero mucho —continuó Kareen—no me importa reconocer que me alegro de que se marche. Sin embargo, me gustaría saber por qué adopta esa actitud ... y ella no quiere decirme una palabra. Ayer mismo intente convencerla de que se alejase, y ella rechazó enérgicamente mi propuesta. Esta mañana, fue a cabalgar con Lucas, y cuando regresó, hace una rato, afirmó enojada que no pensaba permanecer aquí un minuto más. Es mejor así, porque sé que le esperaba una gran decepción; de todos modos, aún no comprendo la verdadera situación.
Tampoco Sara sabía a qué atenerse. Pero poco importaba por qué Estelle se iba... si realmente lo hacía. Sara no tendría que sufrir la presencia de otra mujer que se asiera a Lucas. Aunque ahora que Estelle se iba, quizá Lucas también se marchase. De pronto Sara no se sintió tan feliz como antes.
Lucas estaba recostado en la gran cama de bronce con las manos unidas en la nuca, escuchando atentamente los sonidos que venían de la habitación contigua. Volvió los ojos hacia el antiguo reloj de la repisa de la chimenea. Las diez menos cinco... no necesitará esperar mucho tiempo más.
Lucas esbozó una mueca cuando recordó lo que había ocurrido aquella mañana. Se había cansado del juego de Sara y Estelle, y había tratado de pensar en algún modo de terminarlo. La audacia de Estelle había aportado la solución al problema.
Después del desayuno Estelle lo había arrinconado y le había pedido que la llevase a cabalgar. Lucas no vio motivos para negarse. Sara estaba en el primer piso amamantando al pequeño Lucas. Pero después de alejarse un poco de la casa, Estelle había desmontado a la sombra de un gran roble. Se había sentado bajo el árbol; se quitó el sombrero de montar, se soltó los espesos cabellos negros y con un gesto seductor invitó a acercarse a Lucas.
—Estelle, monta tu caballo. No tengo tiempo para juegos —había dicho Lucas con voz dura.
—¡Juegos! —había exclamado Estelle. Se puso bruscamente de pie y se enfrentó con él, con los brazos en jarras—. ¿Piensas casarte conmigo o no?
Lucas se sorprendió, pero de pronto vio la solución de su problema. Podía terminar de una vez con el juego mediante una respuesta negativa.
—Estelle, no tengo la más mínima intención de casarme contigo y lo lamento si te induje a creer lo contrario.
—¡Pero dijiste que me deseabas! —replicó ella con voz colérica.
—Tuve una razón egoísta para decirlo. Además, era lo que tú querías oír. Una sola mujer en el mundo me inspira deseos y sólo con ella quiero casarme.
—Y está comprometida con otro —rió amargamente Estelle.
Un momento después, la joven montaba en su caballo y galopaba de regreso a la Residencia Miranda.
Esa noche, durante la cena, Lucas comprobó que Aitor Carrasco estaba muy nervioso. El joven sabía que, cuando Estelle se hubiese marchado, Lucas dispondría de más tiempo que consagrar a Sara. Lucas se preguntaba cómo hubiera reaccionado él si la situación hubiera sido a la inversa... Si el ex amante de su prometida hubiera vivido en la misma casa que ella habitaba, y él no pudiese evitarlo.
Bien, no compadecía a Carrasco. Más aún, odiaba al joven. No podía soportar la idea de que Carrasco muy pronto sería el marido de Sara. Tendría el derecho de imponerse y hacerle el amor. Lucas trató de alejar esos pensamientos. ¡Ciertamente, no permitiría que las cosas llegaran a ese punto! ¡Y si Aitor Carrasco ya se había acostado con Sara, lo mataría!
Saber que Sara dormía en el cuarto contiguo y que los separaba sólo un delgado tabique, era algo que ponía a dura prueba su voluntad. Oír sus movimientos en el cuarto, escuchar su voz vibrante... no podría soportarlo mucho más. Debía recuperarla antes del día de la boda, o volver a secuestrarla.
Prefería soportar su odio antes que vivir sin ella.
Finalmente, Lucas oyó los movimientos de la criada que salia del cuarto de Sara. Abrió la puerta de su propia habitación y vio que el corredor mal iluminado estaba vacío. El dormitorio de Gonzalo y Kareen estaba en el extremo contrario de la casa y Lucas confiaba en que ellos ya estarían durmiendo.
Salvó los pocos metros que lo separaban de la puerta de Sara y la abrió sin hacer ruido. La joven estaba bañándose frente al fuego vivo del hogar; no advirtió la presencia de Lucas. Éste permaneció largo rato mirándola mientras Sara alzaba una esponja y dejaba correr el agua a lo largo del brazo. Estaba de espaldas a Lucas, y lo único que él podía ver era el suave perfil blanco de los hombros sobre el borde de la ancha bañera. Tenía los cabellos sujetos en un rodete y las innumerables trenzas brillaban como oro líquido; la luz del fuego bailoteaba alrededor.
La toalla y la bata de Sara estaban sobre el taburete, cerca de la bañera. Lucas se acercó a ellas y las Tomó. Sara contuvo una exclamación.
—¿Qué haces aquí? —exclamó Sara, y se sumergió aún más en el agua. Advirtió enojada la expresión divertida de Lucas, y después vio que sostenía en la mano la bata y la toalla—. Deja eso, Lucas. ¡Ahora! ¡Y sal de aquí!
—¿Hablas de estas cosas? —preguntó él burlonamente, y las llamas se reflejaban móviles en sus ojos de matices dorados—. Lo que usted diga, señora. —Arrojó las prendas a la cama, lejos del alcance de Sara.
Lucas rodeó la bañera y se acercó a la silla que estaba en un rincón del cuarto. Sara miró estúpidamente la bata y la toalla depositadas sobre la cama. Luego volvió bruscamente la cabeza y miró hostil al hombre. Él había ocupado la silla y miraba a Sara; tenía las piernas abiertas y las manos entrelazadas, los antebrazos apoyados en los muslos.
—¿Qué demonios estás haciendo, Lucas? ¡Maldito seas! ¿Quieres que te expulsen de esta casa? ¿Necesitas una excusa para irte, ahora que Estelle se ha marchado? ¿Se trata de eso?
Lucas sonrió, sin apartar los ojos verdes del rostro irritado de Sara.
—Sara, no deseo salir de aquí, y si lo quisiera no necesitaría una excusa. Si tienes la bondad de bajar la voz, nadie se enterará de mi presencia y no me descubrirán.
La confusión dominó a Sara. Lucas estaba oculto parcialmente por las sombras. Pero Sara aún podía ver su expresión ardiente en los ojos. La deseaba, de eso ella estaba segura, y un peculiar cosquilleo comenzó a recorrerle el cuerpo. Lo deseaba con todo su corazón, pero sabía que ese amor duraría a lo sumo una noche. Al día siguiente él se mostraría tan frío e indiferente como antes y ella no podría soportarlo.
—Lucas, fuera de mi cuarto. No tienes derecho a estar aquí.
—Sarita, esta noche estás muy bella —murmuró Lucas—. Podrías tentar a un hombre a hacer lo que quisiera... excepto abandonarte.
Rió de buena gana.
Ella se movió en la bañera. No podía soportar la imagen de ese hombre, con sus cabellos muy negros y rizados, la camisa blanca y tersa abierta hasta la cintura, de modo que mostraba el pecho bronceado con los rizos de vello negro. ¡Era la tentación! Sara tuvo que apelar a toda su voluntad para resistir, porque hubiera deseado abrazarlo así como estaba, empapada de la cabeza a los pies; ¡ansiaba hacer el amor! Era lo que ella deseaba, y lo que él deseaba; pero ella no podía. No podía soportar la idea de amarlo y después afrontar de nuevo su odio por la mañana. Pasaron veinte minutos. Lucas nada dijo, y Sara tampoco habló. Estaba de espaldas a Lucas, pero sabía que él continuaba mirándola.
—Lucas, por favor... el agua se enfría ——rogó.
—Propongo que salgas de ahí —replicó él en voz baja.
—¡Vete, así podré salir! —exclamó Sara.
—Sarita, me sorprendes. Te he visto en el baño cien veces... y siempre salias desnuda del agua. Entonces no eras tímida; con que, ¿por qué finges serio ahora? Una vez incluso hicimos el amor acostados sobre la tierra dura, detrás del estanque. Ese día te acercaste y...
—¡Basta! —exclamó ella, descargando un puñetazo en el agua—. Lucas, no tiene sentido hablar del pasado. Es asunto concluido. Vamos, sal de aquí antes de que me enfríe.
—¿El embarazo y el parto perjudicaron tu cuerpo? —preguntó Lucas—. ¿Por eso rehúsas mostrarlo?
—¡Claro que no! Mi figura recuperó su forma anterior.
—Entonces, Sarita, incorpórate y demuéstralo —murmuró él con voz ronca.
Sara casi cayó en la trampa; y en efecto, comenzó a incorporarse. Pero después se hundió en el agua aún más que antes, y por lo bajo maldijo a Lucas. Las burbujas de jabón se habían disuelto y su cuerpo ahora era bastante visible. La única esperanza de Sara era que él no se acercara. ¡Tenía que marcharse! Si se atrevía a tocarla, ella bien sabía que estaba dispuesta a ceder.
En ese momento se oyeron pasos en el corredor y Sara se inmovilizó cuando oyó golpes suaves en la puerta.
—Sara, tengo que hablarte. Sara, ¿estás despierta?
Sara volvió la cabeza para mirar a Lucas, pero él continuaba tranquilamente sentado en su silla, y era evidente que le divertía el aprieto en que ella estaba.
—Aitor, por Dios, ¡vuelve a tu casa! Estoy bañándome... te llamaré por la mañana —dijo Sara en voz alta.
—Esperaré a que hayas terminado —gritó Aitor.
—¡No, Aitor, no esperarás! —Estaba más temerosa que enojada—. Es muy tarde. Te veré por la mañana... ¡ahora no!
—Sara, maldita sea, ¡esto no puede esperar! No soportaré que ese hombre continúe viviendo en esta casa. ¡Tiene que irse!
La risa profunda de Lucas resonó en la habitación. La puerta se abrió bruscamente, golpeando contra la pared y Aitor entró en el cuarto. Lucas continuaba refugiado en las sombras, y Aitor tuvo que mirar alrededor dos veces antes de verlo.
Indignado, Aitor apretó los puños junto a su cuerpo y miró a Sara, después a Lucas y luego otra vez a Sara. Antes de que ella pudiese decir nada, Aitor dejó escapar un grito y comenzó a acercarse a Lucas.
Ella se puso de pie, salpicando agua sobre la espesa alfombra azul.
—¡Basta, Aitor! —gritó.
Aitor se detuvo. Abrió la boca al verla, olvidando que Lucas estaba en la habitación. Pero Lucas, que medio se había incorporado para afrontar el ataque de Aitor, miró sombrío a Sara.
—Siéntate, mujer —gruñó irritado Lucas.
Ella obedeció inmediatamente, desbordando agua por los costados de la bañera y un intenso sonrojo le cubrió el rostro.
—¿Qué demonios hace aquí, Fernández? —preguntó Aitor.
—Aitor, no tienes por qué enojarte —trató de tranquilizarlo Sara—. Lucas vino aquí poco antes que tú... a hablarme de su hijo. Cuando entró ignoraba que yo estaba bañándome.
—Entonces, ¿por qué está sentado ahí, mirándote mientras te bañas? Sara, ¿cómo le permites entrar aquí? ¿O esto es una vieja costumbre?
—No seas absurdo. Te digo que fue perfectamente inocente. ¡Dios mío! Este hombre me ha visto en el baño cientos de veces. Como recordarás, Lucas vino aquí por su hijo... no por mí. Y ocupó esa silla sólo el tiempo indispensable para formularme unas pocas preguntas... eso es todo. Aitor, no sYamaid ni un segundo de la bañera. Me vio únicamente cuanto tu absurda actitud me indujo a hacer un movimiento.
—¡Maldito sea, de todos modos no tiene derecho a estar aquí! —Baja la voz, Aitor, no sea que despiertes a Gonzalo! —exclamó Sara.
—Despertar a Gonzalo... es exactamente lo que me propongo hacer.
Fernández, no continuará aquí mucho tiempo.
Aitor rió amargamente y salió con paso rápido del cuarto.
—¡Mira lo que has hecho! —exclamó Sara—. ¿Por qué no me dejas en paz? Ahora Gonzalo se verá obligado a pedirte que salgas de la casa. Lo has hecho a propósito, ¿no es así?
—Sara, mi intención no era ser descubierto —replicó serenamente Lucas—. Es tu casa tanto como la de Gonzalo. No tendré que salir si tú no lo deseas. Si quieres que nuestro hijo crezca sin conocer a su verdadero padre, tuya es la decisión.
Era la primera vez que Lucas hablaba de «nuestro hijo» y Sara se sintió sorprendida y al mismo tiempo complacida de oírlo hablar así.
—De prisa... ¡entrégame la bata antes de que llegue Gonzalo! —dijo Sara con voz apremiante—. ¡Bien, vuélvete, maldita sea!
—¡Oh, por Dios, Sara!
Pero Lucas se volvió y se acercó a la ventana.
Sara abandonó la bañera y consiguió ponerse la bata sobre el cuerpo húmedo y ajustarla a la cintura, todo antes de que Gonzalo entrase en la habitación, seguido a poca distancia por Aitor.
—Sara, ¿qué demonios ocurre? —preguntó Gonzalo.
Lucas se volvió, y Aitor lo miró con fiera expresión.
—Te dije que era verdad. Gonzalo, es un insulto, y exijo que Fernández salga inmediatamente de esta casa! —explotó Aitor.
—Basta, Aitor. Te pido que vuelvas a tu casa. Yo atenderé este asunto —replicó Gonzalo.
—¡No me iré!
—¡Aitor... vamos! Deseo hablar a solas con Sara. Haré todo lo que sea necesario.
Aitor se volvió y salió de la habitación.
—También yo me iré si usted desea hablar a solas —dijo Lucas. —Sí —replicó secamente Gonzalo—. Por la mañana le informaré de mi decisión.
—Muy bien, por la mañana. Buenas noches, Sarita.
Lucas cerró la puerta tras de sí.
Sara comprendió que él le pedía que lo defendiese para poder continuar con su hijo. Aflojó un poco los músculos y se sentó al borde de la cama.
—Sarita, ¿cómo es posible que hayas permitido a Lucas venir a tu habitación a esta hora de la noche? —preguntó Gonzalo—. ¿Acaso tú y Lucas habéis resuelto finalmente vuestras diferencias? ¿Se trata de eso?
—Gonzalo, no sé de qué estás hablando. Nada hay que resolver entre nosotros. Lo que hubo terminó... y no se repetirá. Y no invite a Lucas a venir a mi habitación. Sencillamente, entró y no quiso irse.
—¿Quizás él ... ?
Sara sonrió levemente.
—Lucas se sentó en ese rincón mientras estuvo aquí, pero yo sabía que él me deseaba. Y sé que no puedo impresionarte más de lo que ya hice hasta ahora si te digo que también yo lo deseaba... lo deseaba más que a nada en el mundo —murmuró, temerosa de que Lucas la oyese desde su cuarto—. Pero me he resistido, porque sabía que me querría sólo esta noche. Mañana me habría odiado de nuevo.
—Pero Sarita, Lucas jamás dejó de desearte.
—¡A veces sí lo ha hecho! —replicó ella con voz airada.
No tenía objeto discutir con Sara cuando se mostraba obstinada. Gonzalo meneó la cabeza.
—Bien, Sarita, le pediré que se marche. Si no hubiera sido Lucas, a estas horas estaría muerto.
—Gonzalo, no quiero que se vaya.
—¡Seguramente no hablas en serio! Acabas de decirme que no podrás resistirlo si él... Sarita, esto volverá a ocurrir si él se queda aquí.
—Gonzalo, esta situación no se repetirá. Lo sé muy bien. Y además, en adelante cerraré con llave la puerta. Quiero que Lucas se quede aquí hasta que este preparado para irse. No le negaré el derecho de conocer a su hijo.
—¿Y qué me dices de Aitor? No comprenderá por qué Lucas se queda en la casa. —Gonzalo hizo una pausa, y meneó la cabeza—. Sarita, la culpa es mía. Nunca debí insistir en que te casaras con Aitor.
—Ahora eso no importa. Por la mañana conversaré con Aitor. Conseguiré que comprenda que fue un encuentro inocente.
—Dudo que lo crea. ¿Qué piensas hacer cuando te cases con Aitor? jamás permitirá que Lucas ponga los pies en su casa.
—No lo sé. Resolveré ese problema cuando llegue el momento. Y cuando hables con Aitor dile que conversamos acerca de Lucas Junior. Y que sí bien es una actitud un tanto impropia, tú olvidarás todo el asunto si no vuelve a repetirse.
—¿Es lo que le has dicho esta noche a Aitor? No me extraña que se haya enojado tanto. ¿Crees que Aitor es tan ingenuo que puede aceptar eso? No es tonto.
—Bien, tendré que insistir en que es verdad —dijo Sara—. No quiero más choques entre Lucas y Aitor.
—Trata de hablar con Aitor antes de que se cruce conmigo. Por mi parte, yo no sabría cómo explicar la prolongación de la presencia de Lucas en esta casa. Yo mismo no sé muy bien a qué atenerme.
—Gonzalo se acercó y besó suavemente la mejilla de Sara—. Imagino que Aitor volverá temprano, de modo que es mejor que descanses un poco. Buenas noches, hermanita. Ojala sepas lo que haces.
Sara sonrió levemente, pero no contestó a su hermano. Cuando Gonzalo se marchó, Sara paseó la vista por la habitación vacía y experimentó un sentimiento de pesar. Se preguntó qué habría ocurrido si Aitor no hubiese entrado repentinamente. Se puso el camisón, se acostó y un deseo ardiente la dominó... el mismo deseo que había experimentado tantas noches. Deseaba a Lucas... las manos del hombre amado acariciando su cuerpo, sus labios transportándola, la sensación de sus músculos tensos en la espalda cuando ella lo acariciaba. De bruces y con el rostro hundido en la almohada, lloró en silencio por lo que nunca podría ser.
*Ya se ha liado la gorda.... Si es que este Lucas y sus deseos.... ainsssssssssssss... Que pasara ahora?
mucho temo la reacción de Aitor... que hará????
Mañana mas mis niñas.
Besotes
19 marzo 2009
Amor en el desierto; Caos
Se preguntó por qué no había bajado a cenar la noche anterior. Él estaba dispuesto a demostrarle que podía adoptar una actitud tan indiferente como la de la propia Sara; y se había propuesto consagrar su atención entera a Estelle. La ausencia de Sara lo había decepcionado. Estelle era una hermosa joven, pero no podía compararse con Sara... nadie podía compararse con ella. ¿Por qué tenía que ser tan falsa y perversa?
El pequeño Lucas comenzó a llorar y Lucas se escondió cm la puerta de modo que podía observar a Sara sin ser visto cuando ella entrase en su cuarto. En efecto, Sara apareció en la habitación y a él le sorprendió ver que usaba la túnica negra que había confeccionado en Egipto. ¿Por qué no la había quemado? Al parecer, a diferencia de lo que le ocurría a Lucas, esa prenda nada representaba para ella.
Se acercó directamente a la cuna, los largos rizos dorados cayéndole en la espalda, y el pequeño Lucas dejó de llorar apenas la vio.
—Buenos días, amor mío. Esta mañana me has dejado dormir hasta tarde, ¿verdad? Lucas eres la alegría de mi vida. ¿Qué haría sin ti?
Lucas se sintió reconfortado cuando vio cuán intenso era el amor de Sara por su hijo. Pero le desconcertaba que ella hubiese dado al niño su mismo nombre.
Sara se volvió bruscamente, porque sintió la presencia de Lucas en la habitación: pero nada dijo cuando lo vio junto a la puerta. Se volvió hacia el pequeño Lucas, lo retiró de la cuna y se sentó en una silla tapizada, con tela azul y puesta en el rincón del cuarto. Se desabrochó lentamente el camisón.
El silencio de Sara irritó a Lucas. Prefería que ella le gritase y no que lo ignorase.
—No has necesitado mucho tiempo para perder nuevamente tu pudor —observó cruelmente.
—Lucas, ayer aclaraste bien las cosas. No puedo mostrarte nada que no hayas visto ya —dijo serenamente Sara, y sus labios dibujaron una semisonrisa que no se extendió a sus ojos tan azules.
Lucas se echó a reír. Esta mañana no conseguiría que ella perdiese los estribos. Observó a su hijo que chupaba ávidamente el seno de Sara, y el espectáculo lo conmovió profundamente. Eran su hijo, y la mujer que él aún deseaba. Lucas rehusaba aceptar la derrota. Hallaría el modo de tenerlos a ambos.
—Tiene mucho apetito. ¿No necesitas una nodriza? —preguntó Lucas.
—Tengo leche suficiente para satisfacer sus necesidades. El pequeño Lucas está bien atendido —dijo ella con voz tensa.
Lucas suspiró profundamente. Aparentemente, no necesitaba buscar mucho para hallar una observación acre que la irritase... una sencilla pregunta producía ese efecto.
—No quise insinuar que no eres buena madre —dijo. Más aún, Sara, diría que la maternidad te sienta. Te has comportado muy bien con mi hijo —dijo Lucas con voz serena, mientras acomodaba un mechón de los cabellos de Sara que se había desordenado, y al hacerlo lo acariciaba delicadamente entre los dedos.
—Gracias —murmuró ella.
—¿Dónde lo bautizaste? —preguntó Lucas, de pasada. No deseaba retirarse, y pensó que era necesario decir algo porque de lo contrario su presencia silenciosa acabaría por irritar a Sara.
—Aún no está bautizado —dijo Sara.
—¡Santo Dios, Sara! Debieron bautizarlo un mes después de nacer. ¿Qué estás esperando? —estalló y rodeó la silla para enfrentarse a la joven.
—Maldito seas... ¡no me grites! Sencillamente, no pensé en el asunto. No estoy acostumbrada a tener hijos —replicó con la misma voz colérica, y sus ojos cobraron un tono azul zafiro.
Dando grandes zancadas, Lucas llegó a la puerta de la habitación, pero se volvió para enfrentarse de nuevo a Sara, con el cuerpo tenso de cólera.
—Lo bautizaremos hoy... ¡esta mañana! Prepárate y prepara a mi hijo porque saldremos dentro de una hora.
—Ésta es mi casa, Lucas, no tu campamento en las montañas. No puedes decirme qué debo hacer aquí.
—Prepárate, o yo mismo lo llevaré.
Dicho esto, se volvió y salió del cuarto.
Sara sabía que hablaba en serio. Procuró tranquilizarse y terminó de alimentar al pequeño Lucas; después, lo depositó en la cuna, llamó a una de las criadas y le ordenó que la ayudase a prepararse. No podía confiar el niño a Lucas... quizá no regresara.
Depositó sobre la cama la túnica y vio que era la prenda árabe, de lienzo negro. Sin prestar mucha atención al asunto, se la había puesto cuando el pequeño Lucas empezó a llorar. Sara se preguntó si Lucas habría advertido el hecho. Pero no... probablemente ni siquiera recordaba la túnica; de lo contrario, habría formulado alguna maligna observación.
Sara se peinó y después eligió un sencillo vestido de algodón con mangas largas y cuello alto, una prenda adecuada para la ocasión. Como disponía de tiempo, vistió con cuidado al pequeño Lucas y una hora después descendió la escalera.
Lucas esperaba solo, y Tomó al niño de los brazos de la madre.
—¿Dónde está Gonzalo? —preguntó ella nerviosamente.
—Salió temprano esta mañana: fue a Valencia por asuntos de negocios. Dijo que trataría de regresar antes de mediodía —replicó Lucas y echó a andar hada la puerta.
—Pero... no iremos solos... ¿verdad?
—Oh, vamos, Sara —dijo él riendo—. No volveré a raptarte, si eso es lo que te inquieta. Aunque a decir verdad la idea me pasó por la mente.
—¡Oh!—Sara pensó irritada: «Qué fácil es mentir para este hombre.» —Lucas, la próxima vez que proyectes un rapto, ¡tu víctima probablemente será Estelle! —replicó Sara.
—Caramba, Sara, a decir verdad pareces celosa —se burló él.
—¡No estoy celosa! —dijo secamente Sara—. Al contrario, agradezco que desvíes en otra dirección tus atenciones.
No les llevó mucho tiempo llegar a la pequeña iglesia cercana a Miranda. Sara esperó en el carruaje abierto mientras Lucas entraba en la iglesia para comprobar que el sacerdote estaba disponible. Regresó poco después y la ayudó a descender del carruaje.
—¿Todo está arreglado? —preguntó ella cuando Lucas volvió a apoderarse del pequeño.
—Sí. Llevará sólo un minuto —respondió Lucas y escoltó a la joven hacia el interior de la iglesia pequeña y sombría.
Un hombre grueso, de baja estatura, los esperaba al extremo del corredor y Lucas le entregó al niño. El pequeño Lucas no lloró cuando sintió el agua en la frente, pero Sara ahogó una exclamación cuando oyó las palabras pronunciadas claramente en la sala oscura. —Yo te bautizo... Lucas Fernández, hijo.
Lucas recuperó a su hijo y Tomó del brazo a Sara para acompañarla fuera de la iglesia. Ella nada dijo hasta que estuvieron en el carruaje y el cochero inició el camino de regreso a la Residencia
Miranda.
—¡No tenías derecho de hacer eso, Lucas! —exclamó Sara, mirándolo con ojos hostiles.
—Todo el derecho del mundo... soy su padre —sonrió Lucas.
—No eres su padre legal... no estamos unidos. ¡Maldito seas! Se llama Lucas Junior Miranda según se lee en su partida de nacimiento.
—Sara, es muy fácil cambiar eso.
—Primero tendrás que encontrar el documento original. ¡Es mi hijo, y llevará mi nombre, no el tuyo!
—Y cuando te cases, ¿le darás el nombre de tu marido?
—En realidad, no he pensado en ello, pero si Aitor desea adoptarlo, sí, llevará su nombre.
—No permitiré que ese joven vanidoso críe a mi hijo –replicó Lucas con el ceño fruncido.
—Lucas, nada tendrás que ver en eso. Además, Aitor será un buen padre.
Pero Sara no creía realmente en sus propias palabras.
—Veremos —murmuró Lucas, y ninguno de los dos volvió a hablar durante el resto del viaje de regreso a la Residencia Miranda. Gonzalo los recibió en la puerta, y su rostro expresaba profunda irritación.
—¿Dónde demonios estuvisteis? ¡Me sentí muy inquieto!
—Gonzalo, fuimos a bautizar a Lucas Junior. No había motivo para preocuparse —replicó Sara. Miró inquisitivo a Lucas, que se echó a reír.
—¿Por qué no dijisteis a nadie adónde ibais? Cuando volví a casa descubrí que habíais salido y que os habíais llevado al niño, pensé que...
—Sabemos lo que pensaste, Gonzalo —rió Sara—. Pero como ves, te equivocaste. Lamento que te hayas inquietado... no volverá a ocurrir.
Sara subió al primer piso para acostar al pequeño Lucas. Después de cambiarlo, cerró las puertas de la habitación, de modo que nadie lo molestase y más tarde fue a su propio cuarto para quitarse el sombrero. A través de la puerta abierta Sara oyó los movimientos de Lucas que entraba en su habitación. Su voz llegó claramente a los oídos de la joven, y lo que oyó la indujo a permanecer inmóvil, sin hacer el más mínimo gesto.
—¿Qué haces aquí? Tu hermana se enojará mucho si te encuentra en el dormitorio de un caballero.
—Lucas, no es necesario que actúes así. Seguramente estás acostumbrado a recibir damas en tu dormitorio —dijo amablemente Estelle—. He esperado aquí para hablarte a solas. ¿Por qué no cierras la puerta y te sientas? Estarás mucho más cómodo.
—No será necesario... no permanecerás mucho tiempo en este cuarto, Estelle, no deseo que me pidan que abandone la casa sólo porque a ti te interesa jugar a ciertos juegos.
Sara no quiso escuchar más, pero en verdad no atinó a reaccionar.
—¡Lucas Fernández, no estoy haciendo juegos! Vine a buscar una respuesta. ¿Aún amas a Sara? ¡Tengo derecho de saberlo!
—¡Amor! ¿Qué tiene que ver el amor con esto? Hace un tiempo la he deseado, del mismo modo que te deseo ahora —dijo Lucas, y en su voz profunda no había sentimiento alguno.
—Entonces, ¿ella nada significa para ti ahora? —preguntó Estelle.
—Sara es la madre de mi hijo... eso es todo. Y ahora, Estelle, debo pedirte que salgas, antes de que alguien te encuentre aquí. La próxima vez que desees hablarme a solas busca un lugar más apropiado.
—Lo que tú digas, Lucas —replicó Estelle con una risita, era evidente que se sentía muy complacida consigo misma. —¿Te veré a la hora del almuerzo?
—Bajaré dentro de algunos minutos.
Sara se sentó en el borde de la cama; sentía que le habían hundido un cuchillo en el corazón. Un rato antes tenía apetito, pero ahora la idea de comer le parecía insoportable. ¡Necesitaba marcharse!
Se quitó el vestido, se puso el traje de montar y descendió de prisa la escalera. Un momento después, salia de la casa.
Tras ordenar a un caballerizo que ensillara a Cachis, esperó impaciente. Después descendió por el sendero que conducía a los campos abiertos y al fin prorrumpió en llanto.
El viento se llevó las lágrimas de sus ojos cuando Sara obligó a Cachis a correr cada vez más velozmente. De los cabellos se desprendieron las horquillas, y los mechones cayeron sobre su espalda, flotando en el aire. Deseaba terminar de una vez, pero de pronto recordó al pequeño Lucas. No podía abandonar a su hijo. Tenía que afrontar el hecho de que aún amaba a Lucas, pero jamás lo recuperaría. Tendría que aceptar la situación y comprender que su hijo era el único motivo de alegría en su vida. Aitor la amaba y quizá llegaría el día en que podría ser feliz con él.
Hacía dos horas que había oscurecido cuando al fin Sara llegó a la puerta principal y después de entrar se apoyó contra la hoja de madera, agotada. Lucas salió del salón, y en su rostro se veía una expresión irritada e inquieta; pero se tranquilizó y sonrió cuando vio a Sara. Gonzalo y Kareen estaban detrás de Lucas. Kareen preocupada y Gonzalo dominado por la cólera.
—Sara, ¿dónde demonios has estado? –exclamó Gonzalo—. Dos veces en el mismo día te marchas sin decir palabra. ¿Qué te ocurre?
—¿El pequeño Lucas está bien? —preguntó Sara.
—Muy bien. Lola mandó llamar a una nodriza al ver que tú no regresabas. El niño estaba un tanto nervioso, pero ahora duerme. Sarita, ¿estás herida? –preguntó Gonzalo—. Parece que te hubieras caído del caballo.
Sara examinó su propio aspecto. Era una desastre. Tenía los cabellos enmarañados, le caían sobre los hombros llegándole a la cintura. El traje de montar de terciopelo verde estaba desgarrado en muchos lugares a causa de la desenfrenada cabalgada a través de los bosques.
Se apartó de la puerta y enderezó orgullosamente el cuerpo. —Estoy muy bien, Gonzalo. Sólo cansada y hambrienta.
Comenzó a caminar, pero Gonzalo la obligó a volverse.
—Un minuto, joven. No has contestado a mis preguntas. ¿Dónde has estado tantas horas? La casa entera ha estado buscándote.
Sara vio la expresión divertida de Lucas y se enojó.
—¡Maldita sea! Gonzalo, ya no soy una niña... ¡puedo cuidarme sola! Que me aleje unas pocas horas no es motivo que justifique despachar partidas encargadas de buscarme.
—¡Unas pocas horas! Estuviste fuera todo el día.
—Estuve cabalgando... ¡eso es todo! ¡Y precisamente tú deberías saber por qué lo hice!
Gonzalo sabía a qué atenerse. Al parecer la presencia de Lucas en la casa inquietaba a Sara más de lo que él había previsto.
—Sarita, quiero hablar contigo... a solas —dijo Gonzalo.
—Esta noche no, Gonzalo... ya te lo dije, estoy cansada.
Gonzalo la acompañó hasta la escalera, para quedar fuera del alcance del oído de los presentes.
—Sarita, si Lucas te inquieta tanto, le pediré que se marche.
—¡No! —gritó Sara, y después, en voz más baja—: Gonzalo, no deseo que se vaya. No puedo negarle el derecho de estar con su hijo. He acabado por reconciliarme conmigo misma... en adelante podré soportar su presencia.
Abrigaba la esperanza de estar diciendo la verdad.
Gonzalo volvió adonde estaba Kareen cuando Sara comenzó a subir la escalera.
—Ordenaré a un criado que le lleve una bandeja de comida, y le prepare agua caliente para darse un baño —dijo Kareen, que miraba inquieta a su marido—. ¿Has descubierto por qué salió esta tarde?
—Lo sé —replicó Gonzalo, mientras dirigía a Lucas una mirada de desaprobación—. Pero no sé qué hacer al respecto.
* Mañana mas niñas.... espero vuestros comentarios.... quedan 5 capis para el final....
besotes
18 marzo 2009
Amor en el desierto; Si, quiero!!!!
Sara había pasado la mañana entera tratando de evitar a Estelle. No podía ver tanta felicidad en los ojos de la joven, pues sabía que ella amaba a Lucas. Ahora corrían las últimas horas de la tarde y Kareen y Estelle habían ido a Valencia a hacer algunas compras, mientras Gonzalo revisaba las cuentas de su propiedad en su estudio.
La casa estaba en silencio. Sara estaba sentada en el salón, y trataba de leer un libro para apartar su pensamiento de Estelle y Lucas. Pero continuaba imaginándolos, y los veía reunidos, besándose y abrasándose. ¡Maldito sea!
—Sara, necesito conversar contigo.
Era Aitor Carrasco.
Ella se levantó y se acercó al hogar, y su falda de terciopelo rojo se balanceó suavemente.
—Aitor, creí que no te vería antes de la noche. ¿Qué asunto tan importante te trae a esta hora temprana? —preguntó Sara.
Le volvió la espalda y se atareó ordenando las figuritas sobre la repisa de la chimenea.
—Conversé esta mañana con Gonzalo. Coincide conmigo en que debemos casarnos. Sara no puedes continuar rechazándome. Te amo. Por favor, ¿te casarás conmigo?
Sara suspiró hondo. Su respuesta haría feliz a todos... es decir, a todos excepto a ella misma. Incluso Lola le había explicado que los matrimonios se concertaban por conveniencia no por amor, y que era suficiente que el señor Aitor la amase.
—Está bien, Aitor, me casaré contigo. Pero no te aseguro que... —Pensaba decir «te amé», pero el sonido de una voz profunda la interrumpió. Se volvió, mortalmente pálida.
—Señora, se me ha informado que tengo un hijo. ¿Es cierto?
Aitor asió bruscamente los brazos de Sara, pero ella estaba demasiado conmovida para sentir nada. Aitor la soltó volviéndose para enfrentarse al intruso, y Sara se apoyó en la repisa de la chimenea. Sentía que se le doblaban las rodillas.
—¿Quién es usted, señor? —preguntó Aitor, ¿y qué significa preguntarle a mi prometida si usted tiene un hijo?
—Soy Lucas Fernández. La señorita Miranda puede ser su futura esposa, pero este asunto no le concierne. Me dirijo a Sara, y estoy esperando una respuesta.
—¡Cómo se atreve! —exclamó Aitor—. Sara, ¿conoces a este hombre?
Sara estaba horriblemente confundida. Se volvió lentamente para enfrentarse a Lucas y sintió que al verlo su voluntad se debilitaba. No había cambiado... aún era el hombre a quien ella amaba. Anhelaba correr hacia él. Deseaba abrazarlo y no separarse jamás de él. Pero el horrible odio que veía en sus ojos y la dura frialdad de su voz la detuvieron.
—¿Tengo un hijo, señora?
Ante la amenaza de la voz de él, el miedo se apoderó de Sara. Pero entonces también comenzó a avivarse su cólera. ¿Cómo era posible que preguntase tan fríamente acerca de su hijo?
—No, señor Fernández —dijo—. Yo tengo un hijo... ¡usted no!
Entonces, señorita Miranda, formularé de otro modo mi pregunta. ¿Soy el padre de su hijo?
Sara comprendió que no tenía salida. Mariano seguramente le había informado de la fecha de nacimiento. Lucas había realizado los correspondientes cálculos y sabía que ella había concebido con él. Además, era suficiente mirar al pequeño Lucas para saber que era el hijo de Lucas Fernández.
Sara se desplomó en la silla más cercana, tratando de evitar la mirada de los hombres que esperaban su respuesta.
—Sara, ¿es cierto? ¿Este hombre es el padre de tu hijo? —preguntó Aitor.
—Es cierto, Aitor —murmuró Sara.
—Señor Fernández, ¿cómo se atreve a venir aquí? —preguntó Aitor.
—¡Estoy aquí porque vine a buscar a mi hijo y sugiero que usted no se meta!
—¡A su hijo! —gritó Sara, incorporándose bruscamente. Pero usted nunca lo quiso. ¿Por qué lo desea ahora?
—Temo que interpretaste mal lo que te dije hace mucho tiempo, Sara. Te dije que no te había llevado a mi campamento para engendrar hijos. Nunca dije que no aceptaría al niño que pudiera nacer —replicó serenamente Lucas.
—Pero yo...
La aparición de Gonzalo interrumpió la frase de Sara.
—¿Qué son estos gritos? —preguntó con voz severa. Entonces vio a Lucas que estaba junto a la puerta, y sonrió con simpatía.
—Lucas... no esperaba verlo tan pronto. Me alegro que decidiera aceptar mi invitación para vistamos. Estelle se sentirá complacida de verlo.
—¡Santo Dios! ¿Todos están locos? —explotó Aitor. Gonzalo, ¿sabes quién es este hombre? ¡Es el padre del hijo de Sara!
La sonrisa de Gonzalo se esfumó.
—Sara, ¿es eso cierto? —preguntó.
—Sí —murmuró ella con voz tensa.
Gonzalo descargó un puñetazo sobre la pared.
—¡Maldita sea, Sara! ¡He llegado a ser amigo de este hombre! ¡Me dijiste que el padre de tu hijo era un árabe!
—¡Pero Lucas es medio árabe y te dije que tenía otro nombre! —replicó a gritos Sara.
—Y usted —explicó Gonzalo, volviéndose de nuevo hacia Lucas—. Venga conmigo.
—¡Gonzalo! —gritó Sara——. ¡Me diste tu palabra!
—Recuerdo bien la promesa que me arrancaste, Sarita. Me limitaré a hablar a solas con Lucas en mi estudio —dijo Gonzalo, más sereno, y los dos hombres salieron de la habitación.
Gonzalo sirvió dos brandies y entregó uno a Lucas. Después, se acomodó en un sillón de cuero negro.
—¿Por qué vino aquí? ¡Santo Dios, Lucas! ¡Tengo todo el derecho del mundo a retarlo a duelo por arruinar la vida de mi hermana!
—Espero que la cosa no llegará a eso —replicó Lucas Supe de la existencia del niño por mi hermano y vine aquí para casarme con Sara y llevarme a los dos a mi casa de Benfleet. Pero llegué en el momento en que ella aceptaba la propuesta de ese mocoso peleador, de modo que ahora es imposible hablar de matrimonio. De todos modos, quiero a mi hijo.
—¡Sara jamás renunciará al niño!
—En ese caso, debo pedirle que me permita permanecer aquí, para persuadirla de que acceda. Puede comprender cuáles son mis sentimientos. El niño es mi heredero, y soy rico. Para él sería beneficioso que yo lo educase.
—No entiendo. Usted es un caballero, y sin embargo secuestra a una dama y la retiene como amante. ¿Cómo pudo hacer tal cosa? —preguntó Gonzalo.
Lucas se sintió divertido porque Gonzalo había formulado la misma pregunta que él había oído de labios de su propio hermano.
—Deseaba a su hermana más de lo que jamás deseé a ninguna mujer. Es tan bella que usted mal puede criticarme. Estoy acostumbrado a tomar lo que deseo y le pedí que se casara conmigo, cuando nos conocimos en Madrid. Como ella me rechazó, conseguí que usted fuera enviado a Egipto, la patria de mi padre.
—¡De modo que usted fue responsable de la maniobra!
—Sí, y probablemente usted conoce el resto.
Gonzalo asintió. Estaba asombrado ante los extremos a los que había llegado ese hombre para conseguir a Sara. Probablemente haría otro tanto para conseguir a su hijo. De modo que Sarita se equivocaba... Lucas quería tanto a la madre como al hijo y había venido para desposaría. Gonzalo se sintió culpable porque la había persuadido de que contrajese matrimonio con Aitor. Quizá había echado a perder la única posibilidad que se ofrecía a Sarita de ser feliz. Pero si permitía que Lucas permaneciese en la casa, él y Sarita quizá resolviesen sus diferencias. Gonzalo decidió que no volvería a interferirse en el asunto.
—Lucas, usted puede permanecer aquí tanto tiempo como lo desee, aunque probablemente provocará un buen escándalo. Como sabe, Estelle también está aquí y cree estar enamorada de usted. No sé cuáles son sus sentimientos hacia esa joven, pero le ruego que maneje con cuidado la situación ... por el bien de Sara. —Gonzalo se puso de pie y se acercó a la puerta—. Sin duda, ahora desea ver a su hijo. Trataré de explicar el problema a Aitor Carrasco mientras Sara lo lleva a sus habitaciones.
—Le agradezco su comprensión —dijo Lucas.
Frente a la puerta del estudio, acompañado por Lucas, Gonzalo llamó a Sara, y la joven apareció en el vestíbulo; su rostro era la imagen misma de la vacilación.
—He decidido que Lucas continúe aquí un tiempo —dijo Gonzalo.
—Pero Gonzalo...
—Eso está arreglado, Sarita. Ahora lleva a Lucas a la habitación del niño. Es hora de que conozca a su hijo.
—¡Oh!
Sara se volvió y comenzó a subir la escalera sin esperar a Lucas.
—Usted no suponía que la cosa sería fácil, ¿verdad? –preguntó Gonzalo.
—Nada es fácil cuando se trata de Sara —replicó Lucas y la siguió por la escalera.
Sara lo esperó a la puerta de la habitación. Se sentía tensa e irritada, y cuando Lucas Regó a ella ya no pudo controlar su incomodidad.
—¿Qué esperas ganar quedándote aquí? —dijo con dureza—. ¿No has provocado ya bastante sufrimiento?
—Ya te lo dije, Sara. Vine a buscar a mi hijo.
—¡No hablas en serio! Después de lo que me hiciste, ¿pretendes que te entregue a mi hijo? Bien, ¡no lo tendrás!
—¿Está en este cuarto?
—Sí, pero...
Lucas abrió la puerta, pasó junto a Sara y entró en la habitación de su hijo. Se acercó directamente a la cuna y se detuvo para contemplar al niño.
Sara se acercó, pero no dijo palabra cuando vio la sonrisa de orgullo de Lucas, que miraba al niño.
—Un hermoso niño, Sarita... gracias —dijo Lucas con expresión cálida y Sara se suavizó de nuevo cuando percibió la dulzura de la voz de él. Lucas alzó suavemente al niño. Cosa extraña, el pequeño no lloró y miró con curiosidad los bigotes en el rostro de su padre—. ¿Qué nombre le has puesto?
Sara vaciló y desvió los ojos. ¿Qué podía decirle? —Junior —murmuró.
—¡Junior! ¿Qué clase de nombre es ése para mi hijo? —explotó Lucas y el pequeño Lucas se echó a llorar.
Sara se apresuró a retirar al niño de los brazos de Lucas, que lo entregó sin oponer resistencia.
—Vamos, querido, está bien... ven con mamá —dijo ella, tratando de calmar al niño. El pequeño dejó de llorar inmediatamente y Sara miró irritada a Lucas—. Puesto que no estabas conmigo, tuve que elegir el nombre que me pareció mejor. Oh, ¿por qué has tenido que venir?
—Vine aquí con buenas intenciones, pero al llegar !e oí aceptar la propuesta de matrimonio de tu amante —replicó Lucas, los ojos sombríos y amenazadores.
—¡Mi amante!
—Oh, vamos, Sara... no lo niegues. Sé bien lo apasionada que eres. Después de todos estos meses, supuse que te encontraría en los brazos de otro hombre.
—¡Te odio! —exclamó Sara, y sus ojos cobraron un matiz azul oscuro.
—Señora, sé muy bien lo que usted siente por mí. Si me odias tanto, ¿por qué desea retener a mi hijo? Cada vez que lo mire, verá mi propia figura.
—¡También es mi hijo! Lo llevé en mi vientre nueve meses. Sufrí el dolor de traerlo al mundo. ¡No lo entregaré! ¡Es parte de mí ser y lo amo!
—Otro asunto que me desconcierta. Si me odias tanto, ¿por qué fuiste a Magnun para dar a luz al niño?
—No sabía que era tu casa... lo supe después de llegar. No quería permanecer aquí, y Lola, mi anciana niñera, propuso que fuese con su hermana, que casualmente es tu cocinera. Por eso fui a Magnun. ¿Cómo podía saber que la propiedad era tuya?
—Seguramente fue una sorpresa —se burló Lucas—. ¿Por qué no te marchaste cuando descubriste la verdad?
—Emma insistió en que me quedara. Pero ahora no deseo continuar discutiendo el asunto —replicó Sara—. Lucas, tendrás que marcharte. Es hora de alimentar al niño.
—Pues aliméntalo. Sara, es un poco tarde para que me vengas con tu falsa modestia. Conozco bien el cuerpo que tu vestido oculta.
—¡Eres insoportable! No has cambiado en lo más mínimo.
—No... pero tú has cambiado. Antes eras más sincera.
—No sé de qué hablas. —Sara se acercó a la puerta del dormitorio,—. Sugiero que alguien te lleve a tu cuarto. Después si lo deseas, podrás ver a tu hijo.
Sara ocupó una silla en el rincón más alejado de la habitación y depositó al pequeño Lucas en su regazo, mientras se desabrochaba el corpiño. Pero aún sentía la presencia de Lucas y cuando alzó los ojos lo vio apoyado contra el marco de la puerta, mirándola atentamente.
—¡Por favor, Lucas! Puedes entrar en la habitación del niño, pero ésta es la mía. Deseo un poco de intimidad... si no te importa.
—¿Te molesto, Sara? ¿Jamás desnudaste tus pechos frente a un hombre? —preguntó Lucas—. Propongo que dejes de representar el papel de la mujer indignada y que alimentes a mi hijo. ¿Tienes apetito, no es así?
—¡Oh! —Sara decidió ignorarlo, y formuló mentalmente el deseo de que se marchase.
Abrió un lado del vestido y amamantó al pequeño Lucas. El niño chupó codiciosamente, apoyando un minúsculo puño sobre el seno materno. Sara sabía muy bien que Lucas continuaba mirándola.
—Sara, ¿qué estás haciendo? —gritó Lola, que entró en la habitación por otra puerta y vio a Lucas.
—Está bien, Lola, serénate —dijo irritada Sara——. Éste es Lucas Fernández.
—De modo que es el padre del pequeño Lucas —observó acremente Lola, volviéndose para enfrentarse a Lucas—. Bien, vaya descaro venir aquí, después de lo que hizo a mi niña.
—Oh, basta, Lola. Ya has hablado bastante —la interrumpió Sara. Lucas se echó a reír y Sara agachó la cabeza, porque sabía muy bien qué le parecía tan divertido. ¡Es un nombre común, maldita sea! ¡No necesito explicar nada!
El pequeño Lucas comenzó a llorar otra vez.
—Señor Fernández, salga de aquí. Está molestando a Sarita y a su hijo —observó Lola.
Cerró la puerta detrás de Lucas, pero Sara aún oía la risa del hombre. Lola se apresuró a cerrar la otra puerta y después miró a Sara y movió la cabeza.
—De modo que vino... sabía que vendría. ¿El señor Gonzalo lo sabe?
—Sí. Gonzalo decidió permitir que Lucas permanezca aquí. Y también Aitor lo sabe. Lucas entró precisamente cuando yo aceptaba la propuesta matrimonial de Aitor. Oh, Lola, ¿qué puedo hacer? —Sara se echó a llorar—. Vino a buscar a su hijo... ¡no a mí! Lucas se muestra muy frío conmigo, ¿y cómo soportaré verlo unido a Estelle?
—Todo se arreglará, señorita Sarita... ya lo verá. Ahora, basta de llorar, porque de lo contrario el pequeño no se calmará.
Sara cerró discretamente la puerta del cuarto y al volverse vio a Lucas que salia de la habitación contigua. Tenía que acercarse a él para llegar a la escalera, pero Lucas le cerró el paso.
—¿Duerme el pequeño Lucas? —preguntó burlonamente.
—Sí —replicó Sara, que evitó la mirada de su interlocutor—. ¿Tu habitación es satisfactoria?
—Me arreglaré —replicó él, y la obligó a mirarlo a los ojos—. Pero prefería compartir la tuya.
Lucas la apretó contra su cuerpo y sus labios cubrieron los de Sara, exigiendo una respuesta. Ella la ofreció de buena gana. Todos esos meses tan prolongados y solitarios parecían esfumarse.
—Ah, Sarita... ¿por qué no me dijiste que tendríamos un hijo? —murmuró él con voz ronca.
—Lo supe cuando llevaba tres meses de embarazo. Y entonces era demasiado tarde... te habías casado con Neva.
—¡Neva! —rió Lucas, los ojos fijos en el rostro de Sara. —Yo...
Pero entonces él se puso rígido, De modo que... ella había regresado con su hermano porque así lo deseaba. Lucas pensé que quizás ella ya conocía su embarazo, y temía que él se enojara. ¿Cuándo aprendería de una vez que esa mujer lo odiaba?
—Lucas, ¿qué te pasa? —preguntó Sara, que vio la frialdad en los ojos de Lucas.
—Señora, será mejor que vaya donde está su amante. ¡Estoy seguro de que prefiere sus besos a los míos! —dijo Lucas con dureza y la apartó de un empujón.
Sara lo vio alejarse y sintió que se le doblaban las rodillas. ¿Qué había dicho que lo había inducido a ofenderla tan cruelmente? Ella se había sentido maravillosamente feliz apenas un momento antes, y ahora creía estar al borde del desastre.
—¡Lucas! ¡Oh, sabía que vendrías!
Sara oyó la voz complacida de Estelle que provenía del vestíbulo de la planta baja.
—Querida, abrigaba la esperanza de que aún estuvieras aquí. Lograrás que mi estancia en esta casa sea mucho más grata —respondió alegremente la voz profunda de Lucas.
Las lágrimas brotaban de los ojos de Sara mientras ella caminaba de regreso a su cuarto y después de entrar cerraba la puerta. Se desplomó en la cama y hundió el rostro en la almohada.
No podía soportar la imagen de Lucas galanteando con Estelle. ¿Por qué la odiaba así? ¿Por qué no la deseaba ya? ¿Cómo podía soportar verlos juntos, cuando se le partía el corazón?
*Si es que ya es mala suerte que Lucas llegue después de que ella acepte la propuesta de matrimonio de Aitor!!!!!! Ay Gonzalito, pa que te metes donde nadie te llama!!!! Y Estelle??? Conquistara a Lucas????
Mañana mas.
Os quiero