Se aferra más a su cuerpo buscando un calor que la haga sentir mejor, menos triste y quizás menos sola. Esconde la cara en el pecho de Pablo y se deja mecer, mientras él, en su oído, tararea una melodía que los dos conocen bien, y les transporta a otros lugares y otros momentos que compartieron en el pasado. Viajan por el tiempo y a otra ciudad, a muchas noches sin dormir, arañando minutos dentro de cualquier bar, charlando, bailando, sintiéndose más unidos de lo que lo han estado con cualquier otra persona.
Deshacen el abrazo, y se miran a los ojos sabiendo que están pensando lo mismo: añoran aquellos meses en el sur de España, en los que decidieron dejar de pensar y dedicarse a sentir, donde compartían risas, besos y cama. Donde jugaron entre las sábanas a ser amigos para siempre, sin que eso significará más que precisamente eso: ser amigos y nada más.
Pablo ve en sus ojos lo que siempre ha sabido, que Lucía le amó, le amó mucho, tanto que hubiera dejado todo por él. Y Lucía solo recuerda eso, como ella tuvo que irse de su lado para no sentirse utilizada por él porque siempre le quiso más que él a ella. Recuerda aquella nota dejada encima de una cama que horas antes habían deshecho juntos, una despedida fría y la promesa de una conversación “cuando las aguas vuelvan a su cauce”
- Lucía yo….. Aquel día… -sin necesidad de explicarle a que se refiere, sabe que ella recuerda aquel momento, porque fue el último, el fin del principio. Lo que pudo cambiar todo.
- Shhh, no digas nada
- Tengo que hacerlo Lucía. Nunca me dejaste explicarme y tenía que decir tantas cosas.
Le tapa la boca con sus manos y cariñosa le da un beso en la mejilla. No dice nada al levantarse del banco y marcharse. No quiere hablar, no puede. No quiere volver a recordar aquello, porque eso solo le recuerda que a veces, hay heridas del pasado que no cicatrizan jamás. Y la herida de su marido, lo sabe, está segura, está más abierta que nunca.
La ve marcharse y siente como el alma se le resquebraja en mil pedazos, no es justo, no es justo que ella, que tanto sufrió en el pasado por desamor, esté viviendo ahora esa situación. Tiene que hacer algo para ayudarla, tiene que conseguir que Lucia sea feliz, y si para ello tiene que volver a ser aquel Don Juan que fue en su día, lo hará, sabe de primera mano que, si se empeña, no hay mujer que se le resista.
Lucas siente que nada ha cambiado. Ese beso le resulta familiar, pero a la vez excitante, algo nuevo, todo en uno. Sabe que no debe, que se está metiendo justo en la boca del lobo, pero ella sabe tan bien…. Ojala pudiera apartarse y dejar de sentir el nudo en el estómago que hacia años que tenía olvidado. Ojala no se sintiera en el cielo, volando por encima de las cabezas de todos los imbéciles que de ver lo que está pasando ahora le diría que está volviendo a cagarla. Ojala pudiera parar y rechazarla, apartarla de su cuerpo, pero en vez de eso, se une más a él, se funde con ella, la abraza y sus manos viajan de su cara a su cuello, de su cuello a su pelo y de su pelo sigue bajando por su espalda, dispuesto a seguir bajando, a seguir descubriendo un camino tantas veces andado que siente muy suyo.
Por un momento quisiera que el tiempo retrocediera, viajar hasta aquel primer beso, donde todo parecía tan difícil pero infinitamente más sencillo que ahora. Entonces solo le preocupaba que ella se fuera de su vida, si, quizás como ahora, pero en aquel momento no llevaba el anillo que ahora adorna su mano, ni este le pesaba tanto como una losa, y el cargo de conciencia no le impidió disfrutar del todo con ese beso. Por eso la aparta, casi con violencia, echándola de menos al instante. Un frío que duele le sacude los labios, necesita volver a sentirla. Abre los ojos y la ve allí, tan guapa jadeando de placer, de ansía, suplicando con la mirada que ese beso no acabe nunca.
Vuelven a mirarse, y son sus cuerpos, por inercia, los que recorren el espacio que los separa para volverse a unir en un beso que ambos necesitan, ahora mismo, como el respirar.
Se agarra a su cuello, sabiendo que de no hacerlo las piernas no la sostendrán. Las manos de Lucas, ávidas, anhelantes, ciñen su rostro, acercando todavía más sus bocas, si eso es posible. Beben de sus labios como amantes golosos de ese dulce manjar aferrándose al momento, sin mentiras, sin culpas, sin mascaras. Siendo tan solo dos personas que se han amado y extrañado mas de lo que cualquiera alma puede soportar. Los minutos transcurren sin ser conscientes de ellos mientras sus bocas, sus lenguas, se recrean en miles de besos, que les remueven tanto por dentro, que creen volverse locos de pasión.
Aparta de su mente, aunque no sin esfuerzo, el pasado, y se concentra en el presente, en su marido, en la vida que eligió años atrás y que ahora...
Unos pasos en la corrala los devuelve a la realidad. No le ha dado tiempo a verla siquiera, cuando Lucas reconoce el sonido de los pasos de su mujer, y casi hasta puede olerla y sentirla mientras se va acercando a la casa que comparten. Lucia ha vuelto a casa, quizás sola, quizás acompañada por Pablo, y al darse cuenta de lo cerca que ha estado de estropearlo todo se da cuenta de no puede hacerle eso a la mujer que lo rescató de un miserable futuro sin Sara, a la mujer que se la jugó por él, entregándole su corazón, aun a sabiendas de que era un hombre dolido, despechado, quizás hasta incapaz de volver a sentir nada por nadie. No puede hacerle esto a ella. Lucia simplemente, no se lo merece.
Las manos de Sara, que nota la tensión de Lucas, pasean por sus brazos dejando regueros de fuego bajo sus dedos para quedar inertes a cada la do de su cuerpo, mientras sus bocas se niegan a separarse del todo respirando los últimos instantes de abandono y delirio.
Lu: Lo siento Sara, -se mesa el cabello nervioso, arrepentido-esto no… Yo no…. Joder!!!!!
Sa: No importa Lucas….
Lu: Sara, acabo de engañar a mi mujer contigo…. ¿Qué es lo que no importa según tú?
Sa: –apenas puede respirar con normalidad y le da la espalda a punto de echarse a llorar- Lucas… No voy a contarle nada a Lucia… pensé que me conocías algo mejor….
Lu: No es eso, ¿no lo entiendo? Ella puede no saberlo nunca, pero yo si
Sa: Solo ha sido un beso…. Olvídalo.
Lu: ¿Olvidarlo? Ojala. Ojala pudiera olvidar este beso, el primero, y todos y cada uno de los que te he dado. Ojala pudiera sacarte de mi vida, de mi cabeza. Ojala no hubieras existido nunca.
Lucía solo puede ver como cada uno ocupa un rincón del salón, y como las lágrimas brotan por los ojos de ambos. Sus labios encendidos, la cara con la que ambos la miran, entre culpables y anhelantes. No hace falta ser muy listo para saber, que si alguien sobra en ese instante es ella.
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21 agosto 2011
Volver
- Lucas, ¿alguna vez piensas que hubiera sido de nuestra vida si no me hubiera ido? –se toma tiempo para contestar aunque sabe bien la respuesta: lleva cinco años imaginando que sería de su vida si ella no hubiera desaparecido, y sabe que de no haberlo hecho, él hubiera aprendido por fin a vivir siendo feliz.
Lucas deja que el silencio vuelva a instalarse entre ellos, como hace siempre desde que ella volvió. Necesita solo unos minutos para contestar, solo eso. Necesita encontrar la excusa, porque no, está claro que no va a ser sincero con ella. Ella no se lo merece. No se merece saber de Alba y de Kiko, de los hijos que él soñó tantas veces que tenían juntos. Ella jamás oirá hablar de esa casa en la playa, donde se ve amanecer desde una gran terraza orientada al mar, mientras ellos desayunaban en silencio, tranquilos y sueñan con el futuro. Y Sara, por mucho que pregunte, nunca oirá de sus labios que le ha echado de menos cada segundo desde que ella se fue, y que sí, que ha imaginado como sería su vida, las de los dos, si ella no hubiera dicho adiós. Pero lo dijo.
Por eso necesita el silencio para poder buscar en su cabeza las palabras exactas, las mentiras más fáciles de creer.
- No Sara. Cuando te fuiste deje de pensar en ti ¿Para qué? ¿Acaso lo merecías? ¿Pensate tú en mí cuando cogiste ese avión? -La dureza con que conesta no sorprende a Sara. Lo esperaba, lo lleva esperando desde que volvió. No ha hecho más que recordarle cosas del pasado, esperando que él por fin, soltase todo lo que lleva dentro y hasta ahora no lo había hecho. Pero hoy parece ser la noche.
- Sí, claro que pensé en ti. Y lo he hecho estos años separados. Cada día Lucas -intenta hablar tranquila, que no se le note en el temblor de su voz toda la agonía que lleva dentro.
- Ya... - no puede reprimir la carcajada que explota en su garganta y no se molesta en hacerlo, porque a estas alturas, lo que menos necesita es que ella le engañe-
- Es cierto Lucas. Me equivoqué. No sabes cuántas veces he deseado no haberlo hecho nunca. Pero lo necesitaba ¿no lo entiendes? ¿Qué iba a ser de mí, de ti, de nosotros si me quedaba?
- ¿Qué iba a ser? ¿Me estás preguntado que iba a ser Sara? -durante el rato que llevan juntos en silencio, e incluso mientras ambos estaban hablando, Lucas no la ha mirado ni una sola vez. Pero ahora, clava su mirada fría en ella, y se separa uno poco más de la barandilla para acercase. Todo su cuerpo pegado al de ella, como antes, como cuando se fundían en uno.
- Ibamos a ser jodidamente felices. Eso iba a ser Sara. Con el apoyo de tu padre o sin él, ibamos a dejarnos de gilipolleces. Yo no iba a renunciar más a ti. Nunca ¿me oyes? Otra vez iba a perderlo todo si fuera necesario, por ti Sara. Solo por ti. -Mientras hablaba no se ha dado cuenta de que levantaba la voz, pero ahora, al parar para tomar aire se da cuenta de que realmente está enfadado y que grita porque lo necesita. Porque lleva muchos años ocultando lo que siente, haciendole ver a todo el mundo que ya ella no significaba nada. Y ahora ella le dice que ha pensando en él. Una mierda. Ella solo ha pensado siempre en sí misma. Solo en ella - ¿Sabes Sara? Hubiéramos sido felices. Podríamos haberlo sido si tú hubieras querido...... -la vuelve a mirar una vez más y se gira para marcharse. Al hacerlo, no puede ver la lágrima que recorre la mejilla de Sara hasta ir a parar a su cuello, y ella, tampoco puede ver que a él el llanto también comienza a acumulársele en los ojos.
---------------------------
Las risas de Pablo y Lucía podrían oírse desde el otro lado del mundo. Llevan años sin verse, pero al volver a encontrase parece que nunca se hubieran alejado. La misma confianza, la misma complicidad.
- ¿Y qué niña, como te trata el macarra de tu marido? Mira que si te hace algo.....
- Lucas no es macarra -el golpe que pretendía ser más flojo se le va de las manos, y Pablo siente un agudo dolor en medio del estómago pero lejos de enfadarse vuelve a reír a carcajadas.
- Buag, tiene fuerza mi niña. Al menos sé que sabes defenderte
- No necesito defenderme de nadie Pablo, salvo quizás de ti -le saca la lengua y le guiña un ojo, como siempre hacen cuando el otro le hace burla. Después vuelve a centrarse en la conversación, los dos lo hacen y el rostro de Lucía vuelve a tornarse más serio- Lucas es maravilloso, maravillosamente maravilloso -la cara de incredulidad de su amigo, vuelve a hacerla reír, pero siente la necesidad de justificarse y de convencerle de que su marido no ha cambiado, de que sigue siendo aquel que un día la enamoró - ¿Sabes? Lucas me hace feliz
- Lalalalaaaaaaaa. Yo pongo los violines, venga sigue mi chica.
- No me llames así que ya sabes que a Lucas no le gusta. Y no te pongas tonto. Digo la verdad. Todo es perfecto con él, todo - Pablo la conoce desde hace años. Probablemente es la única amiga del sexo contrario que ha tenido en su vida y por eso sabe que no está diciendo del todo la verdad. Y eso, después de años de oír maravillas sobre la pareja perfecta, sobre la princesa y el principe del cuento, le parece de lo más preocupante ¿Acaso los Kilométros de distancia no le han dejado ver que su amiga lo estaba pasando mal? Sí así fuera, no se lo iba a perdonar a sí mismo nunca. Porque hay pocas cosas en el mundo que le importen tanto como la dueña de esa preciosa sonrisa que ahora finge estar despreocupada y feliz
- Lucía, ¿me vas a contar que ocurre o voy a tener que torturarte......... con cosquillas?
Pero el silencio sigue y los dedos de Pablo vuelan por la cintura de Lucía, ágiles, buscando sacar toda la información a su amiga. Cuesta un rato convencerla, y por fin, cuando es capaz de parar de reír, los dos se ponen serios y se acercan un poco más. Pablo intenta no pensar, al menos por ahora, en el cosquilleo que ha sentido por todo el cuerpo al sentir el suave contacto de la piel de Lucía al meter sus manos debajo de su camiseta. "No, no ha sido nada" Trata de convercerse de que simplemente ha sido el frío. Y repitiéndose una y otra vez esto, hace un gesto a su amiga con la cabeza para que empiece a hablar de lo que la preocupa.
- Creo que siente algo por Sara
- ¿Quién?
- Pablo, ¿me estás escuchando? ¿Quién va a ser? Lucas, mi marido ¿Acaso te crees que voy preocupándome de la vida de todos los vecinos?
- ¿Sí? - le cuesta contener la risa pero consigue que no se le note - No puede ser cariño ¿Cómo va a sentir algo por ella? Pero si........ no puede ser Lucía, si le saca tropecientos años y....... además, no son como de la familia. Buaggggggg, qué no hombre, que no puede ser.
- No sé, si yo al principio tampoco lo creía. Bueno, al principio, cuando ella volvió sí. Pero luego no, pero ahora......
- ¿Ahora otra vez sí?
- Se ha pasado todo el viaje raro. Creo que tenía miedo de volver y que ella se hubiera marchado de nuevo.
- O puede que simplemente estuviera más estúpido que de costumbre. Tú le conoces mejor que nadie, y vamos Lucía, reconoce que tu querido esposo blablabla blablabla, no es que hable mucho. Y tampoco es el rey de la fiesta y no hace bromas y.....
- Vale, vale. Lo he entendido. No lo entiendes Pablo, desde que ella está aquí cada día lo siento un poco más lejos.
- Será una mala racha mujer. O imaginaciones tuyas o.....
- O será que ha vuelto el gran amor de su vida -al decirlo en alto se da cuenta de que realmente es así. De que ella es su mujer, con la que ha compartido muchos años de su vida y muchos buenos momentos, pero Sara es todo lo demás. Que prpbablemente se ha estado engañando todo este tiempo y que algún día, no sabe cuando, él se dará cuenta de que "donde hubo fuego quedan cenizas"
Pablo sabe que no debe preguntar más. Nunca ha visto a Lucía tan convencida de algo. Y ella nunca ha sido celosa. Quizás tiene razón, quizás Lucas está jugando a dos bandas. Mejor dejarlo correr al menos no de momento, al menos hasta que él pueda descubrir algo más
Deja que Lucía se acurruque más contra su cuerpo y mientras huele su pelo y se deja embriagar por el olor que le es tan conocido y que ha añorado tanto, piensa que Lucas es un desgraciado: tiene a la mujer más maravillosa del mundo, la más absolutamente encantadora. Y el muy idiota, ni siquiera puede cuidarla como ella se merece.
Mientras Lucía llora en silencio, Pablo la estrecha un poco más contra su propio cuerpo, dejando que sienta su calor, y su aliento contra su cuello, y sus susurros para tranquilizarla en su oído, queriéndole demostrar, una vez más que pase lo que pase, él siempre va a estar allí.
---------------------
Se tira en el sofá y ahora, solo en su casa, deja escapar las lágrimas sin hacer nada por impedirlo. Quiere estar solo y gritar y llorar de rabia por sentir lo que siente, por no ser capaz de olvidar lo que lleva tantos años intentando enterrar. Pero la puerta vuelve a sonar una y otra vez y sabe que no debería, que no quiere volver a enfrentarse a Sara, pero finalmente abre, porque no puede evitar querer verla a cada minuto.
- Tenía que hacerlo, tenía que irme para pensar. Te amaba Lucas, como nunca amaré a nadie. Pero tenía que irme. El miedo a convertirme en tu sombra, en vivir siempre bajo el peligro de secuestros, de bombas, de policias corruptos no me dejaba vivir. Solo podía pensar en nosotros y en que cada vez que parecíamos acercarnos un poco alguien o algo nos separaba. Lucas -grita con todas sus fuerzas, sin importarte quien pueda escuchar una conversación entre dos personas que están dentro de una casa con una puerta abierta y que gritan, golpean, y se tratan con el mayor de los odios- estaba harta de amar al policía no a Lucas, ¿no lo entiendes?
- No, no lo entiendo. No me pidas que entienda por qué me jodiste la vida. Porque eso nunca lo voy a entender -se ha levantado del sofá para mirarla con toda su furia. La odia. Más que a nada ni a nadie. Por haberse enamorado de ella hace años, porque lo ha vuelto a hacer ahora en el poco tiempo que llevan en España. La odia por trastocar su vida. Y la odia, porque nunca podrá odiarla de verdad.
- A veces con querer no basta...
- ¿No basta? ¿y qué querías? ¿Un contrato firmado, un seguro de que te iba a querer siempre? ¿Querías que le vendiera el alma al diablo? No me jodas Sara, si querer no basta dime que podía haber hecho para hacerte feliz.
- Nada. Solo yo podía hacer algo. Y lo hice, Lucas, me fui para eso. Y luego intenté volver y ya era tarde. Ya me odiabas. -Cada vez llora con más fuerza, y él también. Ninguno intenta evitarlo, ya no. Son muchos años disfrazando evidencias
- Cinco años Sara, no has vuelto en cinco putos años.
- Tú tampoco fuiste a verme
- ¿A verte? Yo no fui el que se largó dejándolo todo.
- Pero podrías......
- Podría haberte olvidado y eso es lo que he hecho. Vete Sara. Vuelve a Argentina, olvidate de que existo. No quiero más excusas, no más mentiras. Márchate y no vuelvas.
Le duelen sus palabras, pero no lo suficiente como para hacerle caso y marcharse. Porque lleva cinco años esperando para decir todo lo que lleva dentro y no va a dejar que pasen cinco años más.
- No Lucas. No me voy a ir. Me voy a quedar en España hasta que dejes de odiarme.
- Entonces te quedarás para siempre -ya no grita, apenas habla en susurros. Solo porque ella le ha dicho que se va a quedar. Eso debería darle fuerzas, pero le deja aún peor. Porque en el fondo, tiene las mismas ganas de que se quede como de que se vaya. Porque si se va podría seguir con su vida, pero no sabe si esto pasara, si su vida no se iría con ella de nuevo.
- Probablemente. Pero algún día -se acerca más a él aprovechando que los dos están más calmados- algún día dejarás de odiarme, y volveremos a ser lo que un día fuimos.
- ¿Pero...... Lucía.......? -pregunta confuso
- Sé que no volveremos a estar juntos Lucas, me duele en el alma, pero sé que ese será mi castigo por haber sido tan cobarde al marcharme. Tendré que vivir con ello, pero con lo que no me voy a conformar, es con perder, aunque sea como amigo, al hombre que más, al único que he amado.
"Amigo" A-M-I-G-O!! A- MI-GO. La palabra hace eco dentro de su cabeza una y otra vez. Eso es lo máximo que podrán llegar a ser. Amigos. Pero Sara y él no saben ser amigos, porque nunca lo han sido, siempre han sido mucho más que eso. Y no pueden empezar a serlo ahora. No puede ser amigo de la mujer que ama. Porque la ama, sabe que la sigue amando. Lo sabe a ciencia cierta al mirarla ahora a los ojos, con el pecho todavia subiendo y bajando por la excitación de la pelea, con el pelo revuelto, y los ojos rojos de llorar. Lo sabe por el deseo que siente de besar cada una de las lágrimas que siguen recorriendo su cara, y lo sabe cuando posa sus labios en los de ella, y dejando de pensar, y abandonándose a la locura, hace lo que lleva años soñando hacer: fundirse con ella de nuevo.
Lucas deja que el silencio vuelva a instalarse entre ellos, como hace siempre desde que ella volvió. Necesita solo unos minutos para contestar, solo eso. Necesita encontrar la excusa, porque no, está claro que no va a ser sincero con ella. Ella no se lo merece. No se merece saber de Alba y de Kiko, de los hijos que él soñó tantas veces que tenían juntos. Ella jamás oirá hablar de esa casa en la playa, donde se ve amanecer desde una gran terraza orientada al mar, mientras ellos desayunaban en silencio, tranquilos y sueñan con el futuro. Y Sara, por mucho que pregunte, nunca oirá de sus labios que le ha echado de menos cada segundo desde que ella se fue, y que sí, que ha imaginado como sería su vida, las de los dos, si ella no hubiera dicho adiós. Pero lo dijo.
Por eso necesita el silencio para poder buscar en su cabeza las palabras exactas, las mentiras más fáciles de creer.
- No Sara. Cuando te fuiste deje de pensar en ti ¿Para qué? ¿Acaso lo merecías? ¿Pensate tú en mí cuando cogiste ese avión? -La dureza con que conesta no sorprende a Sara. Lo esperaba, lo lleva esperando desde que volvió. No ha hecho más que recordarle cosas del pasado, esperando que él por fin, soltase todo lo que lleva dentro y hasta ahora no lo había hecho. Pero hoy parece ser la noche.
- Sí, claro que pensé en ti. Y lo he hecho estos años separados. Cada día Lucas -intenta hablar tranquila, que no se le note en el temblor de su voz toda la agonía que lleva dentro.
- Ya... - no puede reprimir la carcajada que explota en su garganta y no se molesta en hacerlo, porque a estas alturas, lo que menos necesita es que ella le engañe-
- Es cierto Lucas. Me equivoqué. No sabes cuántas veces he deseado no haberlo hecho nunca. Pero lo necesitaba ¿no lo entiendes? ¿Qué iba a ser de mí, de ti, de nosotros si me quedaba?
- ¿Qué iba a ser? ¿Me estás preguntado que iba a ser Sara? -durante el rato que llevan juntos en silencio, e incluso mientras ambos estaban hablando, Lucas no la ha mirado ni una sola vez. Pero ahora, clava su mirada fría en ella, y se separa uno poco más de la barandilla para acercase. Todo su cuerpo pegado al de ella, como antes, como cuando se fundían en uno.
- Ibamos a ser jodidamente felices. Eso iba a ser Sara. Con el apoyo de tu padre o sin él, ibamos a dejarnos de gilipolleces. Yo no iba a renunciar más a ti. Nunca ¿me oyes? Otra vez iba a perderlo todo si fuera necesario, por ti Sara. Solo por ti. -Mientras hablaba no se ha dado cuenta de que levantaba la voz, pero ahora, al parar para tomar aire se da cuenta de que realmente está enfadado y que grita porque lo necesita. Porque lleva muchos años ocultando lo que siente, haciendole ver a todo el mundo que ya ella no significaba nada. Y ahora ella le dice que ha pensando en él. Una mierda. Ella solo ha pensado siempre en sí misma. Solo en ella - ¿Sabes Sara? Hubiéramos sido felices. Podríamos haberlo sido si tú hubieras querido...... -la vuelve a mirar una vez más y se gira para marcharse. Al hacerlo, no puede ver la lágrima que recorre la mejilla de Sara hasta ir a parar a su cuello, y ella, tampoco puede ver que a él el llanto también comienza a acumulársele en los ojos.
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Las risas de Pablo y Lucía podrían oírse desde el otro lado del mundo. Llevan años sin verse, pero al volver a encontrase parece que nunca se hubieran alejado. La misma confianza, la misma complicidad.
- ¿Y qué niña, como te trata el macarra de tu marido? Mira que si te hace algo.....
- Lucas no es macarra -el golpe que pretendía ser más flojo se le va de las manos, y Pablo siente un agudo dolor en medio del estómago pero lejos de enfadarse vuelve a reír a carcajadas.
- Buag, tiene fuerza mi niña. Al menos sé que sabes defenderte
- No necesito defenderme de nadie Pablo, salvo quizás de ti -le saca la lengua y le guiña un ojo, como siempre hacen cuando el otro le hace burla. Después vuelve a centrarse en la conversación, los dos lo hacen y el rostro de Lucía vuelve a tornarse más serio- Lucas es maravilloso, maravillosamente maravilloso -la cara de incredulidad de su amigo, vuelve a hacerla reír, pero siente la necesidad de justificarse y de convencerle de que su marido no ha cambiado, de que sigue siendo aquel que un día la enamoró - ¿Sabes? Lucas me hace feliz
- Lalalalaaaaaaaa. Yo pongo los violines, venga sigue mi chica.
- No me llames así que ya sabes que a Lucas no le gusta. Y no te pongas tonto. Digo la verdad. Todo es perfecto con él, todo - Pablo la conoce desde hace años. Probablemente es la única amiga del sexo contrario que ha tenido en su vida y por eso sabe que no está diciendo del todo la verdad. Y eso, después de años de oír maravillas sobre la pareja perfecta, sobre la princesa y el principe del cuento, le parece de lo más preocupante ¿Acaso los Kilométros de distancia no le han dejado ver que su amiga lo estaba pasando mal? Sí así fuera, no se lo iba a perdonar a sí mismo nunca. Porque hay pocas cosas en el mundo que le importen tanto como la dueña de esa preciosa sonrisa que ahora finge estar despreocupada y feliz
- Lucía, ¿me vas a contar que ocurre o voy a tener que torturarte......... con cosquillas?
Pero el silencio sigue y los dedos de Pablo vuelan por la cintura de Lucía, ágiles, buscando sacar toda la información a su amiga. Cuesta un rato convencerla, y por fin, cuando es capaz de parar de reír, los dos se ponen serios y se acercan un poco más. Pablo intenta no pensar, al menos por ahora, en el cosquilleo que ha sentido por todo el cuerpo al sentir el suave contacto de la piel de Lucía al meter sus manos debajo de su camiseta. "No, no ha sido nada" Trata de convercerse de que simplemente ha sido el frío. Y repitiéndose una y otra vez esto, hace un gesto a su amiga con la cabeza para que empiece a hablar de lo que la preocupa.
- Creo que siente algo por Sara
- ¿Quién?
- Pablo, ¿me estás escuchando? ¿Quién va a ser? Lucas, mi marido ¿Acaso te crees que voy preocupándome de la vida de todos los vecinos?
- ¿Sí? - le cuesta contener la risa pero consigue que no se le note - No puede ser cariño ¿Cómo va a sentir algo por ella? Pero si........ no puede ser Lucía, si le saca tropecientos años y....... además, no son como de la familia. Buaggggggg, qué no hombre, que no puede ser.
- No sé, si yo al principio tampoco lo creía. Bueno, al principio, cuando ella volvió sí. Pero luego no, pero ahora......
- ¿Ahora otra vez sí?
- Se ha pasado todo el viaje raro. Creo que tenía miedo de volver y que ella se hubiera marchado de nuevo.
- O puede que simplemente estuviera más estúpido que de costumbre. Tú le conoces mejor que nadie, y vamos Lucía, reconoce que tu querido esposo blablabla blablabla, no es que hable mucho. Y tampoco es el rey de la fiesta y no hace bromas y.....
- Vale, vale. Lo he entendido. No lo entiendes Pablo, desde que ella está aquí cada día lo siento un poco más lejos.
- Será una mala racha mujer. O imaginaciones tuyas o.....
- O será que ha vuelto el gran amor de su vida -al decirlo en alto se da cuenta de que realmente es así. De que ella es su mujer, con la que ha compartido muchos años de su vida y muchos buenos momentos, pero Sara es todo lo demás. Que prpbablemente se ha estado engañando todo este tiempo y que algún día, no sabe cuando, él se dará cuenta de que "donde hubo fuego quedan cenizas"
Pablo sabe que no debe preguntar más. Nunca ha visto a Lucía tan convencida de algo. Y ella nunca ha sido celosa. Quizás tiene razón, quizás Lucas está jugando a dos bandas. Mejor dejarlo correr al menos no de momento, al menos hasta que él pueda descubrir algo más
Deja que Lucía se acurruque más contra su cuerpo y mientras huele su pelo y se deja embriagar por el olor que le es tan conocido y que ha añorado tanto, piensa que Lucas es un desgraciado: tiene a la mujer más maravillosa del mundo, la más absolutamente encantadora. Y el muy idiota, ni siquiera puede cuidarla como ella se merece.
Mientras Lucía llora en silencio, Pablo la estrecha un poco más contra su propio cuerpo, dejando que sienta su calor, y su aliento contra su cuello, y sus susurros para tranquilizarla en su oído, queriéndole demostrar, una vez más que pase lo que pase, él siempre va a estar allí.
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Se tira en el sofá y ahora, solo en su casa, deja escapar las lágrimas sin hacer nada por impedirlo. Quiere estar solo y gritar y llorar de rabia por sentir lo que siente, por no ser capaz de olvidar lo que lleva tantos años intentando enterrar. Pero la puerta vuelve a sonar una y otra vez y sabe que no debería, que no quiere volver a enfrentarse a Sara, pero finalmente abre, porque no puede evitar querer verla a cada minuto.
- Tenía que hacerlo, tenía que irme para pensar. Te amaba Lucas, como nunca amaré a nadie. Pero tenía que irme. El miedo a convertirme en tu sombra, en vivir siempre bajo el peligro de secuestros, de bombas, de policias corruptos no me dejaba vivir. Solo podía pensar en nosotros y en que cada vez que parecíamos acercarnos un poco alguien o algo nos separaba. Lucas -grita con todas sus fuerzas, sin importarte quien pueda escuchar una conversación entre dos personas que están dentro de una casa con una puerta abierta y que gritan, golpean, y se tratan con el mayor de los odios- estaba harta de amar al policía no a Lucas, ¿no lo entiendes?
- No, no lo entiendo. No me pidas que entienda por qué me jodiste la vida. Porque eso nunca lo voy a entender -se ha levantado del sofá para mirarla con toda su furia. La odia. Más que a nada ni a nadie. Por haberse enamorado de ella hace años, porque lo ha vuelto a hacer ahora en el poco tiempo que llevan en España. La odia por trastocar su vida. Y la odia, porque nunca podrá odiarla de verdad.
- A veces con querer no basta...
- ¿No basta? ¿y qué querías? ¿Un contrato firmado, un seguro de que te iba a querer siempre? ¿Querías que le vendiera el alma al diablo? No me jodas Sara, si querer no basta dime que podía haber hecho para hacerte feliz.
- Nada. Solo yo podía hacer algo. Y lo hice, Lucas, me fui para eso. Y luego intenté volver y ya era tarde. Ya me odiabas. -Cada vez llora con más fuerza, y él también. Ninguno intenta evitarlo, ya no. Son muchos años disfrazando evidencias
- Cinco años Sara, no has vuelto en cinco putos años.
- Tú tampoco fuiste a verme
- ¿A verte? Yo no fui el que se largó dejándolo todo.
- Pero podrías......
- Podría haberte olvidado y eso es lo que he hecho. Vete Sara. Vuelve a Argentina, olvidate de que existo. No quiero más excusas, no más mentiras. Márchate y no vuelvas.
Le duelen sus palabras, pero no lo suficiente como para hacerle caso y marcharse. Porque lleva cinco años esperando para decir todo lo que lleva dentro y no va a dejar que pasen cinco años más.
- No Lucas. No me voy a ir. Me voy a quedar en España hasta que dejes de odiarme.
- Entonces te quedarás para siempre -ya no grita, apenas habla en susurros. Solo porque ella le ha dicho que se va a quedar. Eso debería darle fuerzas, pero le deja aún peor. Porque en el fondo, tiene las mismas ganas de que se quede como de que se vaya. Porque si se va podría seguir con su vida, pero no sabe si esto pasara, si su vida no se iría con ella de nuevo.
- Probablemente. Pero algún día -se acerca más a él aprovechando que los dos están más calmados- algún día dejarás de odiarme, y volveremos a ser lo que un día fuimos.
- ¿Pero...... Lucía.......? -pregunta confuso
- Sé que no volveremos a estar juntos Lucas, me duele en el alma, pero sé que ese será mi castigo por haber sido tan cobarde al marcharme. Tendré que vivir con ello, pero con lo que no me voy a conformar, es con perder, aunque sea como amigo, al hombre que más, al único que he amado.
"Amigo" A-M-I-G-O!! A- MI-GO. La palabra hace eco dentro de su cabeza una y otra vez. Eso es lo máximo que podrán llegar a ser. Amigos. Pero Sara y él no saben ser amigos, porque nunca lo han sido, siempre han sido mucho más que eso. Y no pueden empezar a serlo ahora. No puede ser amigo de la mujer que ama. Porque la ama, sabe que la sigue amando. Lo sabe a ciencia cierta al mirarla ahora a los ojos, con el pecho todavia subiendo y bajando por la excitación de la pelea, con el pelo revuelto, y los ojos rojos de llorar. Lo sabe por el deseo que siente de besar cada una de las lágrimas que siguen recorriendo su cara, y lo sabe cuando posa sus labios en los de ella, y dejando de pensar, y abandonándose a la locura, hace lo que lleva años soñando hacer: fundirse con ella de nuevo.
Volver
Está totalmente distraído. Lleva horas sentado en la toalla, en la misma postura, mirando al mar, sin decir nada a Lucía, que toma al sol a su lado, ajena a la tormenta interior que Lucas siente dentro de él.
Desde que llegaron a esta isla paradisíaca Lucas ha intentado disfrutar, lo ha intentado con todas sus fuerzas. Han viajado por toda la isla, por carreteras desconocidas que les han llevado a playas apenas exploradas. Han conocido la tranquilidad de vivir, por unos días, solo para descansar. Han reído, han hecho el amor al aire libre, han disfrutado juntos esas merecidas vacaciones. Pero en cualquier lugar, haciendo lo que sea, los recuerdos y las dudas se apoderan de él. Y eso si que no puede evitarlo, no puede dejar de preguntarse por ella. El miedo de no volver a verla en muchos años es más fuerte que él, le atormenta, le paraliza. El miedo de perderla de nuevo le está volviendo loco.
Una voz conocida le llega de pronto. Lucía ya no está a su lado, sino en la orilla del mar hablando por su móvil. La mira de nuevo, y no puede evitar sonreír. Porque Lucas la quiere, a su manera pero la quiere mucho. Ella ha estado en los peores momentos, ella le devolvió la alegría cuando Sara le dejó el corazón destrozado y sin ganas de vivir. Ella le ha hecho la vida más fácil y la quiere. La quiere aunque ahora mismo no sabe cuanto ni de qué forma.
La oye reír ruidosamente a su lado, e intenta escuchar la conversación que está manteniendo pero ella apenas habla. Solo ríe.
- Lucas, no te lo vas a creer. Ha vuelto!!!
- ¿Quién ha vuelto?
- Pablo. Mi amigo. Mi hermano, mi ...... Pablo!!! Le he echado tanto de menos ¿Y sabes qué?-se sienta a su lado pero no le toca, apenas le mira. -Se queda en Madrid, Lucas. Ha empezado a trabajar en una gran empresa aquí. Qué feliz soy!
- Qué bien Lucía, qué bien -dice distraídamente. No le importa demasiado que Pablo, un tío que jamás le ha caído bien venga a vivir a Madrid. Pero sabe que para su mujer ese tío lo es todo así que finge parecer interesado - ¿y cuándo viene?
- Ya está allí. Lleva desde que nosotros nos vinimos para acá. De momento se ha quedado en casa hasta que encuentre algo. Sara le ha ayudado a instalarse.
- ¿Sara? -ya no tiene que fingir estar interesado, porque está interesado. Pablo el pulpo con Sara????
- Sí, dice Pablo que han hecho buenas migas.
Joder, hostias, me cago en...... ¿Sara y Pablo buenas migas? Que ese tío es un gilipollas, un chulo, un..... Ese tío es un puto Brad Pitt. Pelito de niña, cuerpo escultural de pasarse horas en el gimnasio, siempre con la sonrisa puesta. Siempre buscando la forma de llevarse a una mujer a la cama. Un puto pulpo.
¿Y con Sara? No sabe si reír porque Sara no se haya marchado, al menos todavía, o morirse de rabia, porque no hay mujer que se resista al idiota ese.
Lucía aún no ha podido dejar de sonreír. Pablo es su mejor amigo. Se conocen desde que ambos tenían dos años, y han sido, siempre, siempre, inseparables. Hasta que él conoció a una mujer y sintió por ella lo que nunca había sentido, perdiendo el norte y yéndose a vivir a Barcelona. Siempre le ha echado de menos, desde que se fue piensa en él a diario y su recuerdo le ha acompañado donde quiera que ella ha ido. Durante estos años no han perdido el contacto, los mails, las llamadas, y varias visitas al año les han mantenido unidos. Pero volver a tenerle cerca es mucho más de lo que ella podría haber soñado nunca.
El resto del viaje pasa para los dos lento y pesado. Los dos tienen la mente a muchos kilómetros de distancia, y cuando por fin aterrizan en Barajas, solo pueden sentir alivio por estar de nuevo en casa.
Al llegar, Lucía recorre la casa buscando a Pablo pero no hay ni rastro de él, y es Paco el que le dice que se ha ido a pasar el día a Segovia con Sara. Ninguno de los dos disimula su malestar: sabía que llegaban hoy, y lo mínimo que podrían haber hecho es esperarles. Vacían las maletas en silencio, cada uno absorto en sus propios sentimientos, en sus propios miedos, y en viejos recuerdos.
- Lucía!!!!! –Lucas nota como su mujer se escabulle entre sus brazos para correr a abrazar a Pablo ante la atenta mirada de Sara, que no puede evitar sonreír al ver la escena.
- Pablo, estás aquí!!! Qué ganas tenía de verte –el abrazo es demasiado intenso, demasiado fuerte, con demasiado sentimiento. Lucas y Sara lo notan, y aunque no dicen nada, los dos saben que entre Lucía y Pablo la complicidad es más que evidente.
Sin prestar atención a los dos pares de ojos que les observan, Pablo toma de la mano a Lucía y se la lleva fuera de la casa, sin decir a dónde. Sin recordar que ahora ella tiene a alguien a quien dar explicaciones.
- Joder con el puto gilipollas este. Se lleva a mi mujer como si tal cosa –Sara sonríe sin ganas. El ataque de celos de Lucas le duele en el alma. Ojalá pudiera dejar de sentir lo que siente. Ojalá pudiera llegar a aceptar que ya Lucas ha elegido con quien compartir su vida, y no es ella.
- Tranquilo Lucas. Llevan tiempo sin verse y tendrán que ponerse al día.
- Ya… ¿qué hay entre vosotros?
- ¿Cómo? – a Sara le asombra la salida de Lucas, pero de pronto siente que todo su mundo se desmorona ¿celos? ¿Eso que ve en sus ojos, esa rabia de su cara, eso son celos?
- Lleváis una semana juntos, y …… vamos que Pablo no es de los que dejan nada a medias.
- Claro, él no deja nada a medias y yo he caído rendida a sus brazos, no Lucas?
- Esto…… -avergonzado baja la cabeza. Tendría que haber preguntado de otra forma.
- Sigues siendo un idiota –cierra la puerta lo más fuerte que puede, y se marcha a su casa. Las lágrimas se apoderan de ella: no sabe si reír o llorar. No sabe que sentir. Quizás tendría que enfadarse por lo que le ha dicho o quizás, debería saltar de alegría porque al fin y al cabo, ella no le es del todo indiferente aún.
Está intentando ordenar su cabeza apoyada en la barandilla cuando siente abrirse la puerta detrás de ella. No se da la vuelta, no quiere mirarle y que él descubra la emoción que siente. Solo espera que él hable, que diga lo que sea.
- Lo siento. No sé que me ha pasado.
- Yo si
-¿Sí? –se apoya en la barandilla a su lado, pero sin llegar a rozarla. Aspira el mismo aire que ella, comparten cierta intimidad en el mismo lugar en el que tantas cosas han vivido, y eso, le anima a sincerarse con ella.
- Tienes celos de Pablo –sonríe con malicia y ahora se atreve a mirarle movida por la curiosidad que le produce su reacción.
- ¿Pero qué dices? De ese imbécil?
- Tienes miedo tener que compartir el tiempo de tu mujer con él. Eso te mata….
- Quizás….
- Y tienes miedo de que …. –no sabe si decirle. Se muerde el labio, intentando dormir las ganas que tiene de decirlo, pero sabe que no puede –tienes miedo de que yo deje de suplicarte perdón y me concentre en él. Tienes miedo de dejar de ser el protagonista.
- No sé de que me estás hablando –pero si lo sabe, claro que lo sabe. Son celos. Hace tiempo que aceptó que Sara podría haber rehecho su vida con alguien en Argentina, pero ahora que puede verlo con sus propios ojos le parece demasiado difícil de asimilar. No puede, ni quiere verlo. Sí, son celos. Unos celos que le corroen por dentro, que le atemorizan. Unos celos que teme más que el propio miedo a volver a quererla.
Los dos se quedan en silencio, sabiendo que las cosas acaban de complicarse mucho para todos. Pablo parece interesado en Sara, y aunque ella no puede olvidar a Lucas, no va a pasarse la vida entera esperando que él deje a su mujer, a la que, por cierto, no está dispuesto a dejar. Tiene que vivir aceptando que lo suyo acabó hace tiempo. Aunque ahora Lucas empiece a comprender, que las relaciones solo se acaban cuando se deja de querer, y él, jamás dejó de sentir.
- Lucas, ¿alguna vez piensas que hubiera sido de nuestra vida si no me hubiera ido? –se toma tiempo para contestar aunque sabe bien la respuesta: lleva cinco años imaginando que sería de su vida si ella no hubiera desaparecido, y sabe que de no haberlo hecho, él hubiera aprendido por fin a vivir siendo feliz.
Desde que llegaron a esta isla paradisíaca Lucas ha intentado disfrutar, lo ha intentado con todas sus fuerzas. Han viajado por toda la isla, por carreteras desconocidas que les han llevado a playas apenas exploradas. Han conocido la tranquilidad de vivir, por unos días, solo para descansar. Han reído, han hecho el amor al aire libre, han disfrutado juntos esas merecidas vacaciones. Pero en cualquier lugar, haciendo lo que sea, los recuerdos y las dudas se apoderan de él. Y eso si que no puede evitarlo, no puede dejar de preguntarse por ella. El miedo de no volver a verla en muchos años es más fuerte que él, le atormenta, le paraliza. El miedo de perderla de nuevo le está volviendo loco.
Una voz conocida le llega de pronto. Lucía ya no está a su lado, sino en la orilla del mar hablando por su móvil. La mira de nuevo, y no puede evitar sonreír. Porque Lucas la quiere, a su manera pero la quiere mucho. Ella ha estado en los peores momentos, ella le devolvió la alegría cuando Sara le dejó el corazón destrozado y sin ganas de vivir. Ella le ha hecho la vida más fácil y la quiere. La quiere aunque ahora mismo no sabe cuanto ni de qué forma.
La oye reír ruidosamente a su lado, e intenta escuchar la conversación que está manteniendo pero ella apenas habla. Solo ríe.
- Lucas, no te lo vas a creer. Ha vuelto!!!
- ¿Quién ha vuelto?
- Pablo. Mi amigo. Mi hermano, mi ...... Pablo!!! Le he echado tanto de menos ¿Y sabes qué?-se sienta a su lado pero no le toca, apenas le mira. -Se queda en Madrid, Lucas. Ha empezado a trabajar en una gran empresa aquí. Qué feliz soy!
- Qué bien Lucía, qué bien -dice distraídamente. No le importa demasiado que Pablo, un tío que jamás le ha caído bien venga a vivir a Madrid. Pero sabe que para su mujer ese tío lo es todo así que finge parecer interesado - ¿y cuándo viene?
- Ya está allí. Lleva desde que nosotros nos vinimos para acá. De momento se ha quedado en casa hasta que encuentre algo. Sara le ha ayudado a instalarse.
- ¿Sara? -ya no tiene que fingir estar interesado, porque está interesado. Pablo el pulpo con Sara????
- Sí, dice Pablo que han hecho buenas migas.
Joder, hostias, me cago en...... ¿Sara y Pablo buenas migas? Que ese tío es un gilipollas, un chulo, un..... Ese tío es un puto Brad Pitt. Pelito de niña, cuerpo escultural de pasarse horas en el gimnasio, siempre con la sonrisa puesta. Siempre buscando la forma de llevarse a una mujer a la cama. Un puto pulpo.
¿Y con Sara? No sabe si reír porque Sara no se haya marchado, al menos todavía, o morirse de rabia, porque no hay mujer que se resista al idiota ese.
Lucía aún no ha podido dejar de sonreír. Pablo es su mejor amigo. Se conocen desde que ambos tenían dos años, y han sido, siempre, siempre, inseparables. Hasta que él conoció a una mujer y sintió por ella lo que nunca había sentido, perdiendo el norte y yéndose a vivir a Barcelona. Siempre le ha echado de menos, desde que se fue piensa en él a diario y su recuerdo le ha acompañado donde quiera que ella ha ido. Durante estos años no han perdido el contacto, los mails, las llamadas, y varias visitas al año les han mantenido unidos. Pero volver a tenerle cerca es mucho más de lo que ella podría haber soñado nunca.
El resto del viaje pasa para los dos lento y pesado. Los dos tienen la mente a muchos kilómetros de distancia, y cuando por fin aterrizan en Barajas, solo pueden sentir alivio por estar de nuevo en casa.
Al llegar, Lucía recorre la casa buscando a Pablo pero no hay ni rastro de él, y es Paco el que le dice que se ha ido a pasar el día a Segovia con Sara. Ninguno de los dos disimula su malestar: sabía que llegaban hoy, y lo mínimo que podrían haber hecho es esperarles. Vacían las maletas en silencio, cada uno absorto en sus propios sentimientos, en sus propios miedos, y en viejos recuerdos.
- Lucía!!!!! –Lucas nota como su mujer se escabulle entre sus brazos para correr a abrazar a Pablo ante la atenta mirada de Sara, que no puede evitar sonreír al ver la escena.
- Pablo, estás aquí!!! Qué ganas tenía de verte –el abrazo es demasiado intenso, demasiado fuerte, con demasiado sentimiento. Lucas y Sara lo notan, y aunque no dicen nada, los dos saben que entre Lucía y Pablo la complicidad es más que evidente.
Sin prestar atención a los dos pares de ojos que les observan, Pablo toma de la mano a Lucía y se la lleva fuera de la casa, sin decir a dónde. Sin recordar que ahora ella tiene a alguien a quien dar explicaciones.
- Joder con el puto gilipollas este. Se lleva a mi mujer como si tal cosa –Sara sonríe sin ganas. El ataque de celos de Lucas le duele en el alma. Ojalá pudiera dejar de sentir lo que siente. Ojalá pudiera llegar a aceptar que ya Lucas ha elegido con quien compartir su vida, y no es ella.
- Tranquilo Lucas. Llevan tiempo sin verse y tendrán que ponerse al día.
- Ya… ¿qué hay entre vosotros?
- ¿Cómo? – a Sara le asombra la salida de Lucas, pero de pronto siente que todo su mundo se desmorona ¿celos? ¿Eso que ve en sus ojos, esa rabia de su cara, eso son celos?
- Lleváis una semana juntos, y …… vamos que Pablo no es de los que dejan nada a medias.
- Claro, él no deja nada a medias y yo he caído rendida a sus brazos, no Lucas?
- Esto…… -avergonzado baja la cabeza. Tendría que haber preguntado de otra forma.
- Sigues siendo un idiota –cierra la puerta lo más fuerte que puede, y se marcha a su casa. Las lágrimas se apoderan de ella: no sabe si reír o llorar. No sabe que sentir. Quizás tendría que enfadarse por lo que le ha dicho o quizás, debería saltar de alegría porque al fin y al cabo, ella no le es del todo indiferente aún.
Está intentando ordenar su cabeza apoyada en la barandilla cuando siente abrirse la puerta detrás de ella. No se da la vuelta, no quiere mirarle y que él descubra la emoción que siente. Solo espera que él hable, que diga lo que sea.
- Lo siento. No sé que me ha pasado.
- Yo si
-¿Sí? –se apoya en la barandilla a su lado, pero sin llegar a rozarla. Aspira el mismo aire que ella, comparten cierta intimidad en el mismo lugar en el que tantas cosas han vivido, y eso, le anima a sincerarse con ella.
- Tienes celos de Pablo –sonríe con malicia y ahora se atreve a mirarle movida por la curiosidad que le produce su reacción.
- ¿Pero qué dices? De ese imbécil?
- Tienes miedo tener que compartir el tiempo de tu mujer con él. Eso te mata….
- Quizás….
- Y tienes miedo de que …. –no sabe si decirle. Se muerde el labio, intentando dormir las ganas que tiene de decirlo, pero sabe que no puede –tienes miedo de que yo deje de suplicarte perdón y me concentre en él. Tienes miedo de dejar de ser el protagonista.
- No sé de que me estás hablando –pero si lo sabe, claro que lo sabe. Son celos. Hace tiempo que aceptó que Sara podría haber rehecho su vida con alguien en Argentina, pero ahora que puede verlo con sus propios ojos le parece demasiado difícil de asimilar. No puede, ni quiere verlo. Sí, son celos. Unos celos que le corroen por dentro, que le atemorizan. Unos celos que teme más que el propio miedo a volver a quererla.
Los dos se quedan en silencio, sabiendo que las cosas acaban de complicarse mucho para todos. Pablo parece interesado en Sara, y aunque ella no puede olvidar a Lucas, no va a pasarse la vida entera esperando que él deje a su mujer, a la que, por cierto, no está dispuesto a dejar. Tiene que vivir aceptando que lo suyo acabó hace tiempo. Aunque ahora Lucas empiece a comprender, que las relaciones solo se acaban cuando se deja de querer, y él, jamás dejó de sentir.
- Lucas, ¿alguna vez piensas que hubiera sido de nuestra vida si no me hubiera ido? –se toma tiempo para contestar aunque sabe bien la respuesta: lleva cinco años imaginando que sería de su vida si ella no hubiera desaparecido, y sabe que de no haberlo hecho, él hubiera aprendido por fin a vivir siendo feliz.
Volver
Mete su ropa dentro de la maleta sin prestar atención y no se da cuenta de que está metiendo ropa de verano y de invierno porque está demasiado ocupado en imaginar una escena que, si tiene valor, debe ocurrir dentro de menos de una hora. Si tiene valor…. Tampoco sería tan difícil si hiciera las cosas a su manera, pero como siempre, Lucía le recuerda que las cosas para hacerlas mal, mejor no se hacen. Se lo prometió anoche, después de hacer el amor una y otra vez celebrando que ya Lucía no tiene porque buscar un piso nuevo lejos de Lucas.
Ahora desearía no habérselo prometido, porque se siente incapaz de ir hasta la casa de al lado y darle el billete a Sara, y cerrar, en ese momento, una historia que siempre vuelve. Pero le dijo a su mujer que lo haría, por ella, por su matrimonio. Le dijo que sería capaz, incluso le aseguró que lo haría sin dificultad. Pero sabe, como lo sabía ayer cuando lo dijo, que no es cierto. Le fallan las fuerzas, le faltan las ganas para echarla de su vida con un simple adiós.
Hace tiempo paseando por su casa antes de dirigirse hacia casa de Sara, intentando alargar lo inevitable. Finalmente camina hasta allí con paso cansado, despacio, y toca la puerta sin fuerza, esperando que ella no esté.
Pero oye unos pasos al otro lado de la puerta, y sabe que es ella.
- Hola Lucas. Mi padre no está.
- Mejor
- ¿Mejor?
- He venido a hablar contigo.
- Ummmmmm… ¿algo importante? –como si hubiera vuelto el tiempo hacia atrás, vuelve a sentirse como la quinceañera que perdía el norte cuando le tenía delante. Vuelve a notar el temblor de piernas, y como el compás de su pecho pierde el ritmo constante habitual. Solo cinco palabras, cinco. “He venido a hablar contigo” Cinco palabras, y se vuelve a sentir llena de vida como entonces.
- Sí. No.
- ¿Cómo?
- Mira, lo diré más rápido para que sea más fácil para mí. Para ti. Vamos para los dos… -Lucas parece preocupado, y al mirarlo, se da cuenta de que las cosas no han cambiado tanto. Sigue conociéndole como entonces, sigue sabiendo cuando está nervioso, aunque ahora el motivo de que lo esté no tiene nada que ver con ella.
- ¿Quieres tomarte algo? Mi madre ha dejado hecho café esta mañana ¿o aún sigues prefiriendo colacao?
- Sí
- Yo también. Hay cosas que nunca cambian, ¿Verdad? –Ambos se miran y sonríen y los recuerdos regresan a sus cabezas con más fuerza que nunca. Lucas pierde sus ojos en el mar azul de los ojos de ella, en su melena rubia, brillante. En su forma de sonreírle descarada. Pícara. Y allí, en la misma cocina donde han vivido tantas cosas, es consciente, por primera vez desde que ella volvió, de que podría perdonarla, de que sería capaz de olvidar que ella se fue. Que no sería tan duro volver a sentir su cuerpo junto al de ella, ni perderse entre sus piernas. Sabe, y duele, que podría volver a amarla tanto o más como hace años.
- Sara, por favor… siéntate –recupera la cordura por un momento y, apoyando sus manos en las caderas de Sara la acerca hasta la mesa. Con la mirada le anima a sentarse. Y los dos saben que el otro ha sentido lo mismo: el mismo pinchazo en el pecho al tocarse de nuevo. – Sara, mira…… -se levanta y da vueltas por la cocina sin rumbo. Se toca la cara, se mesa el cabello. Vuelve a sentarse y a levantarse. Y finalmente, apoyado en la encimera, lejos de Sara, protegiéndose de todo lo que le hace sentir tenerla tan cerca, deja escapar las palabras de su boca –Toma. Esto es tuyo.
- ¿Mi billete? ¿dónde estaba? –disimula, preguntándose a sí misma si él será capaz de ser sincero.
- Por ahí. Que tengas buen viaje –y evitando pasar cerca de ella se escabulle hacia la puerta. Pero Sara está cansada de fingir, y a ella, no le faltan las palabras.
- ¿Sabes Lucas? Desde tu cama a la mía sigue habiendo diecisiete pasos. Demasiados para que yo los pueda cruzar ahora, pero pocos para que pueda escuchar lo que hablas.
- ¿Cómo?
- Me quitaste el billete. Escuché como se lo decías. Solo quiero saber por qué.
Años atrás hubiera dicho la verdad. Quizás en otras circunstancias. Quizás en otra vida. Quizás si el anillo que lleva ahora en el dedo pulgar de su mano derecha no le pesara como una losa. Podría haber sido tan distinto solo con decir la verdad.
- Me lo pidió tu padre. No quiere que vuelvas a irte. Como si yo pudiera retenerte. Lo intenté hace años y……. – No sabe por qué pero no se marcha a pesar de que necesita huir de allí para asimilar todo lo que siente. Está de espaldas a ella y por eso, no puede ver la cara de decepción de Sara al saber el motivo que le llevó a robarle el billete.
Ninguno habla. Esperan que el otro lo haga. O quizás no. Quizás solo desean que todo pudiera ser distinto.
Lucas vuelve a apoyar su mano, la izquierda que duele menos, en el pomo de la puerta pero no empuja, ni siquiera lo mueve. Solo quiere que ella sepa que está dispuesto a alejarse.
- Tú podrías
- ¿Qué?
- Podrías retenerme. Las cosas han cambiado mucho y…
- Claro que han cambiado mucho. Ya no quiero retenerte. Ya no necesito que estés aquí –Sara advierte el tono de dolor en sus palabras, el mismo dolor que ella siente al escucharlas.
- Puede que ahora no lo necesites. Pero si me dijeras que hay la más mínima posibilidad de que algún día me mires y yo no pueda distinguir en tus ojos el mismo odio que ahora veo, me quedaría. No pido que me quieras, ni siquiera ser tu amiga. Solo que no me odies.
- Sara yo…
- Dímelo Lucas. Dime que serías capaz de perdonarme. Dime que existe la más mínima posibilidad de que algún día, olvides el daño que te hice, y no cogeré ese avión.
Lucas se queda en silencio, luchando contra sí mismo como siempre ha tenido que hacer desde que empezó a amar a Sara. Silencio es lo único que puede darle. No puede prometer que dejará de odiarla, porque en realidad, jamás lo ha hecho. Pero no puede decírselo, todo se complicaría demasiado.
Al final se da la vuelta y la mira. Treinta segundos, quizás menos.
Pero Sara siempre supo leer en sus ojos…
Cuando la azafata retira su bandeja del desayuno, Lucía se recuesta en su pecho, y él, agradeciendo por primera vez desde que salieron de casa el silencio de su esposa también intenta relajarse apoyándose sobre la ventanilla del avión.
Quisiera dormir, pero solo puede pensar en la posibilidad de que, por él haber callado, ella coja de nuevo un avión sin billete de vuelta a Argentina, y no vuelva a verla hasta dentro de muchos años. La idea le aterra, y aunque sabe que se evitaría muchos problemas, la sola idea de que ella pueda haber vuelto a dejarlo atrás le aterra.
Reservó un viaje de siete días, con sus siete noches. Lejos de España, de San Antonio y de ella. Siete días preguntándose si ella ha vuelto a decir adiós.
Ahora desearía no habérselo prometido, porque se siente incapaz de ir hasta la casa de al lado y darle el billete a Sara, y cerrar, en ese momento, una historia que siempre vuelve. Pero le dijo a su mujer que lo haría, por ella, por su matrimonio. Le dijo que sería capaz, incluso le aseguró que lo haría sin dificultad. Pero sabe, como lo sabía ayer cuando lo dijo, que no es cierto. Le fallan las fuerzas, le faltan las ganas para echarla de su vida con un simple adiós.
Hace tiempo paseando por su casa antes de dirigirse hacia casa de Sara, intentando alargar lo inevitable. Finalmente camina hasta allí con paso cansado, despacio, y toca la puerta sin fuerza, esperando que ella no esté.
Pero oye unos pasos al otro lado de la puerta, y sabe que es ella.
- Hola Lucas. Mi padre no está.
- Mejor
- ¿Mejor?
- He venido a hablar contigo.
- Ummmmmm… ¿algo importante? –como si hubiera vuelto el tiempo hacia atrás, vuelve a sentirse como la quinceañera que perdía el norte cuando le tenía delante. Vuelve a notar el temblor de piernas, y como el compás de su pecho pierde el ritmo constante habitual. Solo cinco palabras, cinco. “He venido a hablar contigo” Cinco palabras, y se vuelve a sentir llena de vida como entonces.
- Sí. No.
- ¿Cómo?
- Mira, lo diré más rápido para que sea más fácil para mí. Para ti. Vamos para los dos… -Lucas parece preocupado, y al mirarlo, se da cuenta de que las cosas no han cambiado tanto. Sigue conociéndole como entonces, sigue sabiendo cuando está nervioso, aunque ahora el motivo de que lo esté no tiene nada que ver con ella.
- ¿Quieres tomarte algo? Mi madre ha dejado hecho café esta mañana ¿o aún sigues prefiriendo colacao?
- Sí
- Yo también. Hay cosas que nunca cambian, ¿Verdad? –Ambos se miran y sonríen y los recuerdos regresan a sus cabezas con más fuerza que nunca. Lucas pierde sus ojos en el mar azul de los ojos de ella, en su melena rubia, brillante. En su forma de sonreírle descarada. Pícara. Y allí, en la misma cocina donde han vivido tantas cosas, es consciente, por primera vez desde que ella volvió, de que podría perdonarla, de que sería capaz de olvidar que ella se fue. Que no sería tan duro volver a sentir su cuerpo junto al de ella, ni perderse entre sus piernas. Sabe, y duele, que podría volver a amarla tanto o más como hace años.
- Sara, por favor… siéntate –recupera la cordura por un momento y, apoyando sus manos en las caderas de Sara la acerca hasta la mesa. Con la mirada le anima a sentarse. Y los dos saben que el otro ha sentido lo mismo: el mismo pinchazo en el pecho al tocarse de nuevo. – Sara, mira…… -se levanta y da vueltas por la cocina sin rumbo. Se toca la cara, se mesa el cabello. Vuelve a sentarse y a levantarse. Y finalmente, apoyado en la encimera, lejos de Sara, protegiéndose de todo lo que le hace sentir tenerla tan cerca, deja escapar las palabras de su boca –Toma. Esto es tuyo.
- ¿Mi billete? ¿dónde estaba? –disimula, preguntándose a sí misma si él será capaz de ser sincero.
- Por ahí. Que tengas buen viaje –y evitando pasar cerca de ella se escabulle hacia la puerta. Pero Sara está cansada de fingir, y a ella, no le faltan las palabras.
- ¿Sabes Lucas? Desde tu cama a la mía sigue habiendo diecisiete pasos. Demasiados para que yo los pueda cruzar ahora, pero pocos para que pueda escuchar lo que hablas.
- ¿Cómo?
- Me quitaste el billete. Escuché como se lo decías. Solo quiero saber por qué.
Años atrás hubiera dicho la verdad. Quizás en otras circunstancias. Quizás en otra vida. Quizás si el anillo que lleva ahora en el dedo pulgar de su mano derecha no le pesara como una losa. Podría haber sido tan distinto solo con decir la verdad.
- Me lo pidió tu padre. No quiere que vuelvas a irte. Como si yo pudiera retenerte. Lo intenté hace años y……. – No sabe por qué pero no se marcha a pesar de que necesita huir de allí para asimilar todo lo que siente. Está de espaldas a ella y por eso, no puede ver la cara de decepción de Sara al saber el motivo que le llevó a robarle el billete.
Ninguno habla. Esperan que el otro lo haga. O quizás no. Quizás solo desean que todo pudiera ser distinto.
Lucas vuelve a apoyar su mano, la izquierda que duele menos, en el pomo de la puerta pero no empuja, ni siquiera lo mueve. Solo quiere que ella sepa que está dispuesto a alejarse.
- Tú podrías
- ¿Qué?
- Podrías retenerme. Las cosas han cambiado mucho y…
- Claro que han cambiado mucho. Ya no quiero retenerte. Ya no necesito que estés aquí –Sara advierte el tono de dolor en sus palabras, el mismo dolor que ella siente al escucharlas.
- Puede que ahora no lo necesites. Pero si me dijeras que hay la más mínima posibilidad de que algún día me mires y yo no pueda distinguir en tus ojos el mismo odio que ahora veo, me quedaría. No pido que me quieras, ni siquiera ser tu amiga. Solo que no me odies.
- Sara yo…
- Dímelo Lucas. Dime que serías capaz de perdonarme. Dime que existe la más mínima posibilidad de que algún día, olvides el daño que te hice, y no cogeré ese avión.
Lucas se queda en silencio, luchando contra sí mismo como siempre ha tenido que hacer desde que empezó a amar a Sara. Silencio es lo único que puede darle. No puede prometer que dejará de odiarla, porque en realidad, jamás lo ha hecho. Pero no puede decírselo, todo se complicaría demasiado.
Al final se da la vuelta y la mira. Treinta segundos, quizás menos.
Pero Sara siempre supo leer en sus ojos…
Cuando la azafata retira su bandeja del desayuno, Lucía se recuesta en su pecho, y él, agradeciendo por primera vez desde que salieron de casa el silencio de su esposa también intenta relajarse apoyándose sobre la ventanilla del avión.
Quisiera dormir, pero solo puede pensar en la posibilidad de que, por él haber callado, ella coja de nuevo un avión sin billete de vuelta a Argentina, y no vuelva a verla hasta dentro de muchos años. La idea le aterra, y aunque sabe que se evitaría muchos problemas, la sola idea de que ella pueda haber vuelto a dejarlo atrás le aterra.
Reservó un viaje de siete días, con sus siete noches. Lejos de España, de San Antonio y de ella. Siete días preguntándose si ella ha vuelto a decir adiós.
Volver
Se levanto, esa mañana, de mal humor y dolorida. Las cervicales la estaban matando, otra vez, y de seguir así, esa misma semana tendría que volver a visitar al fisio. Esta rendida pero, desgraciadamente, ese es hoy el menor de sus problemas. La imagen de Lucas y Sara se le ha aparecido continuamente en su mente, alterando por completo su sueño y su despertar. Debería confiar en él, debería de confiar como lo ha hecho desde que están juntos, pero cada vez le resulta más difícil, porque también es cada día más difícil acercarse a él. Parece siempre ausente, distante, con la cabeza en cualquier otro sitio, y el corazón, probablemente, en la puerta de al lado.
Preparó desayuno para dos, y cuando fue a dejar una nota avisando a Lucas de que se iba, le vio allí dormido, totalmente ajeno a la batalla que ella siente en su interior, y la rabia, de nuevo la amarga rabia, se apoderó de ella. No dejó nota, tiró el desayuno a la basura, y maldijo a Lucas Fernández por haber entrado en su vida con la misma facilidad con la que parece que ahora se está yendo.
El día en el trabajo ha sido duro, muy duro. Su jefe la ha atosigado con muchas tareas que no la pertenecen, pero que ha tenido que realizar deprisa y corriendo. Su estado de ánimo tampoco mejora en el resto del día, hasta que, un poco antes de la hora de la comida, abre un cajón olvidado de su oficina y allí, entre montones de papeles, ve una cajita rosa, pequeña. La abre con cuidado, recordando como lo hizo la primera vez y lo que sintió al ver como Lucas le regalaba las llaves de su piso. Ahora ya no están en esa caja, sino en su bolso, junto con el resto de sus cosas. Y eso, por muy absurdo que parezca, la hace sentir mejor.
Enfadada se pregunta donde estuvo Sara cuando Lucas la amaba con toda su alma, cuando lloraba por las noches culpándose de su marcha, cuando estuvo enfermo, cuando recibió el disparo que casi le cuesta la vida. Dónde había estado Sara aquellas vacaciones en las que ellos descubrieron lugares remotos, exploraron paraísos perdidos. Y dónde había estado cuando Lucas la hizo participe a ella de sus sueños: niños correteando por la corrala, domingos en familia, tardes abrazados sin hacer nada. Si, probablemente en el mismo sitio donde ella misma había estado cuando Lucas supo que su padre no había muerto, que tenía una hermana o que su felicidad pendía de un hilo. Ambas han compartido con él momentos muy importantes en su vida, pero la diferencia es que Sara decidió dejar todo eso atrás marchándose durante años de su vida y ella está más dispuesta a luchar que nunca.
De mejor humor se marchó hacia casa dando un paseo por San Antonio. Se paró en el mercado para comprar algo para prepararle a su marido una cena especial, una cena para celebrar que hoy era hoy y que estaban juntos y felices. Pasó por una joyería y compró a Lucas una pulsera que sabía, le iba a encantar: el negro cuero hacía juego con el moreno de su piel y de sus ojos. Se la daría en la cena, después de pasar una velada absolutamente maravillosa.
Terminó de cocinar antes de la hora prevista, y, en un intento de no ponerse a pensar, prefirió estar ocupada poniendo la colada de la semana. Y fue cuando, al coger los pantalones de Lucas, vio el billete a Argentina a nombre de Sara Miranda, y todas sus buenas intenciones, todo su buen humor y sus esperanzas, se esfumaron de nuevo.
Las lágrimas no la dejan pensar con claridad, y solo consigue, en un acto casi inconsciente, llenar la vieja maleta roja con sus cosas, para salir huyendo de allí, para no seguir viviendo engañada.
Las fuerzas le flaquean al intentar cruzar el umbral que le separará de él, y cuando todo empieza a nublarse a su alrededor, cuando cree que va a perder el equilibrio y caer, se sienta en el sofá, intentando encontrar las fuerzas suficientes, dentro de ella, para poder salir de allí. Solo cuando escucha las llaves y nota como él la mira desde la puerta se queda sin fuerzas y acierta a decir:
- Lucas tenemos que hablar.
Lucas mira a su mujer, incrédulo, y cuando repara en que, al otro lado del sofá está su maleta, esa misma maleta que un día la trajo hasta él, siente que todo está perdido. Que la pierde, que no la ha cuidado, que se ha dedicado a soñar con el pasado sin darse cuenta que lo no que quiere es vivir de recuerdos toda la vida, sino ser feliz con la mujer que le devolvió hace años ya, la alegría.
- Lucía, te lo puedo explicar…
- Dime que tienes una explicación que no me haga sentir idiota, dime que nada es lo que parece, que no vuelves a estar pillado hasta las trancas por ella, dime que no voy a ser yo la que salga perdiendo en toda esta historia… dime que me prefieres antes que a ella… dímelo y te escucharé, escucharé tus excusas. Escucharé tus razones por las que has estado detrás de ella desde que llegó, por las que has dejado abandonada a tu mujer.
- Lucía yo… no sé que decir.
- Lo imaginaba. Es mejor no decir nada. Me voy a casa de mi hermana, estaré allí hasta que encuentre algún pisito que me guste. De momento prefiero alejarme de ti…. Del todo. Pediré a mi hermana y a mi cuñado que vengan a por mis cosas, sino te importa podrías ir separándolas de las tuyas.
- Cariño no…
- No lo hagas más difícil por favor… solo te pido eso.
Acaricia la cara de su marido, sabiendo que, probablemente sea la última vez que pueda hacerlo sin rencor, y se levanta dispuesta a marcharse. Pero al tocar el pomo, la voz de él, su suplica, la para, la ata al suelo y la impide salir de ahí.
- No lo hagas. No me dejes Lucía. No sé vivir sin ti. Si sé, pero no quiero.
- Aprenderás
- No se puede aprender a sentir lo que uno no siente. Eso me lo enseñaste tú. Tú lo eres todo para mí, todo. Sin ti estoy perdido…
- Yo soy todo, no? Y ella, ¿ella también lo es todo?
- No. Sara es nada. Sara lo fue todo, pero cerró la puerta y salio sin importarle que yo me quedará detrás. Y tú me ayudaste a superarlo. Tú me devolviste la vida. Y quiero que siga siendo así.
- ¿Ella no es nada? Seguro.
- Lucía, mi amor –la toma de las manos y la conduce hasta el sofá. Se sienta muy cerca de ella, buscando su contacto, aferrándose a su cuerpo para evitar que alguien a quien ama con todo el alma vuelva a abandonarle –no te voy a decir que su vuelta me ha hecho sentir algo, pero te puedo asegurar que no es amor. Yo te quiero a ti, solo a ti. Ella es el pasado. Te lo juro Lucía, si tú te vas…
Algo en sus ojos hace que crea en él y en sus palabras. Se abrazan con fuerza, permanecen en silencio mientras las lágrimas de ambos se confunden. Pero se sienten más unidos que nunca.
Ya más calmados, Lucas promete a Lucía que devolverá el billete a Sara ese mismo día y que dejara que sea ella la que decida que hacer con su vida.
Después le enseña los billetes que ha comprado y ella, mientras salta sobre el sofá, regala besos por todas partes a Lucas, porque ha cumplido su sueño, y lo que es más importante, ha cumplido la promesa que le hizo, el primer día que se atrevió a abrirle su corazón a Lucía frente a una bola del mundo.
Preparó desayuno para dos, y cuando fue a dejar una nota avisando a Lucas de que se iba, le vio allí dormido, totalmente ajeno a la batalla que ella siente en su interior, y la rabia, de nuevo la amarga rabia, se apoderó de ella. No dejó nota, tiró el desayuno a la basura, y maldijo a Lucas Fernández por haber entrado en su vida con la misma facilidad con la que parece que ahora se está yendo.
El día en el trabajo ha sido duro, muy duro. Su jefe la ha atosigado con muchas tareas que no la pertenecen, pero que ha tenido que realizar deprisa y corriendo. Su estado de ánimo tampoco mejora en el resto del día, hasta que, un poco antes de la hora de la comida, abre un cajón olvidado de su oficina y allí, entre montones de papeles, ve una cajita rosa, pequeña. La abre con cuidado, recordando como lo hizo la primera vez y lo que sintió al ver como Lucas le regalaba las llaves de su piso. Ahora ya no están en esa caja, sino en su bolso, junto con el resto de sus cosas. Y eso, por muy absurdo que parezca, la hace sentir mejor.
Enfadada se pregunta donde estuvo Sara cuando Lucas la amaba con toda su alma, cuando lloraba por las noches culpándose de su marcha, cuando estuvo enfermo, cuando recibió el disparo que casi le cuesta la vida. Dónde había estado Sara aquellas vacaciones en las que ellos descubrieron lugares remotos, exploraron paraísos perdidos. Y dónde había estado cuando Lucas la hizo participe a ella de sus sueños: niños correteando por la corrala, domingos en familia, tardes abrazados sin hacer nada. Si, probablemente en el mismo sitio donde ella misma había estado cuando Lucas supo que su padre no había muerto, que tenía una hermana o que su felicidad pendía de un hilo. Ambas han compartido con él momentos muy importantes en su vida, pero la diferencia es que Sara decidió dejar todo eso atrás marchándose durante años de su vida y ella está más dispuesta a luchar que nunca.
De mejor humor se marchó hacia casa dando un paseo por San Antonio. Se paró en el mercado para comprar algo para prepararle a su marido una cena especial, una cena para celebrar que hoy era hoy y que estaban juntos y felices. Pasó por una joyería y compró a Lucas una pulsera que sabía, le iba a encantar: el negro cuero hacía juego con el moreno de su piel y de sus ojos. Se la daría en la cena, después de pasar una velada absolutamente maravillosa.
Terminó de cocinar antes de la hora prevista, y, en un intento de no ponerse a pensar, prefirió estar ocupada poniendo la colada de la semana. Y fue cuando, al coger los pantalones de Lucas, vio el billete a Argentina a nombre de Sara Miranda, y todas sus buenas intenciones, todo su buen humor y sus esperanzas, se esfumaron de nuevo.
Las lágrimas no la dejan pensar con claridad, y solo consigue, en un acto casi inconsciente, llenar la vieja maleta roja con sus cosas, para salir huyendo de allí, para no seguir viviendo engañada.
Las fuerzas le flaquean al intentar cruzar el umbral que le separará de él, y cuando todo empieza a nublarse a su alrededor, cuando cree que va a perder el equilibrio y caer, se sienta en el sofá, intentando encontrar las fuerzas suficientes, dentro de ella, para poder salir de allí. Solo cuando escucha las llaves y nota como él la mira desde la puerta se queda sin fuerzas y acierta a decir:
- Lucas tenemos que hablar.
Lucas mira a su mujer, incrédulo, y cuando repara en que, al otro lado del sofá está su maleta, esa misma maleta que un día la trajo hasta él, siente que todo está perdido. Que la pierde, que no la ha cuidado, que se ha dedicado a soñar con el pasado sin darse cuenta que lo no que quiere es vivir de recuerdos toda la vida, sino ser feliz con la mujer que le devolvió hace años ya, la alegría.
- Lucía, te lo puedo explicar…
- Dime que tienes una explicación que no me haga sentir idiota, dime que nada es lo que parece, que no vuelves a estar pillado hasta las trancas por ella, dime que no voy a ser yo la que salga perdiendo en toda esta historia… dime que me prefieres antes que a ella… dímelo y te escucharé, escucharé tus excusas. Escucharé tus razones por las que has estado detrás de ella desde que llegó, por las que has dejado abandonada a tu mujer.
- Lucía yo… no sé que decir.
- Lo imaginaba. Es mejor no decir nada. Me voy a casa de mi hermana, estaré allí hasta que encuentre algún pisito que me guste. De momento prefiero alejarme de ti…. Del todo. Pediré a mi hermana y a mi cuñado que vengan a por mis cosas, sino te importa podrías ir separándolas de las tuyas.
- Cariño no…
- No lo hagas más difícil por favor… solo te pido eso.
Acaricia la cara de su marido, sabiendo que, probablemente sea la última vez que pueda hacerlo sin rencor, y se levanta dispuesta a marcharse. Pero al tocar el pomo, la voz de él, su suplica, la para, la ata al suelo y la impide salir de ahí.
- No lo hagas. No me dejes Lucía. No sé vivir sin ti. Si sé, pero no quiero.
- Aprenderás
- No se puede aprender a sentir lo que uno no siente. Eso me lo enseñaste tú. Tú lo eres todo para mí, todo. Sin ti estoy perdido…
- Yo soy todo, no? Y ella, ¿ella también lo es todo?
- No. Sara es nada. Sara lo fue todo, pero cerró la puerta y salio sin importarle que yo me quedará detrás. Y tú me ayudaste a superarlo. Tú me devolviste la vida. Y quiero que siga siendo así.
- ¿Ella no es nada? Seguro.
- Lucía, mi amor –la toma de las manos y la conduce hasta el sofá. Se sienta muy cerca de ella, buscando su contacto, aferrándose a su cuerpo para evitar que alguien a quien ama con todo el alma vuelva a abandonarle –no te voy a decir que su vuelta me ha hecho sentir algo, pero te puedo asegurar que no es amor. Yo te quiero a ti, solo a ti. Ella es el pasado. Te lo juro Lucía, si tú te vas…
Algo en sus ojos hace que crea en él y en sus palabras. Se abrazan con fuerza, permanecen en silencio mientras las lágrimas de ambos se confunden. Pero se sienten más unidos que nunca.
Ya más calmados, Lucas promete a Lucía que devolverá el billete a Sara ese mismo día y que dejara que sea ella la que decida que hacer con su vida.
Después le enseña los billetes que ha comprado y ella, mientras salta sobre el sofá, regala besos por todas partes a Lucas, porque ha cumplido su sueño, y lo que es más importante, ha cumplido la promesa que le hizo, el primer día que se atrevió a abrirle su corazón a Lucía frente a una bola del mundo.
Volver
Por más que lo intenta no puede dejar de recordar las palabras de su amigo durante toda la mañana. No consigue apuntar cuando dispara, ni escuchar a Mariano cuando le habla, ni siquiera es capaz de regañar a sus hombres cuando hacen algo mal. Durante las largas horas que permanece en comisaría solo es capaz de pensar en que no quiere que ella se vaya, pero que tampoco quiere que se quede. No quiere defraudar a Paco, pero tampoco quiere hablar con Sara de su regreso a Argentina. No quiere perder a Lucía pero no puede dejar de pensar en Sara.
Cree que va a volverse loco, y todo porque ella ha vuelto. Si se hubiera quedado donde estaba.... si no hubiera vuelto más guapa y más maravillosa que cuando se fue...
Necesita salir de allí y dejar de pensar tanto, solo hacer lo que tiene que hacer y olvidarse. Hacer que se quede y sacarla de su vida, cueste lo que cueste.
La encuentra en el bar, sentada en una mesa escribiendo algo. La observa desde lejos y se da cuenta de que en el fondo, no ha cambiado tanto. Se la ve más mayor, más independiente, más libre, más mujer. Pero sigue teniendo esa sonrisa inocente que siempre le volvió loco, y esa forma tan suya de mover el boli cuando está nerviosa. No, no puede seguir mirándola, no puede seguir pensando en ella como si fuera la única mujer del mundo cuando está delante.
- Hola Sarita, ¿qué tal? -la cara de asombro de ella no se hace esperar. Años hace que él no la llama Sarita y solo de escucharlo nota como todo su cuerpo se estremece. Se le vienen a la cabeza muchos momentos en los que él le llamó así, arrastrando cada letra como si se deleitase al decirla, con tanta dulzura... Sara cree que tiene que ser por la tarde que vivieron ayer, se emociona al pensar que probablemente para él también significó mucho.
- Bien. Aquí haciendo cosillas para el trabajo. Que vuelvo en un par de días y tengo que tener todo listo.
- Vaya.... -no sabe que decir. Ella le ha dicho que vuelve a marcharse y podría aprovechar para pedirle que se quede. Pero el recuerdo de lo que pasó hace años vuelve a su cabeza y la humillación que sintió entonces cuando ella se fue se aviva más que nunca y sabe que no podría soportar volverla a perder habiéndola suplicado que se quede -Yo que había venido a ver si me acompañabas a por el anillo de Lucía -Busca una excusa tonta para ganar un poco de tiempo y a Sara se le ilumina la cara al pensar que realmente Lucas quiere que ella le acompañe. Se emociona solo de pensar que él haya pensado en ella para eso, aunque al recordar lo que van a comprar y para quién, sepa que no todo es siempre perfecto. Con fingida naturalidad le dice que enseguida termina, que va al baño y se marchan.
Mientras Sara se arregla el pelo en el baño, se echa perfume y se pinta los labios para que Lucas la vea perfecta, él busca las palabras para decirle a Sara que no se vaya, sin parecer que es él el que no quiere que lo haga. Hubiera preferido poder solucionar el asunto en el mismo bar y no tener que pasar más tiempo con ella, pero no se le ha ocurrido nada para empezar la conversación sobre su viaje, y eso que ella no se lo ha puesto muy dificil, así que tendrán que hablar mientras van en busca del anillo. Pero él no quiere pasar más tiempo con ella, solo quiere alejarla de su vida; quiere seguir viendola cada día, pero de lejos. Lo suficientemente lejos para que él pueda acostumbrarse a que ella sigue aquí en San Antonio, pero no en su vida.
De pronto, se le ocurre algo, y aunque le parece una mala idea y sabe que no está bien, cree que es la única forma que hay de que Sara se quede sin que él ponga en peligro su estabilidad mental. Mira de un lado para otro, y cuando ve que todo el mundo está entretenido bebiendo, charlando y sin prestarle atención, mete la mano en el bolso de Sara para sacar su cartera y buscar el billete de avión. Y alli, al lado del pasaje que la llevaría lejos de sus vidas de nuevo, ve una vieja foto de la que ya no se acordaba; en ella, Sara y él sonríen felices sentados en la cama de la buardilla que compartieron un día. Recuerda áquel día, lo felices que fueron juntos, lo poco que necesitaban para sentirse bien. Lo cerca que estaba de Sara... muchos recuerdos se agolpan en su cabeza, y tiene que volver a cerrar la cartera y levantarse de golpe para no seguir recordando ciertos trazos del pasado.
Le sorprende mucho que ella lleve una foto suya en la cartera, pero le hace sentirse feliz. Muy feliz. Se pregunta si la habrá llevado durante todos estos años, o si la habrá puesto allí desde que ha vuelto a España, y con la duda martilleandole en la cabeza, se dirige a la puerta del bar, dispuesto a salir de allí y alejarse de ella.
- Lucas, ¿nos vamos?
- Yo sí, pero solo. Tampoco hace falta que estemos a todas horas juntos, ¿Verdad? Además, me ha llamado mi mujer y me voy con ella. -Sara no entiende la reacción de Lucas, y se pregunta por qué ha cambiado tanto su actitud hacia ella después de haberla invitado un rato antes. Solo sabe que le ha dejado tirada para estar con ella, con la que debe estar.
Lo que Sara no sabe es que Lucas ya ha encontrado la manera de hacer que ella se quede durante más tiempo sin decirle nada; ahora él solo tiene que pensar que hacer con ese billete de avión que tiene en el bolsillo y que jamás se va a utilizar.
Sintiéndose más aliviado por haber conseguido arreglar lo de Sara, se va a casa, come y después de ducharse y prepararse, se marcha de nuevo. Ya ha cerrado la puerta cuando se da cuenta de que no ha sabido nada de Lucía en todo el día: se fue antes que él sin decir nada, y hoy tampoco ha venido a comer sin avisarle; ni siquiera le ha llamado. Se empieza a sentir muy culpable, porque lleva todo el día pensando en Sara y se ha olvidado de que ahora comparte su vida con la mujer más maravillosa del mundo, y que la quiere, la quiere mucho, y que por culpa de un recuerdo del pasado está haciéndola sufrir. Tiene que hablar con ella, tiene que explicarle. Tiene que volver a ser el marido que ha sido hasta ahora.
Hace buen día y quiere ir andando a comisaría, pensar que puede decirle a Lucía, pensar que quiere hacer con su vida. Al pasar por delante de una agencia de viajes se para, y mirando las ofertas que hay expuestas, sabe que ha encontrado el regalo perfecto para Lucía. Unas vacaciones. Esas mismas vacaciones que Lucía lleva soñando desde que era pequeña y que jamás encontraron el momento de irse. Paga, y se va. Se siente mejor. Porque un viaje no va a devolverle a su mujer los días que lleva pensando en otra, pero si le va a demostrar que solo a ella es a la que quiere.
Llega a casa feliz, deseando ver a su mujer, abrazarla, comérsela a besos, pero cuando abre la puerta la ve sentada en el sofá, seria, sin decir nada, sin mirarle, y el billete de Sara a Argentina encima de sus piernas.
- Lucas, tenemos que hablar.
Cree que va a volverse loco, y todo porque ella ha vuelto. Si se hubiera quedado donde estaba.... si no hubiera vuelto más guapa y más maravillosa que cuando se fue...
Necesita salir de allí y dejar de pensar tanto, solo hacer lo que tiene que hacer y olvidarse. Hacer que se quede y sacarla de su vida, cueste lo que cueste.
La encuentra en el bar, sentada en una mesa escribiendo algo. La observa desde lejos y se da cuenta de que en el fondo, no ha cambiado tanto. Se la ve más mayor, más independiente, más libre, más mujer. Pero sigue teniendo esa sonrisa inocente que siempre le volvió loco, y esa forma tan suya de mover el boli cuando está nerviosa. No, no puede seguir mirándola, no puede seguir pensando en ella como si fuera la única mujer del mundo cuando está delante.
- Hola Sarita, ¿qué tal? -la cara de asombro de ella no se hace esperar. Años hace que él no la llama Sarita y solo de escucharlo nota como todo su cuerpo se estremece. Se le vienen a la cabeza muchos momentos en los que él le llamó así, arrastrando cada letra como si se deleitase al decirla, con tanta dulzura... Sara cree que tiene que ser por la tarde que vivieron ayer, se emociona al pensar que probablemente para él también significó mucho.
- Bien. Aquí haciendo cosillas para el trabajo. Que vuelvo en un par de días y tengo que tener todo listo.
- Vaya.... -no sabe que decir. Ella le ha dicho que vuelve a marcharse y podría aprovechar para pedirle que se quede. Pero el recuerdo de lo que pasó hace años vuelve a su cabeza y la humillación que sintió entonces cuando ella se fue se aviva más que nunca y sabe que no podría soportar volverla a perder habiéndola suplicado que se quede -Yo que había venido a ver si me acompañabas a por el anillo de Lucía -Busca una excusa tonta para ganar un poco de tiempo y a Sara se le ilumina la cara al pensar que realmente Lucas quiere que ella le acompañe. Se emociona solo de pensar que él haya pensado en ella para eso, aunque al recordar lo que van a comprar y para quién, sepa que no todo es siempre perfecto. Con fingida naturalidad le dice que enseguida termina, que va al baño y se marchan.
Mientras Sara se arregla el pelo en el baño, se echa perfume y se pinta los labios para que Lucas la vea perfecta, él busca las palabras para decirle a Sara que no se vaya, sin parecer que es él el que no quiere que lo haga. Hubiera preferido poder solucionar el asunto en el mismo bar y no tener que pasar más tiempo con ella, pero no se le ha ocurrido nada para empezar la conversación sobre su viaje, y eso que ella no se lo ha puesto muy dificil, así que tendrán que hablar mientras van en busca del anillo. Pero él no quiere pasar más tiempo con ella, solo quiere alejarla de su vida; quiere seguir viendola cada día, pero de lejos. Lo suficientemente lejos para que él pueda acostumbrarse a que ella sigue aquí en San Antonio, pero no en su vida.
De pronto, se le ocurre algo, y aunque le parece una mala idea y sabe que no está bien, cree que es la única forma que hay de que Sara se quede sin que él ponga en peligro su estabilidad mental. Mira de un lado para otro, y cuando ve que todo el mundo está entretenido bebiendo, charlando y sin prestarle atención, mete la mano en el bolso de Sara para sacar su cartera y buscar el billete de avión. Y alli, al lado del pasaje que la llevaría lejos de sus vidas de nuevo, ve una vieja foto de la que ya no se acordaba; en ella, Sara y él sonríen felices sentados en la cama de la buardilla que compartieron un día. Recuerda áquel día, lo felices que fueron juntos, lo poco que necesitaban para sentirse bien. Lo cerca que estaba de Sara... muchos recuerdos se agolpan en su cabeza, y tiene que volver a cerrar la cartera y levantarse de golpe para no seguir recordando ciertos trazos del pasado.
Le sorprende mucho que ella lleve una foto suya en la cartera, pero le hace sentirse feliz. Muy feliz. Se pregunta si la habrá llevado durante todos estos años, o si la habrá puesto allí desde que ha vuelto a España, y con la duda martilleandole en la cabeza, se dirige a la puerta del bar, dispuesto a salir de allí y alejarse de ella.
- Lucas, ¿nos vamos?
- Yo sí, pero solo. Tampoco hace falta que estemos a todas horas juntos, ¿Verdad? Además, me ha llamado mi mujer y me voy con ella. -Sara no entiende la reacción de Lucas, y se pregunta por qué ha cambiado tanto su actitud hacia ella después de haberla invitado un rato antes. Solo sabe que le ha dejado tirada para estar con ella, con la que debe estar.
Lo que Sara no sabe es que Lucas ya ha encontrado la manera de hacer que ella se quede durante más tiempo sin decirle nada; ahora él solo tiene que pensar que hacer con ese billete de avión que tiene en el bolsillo y que jamás se va a utilizar.
Sintiéndose más aliviado por haber conseguido arreglar lo de Sara, se va a casa, come y después de ducharse y prepararse, se marcha de nuevo. Ya ha cerrado la puerta cuando se da cuenta de que no ha sabido nada de Lucía en todo el día: se fue antes que él sin decir nada, y hoy tampoco ha venido a comer sin avisarle; ni siquiera le ha llamado. Se empieza a sentir muy culpable, porque lleva todo el día pensando en Sara y se ha olvidado de que ahora comparte su vida con la mujer más maravillosa del mundo, y que la quiere, la quiere mucho, y que por culpa de un recuerdo del pasado está haciéndola sufrir. Tiene que hablar con ella, tiene que explicarle. Tiene que volver a ser el marido que ha sido hasta ahora.
Hace buen día y quiere ir andando a comisaría, pensar que puede decirle a Lucía, pensar que quiere hacer con su vida. Al pasar por delante de una agencia de viajes se para, y mirando las ofertas que hay expuestas, sabe que ha encontrado el regalo perfecto para Lucía. Unas vacaciones. Esas mismas vacaciones que Lucía lleva soñando desde que era pequeña y que jamás encontraron el momento de irse. Paga, y se va. Se siente mejor. Porque un viaje no va a devolverle a su mujer los días que lleva pensando en otra, pero si le va a demostrar que solo a ella es a la que quiere.
Llega a casa feliz, deseando ver a su mujer, abrazarla, comérsela a besos, pero cuando abre la puerta la ve sentada en el sofá, seria, sin decir nada, sin mirarle, y el billete de Sara a Argentina encima de sus piernas.
- Lucas, tenemos que hablar.
Volver
Cuando siente como su marido empieza a dar las primeras vueltas a su lado, sabe que las pesadillas han vuelto, otra vez, esa misma noche. Durante todos los años que llevan juntos, las ha tenido cada cierto tiempo, siempre coincidiendo con una carta llegada desde Argentina, o una fecha de cumpleaños, o simplemente después de un día de lluvia. Muchas veces ha sido ella la que ha tenido que despertarle en medio de la noche para que dejara de soñar, casi siempre después de que él pronunciará el nombre de Sara a gritos. Y así, con el tiempo, se ha tenido que acostumbrar a que aunque sea ella la que comparta la cama con él cada noche, a veces, sea Sara la que ocupe sus sueños… os mas bien sus pesadillas y anhelos.
Esta noche es casi peor; se mueve tanto, esta agitado hasta el punto de casi caerse de la cama, y grita como un loco. Incluso cree que Lucas está llorando en sueños, aunque eso, no se atreve ni siquiera a imaginarlo, muchos menos a confirmarlo.
Intenta despertarle suavemente, pero Lucas, obstinadamente, parece no querer salir de su mundo de sombras. Intenta cohibir su rabia pero al final la rabia le puede y con fuerza le zarandea, casi con ira, y finalmente el tiene que salir de donde quiera que esté, perturbado y avergonzado a partes iguales, y regresar de nuevo a su casa, a su cama, y con su mujer.
Después de tomarse un vaso de leche caliente para intentar tranquilizarse, vuelve a tumbarse en la cama, y mientras abraza a Lucía no puede dejar de pensar en el sueño que acaba de tener y que parecía tan real. Sara volvía a besarle, a acariciar todo su cuerpo con sus manos, con su boca y su pelo; volvía a ocuparlo todo. Y una vez más, al final, volvía a huir dejándole a él tan hundido como cuando se fue de verdad. Compara ese sueño con todos los anteriores y se da cuenta, una vez más, que el principio siempre es distinto: a veces pasean, otras veces comen un helado y otras simplemente se miran, pero al final siempre acaba igual, ella lejos y el destrozado.
Sin poder evitarlo vuelve a recordar la tarde que ha pasado con ella, y se da cuenta de que ha sido muy feliz sin necesidad de tener que hacer algo especial. Simplemente por haber estado juntos después de tanto tiempo y por haber sentido, durante apenas unos segundos, su piel, su calor. Recuerda de nuevo su risa, esa forma de mover la cabeza cuando está pasándoselo bien, y se dice a sí mismo, que el tiempo ha sido bueno con Sara, está mucho más bonita que cuando se fue, y eso ya es decir mucho.
Lucía también parece intranquila esta noche, suelta pequeños grititos que a Lucas siempre le hicieron mucha gracia, pero que esta noche, solo sirven para hacerle sentir muy culpable, porque está pensando en otra mujer mientras abraza a la suya, a la que debería ocupar todos sus pensamientos.
Intenta quitarse la imagen de Sara de la cabeza y pasar página, esa misma página que creía haber dejado atrás hace cinco años, y que, desde que ella ha vuelto, parece estar más presente que nunca, como una historia escrita con tinta indeleble, imborrable en su corazon, en su alma.
No puede seguir así, hace apenas unos días que Sara ha regresado y ya esta a punto de volverse loco otra vez, así que toma una firme determinación, una decisión que aunque le hace daño sabe es la más correcta. Decide que va a ignorar a Sara, olvidarse de que existe, al menos hasta que vuelva otra vez a cruzar el océano y desaparezca de su vida nuevamente. Al menos hasta que vuelva a ser tan solo un doloroso recuerdo que siempre lo acompañara.
Con la idea fija de aguantar hasta que se vaya, sin apenas verla y con la duda de poder conseguirlo, consigue por fin dormirse, para volver a soñar de nuevo con ella y su despedida.
Cuando despierta, mas cansado de lo que se acosto, no encuentra a Lucía en la cama, y por primera vez desde que vive con ella, tampoco encuentra una nota para desearle un buen día, ni el desayuno hecho. Parece que se hubiera ido con prisa a trabajar, y eso, en los cuatro años que llevan viviendo juntos, no había pasado nunca. Es obvio que también a ella la llegada de Sara le esta trastornando la vida.
Al llegar al salón, todavía con los ojos cerrados, se encuentra a Paco en su sofá. No hace nada. No dice nada. Simplemente está callado, expectante, atento.
- Paco tío, ¿qué haces aquí a estas horas?
- Quería hablar contigo Lucas.
- ¿Y no podías haber esperado un rato? Joder, Paco, que no son horas.
- Esto no puede esperar -de pronto se asusta. En seguida piensa en Sara, y el temor de que su amigo le diga que se ha vuelto a marchar, le hace tambalearse. No, otra vez no. Es como el sueño, pero esta vez es real.
- Dilo ya cojones.
- Es por Sara -lo sabía. Lucas estaba seguro. Y esta vez ni siquiera ha podido decirle adiós. Se deja caer en el sofá y deja de escuchar a Paco, deja de pensar en nada. -Lucas, escúchame. Juré que después de todo lo que os había hecho no iba a volver a meterme en vuestra vida, lo juré. Sabes que eso me costó que mi niña se fuera. También sé que no debo hacerlo y te juro que quisiera no tener la necesidad de pedirte esto pero... no se me ocurre nada más -su eterno pañuelo sigue ahí sin moverse de su nariz. Probablemente esto es lo más difícil que ha dicho en su vida a alguien, y quisiera de corazón no tener que hacerlo, pero es su niña, su única hija. Y también su última oportunidad.
- Suéltalo ya, coño!
- ¿Tú sabes que adoro a Lucia, verdad Lucas? La adoro. Creo que es una mujer fantástica, de los pies a la cabeza. Y a nosotros nos ha traído la felicidad simplemente haciéndote feliz a ti. Es como una hija. Bueno, ¿y tú? Tú eres mi amigo, mi compañero, mi hijo. Lucas, os adoro a los dos, mucho, pero.......
- ¿Pero...?
- Pero mi hija es mi hija. Y si hay alguna posibilidad, por pequeña que sea, de que no vuelva a marcharse de mi lado, haré lo que sea. Lucas, ha sido muy duro vivir sin ella, sin saber que hacia o que dejaba de hacer. Sin saber si era feliz o infeliz…. No se lo deseo a nadie, ni a mi peor enemigo. Todo esto tiempo no me has dejado que te hable de ella, pero ha sido un infierno. Y no veas como lo ha pasado Lola.
- Lo imagino Paco, ¿pero que pintamos Lucía y yo en todo esto?
- Lucas, si hay alguien que pueda hacer que mi niña no se vaya… –hace una pausa para coger aire y armarse de valor, sabe que le este pidiendo un favor demasiado grande a su amigo pero…..- ese eres tú.
Las palabras de Paco resuenan en su cabeza una y otra vez ¿Qué puede hacer él para que ella no se vaya? ¿¿¿Llorar como la otra vez, suplicarla, hacerle recordar??? Si no lo consiguió una vez y ella, supuestamente, lo amaba, probablemente no lo consiga ahora. Pero sabe que debería intentarlo, por Paco, por Lola y por él mismo. Porque solo de pensar en no volver a verla, en tener que acostumbrarse a vivir sin ella ahora que ha vuelto le parece imposible. Y aunque apenas ocho horas antes, se había prometido a si mismo intentar no tener ningún tipo de relación con ella, tiene que olvidarse de eso por ahora, tiene que dejar su determinación a un lado, aunque sea, solo el tiempo justo para hacer que ella no se marche. A pesar de que eso signifique, complicarlo todo con Lucía, si esta llegase a enterarse.
Esta noche es casi peor; se mueve tanto, esta agitado hasta el punto de casi caerse de la cama, y grita como un loco. Incluso cree que Lucas está llorando en sueños, aunque eso, no se atreve ni siquiera a imaginarlo, muchos menos a confirmarlo.
Intenta despertarle suavemente, pero Lucas, obstinadamente, parece no querer salir de su mundo de sombras. Intenta cohibir su rabia pero al final la rabia le puede y con fuerza le zarandea, casi con ira, y finalmente el tiene que salir de donde quiera que esté, perturbado y avergonzado a partes iguales, y regresar de nuevo a su casa, a su cama, y con su mujer.
Después de tomarse un vaso de leche caliente para intentar tranquilizarse, vuelve a tumbarse en la cama, y mientras abraza a Lucía no puede dejar de pensar en el sueño que acaba de tener y que parecía tan real. Sara volvía a besarle, a acariciar todo su cuerpo con sus manos, con su boca y su pelo; volvía a ocuparlo todo. Y una vez más, al final, volvía a huir dejándole a él tan hundido como cuando se fue de verdad. Compara ese sueño con todos los anteriores y se da cuenta, una vez más, que el principio siempre es distinto: a veces pasean, otras veces comen un helado y otras simplemente se miran, pero al final siempre acaba igual, ella lejos y el destrozado.
Sin poder evitarlo vuelve a recordar la tarde que ha pasado con ella, y se da cuenta de que ha sido muy feliz sin necesidad de tener que hacer algo especial. Simplemente por haber estado juntos después de tanto tiempo y por haber sentido, durante apenas unos segundos, su piel, su calor. Recuerda de nuevo su risa, esa forma de mover la cabeza cuando está pasándoselo bien, y se dice a sí mismo, que el tiempo ha sido bueno con Sara, está mucho más bonita que cuando se fue, y eso ya es decir mucho.
Lucía también parece intranquila esta noche, suelta pequeños grititos que a Lucas siempre le hicieron mucha gracia, pero que esta noche, solo sirven para hacerle sentir muy culpable, porque está pensando en otra mujer mientras abraza a la suya, a la que debería ocupar todos sus pensamientos.
Intenta quitarse la imagen de Sara de la cabeza y pasar página, esa misma página que creía haber dejado atrás hace cinco años, y que, desde que ella ha vuelto, parece estar más presente que nunca, como una historia escrita con tinta indeleble, imborrable en su corazon, en su alma.
No puede seguir así, hace apenas unos días que Sara ha regresado y ya esta a punto de volverse loco otra vez, así que toma una firme determinación, una decisión que aunque le hace daño sabe es la más correcta. Decide que va a ignorar a Sara, olvidarse de que existe, al menos hasta que vuelva otra vez a cruzar el océano y desaparezca de su vida nuevamente. Al menos hasta que vuelva a ser tan solo un doloroso recuerdo que siempre lo acompañara.
Con la idea fija de aguantar hasta que se vaya, sin apenas verla y con la duda de poder conseguirlo, consigue por fin dormirse, para volver a soñar de nuevo con ella y su despedida.
Cuando despierta, mas cansado de lo que se acosto, no encuentra a Lucía en la cama, y por primera vez desde que vive con ella, tampoco encuentra una nota para desearle un buen día, ni el desayuno hecho. Parece que se hubiera ido con prisa a trabajar, y eso, en los cuatro años que llevan viviendo juntos, no había pasado nunca. Es obvio que también a ella la llegada de Sara le esta trastornando la vida.
Al llegar al salón, todavía con los ojos cerrados, se encuentra a Paco en su sofá. No hace nada. No dice nada. Simplemente está callado, expectante, atento.
- Paco tío, ¿qué haces aquí a estas horas?
- Quería hablar contigo Lucas.
- ¿Y no podías haber esperado un rato? Joder, Paco, que no son horas.
- Esto no puede esperar -de pronto se asusta. En seguida piensa en Sara, y el temor de que su amigo le diga que se ha vuelto a marchar, le hace tambalearse. No, otra vez no. Es como el sueño, pero esta vez es real.
- Dilo ya cojones.
- Es por Sara -lo sabía. Lucas estaba seguro. Y esta vez ni siquiera ha podido decirle adiós. Se deja caer en el sofá y deja de escuchar a Paco, deja de pensar en nada. -Lucas, escúchame. Juré que después de todo lo que os había hecho no iba a volver a meterme en vuestra vida, lo juré. Sabes que eso me costó que mi niña se fuera. También sé que no debo hacerlo y te juro que quisiera no tener la necesidad de pedirte esto pero... no se me ocurre nada más -su eterno pañuelo sigue ahí sin moverse de su nariz. Probablemente esto es lo más difícil que ha dicho en su vida a alguien, y quisiera de corazón no tener que hacerlo, pero es su niña, su única hija. Y también su última oportunidad.
- Suéltalo ya, coño!
- ¿Tú sabes que adoro a Lucia, verdad Lucas? La adoro. Creo que es una mujer fantástica, de los pies a la cabeza. Y a nosotros nos ha traído la felicidad simplemente haciéndote feliz a ti. Es como una hija. Bueno, ¿y tú? Tú eres mi amigo, mi compañero, mi hijo. Lucas, os adoro a los dos, mucho, pero.......
- ¿Pero...?
- Pero mi hija es mi hija. Y si hay alguna posibilidad, por pequeña que sea, de que no vuelva a marcharse de mi lado, haré lo que sea. Lucas, ha sido muy duro vivir sin ella, sin saber que hacia o que dejaba de hacer. Sin saber si era feliz o infeliz…. No se lo deseo a nadie, ni a mi peor enemigo. Todo esto tiempo no me has dejado que te hable de ella, pero ha sido un infierno. Y no veas como lo ha pasado Lola.
- Lo imagino Paco, ¿pero que pintamos Lucía y yo en todo esto?
- Lucas, si hay alguien que pueda hacer que mi niña no se vaya… –hace una pausa para coger aire y armarse de valor, sabe que le este pidiendo un favor demasiado grande a su amigo pero…..- ese eres tú.
Las palabras de Paco resuenan en su cabeza una y otra vez ¿Qué puede hacer él para que ella no se vaya? ¿¿¿Llorar como la otra vez, suplicarla, hacerle recordar??? Si no lo consiguió una vez y ella, supuestamente, lo amaba, probablemente no lo consiga ahora. Pero sabe que debería intentarlo, por Paco, por Lola y por él mismo. Porque solo de pensar en no volver a verla, en tener que acostumbrarse a vivir sin ella ahora que ha vuelto le parece imposible. Y aunque apenas ocho horas antes, se había prometido a si mismo intentar no tener ningún tipo de relación con ella, tiene que olvidarse de eso por ahora, tiene que dejar su determinación a un lado, aunque sea, solo el tiempo justo para hacer que ella no se marche. A pesar de que eso signifique, complicarlo todo con Lucía, si esta llegase a enterarse.
Volver
- Si me pidieras mi opinión te diría que es demasiado masculino para ti.
Creía que estaba sola en la joyeria y al escucharle y sentirle detrás de ella, se ha asustado pegando un respingo. Sonríe porque ha reconocido su voz, lo haría entre millones de voces juntas. Él también sonríe, porque siempre fue ella la que llegaba por sorpresa, en silencio, saliendo de la nada, asustándole, y hoy es él.
- Me ha mandado mi padre a cambiarle la correa del reloj ¿Y tú qué haces aquí?
Busca una excusa en su cabeza. Intenta pensar lo más rápido posible. Y se siente estúpido, muy estúpido, y tremendamente culpable porque ha estado a punto de mentirle como si lo que fuera a hacer estuviera mal.
- En realidad, vengo a elegir un regalo.
- ¿Para Lucía?
- Sí, para ella.
El silencio vuelve a invadirlo todo. Durante años aprendieron a comunicarse a través de los silencios, solo con miradas, con gestos. Hoy los silencios son solo eso, silencios. Y eso es lo único que comparten. Eso, y el deseo escondido de estar en otro sitio, en otro lugar, y que las cosas fueran un poco distintas.
- ¿Te puedo ayudar? Quizás te venga bien la opinión de otra mujer.
- No creo que sea buena idea.
Y no lo es. Claro que no lo es.
Les ha visto besarse, darse abrazos. Les ha visto cegados por el deseo de fundirse en uno. Les ha visto compartir un helado, y reirse a carcajadas. Pocas cosas le queda ya por ver, quizás acompañarle a comprar un regalo para ella sea lo siguiente, pero no quiere hacerlo, duele demasiado ser testigo de lo enamorado que está un hombre de su mujer, el mismo hombre del que está enamorada ella. Pero necesita pasar un tiempo con él, sin que alrededor esté Lucía. Necesita saber que se le pasa por la cabeza, si ha cambiado estos años. Necesita sentirse parte de su vida de nuevo.
- Venga, Lucas. Hace años que me fui. Sé que no me porté bien, sé que debí hacer las cosas de otra manera y creeme, si pudiera volver a atrás lo haría. Pero no puedo estar toda la vida pidiendo perdón. No pido que seamos amigos, no te pido ni siquiera que vuelvas a verme como parte de tu familia. Solo te pido que no me trates como si fuera una extraña. Solo eso. -Intenta controlar unas lágrimas que luchan por salir, pero finalmente tiene que mirar hacia otro lado para que Lucas no vea como recorren sus mejillas.
- Busco un anillo. Dentro de dos días hace tres años que nos casamos y es mi forma de darle las gracias por aguantarme todo este tiempo -no dice nada más, pero no hace falta. Sara sabe que es la forma que tiene Lucas de darle una oportunidad, de hacerle un hueco en su vida, aunque sea únicamente por un par de horas y solo por encontrar el anillo que él busca para su mujer. Pero eso le vale, estar con él aunque sea unas horas le es más que suficiente.
En la pequeña joyeria de San Antonio no logran encontrar el anillo que Lucas busca. Él le explica a Sara que no sabe como es el que está buscando, pero sabe que cuando lo vea sabrá que es él. Mira sus ojos mientras le explica lo que busca. Se explica mal, con torpeza, no encuentra las palabras exactas. Confunde el oro, con la plata, y para él no existen más metales. No sabe ni que hay tamaños de anillos, ni que puede grabarlos por detrás. Pero habla de ese anillo como se le fuera la vida en ello; explica a Sara la cara que desea que ponga Lucía cuando abra el paquete y lo hace con tanta ilusión que a ella se le saltan las lágrimas. Él sueña con el anillo capaz de hacer tan feliz a su mujer como él desea verla siempre. Puede ver en sus ojos y sentir con sus palabras todo el amor que siente hacia Lucía, y eso, aunque le duela, le parece mágico. Se pregunta si él también le amó a ella así algún día, si se puso tan nervioso cuando fue a comprar su bola del mundo. Si alguna vez él también dedicó todo su tiempo y su energía en hacerle feliz a ella. Sabe qeu sí, que para él hace tiempo, ella también lo significó todo y solo de pensarlo, vuelve a maldecir el día que huyó de su lado sin atreverse a explicarle sus razones.
Recorren el centro de Madrid mirando en todas las joyerias, y el tiempo se les pasa volando.
La casualidad de haberse encontrado, les da la oportunidad de pasar un tiempo juntos, y a solas. Buscando un anillo para otra mujer, Sara puede volver a compartir con Lucas cosas que ya creía haber perdido para siempre: su risa limpia y sincera, su gesto fruncido cuando algo no le gusta, su forma de tocarse el pelo...
A media tarde, Lucas dice que se niegra a entrar en ninguna tienda más. Todos los anillos le parecen iguales, y cree que ninguno es lo suficientemente bueno para alguien como Lucía. Se desespera por momentos, y es Sara la que tiene que tranquilizarle y prometerle que ella le acompañará hasta que encuentren el anillo de sus sueños.
Andando y andando, disfrutando de la conversación llegan hasta el retiro y abrumados y muertos de calor deciden parar a descansar y a tomarse un helado, como tantas veces hicieron en el pasado. Se dejan embargar por el ambiente primaveral del parque, por el aire de fiesta que allí se respira, por la imagen a las parejas enamoradas paseando y abrazandose entre los arboles. Todo lo que les rodea es agradable, y ellos, en ese momento, se sienten tranquilos y felices.
Sara mira su gesto y le ve disfrutar por primera vez con ella y por eso se atreve a preguntar. Quiere saber muchas cosas, necesita saberlas, y probablemente, él no vuelva a permitir que se presente una oportunidad así.
- Lucas, ¿por qué un anillo?
- ¿Cómo?
- Podrías regalarle cualquier cosa, una pulsera, un collar, un viaje, no sé, lo que sea. Porque precisamente un anillo.
- ¿Y por qué no?
- No sé. Un anillo suele regalarse cuando se va a pedir algo... -Lucas sonríe y mira a Sara, como siempre, desde abajo, sin mirarla directamente a los ojos.
- Ya le he pedido todo lo que la tenía que pedir. Solo lo hago para recordarla su promesa.
- ¿Su promesa?
- Me prometió que ella no se iba a marchar nunca.
Y nota como el golpe la sacude entera. Lucía prometió no cometer el mismo error que ella, y con eso, se ganó a Lucas para siempre, reduciendola a ella, a un mero recuerdo del pasado.
- Si yo no me hubiera.... vamos que si yo.... -intenta sacar las fuerzas de donde no las tiene para formular la pregunta que lleva haciéndose cada día desde hace cinco años- ¿crees que si yo no me hubiera ido tú .....? -lo intenta pero no puede hacerla. Porque no le da tanto miedo hacerla como la respuesta.
- ¿Si creo que si no te hubieras ido tú y yo estariamos juntos?
- Sí
- Estoy seguro. Creo que no habría habido ni un solo motivo que me hubiera impedido pasar el resto de mi vida contigo si no te hubieras marchado porque así lo quisiste.
- Lo siento.
- Y yo -Y los dos saben que lo sienten, de verdad, de corazón, desde hace cinco años, cada día sienten el momento en que ella se fue y acabó con todo.
Cuando vuelve el camarero y les deja la cuenta sobre la mesa, ambos quieren invitar al otro y acercan sus manos a la vez hacia la bandeja de plata que contiene la nota. Sienten el calor del otro en ese contacto, y sin poder evitarlo, lo prologan durante un tiempo en el que todo deja de existir, salvo sus dos manos, y todas las sensaciones que eso les provoca en el resto del cuerpo. Lucas, en un reflejo casi irracional, acerca más su mano y acaricia el dedo de Sara, muy suavemente, despacio, con miedo. Y allí, los dos, rodeados de gente, saben que aún habiendo estado separados tantos años, jamás podrán dejar de ser alguien especial para el otro. Y eso, tantos años después, les da aún más pavor que cuando lo descubrieron por primera vez.
Creía que estaba sola en la joyeria y al escucharle y sentirle detrás de ella, se ha asustado pegando un respingo. Sonríe porque ha reconocido su voz, lo haría entre millones de voces juntas. Él también sonríe, porque siempre fue ella la que llegaba por sorpresa, en silencio, saliendo de la nada, asustándole, y hoy es él.
- Me ha mandado mi padre a cambiarle la correa del reloj ¿Y tú qué haces aquí?
Busca una excusa en su cabeza. Intenta pensar lo más rápido posible. Y se siente estúpido, muy estúpido, y tremendamente culpable porque ha estado a punto de mentirle como si lo que fuera a hacer estuviera mal.
- En realidad, vengo a elegir un regalo.
- ¿Para Lucía?
- Sí, para ella.
El silencio vuelve a invadirlo todo. Durante años aprendieron a comunicarse a través de los silencios, solo con miradas, con gestos. Hoy los silencios son solo eso, silencios. Y eso es lo único que comparten. Eso, y el deseo escondido de estar en otro sitio, en otro lugar, y que las cosas fueran un poco distintas.
- ¿Te puedo ayudar? Quizás te venga bien la opinión de otra mujer.
- No creo que sea buena idea.
Y no lo es. Claro que no lo es.
Les ha visto besarse, darse abrazos. Les ha visto cegados por el deseo de fundirse en uno. Les ha visto compartir un helado, y reirse a carcajadas. Pocas cosas le queda ya por ver, quizás acompañarle a comprar un regalo para ella sea lo siguiente, pero no quiere hacerlo, duele demasiado ser testigo de lo enamorado que está un hombre de su mujer, el mismo hombre del que está enamorada ella. Pero necesita pasar un tiempo con él, sin que alrededor esté Lucía. Necesita saber que se le pasa por la cabeza, si ha cambiado estos años. Necesita sentirse parte de su vida de nuevo.
- Venga, Lucas. Hace años que me fui. Sé que no me porté bien, sé que debí hacer las cosas de otra manera y creeme, si pudiera volver a atrás lo haría. Pero no puedo estar toda la vida pidiendo perdón. No pido que seamos amigos, no te pido ni siquiera que vuelvas a verme como parte de tu familia. Solo te pido que no me trates como si fuera una extraña. Solo eso. -Intenta controlar unas lágrimas que luchan por salir, pero finalmente tiene que mirar hacia otro lado para que Lucas no vea como recorren sus mejillas.
- Busco un anillo. Dentro de dos días hace tres años que nos casamos y es mi forma de darle las gracias por aguantarme todo este tiempo -no dice nada más, pero no hace falta. Sara sabe que es la forma que tiene Lucas de darle una oportunidad, de hacerle un hueco en su vida, aunque sea únicamente por un par de horas y solo por encontrar el anillo que él busca para su mujer. Pero eso le vale, estar con él aunque sea unas horas le es más que suficiente.
En la pequeña joyeria de San Antonio no logran encontrar el anillo que Lucas busca. Él le explica a Sara que no sabe como es el que está buscando, pero sabe que cuando lo vea sabrá que es él. Mira sus ojos mientras le explica lo que busca. Se explica mal, con torpeza, no encuentra las palabras exactas. Confunde el oro, con la plata, y para él no existen más metales. No sabe ni que hay tamaños de anillos, ni que puede grabarlos por detrás. Pero habla de ese anillo como se le fuera la vida en ello; explica a Sara la cara que desea que ponga Lucía cuando abra el paquete y lo hace con tanta ilusión que a ella se le saltan las lágrimas. Él sueña con el anillo capaz de hacer tan feliz a su mujer como él desea verla siempre. Puede ver en sus ojos y sentir con sus palabras todo el amor que siente hacia Lucía, y eso, aunque le duela, le parece mágico. Se pregunta si él también le amó a ella así algún día, si se puso tan nervioso cuando fue a comprar su bola del mundo. Si alguna vez él también dedicó todo su tiempo y su energía en hacerle feliz a ella. Sabe qeu sí, que para él hace tiempo, ella también lo significó todo y solo de pensarlo, vuelve a maldecir el día que huyó de su lado sin atreverse a explicarle sus razones.
Recorren el centro de Madrid mirando en todas las joyerias, y el tiempo se les pasa volando.
La casualidad de haberse encontrado, les da la oportunidad de pasar un tiempo juntos, y a solas. Buscando un anillo para otra mujer, Sara puede volver a compartir con Lucas cosas que ya creía haber perdido para siempre: su risa limpia y sincera, su gesto fruncido cuando algo no le gusta, su forma de tocarse el pelo...
A media tarde, Lucas dice que se niegra a entrar en ninguna tienda más. Todos los anillos le parecen iguales, y cree que ninguno es lo suficientemente bueno para alguien como Lucía. Se desespera por momentos, y es Sara la que tiene que tranquilizarle y prometerle que ella le acompañará hasta que encuentren el anillo de sus sueños.
Andando y andando, disfrutando de la conversación llegan hasta el retiro y abrumados y muertos de calor deciden parar a descansar y a tomarse un helado, como tantas veces hicieron en el pasado. Se dejan embargar por el ambiente primaveral del parque, por el aire de fiesta que allí se respira, por la imagen a las parejas enamoradas paseando y abrazandose entre los arboles. Todo lo que les rodea es agradable, y ellos, en ese momento, se sienten tranquilos y felices.
Sara mira su gesto y le ve disfrutar por primera vez con ella y por eso se atreve a preguntar. Quiere saber muchas cosas, necesita saberlas, y probablemente, él no vuelva a permitir que se presente una oportunidad así.
- Lucas, ¿por qué un anillo?
- ¿Cómo?
- Podrías regalarle cualquier cosa, una pulsera, un collar, un viaje, no sé, lo que sea. Porque precisamente un anillo.
- ¿Y por qué no?
- No sé. Un anillo suele regalarse cuando se va a pedir algo... -Lucas sonríe y mira a Sara, como siempre, desde abajo, sin mirarla directamente a los ojos.
- Ya le he pedido todo lo que la tenía que pedir. Solo lo hago para recordarla su promesa.
- ¿Su promesa?
- Me prometió que ella no se iba a marchar nunca.
Y nota como el golpe la sacude entera. Lucía prometió no cometer el mismo error que ella, y con eso, se ganó a Lucas para siempre, reduciendola a ella, a un mero recuerdo del pasado.
- Si yo no me hubiera.... vamos que si yo.... -intenta sacar las fuerzas de donde no las tiene para formular la pregunta que lleva haciéndose cada día desde hace cinco años- ¿crees que si yo no me hubiera ido tú .....? -lo intenta pero no puede hacerla. Porque no le da tanto miedo hacerla como la respuesta.
- ¿Si creo que si no te hubieras ido tú y yo estariamos juntos?
- Sí
- Estoy seguro. Creo que no habría habido ni un solo motivo que me hubiera impedido pasar el resto de mi vida contigo si no te hubieras marchado porque así lo quisiste.
- Lo siento.
- Y yo -Y los dos saben que lo sienten, de verdad, de corazón, desde hace cinco años, cada día sienten el momento en que ella se fue y acabó con todo.
Cuando vuelve el camarero y les deja la cuenta sobre la mesa, ambos quieren invitar al otro y acercan sus manos a la vez hacia la bandeja de plata que contiene la nota. Sienten el calor del otro en ese contacto, y sin poder evitarlo, lo prologan durante un tiempo en el que todo deja de existir, salvo sus dos manos, y todas las sensaciones que eso les provoca en el resto del cuerpo. Lucas, en un reflejo casi irracional, acerca más su mano y acaricia el dedo de Sara, muy suavemente, despacio, con miedo. Y allí, los dos, rodeados de gente, saben que aún habiendo estado separados tantos años, jamás podrán dejar de ser alguien especial para el otro. Y eso, tantos años después, les da aún más pavor que cuando lo descubrieron por primera vez.
Volver
Hablando con ella, se le ha pasado el tiempo volando, pareceria que no ha pasado el tiempo entre ellos, pero basta una simple palabra en labios de Sara para acordarse de su mujer. Se preocupa por lo mucho que tarda, y a esa preocupación se le une, unas ganas terribles de abrazarla. La echa de menos, mucho. Siempre le pasa cuando no están juntos.
La conversación con Sara le ha removido demasiado por dentro. No, no siente nada por ella, al menos nada que pueda compararse con lo que siente por Lucía. Pero muchas cosas que había dejado enterradas en el pasado han vuelto ahora de pronto, sin avisar. Cosas que creía haber olvidado, cosas que desearía haber podido olvidar.
Ya no la oye, su mente viaja al pasado y un recuerdo le viene a la cabeza de repente, la última vez que la vio hace ya tantos años. El día que ella se marchó de su lado, sin mirar atrás. Solo de recordarlo, siente el enorme dolor que ha intentado enterrar todos estos años sin conseguirlo siempre por que de vez en cuando lo ha dejado salir a la luz.
Asiente mientras ella habla, sin saber muy bien lo que está diciendo y de pronto, al mirarla, siente odio. Odio por haberle tratado así, por no haberle tenido en cuenta en la decisión de acabar con lo suyo de una vez por todas. Y por lo mucho que sufrió después de su marcha.
Mira el reloj de nuevo, y se preocupa aún más por Lucía. Tenía que haber llegado ya, ella nunca, nunca se retrasa sin avisarlo.
Mientras Sara habla, e intenta que él la escuche, Lucas solo puede pensar en su mujer, y dando por finalizada esa conversación sin más, se marcha del bar en busca de aquello que tanto echa de menos en ese momento.
- ¿Cariño, estás dormida?
- Síiiiiii –nota como sus dedos le apartan el pelo de la cara, y como después acaricia su rostro con dulzura. Le besa la frente, y se queda mirándola embobado.
- No me mientas, sé que estás despierta. Me tenías preocupado.
- Ya, seguro –dice con ironía.- Déjame, estoy dormida
- Mentirosa –Lucas se ha quedado callado porque no entiende el enfado repentino de su mujer.
- ¿Qué te hace pensar que no lo estoy? –baja el tono de voz. Quiere destensar un poco la situación. Ha sido demasiado brusca con Lucas, y él no se lo merece.
- Sé que lo estás porque si estuvieras dormida nunca dejarías que…… te tocara los pies –Dice mientras se acerca hasta el final de la cama y le destapa rápido para tocarla justo en el sitio que menos le gusta a ella. Lucía odia que le toquen los pies, no puede evitarlo, es superior a ella. Y Lucas siempre intenta hacerlo para hacerla rabiar. Ella se revuelve en la cama protestando y él aprovecha para seguir haciéndola cosquillas por todo el cuerpo. Siempre acaban igual. Las cosquillas acaban entre risas, y las risas dan lugar a los besos y los besos……
Recostados ya en la cama, desnudos, y tranquilos, Lucas sigue acariciando a su mujer mientras la observa.
- Eres preciosa
- Buag, eso se lo dirás todas.
- Pues si –Lucas sonríe y Lucía, indignada le tira la almohada a la cara. Vuelve a apresarla bajo su cuerpo y la mira –pero no hay ninguna tan guapa como tú.
Se cuentan su día, hablan de las cosas que les preocupan y sobretodo disfrutan de estar juntos. Siempre, da igual lo liados que estén o lo cansados que se encuentren ese día, siempre buscan un momento para hablar de sus cosas. Probablemente ese es el secreto de su felicidad, son amigos, muy amigos.
Cuando Lucía le pregunta por Sara, el rostro de Lucas cambia.
- ¿Te molesta que salga con ella de vez en cuando? Nos hemos caído bien
- No. Vamos…. Es raro. Pero no me molesta. Al no ser…… -Lucía nota como todos los músculos de su cuerpo se tensan y como un escalofrío recorre su columna vertebral. Otra vez vuelve a sentirlo: los celos, los malditos celos acechándola de nuevo.
- ¿Al no ser qué?
- Al no ser que mi querida mujercita vaya a pasar tanto tiempo con su nueva amiga que yo me tenga que poner celoso, ya sabes que no me gusta compartirte con nadie. –ambos sonríen y Lucas, mimoso, vuelve a provocarla como solo sabe él. Lucía se deja llevar y disfruta recordando cada una de las palabras de Lucas. Tal vez, quizás, él se haya olvidado de Sara, y se haya dado cuenta de que no quiere estar con nadie que no sea su mujer. Lucía quiere pensar eso, quiere convencerse, aunque luego descubra que es mentira, de que Lucas solo quiere estar con ella
Los gritos de Lucía le despiertan, cuando más estaba disfrutando de su siesta antes de cenar. También él recuerda donde tienen que ir, Paco se lo lleva recordando todo el día, pero nada podría apetecerle menos en este momento. Se acerca hasta donde está Lucía e intenta volverla a engatusar para que sea ella la que le pida que se escaqueen una vez más. Pero Lucía no está dispuesta a perderse esa cena y obliga a Lucas a que se vista rápido, o ella misma se encargará de sacarlo a cuestas de la casa y llevarle desnudo a cenar a casa de los vecinos.
- Joder, Lucía. Yo no voy. Ve tú –dice todavía entre sueños.
- Cariño, quieren celebrar que ha vuelto su hija.
- ¿Y cuántas veces lo van a hacer?
- Las que hagan falta. Pero ellos son nuestros amigos y tenemos que estar ahí. Además, tú también querrás celebrar que ella haya vuelto –a Lucas no se le escapa el tono de reproche en la voz de Lucía y sabe que se avecinan problemas
- Si, es cojonudo que haya vuelto, pero yo quiero quedarme aquí contigo, anda! – no quiere ir a esa cena, Ha vivido tranquilo todos estos años, es feliz con Lucía, por nada del mundo quiere que eso cambie y con Sara aquí…
Se ponen lo primero que pillan y corriendo van a casa de los Miranda. Al llamar a la puerta, Lucía observa a Lucas que, como si fuera un niño pequeño, suelta un puchero para demostrar que le están obligando a hacer algo que no quiere. Él prefería quedarse en casa y seguir en la cama con Lucía…. Toda una vida.
Su mujer le entiende, sabe lo que puede significar tener delante de nuevo a la mujer que casi le vuelve loco, a la mujer por la que hubiera dejado todo, y sabe, sobretodo que puede significar para él que ahora Sara tenga que ver como otra mujer ocupa su lugar.
Acerca su nariz a la de él y le hace una caricia que a Lucas siempre consigue hacerle reír. Lucía siempre consigue hacerle sentir mejor, y eso siempre seguirá siendo así, por mucho que haya una o diez Sara Miranda, que vuelvan después de años sin verse.
Ahora Lucía, lo es todo para él.
Lucas aprovecha la tardanza en abrirle la puerta, para meter la mano en la camisa de su mujer y hacerse paso hasta su ropa interior, mientras, con su boca, busca su cuello y le besa despacio, con cuidado, con mucho mimo el cuello. Sopla detrás de su oreja, y consigue, que allí, en medio de la corrala, a Lucía se le erice la piel. Le toma la mano con fuerza y ambos saben lo que eso significa; hoy no hay cena, hoy el postre son ellos.
Se giran para dirigirse a su casa, cuando Sara abre la puerta y ve la escena: Lucas con su mano perdida en el cuerpo de su mujer, y ella besando su torso. La viva imagen de un matrimonio feliz.
Les hace pasar, y sonriendo intenta disimular la punzada que acaba de sentir en el pecho: está claro, le sigue amando, tanto o más, que el primer día.
La conversación con Sara le ha removido demasiado por dentro. No, no siente nada por ella, al menos nada que pueda compararse con lo que siente por Lucía. Pero muchas cosas que había dejado enterradas en el pasado han vuelto ahora de pronto, sin avisar. Cosas que creía haber olvidado, cosas que desearía haber podido olvidar.
Ya no la oye, su mente viaja al pasado y un recuerdo le viene a la cabeza de repente, la última vez que la vio hace ya tantos años. El día que ella se marchó de su lado, sin mirar atrás. Solo de recordarlo, siente el enorme dolor que ha intentado enterrar todos estos años sin conseguirlo siempre por que de vez en cuando lo ha dejado salir a la luz.
Asiente mientras ella habla, sin saber muy bien lo que está diciendo y de pronto, al mirarla, siente odio. Odio por haberle tratado así, por no haberle tenido en cuenta en la decisión de acabar con lo suyo de una vez por todas. Y por lo mucho que sufrió después de su marcha.
Mira el reloj de nuevo, y se preocupa aún más por Lucía. Tenía que haber llegado ya, ella nunca, nunca se retrasa sin avisarlo.
Mientras Sara habla, e intenta que él la escuche, Lucas solo puede pensar en su mujer, y dando por finalizada esa conversación sin más, se marcha del bar en busca de aquello que tanto echa de menos en ese momento.
- ¿Cariño, estás dormida?
- Síiiiiii –nota como sus dedos le apartan el pelo de la cara, y como después acaricia su rostro con dulzura. Le besa la frente, y se queda mirándola embobado.
- No me mientas, sé que estás despierta. Me tenías preocupado.
- Ya, seguro –dice con ironía.- Déjame, estoy dormida
- Mentirosa –Lucas se ha quedado callado porque no entiende el enfado repentino de su mujer.
- ¿Qué te hace pensar que no lo estoy? –baja el tono de voz. Quiere destensar un poco la situación. Ha sido demasiado brusca con Lucas, y él no se lo merece.
- Sé que lo estás porque si estuvieras dormida nunca dejarías que…… te tocara los pies –Dice mientras se acerca hasta el final de la cama y le destapa rápido para tocarla justo en el sitio que menos le gusta a ella. Lucía odia que le toquen los pies, no puede evitarlo, es superior a ella. Y Lucas siempre intenta hacerlo para hacerla rabiar. Ella se revuelve en la cama protestando y él aprovecha para seguir haciéndola cosquillas por todo el cuerpo. Siempre acaban igual. Las cosquillas acaban entre risas, y las risas dan lugar a los besos y los besos……
Recostados ya en la cama, desnudos, y tranquilos, Lucas sigue acariciando a su mujer mientras la observa.
- Eres preciosa
- Buag, eso se lo dirás todas.
- Pues si –Lucas sonríe y Lucía, indignada le tira la almohada a la cara. Vuelve a apresarla bajo su cuerpo y la mira –pero no hay ninguna tan guapa como tú.
Se cuentan su día, hablan de las cosas que les preocupan y sobretodo disfrutan de estar juntos. Siempre, da igual lo liados que estén o lo cansados que se encuentren ese día, siempre buscan un momento para hablar de sus cosas. Probablemente ese es el secreto de su felicidad, son amigos, muy amigos.
Cuando Lucía le pregunta por Sara, el rostro de Lucas cambia.
- ¿Te molesta que salga con ella de vez en cuando? Nos hemos caído bien
- No. Vamos…. Es raro. Pero no me molesta. Al no ser…… -Lucía nota como todos los músculos de su cuerpo se tensan y como un escalofrío recorre su columna vertebral. Otra vez vuelve a sentirlo: los celos, los malditos celos acechándola de nuevo.
- ¿Al no ser qué?
- Al no ser que mi querida mujercita vaya a pasar tanto tiempo con su nueva amiga que yo me tenga que poner celoso, ya sabes que no me gusta compartirte con nadie. –ambos sonríen y Lucas, mimoso, vuelve a provocarla como solo sabe él. Lucía se deja llevar y disfruta recordando cada una de las palabras de Lucas. Tal vez, quizás, él se haya olvidado de Sara, y se haya dado cuenta de que no quiere estar con nadie que no sea su mujer. Lucía quiere pensar eso, quiere convencerse, aunque luego descubra que es mentira, de que Lucas solo quiere estar con ella
Los gritos de Lucía le despiertan, cuando más estaba disfrutando de su siesta antes de cenar. También él recuerda donde tienen que ir, Paco se lo lleva recordando todo el día, pero nada podría apetecerle menos en este momento. Se acerca hasta donde está Lucía e intenta volverla a engatusar para que sea ella la que le pida que se escaqueen una vez más. Pero Lucía no está dispuesta a perderse esa cena y obliga a Lucas a que se vista rápido, o ella misma se encargará de sacarlo a cuestas de la casa y llevarle desnudo a cenar a casa de los vecinos.
- Joder, Lucía. Yo no voy. Ve tú –dice todavía entre sueños.
- Cariño, quieren celebrar que ha vuelto su hija.
- ¿Y cuántas veces lo van a hacer?
- Las que hagan falta. Pero ellos son nuestros amigos y tenemos que estar ahí. Además, tú también querrás celebrar que ella haya vuelto –a Lucas no se le escapa el tono de reproche en la voz de Lucía y sabe que se avecinan problemas
- Si, es cojonudo que haya vuelto, pero yo quiero quedarme aquí contigo, anda! – no quiere ir a esa cena, Ha vivido tranquilo todos estos años, es feliz con Lucía, por nada del mundo quiere que eso cambie y con Sara aquí…
Se ponen lo primero que pillan y corriendo van a casa de los Miranda. Al llamar a la puerta, Lucía observa a Lucas que, como si fuera un niño pequeño, suelta un puchero para demostrar que le están obligando a hacer algo que no quiere. Él prefería quedarse en casa y seguir en la cama con Lucía…. Toda una vida.
Su mujer le entiende, sabe lo que puede significar tener delante de nuevo a la mujer que casi le vuelve loco, a la mujer por la que hubiera dejado todo, y sabe, sobretodo que puede significar para él que ahora Sara tenga que ver como otra mujer ocupa su lugar.
Acerca su nariz a la de él y le hace una caricia que a Lucas siempre consigue hacerle reír. Lucía siempre consigue hacerle sentir mejor, y eso siempre seguirá siendo así, por mucho que haya una o diez Sara Miranda, que vuelvan después de años sin verse.
Ahora Lucía, lo es todo para él.
Lucas aprovecha la tardanza en abrirle la puerta, para meter la mano en la camisa de su mujer y hacerse paso hasta su ropa interior, mientras, con su boca, busca su cuello y le besa despacio, con cuidado, con mucho mimo el cuello. Sopla detrás de su oreja, y consigue, que allí, en medio de la corrala, a Lucía se le erice la piel. Le toma la mano con fuerza y ambos saben lo que eso significa; hoy no hay cena, hoy el postre son ellos.
Se giran para dirigirse a su casa, cuando Sara abre la puerta y ve la escena: Lucas con su mano perdida en el cuerpo de su mujer, y ella besando su torso. La viva imagen de un matrimonio feliz.
Les hace pasar, y sonriendo intenta disimular la punzada que acaba de sentir en el pecho: está claro, le sigue amando, tanto o más, que el primer día.
Volver
Después de colocar la caja en su sitio y cerrar las puertas del armario la culpa se apodera de ella. No puede hacerle eso a Lucas, ni puede, ni quiere.
Esa es una parcela de su vida de la que ha sido testigo mudo desde que le conoció. Sabe toda su historia, el mismo se la contó el día que le conoció, y siempre ha sabido lo que para él significó Sara.
Hacia tiempo que apenas llegaban noticias de Buenos Aires. Día a día, todos se habían ido haciendo a la idea que Sara iba a tardar en volver pero cuando esa mañana, un cartero trajo el telegrama, esa certeza se avivó más que nunca. Sara, su pequeña Sara, anunciaba a todos que un mes después de iba a casar con su novio, al que apenas había conocido seis meses antes. Mandaba invitaciones, una para cada uno.
Lucas, al oír la noticia de labios de Paco, se marchó a su casa, cabizbajo sin decir nada. Al día siguiente se encontró la invitación encima de la mesa del salón con una nota dentro junto a un billete de avión.
“Lucas, le he pedido a mi padre que te de la invitación directamente y se asegure de que vas a leer esta nota. Por favor, no la rechaces. Sé que lo nuestro ha sido difícil, que me fui sin decirte nada, pero ha pasado el tiempo. Dos años ya. Tenemos que intentar seguir para adelante con nuestra vida. Me gusta estar aquí, vivir aquí me da paz. Y voy a quedarme. Lo cual significa que me alejo de ti, y que tengo que aprender a vivir sin ti. Y esta es mi forma de hacerlo. Me caso Lucas. Nunca imaginé que lo fuera a hacer con alguien que no fueras tú, pero la vida sigue. Y nosotros ya no estamos juntos.
Te espero el mes que viene aquí, por favor no dejes de venir. Te necesito a mi lado en este día.”
Lucas guardó esa nota en su caja de recuerdos, y nunca más volvió a leerla. Demasiado fría una corta nota para acabar con aquello que para él había significado todo.
Ese mismo día dejó de esperar a que ella volviera. Volvió a salir, a intentar conocer gente. Dejó de encerrarse en sí mismo y luchó por tirar hacia delante. Y una noche, cuando los recuerdos le asaltaron volviendo a trastocarlo todo, la conoció a ella.
La fría barra de un bar casi vacío fue testigo de cómo él ahogaba sus penas en la bebida. Cuando entró ella, y viéndole solo y tan desesperado, sintió la necesidad de acercarse a él.
- ¿Cómo se llama ella?
- ¿Perdona?
- El hombre que bebe así en la barra de un bar vacío y más solo que la una o tiene problemas de dinero o de mujeres. Así que tú me dirás.
- Ojalá fuera el dinero.
- Eso no dirías si no lo tuvieras…
Consigue que Lucas sonría, que le invite a una copa y en menos tiempo del que ellos mismos se esperaban, consigue que le cuente su historia. Le habla de Sara, le explica cómo se siente, se abre a ella. Y finalmente, le dice que muy a su pesar, acaba de dar por finalizado todo lo suyo y que siente que algo dentro de él se ha muerto con ella.
- ¿Y cómo se llama él?
- ¿Él?
- La mujer que viene sola a una bar vacío o tiene mal de amores o está demasiado loca. Venga, cuéntame tu historia.
Lucía le habla de su amor imposible; hace muchos años que se enamoró de un hombre que tiempo después, acabó convirtiéndose en el marido de su hermana. Y desde entonces, se dedica a esperar que algún día se le pase el amor.
Poco a poco las citas se hacen más frecuentes, las confidencias más intimas y sin darse cuenta, a las dos semanas de conocerse prácticamente viven juntos.
El día que se despide de Paco y Lola que se marchan a Buenos Aires para asistir a la boda de su hija, Lucas prepara una cena y allí, de forma improvisada, le pide a Lucía que comparta el resto de su vida con él, que se casen y sigan compartiéndolo todo.
Y el mismo día que Sara debería estar diciendo que si a su novio en un altar al otro lado del mundo, Lucas promete querer y respetar para toda la vida a Lucía en un pequeño pueblo de la sierra.
Y desde entonces han sido uno solo. Amigos, compañeros, cómplices. Lucas no recuerda haberse sentido tan unido a nadie jamás, ni siquiera a Sara.
Vuelve a abrir el armario mientras recuerda aquel día y los que le siguieron. No puede hacerle eso a Lucas. Va a respetar su vida, su intimidad, y sus sentimientos. Aunque el fantasma de Sara Miranda esté más vivo que nunca y viva en la casa de al lado, y eso la llene de temores y dudas.
Guarda de nuevo las fotos en su caja, y cierra la puerta, prometiéndose no volver a abrirla jamás. La historia de Lucas y Sara solo le pertenece a ellos.
Esa es una parcela de su vida de la que ha sido testigo mudo desde que le conoció. Sabe toda su historia, el mismo se la contó el día que le conoció, y siempre ha sabido lo que para él significó Sara.
Hacia tiempo que apenas llegaban noticias de Buenos Aires. Día a día, todos se habían ido haciendo a la idea que Sara iba a tardar en volver pero cuando esa mañana, un cartero trajo el telegrama, esa certeza se avivó más que nunca. Sara, su pequeña Sara, anunciaba a todos que un mes después de iba a casar con su novio, al que apenas había conocido seis meses antes. Mandaba invitaciones, una para cada uno.
Lucas, al oír la noticia de labios de Paco, se marchó a su casa, cabizbajo sin decir nada. Al día siguiente se encontró la invitación encima de la mesa del salón con una nota dentro junto a un billete de avión.
“Lucas, le he pedido a mi padre que te de la invitación directamente y se asegure de que vas a leer esta nota. Por favor, no la rechaces. Sé que lo nuestro ha sido difícil, que me fui sin decirte nada, pero ha pasado el tiempo. Dos años ya. Tenemos que intentar seguir para adelante con nuestra vida. Me gusta estar aquí, vivir aquí me da paz. Y voy a quedarme. Lo cual significa que me alejo de ti, y que tengo que aprender a vivir sin ti. Y esta es mi forma de hacerlo. Me caso Lucas. Nunca imaginé que lo fuera a hacer con alguien que no fueras tú, pero la vida sigue. Y nosotros ya no estamos juntos.
Te espero el mes que viene aquí, por favor no dejes de venir. Te necesito a mi lado en este día.”
Lucas guardó esa nota en su caja de recuerdos, y nunca más volvió a leerla. Demasiado fría una corta nota para acabar con aquello que para él había significado todo.
Ese mismo día dejó de esperar a que ella volviera. Volvió a salir, a intentar conocer gente. Dejó de encerrarse en sí mismo y luchó por tirar hacia delante. Y una noche, cuando los recuerdos le asaltaron volviendo a trastocarlo todo, la conoció a ella.
La fría barra de un bar casi vacío fue testigo de cómo él ahogaba sus penas en la bebida. Cuando entró ella, y viéndole solo y tan desesperado, sintió la necesidad de acercarse a él.
- ¿Cómo se llama ella?
- ¿Perdona?
- El hombre que bebe así en la barra de un bar vacío y más solo que la una o tiene problemas de dinero o de mujeres. Así que tú me dirás.
- Ojalá fuera el dinero.
- Eso no dirías si no lo tuvieras…
Consigue que Lucas sonría, que le invite a una copa y en menos tiempo del que ellos mismos se esperaban, consigue que le cuente su historia. Le habla de Sara, le explica cómo se siente, se abre a ella. Y finalmente, le dice que muy a su pesar, acaba de dar por finalizado todo lo suyo y que siente que algo dentro de él se ha muerto con ella.
- ¿Y cómo se llama él?
- ¿Él?
- La mujer que viene sola a una bar vacío o tiene mal de amores o está demasiado loca. Venga, cuéntame tu historia.
Lucía le habla de su amor imposible; hace muchos años que se enamoró de un hombre que tiempo después, acabó convirtiéndose en el marido de su hermana. Y desde entonces, se dedica a esperar que algún día se le pase el amor.
Poco a poco las citas se hacen más frecuentes, las confidencias más intimas y sin darse cuenta, a las dos semanas de conocerse prácticamente viven juntos.
El día que se despide de Paco y Lola que se marchan a Buenos Aires para asistir a la boda de su hija, Lucas prepara una cena y allí, de forma improvisada, le pide a Lucía que comparta el resto de su vida con él, que se casen y sigan compartiéndolo todo.
Y el mismo día que Sara debería estar diciendo que si a su novio en un altar al otro lado del mundo, Lucas promete querer y respetar para toda la vida a Lucía en un pequeño pueblo de la sierra.
Y desde entonces han sido uno solo. Amigos, compañeros, cómplices. Lucas no recuerda haberse sentido tan unido a nadie jamás, ni siquiera a Sara.
Vuelve a abrir el armario mientras recuerda aquel día y los que le siguieron. No puede hacerle eso a Lucas. Va a respetar su vida, su intimidad, y sus sentimientos. Aunque el fantasma de Sara Miranda esté más vivo que nunca y viva en la casa de al lado, y eso la llene de temores y dudas.
Guarda de nuevo las fotos en su caja, y cierra la puerta, prometiéndose no volver a abrirla jamás. La historia de Lucas y Sara solo le pertenece a ellos.
Volver
A medida que avanza la tarde Sara cada vez tiene dos cosas más claras: que Lucía es totalmente maravillosa y que realmente su vida con Lucas es perfecta.
Comparten cosas que ella, en tanto tiempo separados, ni se había atrevido a imaginar. Las salidas de amigos con el camarero del bar al que habían ido, las vacaciones en lugares elegidos por sorteo, y hasta los planes que tienen: comprar otra casa, tener hijos, aprender a cocinar… Todas esas cosas que tan normales le parecían a Lucia y que ahora mismo a Sara, le producian un profundo dolor, porque no era ella la que había compartido todo eso con Lucas.
Llegó a Madrid sospechando que seguía sintiendo algo muy fuerte por él, pero a medida que Lucía habla de él, Sara se va dando cuenta de que nunca, jamás, ha dejado de amarle más que a nada en el mundo. Le gusta el Lucas que se ve a través de los ojos de su mujer, porque ese mismo hombre es del que ella se había enamorado aún siendo una niña. Ese hombre que no todo el mundo puede conocer. El Lucas cariñoso, detallista, sencillo. Ese Lucas que tanto haechado de menos.
Horas más tarde, Sara abre la puerta de los Cachis deseando sentarse para descansar los pies y quitarse los tacones que la están matando. Al entrar, lo primero que ve es a él, con su copa en la mano y una sonrisa enorme buscando a alguien detrás de ella, alguien que no está.
- Sara, ¿y Lucía? Creía que hoy iba contigo.
- Si, y hemos estado juntas. Acabamos de separarnos, ha ido a por no sé qué que se había dejado en su oficina.
- Vaya cabeza tiene…. –se queda sin palabras. No sabe que decir a la casi desconocida que tiene ante él, pero tampoco sabe como acabar la conversación sin parecer un maleducado- ¿Y qué, lo habéis pasado bien?
- Muy bien Lucas. Has elegido muy bien. Es una mujer maravillosa –nada más decirlo se arrepiente. Han pasado muchos años sin verse, sin saber casi nada del otro, y no cree que Lucas reciba bien que ahora ella venga opinando sobre su mujer, sobre su vida. Pero tiene que decírselo. Es su forma de decirle también que no ha venido a estropear nada, y que se alegra de que él, por fin, sea feliz.
- Lo sé –sonríe con orgullo como siempre hace cuando alguien nombra a Lucía.
- ¿Sabes? Durante todo este tiempo había imaginado que habrías pasado de los brazos de una mujer a otra. Pero me alegro que no haya sido así, que hayas encontrado la calma con una mujer como ella. Me alegro Lucas.
- Gracias –sin dejar de sonreír intenta buscar en su cabeza la mejor manera de decir aquello que está deseando saber pero que no se atreve a preguntar -¿y tú, has encontrado a alguien?
- Estuve a punto de casarme.
- ¿En serio? –finge una sorpresa que no siente. Sabe que estuvo a punto de casarse, y aunque no sabe por qué no lo hizo al final, también sabe que nunca se celebró esa boda.
- Si, pero me arrepentí a tiempo.
- ¿Y eso?
- No era el hombre de mi vida –suelta una sonrisa que Lucas le corresponde. Ambos se miran queriendo preguntar más, saberlo todo. Saber aquello que estos años separados les han negado, esas cosas que nadie les ha contado sobre el otro, pero ninguno se atreve a romper el momento. Están hablando y ambos notan como poco a poco se van relajando y dejan de poner barreras para disfrutar de ese momento.
Se acompañan mientras beben y se ríen al recordar tiempos pasados. No hablan del tiempo que han estado separados, ni de lo que han hecho, ni de si se han echado de menos. Solo hablan del pasado que un día les unió.
Lucía regresa cansada y deseando tomarse algo en el bar mientras charla con Lola, pero cuando entra en los Cachis topa de frente con la pura imagen de la cordialidad. Mira sus gestos, sus sonrisas, como les brillan a los dos los ojos. Ve a Lucas relajado, feliz.
Y de pronto, ella, que había aprendido a convivir desde años con el fantasma de Sara Miranda en su vida, se encuentra embargada por un sentimiento que no recuerda haberlo sentido desde hace mucho tiempo: los celos. Y las piernas le tiemblan, las fuerzas le fallan, y sabe que tiene que dejar de ver esa imagen, dejar de verlos a ellos juntos sino quiere desmayarse en ese mismo momento. Sube de dos en dos las escaleras de la corrala, y soltando las llaves en el sofá y sin darse tiempo a hacer nada más, se cuela en la habitación que lleva años compartiendo con Lucas, y busca en el rincón secreto donde sabe que este guarda su pequeña caja. Y allí, entre la estrella de sheriff, la foto de su padre, y otros recuerdos de entonces, ve las fotos de Sara. Las hay de cuando era pequeña, de cuando vivieron juntos. En algunas se les ve felices a los dos compartiendo un helado, o abrazándose fuerte, fuerte. Y entre todas ellas, las más recientes, las que Lucas saca cada poco tiempo y se pasa horas contemplando, las de Sara en Buenos Aires, Sara esquiando en Bariloche, Sara en el Perito Moreno, Sara en su nueva casa… todas las fotos que Sara ha ido mandando todos estos años y que solo ella sabe que él ha ido guardando.
Pronto las echará en falta, en cuanto aproveche que está solo para correr hasta el armario y sacar las fotos, en cuanto tenga un mal día y necesite buscar en sus ojos la paz, en cuanto no pueda decirle a la cara todo lo que le dice mientras mira su foto. Sabe que las echara de menos, pero no puede evitarlo. Saca de la caja todas las fotos donde sale Sara y se las guarda en el bolsillo.
Comparten cosas que ella, en tanto tiempo separados, ni se había atrevido a imaginar. Las salidas de amigos con el camarero del bar al que habían ido, las vacaciones en lugares elegidos por sorteo, y hasta los planes que tienen: comprar otra casa, tener hijos, aprender a cocinar… Todas esas cosas que tan normales le parecían a Lucia y que ahora mismo a Sara, le producian un profundo dolor, porque no era ella la que había compartido todo eso con Lucas.
Llegó a Madrid sospechando que seguía sintiendo algo muy fuerte por él, pero a medida que Lucía habla de él, Sara se va dando cuenta de que nunca, jamás, ha dejado de amarle más que a nada en el mundo. Le gusta el Lucas que se ve a través de los ojos de su mujer, porque ese mismo hombre es del que ella se había enamorado aún siendo una niña. Ese hombre que no todo el mundo puede conocer. El Lucas cariñoso, detallista, sencillo. Ese Lucas que tanto haechado de menos.
Horas más tarde, Sara abre la puerta de los Cachis deseando sentarse para descansar los pies y quitarse los tacones que la están matando. Al entrar, lo primero que ve es a él, con su copa en la mano y una sonrisa enorme buscando a alguien detrás de ella, alguien que no está.
- Sara, ¿y Lucía? Creía que hoy iba contigo.
- Si, y hemos estado juntas. Acabamos de separarnos, ha ido a por no sé qué que se había dejado en su oficina.
- Vaya cabeza tiene…. –se queda sin palabras. No sabe que decir a la casi desconocida que tiene ante él, pero tampoco sabe como acabar la conversación sin parecer un maleducado- ¿Y qué, lo habéis pasado bien?
- Muy bien Lucas. Has elegido muy bien. Es una mujer maravillosa –nada más decirlo se arrepiente. Han pasado muchos años sin verse, sin saber casi nada del otro, y no cree que Lucas reciba bien que ahora ella venga opinando sobre su mujer, sobre su vida. Pero tiene que decírselo. Es su forma de decirle también que no ha venido a estropear nada, y que se alegra de que él, por fin, sea feliz.
- Lo sé –sonríe con orgullo como siempre hace cuando alguien nombra a Lucía.
- ¿Sabes? Durante todo este tiempo había imaginado que habrías pasado de los brazos de una mujer a otra. Pero me alegro que no haya sido así, que hayas encontrado la calma con una mujer como ella. Me alegro Lucas.
- Gracias –sin dejar de sonreír intenta buscar en su cabeza la mejor manera de decir aquello que está deseando saber pero que no se atreve a preguntar -¿y tú, has encontrado a alguien?
- Estuve a punto de casarme.
- ¿En serio? –finge una sorpresa que no siente. Sabe que estuvo a punto de casarse, y aunque no sabe por qué no lo hizo al final, también sabe que nunca se celebró esa boda.
- Si, pero me arrepentí a tiempo.
- ¿Y eso?
- No era el hombre de mi vida –suelta una sonrisa que Lucas le corresponde. Ambos se miran queriendo preguntar más, saberlo todo. Saber aquello que estos años separados les han negado, esas cosas que nadie les ha contado sobre el otro, pero ninguno se atreve a romper el momento. Están hablando y ambos notan como poco a poco se van relajando y dejan de poner barreras para disfrutar de ese momento.
Se acompañan mientras beben y se ríen al recordar tiempos pasados. No hablan del tiempo que han estado separados, ni de lo que han hecho, ni de si se han echado de menos. Solo hablan del pasado que un día les unió.
Lucía regresa cansada y deseando tomarse algo en el bar mientras charla con Lola, pero cuando entra en los Cachis topa de frente con la pura imagen de la cordialidad. Mira sus gestos, sus sonrisas, como les brillan a los dos los ojos. Ve a Lucas relajado, feliz.
Y de pronto, ella, que había aprendido a convivir desde años con el fantasma de Sara Miranda en su vida, se encuentra embargada por un sentimiento que no recuerda haberlo sentido desde hace mucho tiempo: los celos. Y las piernas le tiemblan, las fuerzas le fallan, y sabe que tiene que dejar de ver esa imagen, dejar de verlos a ellos juntos sino quiere desmayarse en ese mismo momento. Sube de dos en dos las escaleras de la corrala, y soltando las llaves en el sofá y sin darse tiempo a hacer nada más, se cuela en la habitación que lleva años compartiendo con Lucas, y busca en el rincón secreto donde sabe que este guarda su pequeña caja. Y allí, entre la estrella de sheriff, la foto de su padre, y otros recuerdos de entonces, ve las fotos de Sara. Las hay de cuando era pequeña, de cuando vivieron juntos. En algunas se les ve felices a los dos compartiendo un helado, o abrazándose fuerte, fuerte. Y entre todas ellas, las más recientes, las que Lucas saca cada poco tiempo y se pasa horas contemplando, las de Sara en Buenos Aires, Sara esquiando en Bariloche, Sara en el Perito Moreno, Sara en su nueva casa… todas las fotos que Sara ha ido mandando todos estos años y que solo ella sabe que él ha ido guardando.
Pronto las echará en falta, en cuanto aproveche que está solo para correr hasta el armario y sacar las fotos, en cuanto tenga un mal día y necesite buscar en sus ojos la paz, en cuanto no pueda decirle a la cara todo lo que le dice mientras mira su foto. Sabe que las echara de menos, pero no puede evitarlo. Saca de la caja todas las fotos donde sale Sara y se las guarda en el bolsillo.
Volver
Entra y sale del coche una y otra vez. Quisiera ser capaz de llamar a alguien para que le digan el teléfono de Lucía y llamarla a ella y con cualquier excusa, rechazar su invitación. Se evitaría muchos problemas seguro; se podría dedicar a disfrutar de sus padres y, en un par de días, volverse a marchar a su tan añorada Argentina. Pero no puede, siente una curiosidad fuera de normal por esa mujer y necesita conocerla, saber más cosas de ella, como es, como siente y piensa, pero sobretodo, como es su vida al lado de Lucas. Le gustaría conocer pequeños detalles y compararlos, con aquellas cosas que ella se ha imaginado durante tantos años que tendría si no hubiera sido tan tonta de marcharse de su lado.
Sara se pregunta cuanto tiempo llevaran casados, si Lucas la dará un beso antes de irse a dormir todavía o si, realmente son tan felices como aparentan serlo.
Anoche no fue capaz de conciliar el sueño. Imaginaba una y otra vez como sería el encuentro con ella. Hizo una lista mental de cosas banales de las que hablar si llegado el punto se quedaran sin conversación o el ambiente se mostrara tenso. Todos le han dicho lo maja que es Lucía, lo buena, lo abierta que es. Parece un cúmulo de virtudes, tan perfecta que no parece real. Solo espera que con ella no cambie el carácter ni saque la vena competitiva que tienen todas las mujeres, no podría soportarlo.
Dando vueltas ha pasado toda la noche, imaginando situaciones absurdas y la mayoría muy poco agradables; su cara debía decirlo todo cuando ha bajado a los Cachis y por eso Lola, volviendo a sentirse la madre comprensiva y protectora que la distancia con su hija le había hecho esconder, le ha advertido antes de salir de casa, en tono de reproche que no juegue con fuego.
- Sara, cariño ¿Tú estás segura de lo que vas a hacer?
- Mamá, no es nada. Voy a quedar con una amiga vuestra a comprar unas cosas, de las que casualmente, yo sé algo más que ella. Solo voy a ayudarla.
- Una amiga nuestra y la mujer del amor de tu vida. Mi niña, no remuevas el pasado.
- Solo quiero conocerla, solo eso. No hay nada de malo en eso, ¿no mamá?
- Yo te quiero Sara. Más que a nadie en el mundo. Y quiero por encima de cualquier cosa que seas feliz, pero no me gustaría que volvieras aquí para complicar la vida a los demás. No me entiendas mal, pero Lucas y Lucía son felices. Él lo pasó muy mal cuando te fuiste.
- ¿Muy mal? –en el fondo desearía saber que pasó después. Durante meses marcó una vez y otra el teléfono pero él jamás contestó. Preguntó por él, le mandó cartas, mensajes. Todo fue inútil. No había vuelto a saber apenas de él desde que cerró la puerta de su casa aquel día.
- Pensábamos que no lo iba a superar Sara. Fue muy duro para él y sin quererlo, le hiciste mucho daño. Pero llegó Lucía, que es una mujer maravillosa, y le devolvió la alegría, la paz ¿Seguro que quieres que algo de eso cambié?
No. No quiere que cambie. Ella se fue y Lucas ahora es feliz y eso no tiene que cambiar. En realidad, ha pasado mucho tiempo y ni siquiera ella sabe lo que siente por él ahora. Pero si él es feliz, si ha encontrado a una mujer que le ama y le comprende como en un día lo hizo ella, Sara lo va a dejar estar. Solo quiere, saber si esa felicidad es completa.
Entra en la tienda esperando encontrar a Lucía dentro ya, pero no ha debido llegar todavía a pesar de que ya es tarde. Para matar el tiempo de espera y los nervios, se entretiene mirando aquella tienda, que tantos recuerdos le trae. Con una sonrisa observa los cuadros de las playas que hay colgados, las fotos que adornan todo del viejo Buenos Aires, y se deja embriagar por el olor que flota el ambiente y que la llena el cuerpo de paz: el dulce sabor del mate.
Sigue recorriendo la pequeña tienda y de pronto, allí colgada entre pantalones, abrigos y demás prendas típicas, ve una camiseta que le resulta familiar. Años atrás, descubrió esa camiseta en un bullicioso mercadillo en el sureste de Buenos Aires, y en cuanto la vio, se imaginó a Lucas con ella puesta. Era perfecta para él, su estilo, su color. La compró y durante días estuvo decidiendo si debía hacérsela llegar. Un mes después, el cartero le devolvió el paquete con ella dentro. Lucas ni la había abierto, antes de rechazar la entrega. El jamás vio esa camiseta que tanto le recordaba a él. Durante noches durmió con ella mientras llorando, se preguntaba por qué tenía que rechazarla, si acaso tanto la odiaba. Desde entonces, no hay momento importante, que Sara no se aferre a esa vieja camiseta para sentir a Lucas un poquito más cerca.
- Es preciosa Sara ¿Te la vas a llevar? –dice la voz cantarina de Lucía detrás de ella.
- No, solo estaba echando un vistazo mientras llegabas.
- Lo siento, el tráfico estaba fatal y encima mi jefe me ha hecho salir tarde hoy. He tenido un día horrible ¿Tomamos un café mientras te lo cuento?
- Bien…..
- En la acera de enfrente, hay un bar maravilloso al que vamos mucho. Espera, pago la camiseta y nos vamos. Creo que a Lucas le va a encantar ¿No crees? –Sara ve como Lucía coge la camiseta y se va hasta la caja para pagarla. La camiseta que ella misma compró para él años atrás. Con una sensación de vacío en el cuerpo enorme sale por la puerta del establecimiento para ir a tomar algo. Después de todo, ella ya no es la única que conoce perfectamente a Lucas, y eso la hace sentir muy pequeña.
Sara se pregunta cuanto tiempo llevaran casados, si Lucas la dará un beso antes de irse a dormir todavía o si, realmente son tan felices como aparentan serlo.
Anoche no fue capaz de conciliar el sueño. Imaginaba una y otra vez como sería el encuentro con ella. Hizo una lista mental de cosas banales de las que hablar si llegado el punto se quedaran sin conversación o el ambiente se mostrara tenso. Todos le han dicho lo maja que es Lucía, lo buena, lo abierta que es. Parece un cúmulo de virtudes, tan perfecta que no parece real. Solo espera que con ella no cambie el carácter ni saque la vena competitiva que tienen todas las mujeres, no podría soportarlo.
Dando vueltas ha pasado toda la noche, imaginando situaciones absurdas y la mayoría muy poco agradables; su cara debía decirlo todo cuando ha bajado a los Cachis y por eso Lola, volviendo a sentirse la madre comprensiva y protectora que la distancia con su hija le había hecho esconder, le ha advertido antes de salir de casa, en tono de reproche que no juegue con fuego.
- Sara, cariño ¿Tú estás segura de lo que vas a hacer?
- Mamá, no es nada. Voy a quedar con una amiga vuestra a comprar unas cosas, de las que casualmente, yo sé algo más que ella. Solo voy a ayudarla.
- Una amiga nuestra y la mujer del amor de tu vida. Mi niña, no remuevas el pasado.
- Solo quiero conocerla, solo eso. No hay nada de malo en eso, ¿no mamá?
- Yo te quiero Sara. Más que a nadie en el mundo. Y quiero por encima de cualquier cosa que seas feliz, pero no me gustaría que volvieras aquí para complicar la vida a los demás. No me entiendas mal, pero Lucas y Lucía son felices. Él lo pasó muy mal cuando te fuiste.
- ¿Muy mal? –en el fondo desearía saber que pasó después. Durante meses marcó una vez y otra el teléfono pero él jamás contestó. Preguntó por él, le mandó cartas, mensajes. Todo fue inútil. No había vuelto a saber apenas de él desde que cerró la puerta de su casa aquel día.
- Pensábamos que no lo iba a superar Sara. Fue muy duro para él y sin quererlo, le hiciste mucho daño. Pero llegó Lucía, que es una mujer maravillosa, y le devolvió la alegría, la paz ¿Seguro que quieres que algo de eso cambié?
No. No quiere que cambie. Ella se fue y Lucas ahora es feliz y eso no tiene que cambiar. En realidad, ha pasado mucho tiempo y ni siquiera ella sabe lo que siente por él ahora. Pero si él es feliz, si ha encontrado a una mujer que le ama y le comprende como en un día lo hizo ella, Sara lo va a dejar estar. Solo quiere, saber si esa felicidad es completa.
Entra en la tienda esperando encontrar a Lucía dentro ya, pero no ha debido llegar todavía a pesar de que ya es tarde. Para matar el tiempo de espera y los nervios, se entretiene mirando aquella tienda, que tantos recuerdos le trae. Con una sonrisa observa los cuadros de las playas que hay colgados, las fotos que adornan todo del viejo Buenos Aires, y se deja embriagar por el olor que flota el ambiente y que la llena el cuerpo de paz: el dulce sabor del mate.
Sigue recorriendo la pequeña tienda y de pronto, allí colgada entre pantalones, abrigos y demás prendas típicas, ve una camiseta que le resulta familiar. Años atrás, descubrió esa camiseta en un bullicioso mercadillo en el sureste de Buenos Aires, y en cuanto la vio, se imaginó a Lucas con ella puesta. Era perfecta para él, su estilo, su color. La compró y durante días estuvo decidiendo si debía hacérsela llegar. Un mes después, el cartero le devolvió el paquete con ella dentro. Lucas ni la había abierto, antes de rechazar la entrega. El jamás vio esa camiseta que tanto le recordaba a él. Durante noches durmió con ella mientras llorando, se preguntaba por qué tenía que rechazarla, si acaso tanto la odiaba. Desde entonces, no hay momento importante, que Sara no se aferre a esa vieja camiseta para sentir a Lucas un poquito más cerca.
- Es preciosa Sara ¿Te la vas a llevar? –dice la voz cantarina de Lucía detrás de ella.
- No, solo estaba echando un vistazo mientras llegabas.
- Lo siento, el tráfico estaba fatal y encima mi jefe me ha hecho salir tarde hoy. He tenido un día horrible ¿Tomamos un café mientras te lo cuento?
- Bien…..
- En la acera de enfrente, hay un bar maravilloso al que vamos mucho. Espera, pago la camiseta y nos vamos. Creo que a Lucas le va a encantar ¿No crees? –Sara ve como Lucía coge la camiseta y se va hasta la caja para pagarla. La camiseta que ella misma compró para él años atrás. Con una sensación de vacío en el cuerpo enorme sale por la puerta del establecimiento para ir a tomar algo. Después de todo, ella ya no es la única que conoce perfectamente a Lucas, y eso la hace sentir muy pequeña.
Volver; Amistad?
Entre anécdotas y risas la cena pasa sin apenas darse cuenta. Todos parecen encantados de tenerla de vuelta y disfrutan de su compañía poniéndola al día de todo lo que ha pasado estos últimos cinco años y ella se ha perdido. Todos menos él, que ni siquiera ha acudido a la cena de bienvenida que le han preparado sus padres. La excusa es el trabajo, pero Sara intuye que es por ella y saberlo, le hace más triste, si eso es posible, la segunda noche en casa.
Cuando ya están en los postres y mientras todos miran a Mariano que contento cuenta la última anécdota de la comisaría, la puerta de los Cachis se abre y aparece Lucas, con el pelo despeinado y cara de cansado, pero aún así, iluminando todo el bar con su cálida sonrisa.
Sara le sigue con la mirada esperando que él la dedique una mirada, una pequeña aunque sea, pero apenas da un repaso general a todos y centra su mirada en Lucía, que sonriente le recibe con un beso y un abrazo lleno de cariño.
- ¿Una noche díficil, eh chaval? -le pregunta Paco con sorna porque él mismo tiene la culpa del caso que le han asignado esta vez. Ahora Lucas es inspector como él, pero es y siempre seguirá siendo su jefe. Lucas siempre le verá así.
- No me hables Paco. Mis hombres son lo más inútil que me he echado a la cara. Vamos, ni Povedilla recién salido de la academia era así.
Intercambian un par de frases más, y pronto la conversación vuelve a centrarse en Mariano. Sara sigue mirando a Lucas, intentando pasar inadvertida, y comprueba como en un momento, Lucas y Lucía han creado su propia burbuja. Están rodeados de gente, sentados a la misma mesa, pero solo hablan entre ellos y aprovechando la cercanía de sus cuerpos se deshacen en carantoñas. Viéndolos desde fuera se nota que son una pareja enamorada, que son felices y eso a Sara, aunque sabe que es muy egoísta, le duele en el alma.
- Sara, cariño. Te está hablando tu padre -su tía la mira y sabe por lo que está pasando, porque ella sintió lo mismo muchos años atrás. No sabe apenas nada de la vida que ha hecho Sara todos estos años, pero si de algo ha estado siempre segura, es de que su sobrina siempre va a estar enamorada de Lucas. Y ahora sabe que verlo a él, feliz como no lo ha estado nunca, va a matar a Sara por dentro, haya pasado el tiempo que haya pasado desde que se fue.
- Sí, decime papá. Contame…
- Como está esta hija nuestra. Ay Lolita, que nos la habrán hecho allí los boludos esos. Si, ya no sabe ni hablar en español, que no la entiendo…. Mírala, y está delgada, y como más encogia o no sé.
- Ay Paquito, que va a estar encogía. No digas tonterías por dios. Tu hija está perfectamente y por fin la tenemos de vuelta.
- ¿Y por cuánto tiempo? -hace la pregunta que nadie se atreve a formular, pero él es su padre y necesita saberlo.
- No sé, ya veremos. -No quiere que la presionen. Desde que volvió ha pensado muchas veces en volverse por donde mismo vino, y cree que es lo mejor, pero antes quiere disfrutar un poco de su familia. No quiere dar fechas, ni prometer nada. Se irá cuando se lo pida algo dentro, o cuando ya no aguante más aquí.
- Si te vas yo me voy contigo, ¿eh Sarita? Bueno, yo y mi María, que queremos conocer mundo ¿verdad cariño? Seguro que por allí se está muy bien y podemos no sé...... bailar tango.
- Eso está hecho. Podes venir cuando querais….. Tenés casa ya lo sabéis, y la mejor guía.
- Nosotros también Lucas. Si vosotros vais nos apuntamos. Me encanta Argentina, ya he estado muchas veces, pero nunca me canso de volver. -Un tenso silencio se tiende en el bar. Sabían que el momento llegaría, que Lucía, tan abierta y amable como es con todo el mundo acabaría sacando el tema con Sara, pero no saben como va a reaccionar ella.
- ¿Sí? Estuviste por allá?
- Sí. Tengo familia en Buenos Aires, e intento ir cada tres años más o menos para allá. Conozco bien algunas zonas, pero hay otras que jamás llego a conocer.
Lucía y Sara charlan animadamente bajo la atenta mirada de Lucas, que no se acaba de encontrar cómodo con la situación. Las mira a las dos, y se da cuenta de que tienen muchas probabilidades de hacerse amigas; ambas son muy abiertas, muy cariñosas y algo locas.
Bastante duro es tener de vuelta a Sara de nuevo, como para que encima, trastoque su pequeño paraíso particular.
- Pues si queres voy a buscarte al trabajo con el coche y vamos alla directo. Vos me decís la hora y ya.
- Mejor así, así llegaré pronto a casa para hacer la cena y preparar unas cosas que tengo que hacer.
Ha estado tan ensimismando pensando en las dos mujeres y en su recién estrenada "amistad" que no ha escuchado como ellas han quedado para ir al día siguiente a una tienda que hay en el centro de artículos porteños, y por tanto, no ha podido hacer nada para evitarlo.
Cuando ya están en los postres y mientras todos miran a Mariano que contento cuenta la última anécdota de la comisaría, la puerta de los Cachis se abre y aparece Lucas, con el pelo despeinado y cara de cansado, pero aún así, iluminando todo el bar con su cálida sonrisa.
Sara le sigue con la mirada esperando que él la dedique una mirada, una pequeña aunque sea, pero apenas da un repaso general a todos y centra su mirada en Lucía, que sonriente le recibe con un beso y un abrazo lleno de cariño.
- ¿Una noche díficil, eh chaval? -le pregunta Paco con sorna porque él mismo tiene la culpa del caso que le han asignado esta vez. Ahora Lucas es inspector como él, pero es y siempre seguirá siendo su jefe. Lucas siempre le verá así.
- No me hables Paco. Mis hombres son lo más inútil que me he echado a la cara. Vamos, ni Povedilla recién salido de la academia era así.
Intercambian un par de frases más, y pronto la conversación vuelve a centrarse en Mariano. Sara sigue mirando a Lucas, intentando pasar inadvertida, y comprueba como en un momento, Lucas y Lucía han creado su propia burbuja. Están rodeados de gente, sentados a la misma mesa, pero solo hablan entre ellos y aprovechando la cercanía de sus cuerpos se deshacen en carantoñas. Viéndolos desde fuera se nota que son una pareja enamorada, que son felices y eso a Sara, aunque sabe que es muy egoísta, le duele en el alma.
- Sara, cariño. Te está hablando tu padre -su tía la mira y sabe por lo que está pasando, porque ella sintió lo mismo muchos años atrás. No sabe apenas nada de la vida que ha hecho Sara todos estos años, pero si de algo ha estado siempre segura, es de que su sobrina siempre va a estar enamorada de Lucas. Y ahora sabe que verlo a él, feliz como no lo ha estado nunca, va a matar a Sara por dentro, haya pasado el tiempo que haya pasado desde que se fue.
- Sí, decime papá. Contame…
- Como está esta hija nuestra. Ay Lolita, que nos la habrán hecho allí los boludos esos. Si, ya no sabe ni hablar en español, que no la entiendo…. Mírala, y está delgada, y como más encogia o no sé.
- Ay Paquito, que va a estar encogía. No digas tonterías por dios. Tu hija está perfectamente y por fin la tenemos de vuelta.
- ¿Y por cuánto tiempo? -hace la pregunta que nadie se atreve a formular, pero él es su padre y necesita saberlo.
- No sé, ya veremos. -No quiere que la presionen. Desde que volvió ha pensado muchas veces en volverse por donde mismo vino, y cree que es lo mejor, pero antes quiere disfrutar un poco de su familia. No quiere dar fechas, ni prometer nada. Se irá cuando se lo pida algo dentro, o cuando ya no aguante más aquí.
- Si te vas yo me voy contigo, ¿eh Sarita? Bueno, yo y mi María, que queremos conocer mundo ¿verdad cariño? Seguro que por allí se está muy bien y podemos no sé...... bailar tango.
- Eso está hecho. Podes venir cuando querais….. Tenés casa ya lo sabéis, y la mejor guía.
- Nosotros también Lucas. Si vosotros vais nos apuntamos. Me encanta Argentina, ya he estado muchas veces, pero nunca me canso de volver. -Un tenso silencio se tiende en el bar. Sabían que el momento llegaría, que Lucía, tan abierta y amable como es con todo el mundo acabaría sacando el tema con Sara, pero no saben como va a reaccionar ella.
- ¿Sí? Estuviste por allá?
- Sí. Tengo familia en Buenos Aires, e intento ir cada tres años más o menos para allá. Conozco bien algunas zonas, pero hay otras que jamás llego a conocer.
Lucía y Sara charlan animadamente bajo la atenta mirada de Lucas, que no se acaba de encontrar cómodo con la situación. Las mira a las dos, y se da cuenta de que tienen muchas probabilidades de hacerse amigas; ambas son muy abiertas, muy cariñosas y algo locas.
Bastante duro es tener de vuelta a Sara de nuevo, como para que encima, trastoque su pequeño paraíso particular.
- Pues si queres voy a buscarte al trabajo con el coche y vamos alla directo. Vos me decís la hora y ya.
- Mejor así, así llegaré pronto a casa para hacer la cena y preparar unas cosas que tengo que hacer.
Ha estado tan ensimismando pensando en las dos mujeres y en su recién estrenada "amistad" que no ha escuchado como ellas han quedado para ir al día siguiente a una tienda que hay en el centro de artículos porteños, y por tanto, no ha podido hacer nada para evitarlo.
Volver, El reencuentro
Ni Argentina está tan lejos, ni se ha ido tanto tiempo como para que todo haya cambiado tanto. Todos se dan cuenta de que en sus ojos se puede leer la enorme sorpresa que siente en ese momento. Siempre ha sido así, desde que era pequeña, todos podían saber lo que la pasaba, solo mirando a través de su mirada. Su cara es un monumento a la desolación y a la confusión.
Lola, preocupada por su hija a la que hace tanto que no ve pero que sigue conociendo tan bien, intenta echar educadamente a los invitados de casa, para poder hablar con ella a solas. Pero todos están tan contentos de tener nuevamente “a la niña” en casa, que ni siquiera se percatan de que Sara necesita cinco minutos de tranquilidad.
Sara ni siquiera repara en ellos. Solo oye las palabras de Lola martilleando en su cabeza “la mujer de Lucas, la mujer de Lucas” y no puede pensar en nada más. Tentada está en levantarse, marcharse al aeropuerto, coger el primer avisón que salga para Buenos Aires y escapar de la horrible pesadilla que está viviendo en estos momentos, pero algo, no sabe lo que es, algo que es más fuerte que ella, la impide mover un solo músculo. Todo su cuerpo está paralizado ante la noticia: Lucas está casado.
Aún recuerda como, cuando vivieron juntos, hablaron una vez de su boda. Sara quería casarse de blanco, en una iglesia abarrotada de amigos, de familia, de gente querida. Soñaba con la sonrisa de Lucas, que, inquieto, la esperara ya ante el altar. A Lucas, entonces, le hizo gracia ese sueño tan clasista de ella; jamás se hubiera imaginado que Sara deseara algo así. Pero le prometió, que si ella quería, que si eso le hacía feliz, él volvía a pasar por ese trago. Entonces, la cogió la cara y la dijo “lo que sea por hacerte feliz mi niña, porque te quiero tanto, tanto…”
Jamás ha olvidado ese momento, por muchos años que hayan pasado siempre ha llevado en su memoria aquella declaración. Y ahora, más que nunca, se hace patente en ella. Porque, se acaba de dar cuenta de que si Lucas ha pasado por eso, si se ha casado con esa mujer, es porque realmente la quiere, quizás, tanto o incluso más de lo que algún día la quiso a ella.
- Sara, cariño. Vamos a preparar tu cama por si quieres echarte un rato, el viaje ha sido muy largo.
Acepta la recomendación de Lola para poder escapar de allí antes de que sea demasiado tarde. No sabe si Lucas va a volver pronto, ni siquiera si va a pasar por allí, pero lo que menos necesita ahora es encontrarse con él, a pesar de que es lo que más desea. Antes de abandonar el salón donde se encuentran todos, echa un último vistazo hacia ella. La mira de reojo, intentando descubrir que es eso que tan loco ha vuelto a Lucas, hasta el extremo de casarse con ella. Y lo descubre. Sara se da cuenta que si Lucas se ha casado con ella es porque probablemente Lucía es todo lo contrario a ella. Quizás sea porque Lucía, jamás cogería un avión y huiría al otro lado del mundo abandonando al amor de su vida.
Lola la abraza lo mas fuerte que puede intentando consolarla, antes de dejarla en su habitación, abatida, sin desnudarse si quiera y envuelta en las mantas hasta arriba, llora como hace tiempo que no lo hace. Porque ahora que por fin está en casa, se siente una extraña con los suyos, y porque, aquello que la trajo de nuevo aquí, Lucas, es lo mismo que la hará huir nuevamente.
A la mañana siguiente, al despertarse, tiene que pensar durante unos instantes donde esta, porque se siente totalmente desorientada. Al recordar su vuelta a casa, y la noticia que le habían dado nada más llegar, siente deseos de quedarse allí eternamente, encerrada en su viejo cuarto, que está todavía como ella lo dejó, para no tener que enfrentarse, a todo lo que se le viene encima. Le guste o no, sabe que para volverse a marchar por donde ha venido, antes tiene que dar la cara con su familia, y quien sabe quizás también con Lucas.
Se acerca hasta la cocina sorprendida de que le hayan dejado sola. En el frigorífico, como era tan normal hace tantos años, Lola le ha dejado una nota.
“Sara cariño, no queríamos despertarte. Tu padre quería hacerlo pero con el rollo ese del jet lag, lo he convencido para que te dejara tranquila hasta después, el ya se ha ido a comisaría, y yo he bajado a los Cachis. Baja cuando te levantes que tenemos muchas cosas de que hablar, tienes que ponerme al día. Mi niña, te he echado tanto de menos…. Además, tengo que contarte los detalles de la cena de esta noche. Tu padre ha tirado la casa por la ventana y esta noche cenamos todos en el bar para celebrar tu vuelta a casa. Date prisa en bajar, estoy deseando recuperar el tiempo perdido”
Una sonrisa asoma a su rostro al leer la nota de Lola. Su madre, su padre…. ¿cómo ha sido capaz de sobrevivir sin ellos durante tantos años? ¿Por qué tuvo que irse así, sin motivo, dejando detrás de ella a toda la gente que le importa?? Siente que tiene que compensarles, que tiene que demostrarles que aunque su vida ya no esté aquí, su familia si lo está y le siguen importando tanto como antes. Por ellos hará el esfuerzo y se quedará unos días más.
Abre el frigorífico, y hambrienta, busca algo de desayuno, hasta que, el ruido de la puerta la coge de improviso y la asusta. Al darse la vuelta, esperando encontrarse a su madre, le ve y las palabras no le salen de la boca. Solo puede mirarle, buscar en él lo que tanto ha echado de menos. El tiempo ha ido pasando también para él, pero sigue siendo el mismo. Quizás su cara tenga alguna arruga más, alguna “herida de guerra” nueva, y probablemente el paso de los años se dejen notar en sus ojos. Pero sigue siendo el mismo.
- Hola Lucas –acierta a decir. Lleva años imaginando este encuentro. Soñando con él de mil maneras distintas. Y ahora que es real, todo lo que imaginó que le contaría se ha esfumado de pronto.
- Sara, ¿eres tú? No puedo creerlo? ¿Cuándo has vuelto?
- Volví ayer ¿Nadie te conto?
- No. Volví tarde del operativo y no he visto a tus padres todavía.
- ¿Ni a tu mujer?
- ¿Tú… conociste a….? –se queda callado. Casi se siente como si de alguna manera hubiera fallado a Sara. Como si le hubiera pillado en una traición. Hasta que recuerda, que la Sara que tiene en frente es la misma que decidió dejarle tirado cuando él más la amaba. Entonces, cuenta la verdad, sin ningún tipo de remordimiento, o casi sin ninguno – No. Tampoco vi a Lucía anoche, ya te dije que llegué tarde. Y hoy se ha marchado pronto a trabajar. Bueno, me alegro de verte. Yo tengo que irme ya para comisaría.
- Lucas, ¿no vas a preguntarme qué tal me fue todo por alla?
- Sí, claro ¿Qué tal te va todo Sara?
- Bien. Aunque he echado de menos todo lo de aca. A mis papas, a mis amigos…… a vos.
- Sara, ¿para qué has venido?
- Ya te he dicho que os echaba de menos, quería volver a veros. Quiero recuperar mi vida desde donde la dejé.
- ¿Desde dónde la dejaste? ¿Tú crees que puedes irte, desaparecer durante cinco años y volver ahora pretendiendo que todo siga igual, que los demás te estamos esperando como si te hubieses ido ayer? Los demás hemos continuado nuestra vida, y en la de algunos, tú ya no tienes sitio.
Sin mirarla si quiera, se marcha de su casa. Sara sabe que se lo merece, que ha sido demasiado tiempo sin dar noticias. En ocasiones pensaba que esto podría pasar cuando volviese, pero en el fondo, siempre, deseó que Lucas se hubiese pasado todo este tiempo pensando en ella y echándola de menos, tal y como ella había vivido en Buenos Aires. Pero Lucas ha rehecho su vida, y ella, no significa nada ya.
Lola, preocupada por su hija a la que hace tanto que no ve pero que sigue conociendo tan bien, intenta echar educadamente a los invitados de casa, para poder hablar con ella a solas. Pero todos están tan contentos de tener nuevamente “a la niña” en casa, que ni siquiera se percatan de que Sara necesita cinco minutos de tranquilidad.
Sara ni siquiera repara en ellos. Solo oye las palabras de Lola martilleando en su cabeza “la mujer de Lucas, la mujer de Lucas” y no puede pensar en nada más. Tentada está en levantarse, marcharse al aeropuerto, coger el primer avisón que salga para Buenos Aires y escapar de la horrible pesadilla que está viviendo en estos momentos, pero algo, no sabe lo que es, algo que es más fuerte que ella, la impide mover un solo músculo. Todo su cuerpo está paralizado ante la noticia: Lucas está casado.
Aún recuerda como, cuando vivieron juntos, hablaron una vez de su boda. Sara quería casarse de blanco, en una iglesia abarrotada de amigos, de familia, de gente querida. Soñaba con la sonrisa de Lucas, que, inquieto, la esperara ya ante el altar. A Lucas, entonces, le hizo gracia ese sueño tan clasista de ella; jamás se hubiera imaginado que Sara deseara algo así. Pero le prometió, que si ella quería, que si eso le hacía feliz, él volvía a pasar por ese trago. Entonces, la cogió la cara y la dijo “lo que sea por hacerte feliz mi niña, porque te quiero tanto, tanto…”
Jamás ha olvidado ese momento, por muchos años que hayan pasado siempre ha llevado en su memoria aquella declaración. Y ahora, más que nunca, se hace patente en ella. Porque, se acaba de dar cuenta de que si Lucas ha pasado por eso, si se ha casado con esa mujer, es porque realmente la quiere, quizás, tanto o incluso más de lo que algún día la quiso a ella.
- Sara, cariño. Vamos a preparar tu cama por si quieres echarte un rato, el viaje ha sido muy largo.
Acepta la recomendación de Lola para poder escapar de allí antes de que sea demasiado tarde. No sabe si Lucas va a volver pronto, ni siquiera si va a pasar por allí, pero lo que menos necesita ahora es encontrarse con él, a pesar de que es lo que más desea. Antes de abandonar el salón donde se encuentran todos, echa un último vistazo hacia ella. La mira de reojo, intentando descubrir que es eso que tan loco ha vuelto a Lucas, hasta el extremo de casarse con ella. Y lo descubre. Sara se da cuenta que si Lucas se ha casado con ella es porque probablemente Lucía es todo lo contrario a ella. Quizás sea porque Lucía, jamás cogería un avión y huiría al otro lado del mundo abandonando al amor de su vida.
Lola la abraza lo mas fuerte que puede intentando consolarla, antes de dejarla en su habitación, abatida, sin desnudarse si quiera y envuelta en las mantas hasta arriba, llora como hace tiempo que no lo hace. Porque ahora que por fin está en casa, se siente una extraña con los suyos, y porque, aquello que la trajo de nuevo aquí, Lucas, es lo mismo que la hará huir nuevamente.
A la mañana siguiente, al despertarse, tiene que pensar durante unos instantes donde esta, porque se siente totalmente desorientada. Al recordar su vuelta a casa, y la noticia que le habían dado nada más llegar, siente deseos de quedarse allí eternamente, encerrada en su viejo cuarto, que está todavía como ella lo dejó, para no tener que enfrentarse, a todo lo que se le viene encima. Le guste o no, sabe que para volverse a marchar por donde ha venido, antes tiene que dar la cara con su familia, y quien sabe quizás también con Lucas.
Se acerca hasta la cocina sorprendida de que le hayan dejado sola. En el frigorífico, como era tan normal hace tantos años, Lola le ha dejado una nota.
“Sara cariño, no queríamos despertarte. Tu padre quería hacerlo pero con el rollo ese del jet lag, lo he convencido para que te dejara tranquila hasta después, el ya se ha ido a comisaría, y yo he bajado a los Cachis. Baja cuando te levantes que tenemos muchas cosas de que hablar, tienes que ponerme al día. Mi niña, te he echado tanto de menos…. Además, tengo que contarte los detalles de la cena de esta noche. Tu padre ha tirado la casa por la ventana y esta noche cenamos todos en el bar para celebrar tu vuelta a casa. Date prisa en bajar, estoy deseando recuperar el tiempo perdido”
Una sonrisa asoma a su rostro al leer la nota de Lola. Su madre, su padre…. ¿cómo ha sido capaz de sobrevivir sin ellos durante tantos años? ¿Por qué tuvo que irse así, sin motivo, dejando detrás de ella a toda la gente que le importa?? Siente que tiene que compensarles, que tiene que demostrarles que aunque su vida ya no esté aquí, su familia si lo está y le siguen importando tanto como antes. Por ellos hará el esfuerzo y se quedará unos días más.
Abre el frigorífico, y hambrienta, busca algo de desayuno, hasta que, el ruido de la puerta la coge de improviso y la asusta. Al darse la vuelta, esperando encontrarse a su madre, le ve y las palabras no le salen de la boca. Solo puede mirarle, buscar en él lo que tanto ha echado de menos. El tiempo ha ido pasando también para él, pero sigue siendo el mismo. Quizás su cara tenga alguna arruga más, alguna “herida de guerra” nueva, y probablemente el paso de los años se dejen notar en sus ojos. Pero sigue siendo el mismo.
- Hola Lucas –acierta a decir. Lleva años imaginando este encuentro. Soñando con él de mil maneras distintas. Y ahora que es real, todo lo que imaginó que le contaría se ha esfumado de pronto.
- Sara, ¿eres tú? No puedo creerlo? ¿Cuándo has vuelto?
- Volví ayer ¿Nadie te conto?
- No. Volví tarde del operativo y no he visto a tus padres todavía.
- ¿Ni a tu mujer?
- ¿Tú… conociste a….? –se queda callado. Casi se siente como si de alguna manera hubiera fallado a Sara. Como si le hubiera pillado en una traición. Hasta que recuerda, que la Sara que tiene en frente es la misma que decidió dejarle tirado cuando él más la amaba. Entonces, cuenta la verdad, sin ningún tipo de remordimiento, o casi sin ninguno – No. Tampoco vi a Lucía anoche, ya te dije que llegué tarde. Y hoy se ha marchado pronto a trabajar. Bueno, me alegro de verte. Yo tengo que irme ya para comisaría.
- Lucas, ¿no vas a preguntarme qué tal me fue todo por alla?
- Sí, claro ¿Qué tal te va todo Sara?
- Bien. Aunque he echado de menos todo lo de aca. A mis papas, a mis amigos…… a vos.
- Sara, ¿para qué has venido?
- Ya te he dicho que os echaba de menos, quería volver a veros. Quiero recuperar mi vida desde donde la dejé.
- ¿Desde dónde la dejaste? ¿Tú crees que puedes irte, desaparecer durante cinco años y volver ahora pretendiendo que todo siga igual, que los demás te estamos esperando como si te hubieses ido ayer? Los demás hemos continuado nuestra vida, y en la de algunos, tú ya no tienes sitio.
Sin mirarla si quiera, se marcha de su casa. Sara sabe que se lo merece, que ha sido demasiado tiempo sin dar noticias. En ocasiones pensaba que esto podría pasar cuando volviese, pero en el fondo, siempre, deseó que Lucas se hubiese pasado todo este tiempo pensando en ella y echándola de menos, tal y como ella había vivido en Buenos Aires. Pero Lucas ha rehecho su vida, y ella, no significa nada ya.
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