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28 noviembre 2008

Corazon salvaje; Y pasaron los años

Esta es una historia que sólo podría pasar donde pasa... En la Martinica, tierra florida y convulsa, isla volcánica surgida al impulso de un borbotón de fuego, tierra de amores y de odios, de pasiones sin freno, de abnegaciones y de crueldades... Tierra sobre la que habrían de chocar aquellos cuatro corazones apasionados, Sara, Silvia, Gonzalo, Lucas...
Entre las cuatro paredes de una celda hay una mujer en quien la vida intensa parece palpitar. Un mundo de pasiones arde en el cerco de sus grandes ojos y parece resbalar bajo la piel de sus pálidas mejillas. Sus manos finas, sensitivas, se enlazan como para una súplica, como para una oración, mas hay en ellas un crisparse desesperado. Esa mujer sufre, esa mujer ama, es como una hoguera que se consumiese alumbrando. Pero sobre su cuerpo grácil hay un hábito, un blanco hábito de novicia, y cuelga de su fina cintura un rosario. Sus pasos trémulos la llevan ante el crucifijo, y allí se desploma sollozando...
-Sara, hija mía, ¿ha hablado ya con su confesor?

-Sí, Madre, abadesa.

-¿Y cuál fue su consejo? Supongo que el mismo que yo le doy.

-Si, Madre... -conviene Sara Castro, con un dejo de tristeza.

-¿Ve usted? Es demasiado pronto para profesar, para hacer los votos definitivos.

-Lo deseo ardientemente, Madre. ¡Con toda mi alma!

-Aunque así sea... No es un arranque, no es un arrebato lo que ha de llevarnos a vestir para siempre estos santos hábitos. Es una verdadera vocación, y hay que probar la suya, Sara. Probarla, no aquí, no en esta santa casa, sino en la lucha, en el mundo, frente a la tentación...

-Yo no quiero volver al mundo. Madre. Yo quiero profesar. No me saquen de aquí... ¡No me rechacen!

-Nadie la rechaza. Si algo decidimos por fin en contra de su gusto, es por su bien. Ahora mismo voy a hablar con su confesor. Entre tanto, rece y aguarde, hija. Rece y eleve su corazón a Dios -Y diciendo esto, la abadesa se aleja con pasos suaves.

-¡Dios mío! ¡Jesús mío! No permitas que me rechacen -implora Sara Castro asomando las lágrimas a sus lindos ojos- Admíteme entre tus esposas... Dame la paz y el amparo de tu casa... Que se cierre la herida de mi corazón... Que ese amor que me humilla y me avergüenza se acabe... ¡ Jesús mió, limpia mi corazón del amor humano y llámame a ti!

Un hombre cruza las anchas tierras fértiles. Monta en el más arrogante caballo árabe que pisara la tierra americana, y viste finas ropas de caballero. Altivo y gallardo, con la fina mano sostiene las riendas, mientras la espuela de plata se clava en los ijares del bruto. Sus cabellos son castaños y lados, sus grandes ojos claros abarcan en una mirada de dominio toda la tierra hasta donde alcanzan, tierra de la que es amo y señor. A su paso se inclinan las espaldas, se descubren las cabezas humildes de los trabajadores, se deshojan, como azahares criollos, las flores blancas de los cafetales... Pero él no sonríe... su mirada es inquieta, convulso el pliegue que aprieta sus labios. Es un hombre que busca... que busca sin encontrar jamás...
-¡Bautista! ¡Bautista!

-Aquí estoy, niño Gonzalo. ¿Qué le pasa?

-Vengo de los cafetales, y ya te hablé de eso el mismo día que llegué -le reprocha Gonzalo Fernández, disgustado, conteniendo a duras penas la cólera que le atosiga- No es posible que esa gente siga trabajando en la forma en que lo hace. Es absurdo, inhumano... La jornada de catorce horas no es para hombres, no es para seres humanos y tú tienes ahí niños y mujeres. ¿Por qué?

-Sale más barato... Además, así llevan quince años y no ha pasado nada...

-Y también presos de la cárcel de Saint-Pierre, que trabajan encadenados. ¿Cómo es posible?

-¡Ay, ay, niño Gonzalo! Usted trae la cabeza oliendo a Europa. Ya no sabe cómo son las cosas por acá. En tiempos de su señor padre...

-Mi padre era severo, no inhumano -le ataja Gonzalo, francamente molesto.

-Las haciendas han rendido el doble desde que yo las administro -afirma Bautista en forma por demás insolente.

-¡No me interesa acumular más dinero! Quiero que trates a los que trabajan para mí, con justicia y bondad.
-La señora está conforme con cuanto yo hago...

-Es justamente lo que voy a averiguar. Pero esté o no conforme mi madre, yo no lo estoy, y he de remediarlo -rezonga Gonzalo, alejándose.
Una mujer sonríe al vaivén de la hamaca. Se mece suave, bajo el beso de fuego del mediodía tropical. Del arroyo cercano llega un murmullo de agua, y no es de flor, sino de fruto dulce y maduro, el aroma que en torno suyo exhala. Parece descansar, pero no descansa, tiembla, arde, siente rugir pecho adentro, como el volcán enorme, sus pasiones inconfesables. Es una mujer que espera, que aguarda, como puede aguardar la pantera en acecho, como lentamente, a través de la tierra, crece la lava que ha de desbordarse...

-¡Silvia! ¿Pero qué es eso? ¡Deja ese piano! ¡Basta! ¡Basta!
¿Cómo te atreves... ? -reprende Lola Castro a su hija.

-¿A tocar un can can? Deja que me veas bailarlo... Es la última moda en París. Mira esta revista...

-¡Quítame de delante ese papelucho! Si llegara tu novio..- Si te viera Gonzalo leyendo una cosa semejante.

-Por favor, mamá -protesta Silvia en tono burlón- Yo, con Gonzalo y sin Gonzalo, haré siempre lo que me dé la gana.

-Muy mal camino para una futura esposa... y para una novia, mucho más. Si Gonzalo supiera...

-¡Basta, mamá! -le ataje Silvia con brusquedad- No sabrá nada si tú no se lo cuentas, y espero que no vas a contárselo. Gonzalo está muy lejos... Gracias a Dios, lo bastante lejos para dejarme en paz mientras nos casamos.

-¡Santa Bárbara! ¡Viren a estribor! ¡Bajen el foque! ¡Tres hombres a babor para achicar el agua! ¡A estribor... a estribor...! ¡Quítate, estúpido, déjame a mí el timón! ¿No ves que te vas contra las rocas? ¡Pronto!... ¡Fuera!...

Saltando sobre los escollos, desafiando los elementos desencadenados, una goleta marinera cruza frente al Cabo del Diablo, gira con asombrosa rapidez entre las rocas aguzadas y los bancos de arena, y enfila al estrecho canal que le lleva a una pequeña y segura rada. Negro está el cielo y hosca la tierra, pero el hombre que lleva el timón no vacila frente a la furia del cielo y el mar, salva el último escollo, vira en redondo, alcanza milagrosamente el amparo de los farallones y luego, con gesto orgulloso, deja la rueda en manos de su segundo, saltando sobre la húmeda cubierta.
-¡Echen el ancla... y un bote para tomar tierral

Ha saltado sobre la arena de una playa, metiéndose en el agua hasta la cintura, para arrastrar hacia dentro la frágil barca que hasta allí le ha llevado desafiando la tormenta que está en su apogeo. Con flexible soltura de felino da unos pasos alejándose del mar, y luego se vuelve para contemplarlo, como contempla también el cielo oscuro, con gesto desafiante. A la luz del relámpago se ilumina de pies a cabeza la figura del recio capitán de la nave. Es fuerte y ágil; los pies descalzos parecen agarrarse como topos a la tierra que pisa; tiene la piel tostada por la intemperie, el cuello fuerte y ancho, alto el pecho, las manos callosas, y el rostro altanero posee un diabólico resplandor triunfante. Es como un hijo de la tormenta, como un proscrito que se alzara contra el mundo entero, y contra el mundo entero se sintiese capaz de luchar... Tiene veintiséis años y es el más audaz navegante del Caribe. Las gentes le llaman, ¡Lucas del Diablo¡...

27 noviembre 2008

Corazon salvaje; La promesa

-No tengo palabras con qué agradecerle el gran favor que va usted a hacerme, señora Castro. La molestia de llevar consigo a Gonzalo...

-Por Dios, amiga mía. Si esa no es molestia; al contrario. ¿Qué más puedo querer yo, para este viaje en el que voy sola con mis dos niñitas, que la compañía de un muchacho como Gonzalo, que es casi un hombrecito ya?

-Confío en que sepa ser un caballero.

-Le repito que estoy encantada. Y hay que ver lo bien que se lleva con mis pequeñas, y más aún que con la mayor, que es tan suave, con esa revoltosa de la pequeñita...

Es en el despacho del capitán del puerto de Saint-Pierre, junto a los muelles en que aguarda un barco listo a partir rumbo a Francia. Allí es donde charlan Sonia Fernández y la parienta del Gobernador, Lola Castro, una mujer madura, tímida y bondadosa, de ademanes suaves, que mira con ternura al grupo que forman a corta distancia, al otro lado de la ancha puerta abierta, Gonzalo Fernández y las dos pequeñas Castro, de nueve y siete años. La mayor es delgada y fina, inquieta y nerviosa, de grandes ojos claros. La más pequeña, de rostro sonrosado y ojos ardientes, tiene en sus pocos años la exuberancia de los frutos del trópico.
-Mi Gonzalo necesita olvidar muchas cosas desagradables. Este viaje es el mejor remedio para él...
-Es usted muy valerosa separándose así de su único hijo.
Repito que la admiro. Además, supongo que tratará de cumplir con esto la última voluntad de su esposo...
-Efectivamente... -Forzada a mentir, Sonia Fernández se ha mordido los labios; luego sonríe con esfuerzo, cambiando el espinoso tema de la conversación- Sus niñas son preciosas. Me habló mucho de ellas el primo de usted, el Gobernador. ¿Cuál es Silvia?
-La más pequeña...

-La mayor es Sara, ¿verdad? Ya sé que, por empeño de su padre, van a educarse a Francia.

-Mas yo no soy tan heroica como usted, y no las dejo ir solas aun cuando tenga que separarme de mi esposo. Pero creo que le buscan a usted...

-¡Ah, si! Es Miranda... Con su permiso...
-Todo está en orden, y el barco a punto de zarpar. Acabo de entregar al sobrecargo los últimos papeles de Gonzalo y, por lo tanto, mi misión está terminada -explica el notario.

-Muchas gracias Miranda. ¡Oh, aguarde! ¿No quiere acompañarme hasta dejar en el barco a Gonzalo?

-Será un gran honor -acata Miranda, pero el tono con que lo dice es francamente seco, casi hostil.

-Comprendo que está disgustado conmigo. Le traté bruscamente la última vez que hablamos -intenta disculparse Sonia.

-Olvide ese asunto, señora. No tiene la menor importancia.

-Entonces, ¿me permite hacerle una pregunta indiscreta?

-Desde luego, aunque no le prometo contestarle.

-Le agradeceré mucho que me responda. ¿Buscó usted a ese muchacho que mi esposo quería recoger? ¿Tiene alguna noticia de Lucas... del Diablo?

-La noticia que tengo es buena para usted, aún cuando a mí, sinceramente, me ha apenado.

-Espero que no le habrá ocurrido alguna desgracia...

-Todavía no, mas será muy raro que volvamos a saber de él.

-¿Por qué?

-Tras mucho averiguar, he tenido noticias de que embarcó como grumete en una goleta de carga que zarpaba rumbo a Jamaica. No supieron darme el nombre de la goleta ni de su capitán, por lo que considero totalmente perdida la pista del muchacho. Lo siento... lo siento... El me había pedido que lo dejase en mi casa como sirviente y, después de todo, hubiese sido lo mejor. ¿Pero quién podía adivinar... ? En fin, mire usted por dónde los dos pequeños van a estar al mismo tiempo cruzando el mar... -La sirena del buque, que está pronto a zarpar, le interrumpe con la estridencia de su sonido- Ese es el barco que se lleva a su hijo. ¿Vamos?

El barco que se lleva a Gonzalo ha dejado atrás el promontorio de rocas en el que se alza el faro, y, con la proa apuntando hacia altamar, apresura la marcha. De pie junto a la baranda de cubierta, creyendo sentir aun sobre el rostro los besos y las lágrimas de su madre, Gonzalo mira aquella tierra que se aleja, teniendo a cada lado a una de las pequeñas Castro, Silvia sonríe, mientras Sara se seca una lágrima. Y como una promesa a aquella tumba que dejara en el cementerio de Campo Real, como un grito de su corazón de doce años. Gonzalo ofrece,
-Volveré pronto, papá. ¡Volveré... para buscar a Lucas.

25 noviembre 2008

Corazon salvaje; La huida de Lucas

Los funerales de Tomas Fernández duran ya tres días. La viuda no quiso que fuese trasladado a Saint-Pierre, y es en la pequeña iglesia de Campo Real, aquella finca con honores de pueblo, donde su cuerpo ha sido puesto en capilla ardiente entre cirios y flores, y a donde llegan a rendirle el postrer homenaje, desde los más humildes hombres que trabajan sus tierras, hasta las más importantes personalidades de la capital, el Gobernador, los altos funcionarios del Estado, el Mariscal Pontmercy y la alta oficialidad de la fragata, que sólo por eso retrasó su hora de zarpar. En la amplísima casa, en los jardines, en los caminos, es el ir y venir silencioso y constante, un ajetreo sin sonrisas ni alegría, que, transida de dolor el alma, con un hondo y contenido tormento que no desborda en sollozos ni en lágrimas, preside la frágil mujer que le ha sobrevivido, contra lo que todo el mundo podría esperar.

Olvidado de todos, el lujoso traje de paño azul roto y manchado, los cabellos revueltos y los pies desechos, ronda Lucas la pequeña iglesia blanca con una ansia incontenible de acercarse al que yace para siempre, al que le mandaron aborrecer los labios de Bertolozi, y al que extrañamente, sin embargo, ama con un sentimiento contuso, sordo, profundamente doloroso, que le hace sentir una sensación de desamparo como no la sintió nunca en su abandono, y murmura para sí,
-¡Padre! Era mi padre... Era mi padre... Ya está junto al féretro, en la capilla atestada de flores, donde milagrosamente no hay nadie en este instante... sólo la frágil forma enlutada de una mujer a quien el muchacho no ha visto, una mujer que se acerca temblando de cólera, apenas le ve apoyar las manos en el borde de la caja mortuoria. Es Sonia que con ira apenas contenida, le grita:
-¿Qué haces aquí? ¿Por qué has entrado aquí? ¡No tienes nada que buscar! ¡Vete! ¡Lárgate! ¡Vete donde yo no te vea más! ¡Vete para siempre, maldito!

Ciega de una cólera que en vano trata de ahogar en su garganta, Sonia ha señalado a Lucas la puerta de la capilla, mientras el muchacho retrocede trémulo, sintiendo que el gesto y las palabras de aquella mujer le hieren y le ofenden como nadie le ofendió jamás. Ahí, muy cerca, para siempre inmóvil y helado en su lujosa caja, está el hombre que le dio el ser, el padre que con tardío arrepentimiento trató de ampararle. Y es la primera vez en sus doce años, que en su corazón hosco y selvático está a punto de florecer un sentimiento de ternura... Pero de un golpe, la voz y las palabras de aquella mujer lo han destrozado. Retrocede, la mira de frente y sale como un sonámbulo, mientras Gonzalo Fernández se acerca por la puerta contraria, indagando,
-Mamá, ¿qué pasó? ¿Por qué echas a Lucas?

-¡Deja tranquilo a Lucas! Quédate aquí, al lado, junto al féretro de tu padre... donde debes estar.

-Pero papá mandó...

-¡Calla!

Le ha apretado el brazo, obligándole a callar, mientras en la puerta del frente, de par en par abierta sobre el campo, aparecen ya las figuras imponentes del Gobernador y del Mariscal Pontmercy.

Comienza la hora más solemne de los suntuosos funerales. Los dedos de Sonia se aflojan soltando el brazo de Gonzalo, las lágrimas acuden a sus ojos, y un sollozo amarguísimo estalla al fin en su garganta, mientras Gonzalo escapa de allí...
-¡ Lucas... Lucas!

-Déjame, Gonzalo. Me voy ahora mismo...

-¡No puedes irte! Papá no quiere que te vayas!
-La señora me ha echado.

-Ya lo oí... pero no importa. Papá me mandó que te cuidara.

-¿Tú? ¿Cuidarme tú?

-¿Qué te crees? Después de papá y mamá, soy yo el que manda.

-Ahora tu papá está muerto y la única que manda es la señora. Ella no quiere verme más... Me dijo que me fuera...
-Que te fueras de la iglesia, pero no de Campo Real. Saint-Pierre está muy lejos. Tienes que ir en coche o a caballo. Además, no van a dejarte salir.

--¿Quién no va a dejarme?

-Los criados, los trabajadores... y los soldados. ¿No viste cuántos soldados hay?

-Sí... pero no tienen nada que ver conmigo.

-Sí tienen que ver. Papá no quería que te fueras. Todo mundo lo sabe. Si te ven, te sujetarán, te encerrarán...

-¡Y me escaparé!
-No sabes el camino...

-Sé que caminando por la orilla del mar, siempre llega uno a Saint-Pierre.

-Bueno... si encuentro un bote, llegaré antes.

-¿Y pescarás en el bote?

-Claro, puesto que tengo que comer.

-¿Te comes el pescado que pescas, así, igual que lo sacas?

-Es mejor que morirse de hambre.

-¡Llévame contigo, Lucas!

-¿A ti? ¿Estás loco?

-¡Llévame contigo! Yo quiero aprender a pescar y a manejar un bote. Cuando sea grande, seré marino y mandaré una fragata, como el Mariscal.
-Cuando seas grande, irás de viaje. Ahora no.

-Me voy y luego vuelvo, como hacía mi papá. El siempre dijo que cuando él llegara a faltar, yo mandaría en la casa y seria tanto como él. Ahora, quiero ir contigo y tengo dinero para comprar un bote...

-¿Tienes dinero? ¿Dinero tuyo? ¿Tuyo? -Lucas se muestra interesado.

-Pues claro. Tengo mucho dinero en una caja...

-¡ Niño Gonzalo! -llama la voz de Bautista, el criado.

-Ya te están buscando -sonríe Lucas, despectivo- Figúrate lo que harían si te fueras.

-Nos vamos con todo mi dinero si me esperas a la noche. ¿Sabes dónde? Allá abajo, al lado del arroyo...

-¡Niño Gonzalo! -vuelve a sonar la voz del criado, ya más cerca.

-Ahora tengo que irme. Me escapé nada más para decirte que no te fueras. Pero si me llevas contigo, no importa... Nos vamos y cuidaré de ti como quiere que haga mi papá.

-¿Pero estás sordo, niño? -dice Bautista, acercándose donde se encuentran los muchachos- Tu mamá me mandó a buscarte. Ya tienes edad para entender que debes estar a su lado...

-Ya voy, Bautista. No tienes que gritar...

-No grito, pero la señora se desespera -contesta el criado bajando la voz. Más en seguida, en tono áspero, exclama- ¡Ah! También me dijo que te buscara a ti y que no te dejara marchar. ¿Entendiste? Espera por ahí a que la señora disponga de tu suerte, porque ahora es ella, y sólo ella, la que manda en esta casa.
Las horas han pasado lentamente. El cuerpo de Tomas Fernández se halla ya bajo tierra; los importantes funcionarios que acudieron desde la capital, han regresado a ella tras rendir sus respetos a la viuda, y un silencio espeso, tanto de pena como de agotamiento y de cansancio, cae sobre la suntuosa morada, sobre los fértiles campos, sobre las cien barracas de los trabajadores, cual si un crespón de luto flotara sobre el cielo que ya envuelven las sombras en la opulenta hacienda de Campo Real.

Sin embargo, hay luz en las habitaciones de Sonia, a cuyas puertas llega Bautista, el más fiel y antiguo de sus servidores, trémulo y demudado.
-Señora... el niño no aparece por ninguna parte.

-¿Qué?

-Cuarto por cuarto hemos buscado, Isabel, Ana y yo, por toda la casa. He mandado a recorrer los campos y a preguntar por las barracas, pero tampoco está.

-¡Era lo único que faltaba!

-Señora Fernández... me dijo Ana... -Es Paco Miranda, que irrumpe en la alcoba de Sonia.

-Gonzalo ha desaparecido -explica, angustiada, Sonia- No lo encuentran, no dan con él. Lo han buscado por todas partes.

-Por favor, cálmese... No puede haber ido muy lejos. Estaba junto a usted hace una hora escasa. Se habrá escondido en algún rincón, como hacen los niños cuando tienen pena...

-Si mi hijo tiene pena, debe estar a mi lado.

-Efectivamente; pero son reacciones extrañas de las criaturas. ¿Qué razón de él da Lucas?

-Esa es otra -interviene Bautista- Lo primero que hice fue buscarlo para preguntarle si sabía del niño, pero el tal Lucas tampoco aparece por ninguna parte.

-Pues deben estar juntos -supone Miranda.

-Es lo que temo. Que el tal Lucas arrastre al niño, quién sabe a qué extravagancias. Es peor que una fiera el tal muchacho. Es un verdadero salvaje...

-Cuando yo digo... -se queja Sonia.

-Basta, Bautista. No alarme a la señora más de lo que está -ordena el notario.

-Usted sabe que le tomamos por loco en Saint-Pierre -recuerda Bautista- cuando entró a llevarle al señor aquella carta...

-¿Qué? ¿Qué carta? -interrumpe Sonia, animosa y alarmada.

-Le ruego que se calme -suplica Miranda suavemente- Cuando sucede una desgracia, todo son pronósticos trágicos. Pero no hay verdadera razón para alarmarse. Estoy seguro de que no los han buscado bien. En una hora no puede recorrerse, como pretenden, la finca y la casa. Permítame que sea yo quien me encargue del asunto, señora....

-Yo tengo ya en movimiento a toda la servidumbre, pero ojala que el tal Lucas no haya llevado muy lejos al niño. No me olvido de que pretendía llevar en su bote al señor, aquella noche en que caían chuzos de punta y llovían rayos...

-¿A dónde quería llevarlo? —pregunta Sonia, intrigada.

-Sonia, por favor, cálmese. El muchacho llegó con una carta de su padre, que se estaba muriendo, para pedirle al señor Fernández que lo amparara. El asunto no tiene nada de particular. Y ahora, ¡vamos a buscar a Gonzalo!
-Lucas... -llama débilmente Gonzalo.

-Aquí estoy. ¿Traes la plata?

-Pues claro. Mírala. Con todo y caja...

-La caja no sirve; echa las monedas en tu pañuelo, y vámonos.

-¿Mi pañuelo?

-Yo no tengo. Me las echas en el tuyo y me haces el favor completo. ¡Anda!

Rudamente, como si aquel viejo rencor contra el mundo entero, que Andrés Bertolozi derramara en su alma, se hubiera despertado en aquellas últimas horas, ardiente y total, Lucas casi ha arrebatado de manos de Gonzalo el pañuelo repleto de monedas, acercándolas, para mejor mirarlas, a la clara luz de la luna y, sorprendido, confirma,
-Son monedas de plata...
-Pues claro. Y hay dos de oro. Míralas... Cada una de éstas vale por cien de plata. Papá siempre me regalaba una moneda de oro el día de mi cumpleaños... Muchas las gasté. Se compran muchas cosas con una moneda de oro... Tendremos un bote grande, grande, de esos con velas, y navegaremos en él por todos los mares...

-¿Oyes? -alerta Lucas, aguzando el oído.

-Sí -afirma Gonzalo con la mayor tranquilidad- Nos están buscando, pero no por este lado. Piensan que le tenemos miedo al arroyo crecido...

-Yo no le tengo miedo a nada. Me voy ahora mismo. Ha anudado fuertemente las monedas en el pañuelo, atándolo luego a su cintura. Rápidamente se despoja de la chaqueta, subiéndose las piernas del pantalón y las mangas de la camisa, mientras Gonzalo le contempla fascinado.

-¡Gonzalo... niño Gonzalo...! -Desde lejos llega la voz de Bautista.

-Es a ti a quien buscan -explica Lucas, en un murmullo.
-¡Lucas... Lucas...! ¿Dónde estás? -Se oye también, lejana, la voz de Paco Miranda.

-También a ti te buscan ¿Por dónde nos vamos? -indaga Gonzalo.
-Yo, por el arroyo -dice Lucas, al tiempo que chapotea en el agua.

-¡Lucas... Lucas...! ¡Espérame! ¡Ayúdame... Lucas -Lucas no responde, no vuelve la cabeza. Saltando sobre las piedras, entre el arroyo que se despeña en pequeñas cascadas, va curso arriba, rueda a veces, cuando le falta el pie, hasta el fondo de una poza, pero vuelve a levantarse, se alza agarrándose a las ramas, trepando por las cuerdas naturales que cuelgan sobre el agua, y así se pierde en el fragoso monte...

-¡Gonzalo! ¡Gonzalo!

La voz de su madre ha paralizado al pequeño Gonzalo, dispuesto ya a seguir a Lucas. Abrazado a la chaqueta del traje azul que éste dejara en sus manos, los pies hundidos en el barro de la orilla del arroyo, sostiene su primera lucha terrible entre la voz de la aventura que le llama y el tierno amor que siente por su madre, y por fin, de mala gana, contesta,
-Aquí estoy...

-¡Hijo! ¡Mi Gonzalo! -grita Sonia, nerviosísima, abrazando a su hijo- ¿Qué hacías aquí? ¿Por qué saliste a estas horas de casa?

-Apuesto la cabeza a que lo sonsacó el tal Lucas -asegura Bautista.
-¿Pero dónde está él? -se alarma el notario- ¿Dónde se ha metido? Hay que seguir buscando...

-Estaba con el niño, puedo jurarlo. ¡Mire... mire... le dejó la chaqueta en las manos! Aquí hay una caja... Una caja de plata...

-¡Es mía! -informa Gonzalo.

-Aquí es donde tú guardas tus monedas, Gonzalo. ¿Qué significa esto? -interroga Sonia.

-Nada, mamá...

-¿Cómo nada? Dónde está Lucas? ¡Contesta la verdad! ¡La verdad!

-Pues sí, mamá. .. íbamos a escapamos... yo quería que me enseñara a navegar y a coger pescados, pero él se fue solo... no quiso esperarme...

-Se fue, pero llevándose tu dinero. ¡Es un ladronzuelo! -afirma Bautista- Pero si la señora me permite que salga yo a buscarlo...

-No, Bautista. Déjelo. Que se vaya... ¡Que se vaya para siempre! ¡Es lo único que hemos ganado! Vamos a casa, hijo...

Sonia Fernández se ha erguido, y un instante su cabeza altiva se vuelve hacia aquel arroyo por donde Lucas escapara saltando entre el agua y las piedras, mientras su mano blanca, de dedos nerviosos, aprisiona la de su hijo Gonzalo. Fieramente lo atrae hacia ella, en un gesto que es ternura y dominio, y lo arrastra, alejándose de aquel lugar.
-No le hubiera venido mal al tal Lucas recibir una buena lección antes de largarse -comenta como para sí, Bautista, refunfuñando con enojo.

-¿Por qué le tiene tan mala voluntad al muchacho, Bautista? -pregunta Miranda con su voz suave.

-Como para no tenérsela, señor notario. Desde que apareció en el horizonte, no ha traído más que calamidades y desgracias. Porque lo que le pasó al señor Fernández...

-Más vale que no insista demasiado sobre quién pueda tener una buena parte de culpa por lo que le ocurrió al señor Fernández.

-¿Va a decir que fue la señora, señor notario? -se escandaliza Bautista.

--Voy a decir que un niño no es culpable de las circunstancias en que se le trae al mundo; que maltratarle a cuenta de los pecados de sus padres es una cobardía y un crimen.

-¿Todo eso es con la señora, señor notario?

-Todo eso es con usted, Bautista. Y voy a añadir algo más, la señora ha dado orden de que se deje en paz al muchacho. No intente usted ir tras él, porque tropezará conmigo... Además, la última voluntad del señor Fernández fue que se amparara a ese niño.

-¡Yo lo ampararía con una estaca! ¡Es un ratero, un ladronzuelo! Empezó por robarle su alcancía al niño Gonzalo y hubiera acabado por robárselo todo si lo dejan crecer en esta casa.

-Esa es su opinión...

-Y muy bien encaminada. Conozco el mundo y no es el primer caso... La señora sabe... lo mismo que usted y que yo. No vale hacernos los tontos cuando estamos al cabo de la calle.

-Nunca me hago el tonto, pero jamás afirmo más que lo que puedo probar; y en este caso...

-No hay pruebas, ni falta que hacen. No servirían sino para que usted enredara las cosas.

-¿Sabe que su insolencia pasa de la raya, Bautista?

-Pues si le place, déle usted las quejas a la señora. Ella sabe que no tiene un criado más fiel ni un servidor más leal que yo. Por la señora y por el niño Gonzalo doy mi sangre. Y en cuanto a ese bastardo...

-¡Silencio! [Hay que ver lo alto que ladran los perros en cuanto se apaga la voz del amo!

-Señor notario... Señor notario... -llama Ana, acercándose donde discuten los dos hombres.

-¿Qué pasa?

-La señora está esperándolo en su cuarto, y me mandó que lo buscara y le dijera que fuera para allá pronto, pronto, porque tiene que hablarle. Que se fuera en seguida...

Se ha ido, procurando contener su disgusto, mientras la doncella nativa contempla a los dos hombres con su expresión bobalicona y jovial, dando, vueltas entre los dedos al delantal de encaje, como si la cólera de ambos le divirtiera, y comenta con sorna,
-¡Cuántas cosas van a pasar! A mi me gusta que pasen cosas. Me aburro cuando no pasa nada.

-¡Anda a tus obligaciones, Ana!

-¡Caramba Bautista! Te salió la voz igual que la del amo. Claro, como vas para mayoral... —se ríe, burlona.

-¿De qué te ríes, tonta? —rezonga Bautista, aflorándole la ira al rostro.

-De las cosas que van a pasar...
-Aquí me tiene, señora, atento a su llamado y dispuesto a servirle en todo, como siempre -se ofrece Miranda a Sonia. Y en seguida,le aconseja- Pero si mi modesta opinión vale de algo, creo que lo único que debe usted hacer es descansar, tomarse unas buenas horas de reposo...

-Sobrará tiempo para descansar después... Tengo entendido que todos los papeles de la casa Fernández están en la notaría de usted, ¿no?

-Exacto. Partida de nacimiento, acta de matrimonio, el testamento de nuestro nunca bien llorado amigo Fernández... que por otra parte casi es inútil. Todo cuanto hay es, naturalmente, de usted y de su hijo Gonzalo.

-Sé que todo está en orden... pero quiero guardar esos papeles en mi casa. Todos. ¡Absolutamente todos! ¿Hay algún inconveniente para que los ponga en orden y me los entregue a mí, para que yo los guarde?

-En absoluto -asiente Miranda con sorpresa y disgusto- Estarán listos en una hora si usted lo manda. Saldré inmediatamente para Saint-Pierre, y mañana, si así lo desea, le haré entrega oficial de todo en mi despacho.

-Bautista irá por ellos. Es el más antiguo y el mejor de mis servidores. Lo he nombrado Administrador general de la hacienda, y él hará que las cosas marchen.

-¡Pero es absurdo, totalmente absurdo! Y yo quisiera aconsejarle...

-No voy a oír ningún consejo suyo Miranda. No pierda el tiempo en dármelo.

-Lamento profundamente su extraña actitud, señora Fernández

-No es extraña, puesto que defiendo a mi hijo...

-¿Su hijo... ? -se sorprende el notario.

-Señora... Señora... -Es Ana que irrumpe en la alcoba, agitada y tartamudeando.

-¿Qué pasa Ana? -pregunta Sonia.

-El niño Gonzalo... como que está malo... Isabel me mandó avisarle...

-¿Mal? ¿Quieres decir, enfermo?

-Sí, señora. Como que tiene fiebre y dice cosas raras...

-¡Gonzalo, hijo... Gonzalo...

Sonia ha caído de rodillas frente al pequeño lecho blanco, donde Gonzalo, abiertos, sin ver, los grandes ojos, húmedo de sudor helado el castaño cabello, se agita en el delirio de una alta fiebre. Tras ella, pálido, demudado, ha llegado también Paco Miranda que se detiene bajo el arco de la puerta, entre las dos doncellas asustadas.
-¿Y el médico? ¿Dónde está el médico? -inquiere Sonia.

-Se fue, señora... como todos.

-¡Que corran a Saint-Pierre a buscarle! ¡Gonzalo, hijo...!

-¡Lucas... Lucas...! -murmura Gonzalo en su delirio- Lucas... No me dejes.... Llévame contigo... Llévame a navegar... Yo cuidaré de tí... ¡Papá lo ha mandado! Papá dijo... como a un hermano... Como a un hermano... Lucas...

-¡Dios mió! -exclama Sonia, en un lamento. Ha retrocedido tambaleándose, sintiendo como si la tierra que la sostiene vacilara. Ira y dolor se clavan al mismo tiempo en su alma, y volviéndose hacia Miranda, le espeta- ¿Y aun se extraña usted por qué defiendo a mi hijo? ¡Tengo que defenderlo con los dientes, con las garras!

-Señora Fernández... Nadie le ha atacado. Está usted ciega, y en su egoísmo maternal...

-¡Basta! -le interrumpe Sonia- ¡Ni una palabra más! ¡Salga usted de esta casal ¡Salga! ¡Salga! ¡Y no vuelva jamás!

La enfermedad de Gonzalo fue larga. Durante muchos días tuvo fiebre alta, y cien veces pronunció en su delirio, como uniéndolos para siempre, los nombres de Lucas y de su padre. Al fin, una mañana amaneció despejado, reconoció a su madre y lloró en sus brazos... Aquella tarde...
-Vas a ir tú mismo a Saint-Pierre, Bautista.

-Sí, señora. Como usted mande. El niño ya no está en peligro y dice el médico que muy pronto podrá levantarse.

-Apenas se reponga, lo mandaré a Francia. Por eso quiero que recojas los papeles de casa de Miranda y entregues esta carta en propia mano al Gobernador. El me ayudará.

24 noviembre 2008

Corazon salvaje; Tragedia

-¿Qué es eso? ¿El señor Fernández...? -Es Miranda, el notario, quien hace la pregunta a Bautista, el criado.

-Sí... Es el caballo blanco del amo... El diablo anda suelto en esta casa desde que llegó ese maldito muchacho.

-¡Calle! ¡Calle! ¡Algo ha tenido que pasar...! Paco Miranda ha salido apresuradamente de la lujosa alcoba donde le han instalado. No le basta mirar por la ventana. Sale al ancho portal que rodea la casa, baja las escalinatas de piedra, sigue con ojos sorprendidos la blanca silueta de aquel caballo que a la luz de la luna se pierde ya sobre los campos, Y exclama,
-¡Señor... Señor...! ¡Pero qué barbaridad!
Otros ojos han visto alejarse la arrogante figura que es Tomas Fernández sobre su caballo favorito. Otros ojos infantiles, abiertos de sorpresa, acaso de espanto. Es Lucas. Todo lo ha oído desde aquel último cuarto del patio de los criados, y ahora, fuera ya de la casa, corre como trastornado hasta que una mano cae sobre su brazo, reteniéndole rudamente...
-Y tú, a dónde vas? -inquiere Bautista -A dónde vas, te estoy preguntando...

-Yo iba... Yo...

-No tienes que ir a ninguna parte sino a la cama, a donde te han mandado hace ya dos horas...

-Es que el señor Fernández...

-No te importa lo que haga .el señor Fernández.

-Pero la señora Sonia...

-Ese menos te importa lo que haga.

-Es que yo vi, yo oí. .. Yo no quiero que por culpa mía...

-En lo que pase por culpa tuya, tampoco te tienes que meter. Tú no te gobiernas ni te mandas. Te han traído para que obedezcas y para que te calles. Anda a tu cuarto. Anda a tu cama, si no quieres que te lo diga de otra manera. ¡Anda! -Le ha dado un rudo empujón, metiéndolo en el cuarto, y cerrándolo con llave.

-¡Ábrame! ¡Ábrame! -grita el muchacho, golpeando con tuerza la puerta.
-Cállate, condenado! Ya te abriré cuando venga el amo. ¡Cállate¡
-Ana, necesito hablar inmediatamente con la señora.
-La señora no quiere ver a nadie, señor Miranda. Tiene la jaqueca ... y cuando la señora tiene la jaqueca, no quiere ver a nadie.

La voz lenta, sin modulaciones, empalagosa y recargada de la doncella favorita de la señora Fernández, se extiende como blanda barrera deteniendo el ímpetu del notario, que iba a cruzar ya bajo los cortinajes que dan entrada a las habitaciones privadas de Sonia.
-Lo que tengo que decirle es importante -porfía Paco Miranda.

-La señora no oye a nadie cuando le duele la cabeza. Dice que cuando le hablan, le duele más. Además, es muy temprano.

-Anúnciame, dile que es urgente, y ya verás cómo me hace pasar.

La doncella mestiza ha sonreído mostrando su dentadura blanca, mientras mueve la rizada cabeza adornada con una diminuta cofia de encaje a la moda francesa. Suave y tozuda, terca y mansa, parece tener el don de agotar la paciencia del notario.
-¿No has oído que avises a tu señora? ¿Por qué te quedas ahí parada?

-Para avisarle a la señora tengo que hablarle, y la señora no quiere que le hablen cuando le duele la cabeza...

-¿Qué pasa.. .? -interrumpe Sonia, saliendo de su alcoba.

-Perdóneme señora, pero es necesario que hablemos unos minutos... Es importante.

-Mucho debe serlo cuando viene usted a las seis de la mañana.

-Es que el señor Fernández no ha regresado desde anoche en que salió a caballo.

-¿No ha regresado?

-No, señora, y nadie sabe a dónde fue ni por qué salió de ese modo. Yo le vi pasar como alma que lleva el diablo y pregunté a los sirvientes, pero ninguno pudo darme razón.
Sonia ha hecho un leve gesto de cansancio, apoyándose en su doncella.

Ni las lágrimas largamente lloradas, ni la noche de insomnio cambian en nada su aspecto siempre igual, pálida, frágil como una flor de invernadero semiasfixiada entre estufas, da la impresión de escuchar siempre por primera vez hasta las cosas que mejor sabe. En este caso, sus labios se aprietan levemente y un breve y rojo relámpago de rencor cruza por su mirada.
-¿Qué es lo que pretende usted que yo sepa. Miranda?

-Dicen que salió después de hablar con usted. Yo sé que estos días ha sufrido emociones muy desagradables, que se encontraba en un desastroso estado de inquietud, de zozobra, de violencia contenida...

-Pues sabe usted más que yo. Por lo visto, es el triste destino de las mujeres, que no se nos entere de nada. Ha venido usted al peor lugar a informarse...

El notario ha buscado al niño, con la mirada inquieta, pero Gonzalo ha aprovechado la oportunidad para salir de las habitaciones de su madre. Ya del otro lado de las cortinas, se detiene un instante para oír con interés las palabras del notario.
-Me atrevería a pedirle un poco de paciencia para el señor Fernández en estos días, señora. Usted es la única persona que puede aliviar su carga o hacerla más pesada; porque, aunque tal vez haya usted llegado a dudarlo, su esposo la adora, Sonia.

-Pues tiene una extraña manera de adorarme -se lamenta Sonia, con amargura- Pero eso, desde luego, es un asunto personal y privado. Concretando, no sé a dónde ha ido Tomas ni por qué ha pasado la noche fuera de casa. Y ahora, excúseme, estoy muy ocupada, preparo mi viaje a Saint-Pierre, con Gonzalo. Puede decírselo a mi esposo si es él quien le ha enviado a informarse de mi estado de ánimo. Salgo para Saint-Pierre y ya envié una carta al Mariscal Pontmercy para que me haga el favor de recibirme apenas llegue yo a la capital.
Libre de la compañía de su madre y de la vigilancia de Ana, Gonzalo se ha alejado a buen paso. Su cabeza arde... las ideas y los sentimientos parecen girar dentro de él en revuelta amalgama. Aquellas duras palabras que jamás escuchara entre sus padres, aquella violencia de Tomas Fernández, a la que hizo frente por amor de hijo y por instinto de caballerosidad, todo el cúmulo de sucesos extraños que parecen girar en torno suyo, se agolpan sobre el cielo azul de su feliz infancia, haciéndole sentirse, por primera vez en su vida, terriblemente desdichado. No quiere hablar a los, sirvientes, no quiere aumentar con comentarios la pena de su madre... pero necesita confiar a alguien la angustia que llena su corazón de niño. Piensa en su amigo... Por eso busca a Lucas. Pero el cuarto en qué le creía encerrado, está vacío. De la ventana abierta sobre el campo, falta un barrote qué deja al descubierto el hueco por donde Lucas escapara... Lo busca .con un ansia nunca sentida, con la amarga sensación de desamparo de quien ve vacilar, por primera vez, a los que fueran para él evangelio y oráculo, sus padres...

Por la misma brecha que abriera Lucas, Gonzalo se desliza también,, saltando a la pendiente al mismo tiempo que llama a gritos al fugitivo,
-¡Lucas... Lucas...!

Acaba de verlo, ya bastante lejos de la casa, junto a aquel arroyo de cauce pedregoso que baja a saltos desde la montaña, impetuoso y violento como lo es todo en aquella isla surgida de los mares al soplo de un volcán, y llega hasta él, sofocado por la carrera.
-Lucas, ¿por qué no contestabas?

Despacio, Lucas se ha puesto de pie, mirándolo casi con desagrado. Siente por él una especie de rencor. Es tan distinto a todos los muchachos que él viera hasta entonces... Con aquel moreno y lacio cabello demasiado largo, el ceñido calzón de pana, la camisa de seda blanca... es como un muñeco de porcelana que se hubiera escapado de uno de los adornos del salón. Pero Gonzalo le sonríe de un modo varonil y franco, y los claros ojos le miran afectuosos, sinceros, en una corriente de irresistible simpatía, a la que "Lucas del Diablo" resiste encogiendo los hombros...
-¿Para qué andas gritando? ¿Quieres que me atrapen?

-¿Acaso te escapaste?

-¡Claro! ¿No me ves?

-Humm... Bautista le dijo a Ana que te había encerrado para que no molestaras; y yo, en cuanto pude, me escapé del cuarto de mamá para ir a abrirte la puerta.

-Para no molestar, me largo.

-¿Largarte? ¿Quieres decir que te vas?

-Pues claro. Pero no sé por dónde... ¡No quiero estar aquí más!

-Pero papá quiere que estés, y yo también. Eres mi amigo y no voy a dejarte. No te vayas, Lucas. Yo, ahora, también estoy triste... El señor Miranda le dijo a mamá que tú habías sido muy desgraciado, que habías sufrido ya demasiado para tus años, y yo, entonces, no lo entendí bien, porque no sabía lo que era sufrir de verdad.

-Y ahora lo sabes?
-Sí... porque ahora estoy triste. Papá, de pronto, se volvió malo.

-¿De pronto? ¿Nunca habían peleado antes?

-No... Nunca. ¿Pero cómo sabes que pelearon? ¿Estabas despierto anoche?

-Ellos me despertaron...

-¿Quiénes? ¿Papá y mamá? Pues a mí, no. Yo estaba levantado. Papá me había mandado dormir, pero yo, a veces, no le hago caso. De pronto lo vi pasar y pensé que iba a regañarte por lo que yo le había contado que hiciste en la tarde. Después pasó mamá, entonces esperé un rato, hasta que oí que gritaban, y cuando llegué... Bueno, si estabas despierto lo oíste todo. Papá... -la voz se quiebra en su garganta- Papá se portó mal con mamá.

Ahora es él quien rehúye la mirada de Lucas, como si le avergonzara pensar que éste había escuchado la escena pasada. Pero Lucas aprieta los labios sin responder, sintiéndose hombre frente a Gonzalo, con la instintiva conciencia de que debe callar, seguir callando aquel secreto torturante que no sabe si es mentira o verdad...
-Yo no sé cómo empezó la pelea. Oí que mamá quería ir a Saint-Pierre y que papá no quería dejarla. Y se puso furioso cuando ella dijo que iría de todos modos a ver al Gobernador y al Mariscal ese... que no sé ni cómo se llama, pero que era amigo de mi abuelo... Y entonces... si lo oíste, ya lo sabes. Tuve que meterme para defender a mamá y papá y yo quedamos peleados. El se fue a caballo y todavía no ha vuelto a la casa. Por eso estoy triste...

Gonzalo ha aguardado una respuesta, un comentario, pero nada responde Lucas, ceñudo y silencioso, por lo que interroga con suavidad,
-¿Tú crees que papá no volverá más? Yo sé que hay hombres que se enojan mucho y se van para siempre de su casa.

-Seguro que vuelve.

-¿Crees que vuelva? ¿De verdad? —exclama Gonzalo, con alegría. Más acto seguido, le invade la preocupación- ¿Pero seguirá peleando con mamá si vuelve? ¿Y a mí, Lucas? A mí, ¿crees que papá no va a quererme más?

-¿Querer... ?

-¿No sabes lo que es querer? ¿Nunca te quisieron? ¿Nunca quisiste a nadie? ¿Ni a tu mamá?

-Yo no tuve...

-Todos tienen. Será que no te acuerdas. Las mamas son muy buenas y cuando uno es pequeño lo cuidan mucho y lo duermen en los brazos. Todos tienen. Hasta los más pobres, los que viven en las barracas. Algunos no se acuerdan, pero todos tuvieron madre... -De pronto se voltea y exclama- ¡Oh! Mira esa gente que viene por allá.

-¡Ahí Sí... parece como que traen un muerto...

-¿Un muerto?

-¿No sabes lo que-es un muerto? ¿Nunca viste un muerto?

-No, nunca lo vi. Pero... eso no es un muerto. .. Es una camilla de ramas. Traen a un hombre acostado.

-Herido o muerto...

-¡Es papá! -casi grita Gonzalo, con el espanto reflejado en su blanco rostro- ¡Es papá!

-¿Qué sucede? -se alarma Sonia.

-Aun vive, señora -responde Paco Miranda, triste pero sereno a la vez- Y mientras hay vida, hay esperanza.

Anonada, derrumbada por la brutal impresión de la noticia, Sonia se ha desplomado sobre los almohadones de un sofá, cubriéndose el rostro con las manos, mientras musita,
-¡Tomas... ¡ ¡Tomas...!

-Desde que le vi salir de esa manera, temí un accidente. Por eso hice que le buscaran por todas partes.

-Pero, ¿qué ocurrió? ¿Cómo fue? -quiere saber, en su angustia, la señora Fernández.

-Supongo que, en su cólera, hizo galopar al caballo hasta desbocarse por senderos muy escarpados. Naturalmente, fueron a dar al fondo de un barranco. Salió loco, ciego de ira... ¡Ni siquiera permitió que le ensillaran el caballo!

-¿Dónde está? ¡Quiero verlo!

-Ahora le traen. Me adelanté para prevenirla, y ya envié un hombre con el caballo más rápido, a traer un médico de la capital. Cayó de una gran altura... ¡Ahí están ya!
-Tomas... Tomas mío, ¿puedes verme? ¿Puedes oirme?
Inclinada sobre el lecho amplísimo, conteniendo con esfuerzo las lágrimas que se agolpan en sus párpados, Sonia Fernández espera con ansia la palabra que puedan pronunciar los labios temblorosos de Tomas; pero es inútil, sólo los párpados se alzan con esfuerzo y la mirada vaga se fija en ella, mirada de un alma que se desprende ya de las ligaduras terrenales -¿Me oyes? ¿Me entiendes? ¡Tomas... Tomas mío!

-Creo que es inútil... -expresa Miranda tristemente.

-¡No... no diga eso! -se desespera Sonia- Ese médico, ese médico que mandó usted buscar, ¿cuándo estará aquí?

-Me temo que tarde bastante. Por desgracia, se ha perdido mucho tiempo. El accidente ha debido sufrirlo hace varias horas ya... Y luego, traerlo hasta aquí...

-Gon…zalo -susurra, con esfuerzo, Fernández.

-¿Eh... ? -Es Sonia que siente aletear en su corazón un hálito de esperanza.
-Gonzalo... -vuelve a murmurar Fernández.

-Ha dicho Gonzalo -comenta Sonia.

-Sí; llama a su hijo -explica Miranda- Lo llama, quiere verle, quiere hablar con él. ¿Dónde está? ,

-¡Gonzalo... hijo! ¡Ven acá!

Sonia ha alzado la voz y ha ido hacia la puerta, donde los dos muchachos, mudos, tensos, cogidos de la mano, contemplan la dolorosa escena, y de un brusco tirón los separa arrastrando a su hijo hasta el lecho del moribundo, cuyos párpados han vuelto a alzarse y en cuyas pupilas tiembla la luz de un ansia, de un anhelo imperioso...
-Aquí lo tienes, y aquí estoy yo también. Tomas mío.

-Gonzalo... vas a quedar en mi lugar...

-No digas eso -interrumpe Sonia-El médico vendrá en seguida y te pondrás. bien.

-Pronto serás tú el amo de esta casa... -Ha hecho un enorme esfuerzo, levantando la cabeza para mirar el grupo que forman, junto a él, el hijo y la madre. Y su mano se alza hasta tocar la frente infantil nimbada de cabellos castaños- Sé que cuidarás de tu madre... que sabrás defenderla cuando yo ya no esté. De eso estoy bien seguro... Pero hay algo más... que quiero pedirte, ¡cuida de Lucas Cuida de Lucas, Gonzalo... quiérelo y ayúdalo... ¡como si fuera tu propio hermano!
-¡Tomas... Tomas! -se angustia Sonia.

-Perdóname, Sonia... y no impidas que Gonzalo cumpla mi última voluntad. ¡Oh.. .!

-¡Señora... Señora!, el médico está llegando... el médico de la capital está llegando -anuncia Bautista, que se acerca presuroso y sofocado-Ya lo vieron salir del desfiladero, ya viene para acá...

-Tarde... tarde... ¡demasiado tarde! -grita Sonia, debatiéndose en las garras de la desesperación.

23 noviembre 2008

Corazon salvaje; Se palpa la tragedia

-¿Ves que bien estás? Pareces otro. Mírate en el espejo -dice Gonzalo a Lucas

-¿El espejo... ?

-El espejo, claro... Aquí. Mírate. ¿No habías visto nunca un espejo?

-Tan grande, no. Es como un pedazo de agua quieta.

-No le pases la mano, que lo empañas -prohíbe Bautista, el criado- ¡Habrase visto el salvaje.. .!

-Déjale en paz. Papá dijo que no lo molestara nadie.

-¿Y quién lo está molestando? Qué más quiere él? Lucas ha retrocedido un paso para mirarse de pies a cabeza en el espejo que tiene delante. Es, efectivamente, como un gran trozo de agua quieta que le devuelve entera su imagen... una imagen en la que parece otro, aunque es la primera vez, en los doce años de su vida, que puede contemplarse como ahora lo está haciendo. Hay un gran asombro de si mismo en la oscura mirada. Aunque tiene la misma edad que Gonzalo Fernández, es bastante más alto; su cuerpo, delgado y musculoso, tiene agilidad de felino; sus manos son anchas y fuertes, casi como las de un hombre; su frente es amplia y altanera, y sus rizados cabellos negros, ahora peinados hacia atrás, la dejan libre, dándole un vago parecido con el señor de Campo Real; la nariz es recta; la boca, firme y apretada en gesto amargo, que haría demasiado duro aquel rostro infantil sin los grandes ojos negros, aterciopelados... aquellos admirables ojos italianos, iguales a los de Gina Bertolozi.

-Ahora, ven para que te vean papá y mamá.

-¿Con el señor...? ¿Con la señora...?

-¡Pues claro! El señor y la señora son papá y mamá.

-Para ti, pero no para éste -interviene Bautista, despectivo- Yo creo que no debes llevarlo al salón.

-¿Por qué no? Papá me dijo que tenía que enseñarle toda la casa, mis libros, mis cuadernos, mis trebejos de pintar, mi mandolina y mi piano.

-Enséñale todo lo que gustes, mas si no quieres disgustar a la señora, 'no lo lleves al salón, ni a su cuarto, ni a donde ella pueda mirarle. ¿Entendiste? Y tú, entiéndelo también, si quieres quedarte en esta casa, no te pongas por delante a la señora.

Solo, en aquella aislada habitación que es a la vez biblioteca y despacho, Tomas Fernández ha vuelto a leer la carta que hundiera, arrugada, en sus bolsillos. La ha leído lentamente, desmenuzándola, deteniéndose en cada palabra, tratando de penetrar hasta el fondo cada una de sus frases. Después va hacia la pared central y, apartando unos libros, busca en el fondo de un estante la puerta disimulada de una pequeña caja de hierro, y arroja allí el papel, como si le quemara las manos.
-¡Eh! ¿Quién anda ahí? -indaga al oír cerrarse, cautelosamente, una puerta.

-Yo, papá.

-Gonzalo, ¿qué haces escondiéndote en mi despacho?

-No estaba escondiéndome, papá. Entraba para darte las buenas noches...

-En todo el día no había vuelto a verte. ¿Dónde estabas?

-Con Lucas...

-Podías haberte acercado con Lucas. ¿Cómo le quedó, por fin, tu traje?

-Como hecho para él. A mí me quedaba grande, muy grande. Lo que no le sirvieron fueron mis zapatos. Se lo mandé decir a mamá con Bautista, mas ella dijo que no importaba que estuviera descalzo. Pero eso es feo, ¿verdad?

-Sí, muy feo. ¿Dónde está ahora Lucas?

-Lo mandaron acostarse.

-¿Dónde...?

-En el último cuarto del patio de los criados -explica el muchacho, en tono compungido- Bautista dijo que así lo mandaba mamá.

-¡Ya! ¿Y por qué no te acercaste a mí en todo el día?

-Porque andaba con Lucas, y Bautista dijo que mamá no quería que Lucas se le pusiera por delante. Y como tú has estado todo el día con mamá... Claro que tú me habías mandado llevarlo por toda la casa, mas como dijo eso Bautista... ¿Hice mal?

-No. Tienes que obedecer a tu madre, como es natural.

-¿Y a ti no?

-A mí más que a nadie -contesta Fernández, tajante- Mañana nos pondremos de acuerdo tu madre y yo. Ahora, ve a acostarte. Buenas noches...

-Buenas noches, papá.

-Aguarda... ¿Qué te parece Lucas?

-Me encanta.

-¿Te has divertido con él? ¿Has jugado? ¿Le has enseñado tus cosas?

-Si, pero no le gustaron. Estaba muy serio y muy triste. Después salimos al jardín... nos fuimos más allá, y entonces comenzó lo bueno, Lucas sabe montarse en los caballos sin ensillarlos, y tirar piedras, tan fuerte y tan alto, que alcanza a los pájaros que van volando... Y caza lagartijas y sapos. Cogió viva una serpiente con una horqueta que hizo de un palo, y le dio vuelta y la metió en una caja. Y no lo mordió, porque él sabe cómo agarrarla. Me dijo que si tuviéramos un bote iba yo a ver cómo se pesca... porque él sabe tirar las redes y sacar peces.

-Me lo imagino. Supongo que ése fue su oficio.

-¿De veras, papá? ¿No es mentira que él puede andar solo en un bote por' el mar?

-No es mentira... pero sigue contándome. ¿Qué más pasó con Lucas?

-Se burlaron de él en la barranca porque andaba descalzo y con mi traje de paño azul... Le dio una trompada al que estaba más cerca, el cual era más grande que él, y lo tiró de espaldas. Los demás se fueron. Pero no vas a castigarlo, ¿verdad, papá?

-No. Hizo lo que me gustaría que tú hicieras si se rieran de ti alguna vez.

-Pero de mí no se ríe nadie... Se quitan el sombrero cuando paso, y si los dejo, me besan la mano.

Fernández se ha puesto de pie con gesto extraño. Ha acariciado la morena y lacia cabellera de su hijo; lo empuja suavemente hasta la puerta del despacho y lo despide,
-Vete a dormir, Gonzalo. Hasta mañana.

Tomas Fernández ha cruzado su enorme casa, llevando en la mano una pequeña lámpara de petróleo, ha atravesado el patio de los criados hasta llegar a la entornada puerta de aquel último cuarto, donde sobre un jergón de paja, rendido por las duras emociones del día, duerme el pequeño Lucas.

Un instante alza la luz, iluminándolo. Mira el pecho desnudo, la cabeza bien formada, el rostro de nobles y regulares rasgos... Así, con, los ojos cerrados, parece borrarse en él el parecido maternal, y los duros rasgos de la raza paterna destacan en el rostro infantil...-¡Hijo! ¿Hijo mío...? ¡Quizás... Quizás... ¡ Una duda sutil y penetrante, una duda que al brotar parece romper en su corazón algo duro y frío, subiéndole del pecho a la garganta, como puede subir la lengua quemante de una llama, ha inundado el alma de Tomas Fernández. Solo, contemplando a aquel niño que duerme, ha sentido por fin el impulso buscado en vano desde antes... Puede que Bertolozi no mintiera, puede que fueran verdad sus últimas palabras... Y, por primera vez, no es un sentimiento indefinible, mezcla de curiosidad y rencor, lo que le llena el alma. Es como un hondo orgullo, como una profunda satisfacción, un violento deseo de que, en verdad, sea de su propio tronco aquélla rama robusta, ruda y audaz, síntesis ardiente de su espíritu de aventura y de combate. Cualquier hombre podría estar orgulloso de pensar hijo suyo a aquel muchacho extraordinario, endurecido como un hombre frente a la desgracia, y la pregunta se hace afirmación en sus labios,
-¡Hijo mío! ¡Sí! ¡Hijo mío...!

Con emoción que le hace temblar, descubre los rasgos iguales, la frente recta y altanera, las cejas anchas y pobladas, el enérgico mentón cuadrado y duro, los largos brazos musculosos, el pecho alto y ancho... y, por contraste doloroso, piensa en Gonzalo, castaño y frágil, aun cuando brilla en sus ojos claros la mirada de una inteligencia superior; en Gonzalo, tan igual a su madre, heredero legal de su fortuna y su apellido, su único hijo ante el mundo...

-¡Tomas! -le interpela Sonia con voz alterada, penetrando en el humilde recinto

-¿Qué pasa? ¿Qué haces aquí? ¿Qué significa esto?

-Soy yo el que puedo preguntarte -dice Fernández, rehaciéndose de la sorpresa- ¿Qué significa esto, Sonia? ¿Por qué no estás ya descansando?

-¿Puedo acaso descansar, cuando tú...?

-Cuando yo, ¿qué? ¡Acaba!

-Nada... pero quisiera saber desde cuándo vas tú, con una lámpara, comprobando y velando el sueño de los criados.

-¡No es un criado!

-¿Qué es? ¡Dilo de una vez! ¡Dilo¡

-¿Eh? ¿Qué? -es Lucas que despierta a causa de las alteradas voces- El señor Fernández... La señora...

-No te muevas... quédate donde estás... Duerme... descansa... y mañana ve a buscarme en cuanto te levantes -le aconseja Fernández.

-¡Para que me hagas el favor de llevártelo de esta casa!

-¡Calla! ¡No vamos a hablar delante del muchacho! Bruscamente la ha tomado del brazo, obligándola a salir al patio, encendidos los ojos con aquel arrebato de cólera violenta que le es tan peculiar, y con ira a duras penas contenida, la acusa,
-¿Es que has perdido el juicio, Sonia?

-¿Crees que me falta razón para perderlo? -se exalta Sonia- ¿Crees que no tengo motivos para estar desesperada? ¡Estabas ahí, viéndole dormir, contemplándole como nunca miraste a nuestro Gonzalo!

-¡Basta, Sonia, basta...!

-¡Ese niño es tu hijo! No puedes negarlo. Es tu hijo. Tu hijo... y de alguna de esas perdidas con las que siempre me has engañado. ¿De qué charca lo sacaste para traerlo a mi hogar, para darlo por compañero a mi hijo?

-¿Vas a callarte?

-¡No! ¡No me callaré! ¡Que me oigan los sordos! ¡Porque no voy a tolerarlo! ¡Es hijo tuyo y no lo quiero aquí! ¡Sácalo de esta casa! ¡Sácalo, o seré yo la salga con mi hijo!

-¿Quieres dar un escándalo?

-¡No me importa! ¡Saldré para Saint-Pierre! El Gobernador. ..

-¡El Gobernador no hace sino lo que a mí me de la gana! -asegura Fernández bajando el tono de voz, que lo vuelve más amenazador- ¡Vas a hacer el ridículo!

-El Mariscal Pontmercy fue amigo de mi padre, conoce a mis hermanos... ¡El tendrá que ampararme! ¡Porque yo...!

-¡Calla! ¡Calla!

-¡Papá.. .! ¿Qué le haces a mamá...? -grita Gonzalo, acercándose angustiado.
Fernández ha soltado el cuello blanco que ya locamente apretaban sus manos; ha retrocedido tambaleante, mientras su hijo le hace frente con impulso fiero,
-¡No la toques! ¡No le hagas daño, porque yo... yo...!

-¡Gonzalo! -reprende Fernández.

-¡Yo te mato si tú le pegas a mamá!

Fernández ha retrocedido aun más, apagada de pronto su rabia, totalmente desconcertado... Un momento mira sus manos que llegaron hasta el cuello de Sonia, luego; bruscamente, vuelve la espalda y se pierde entre las sombras...
-¡Gonzalo!... ¡Hijo!.... -exclama Sonia, rompiendo a llorar.

-Nadie te hará daño, mamá. Nadie va a hacerte nunca daño. Al que te haga daño, ¡yo lo mato!

22 noviembre 2008

Corazon salvaje; Sonia Fernández

-¡Mama, mamaita! por ahí viene ya papá. ¡Por ahí viene...

Brillantes los ojos de alegría, un momento encendidas por la emoción las mejillas, habitualmente pálidas que enmarcan los lacios cabellos negros, un muchacho como de doce años ha entrado en la alcoba de la señora Fernández, que abre los ojos, incorporándose lentamente en la amplia hamaca en que descansa.
-¿Ya? ¿Es posible? ¡Pero si no lo esperaba yo hasta el sábado! .

Sonia Fernández tiene una belleza delicada y frágil... grandes ojos de color turquesa, cabellos castaños, suaves y lacios como los del muchacho, y, como éste, pálidas mejillas de color ámbar.

En un momento ha desaparecido su gesto doliente ante la noticia que acaba de traerle su hijo. Y ya de pie, da unos pasos apoyándose en los delgados hombros de éste.
-¿Estás seguro que es tu papá quien llega?

-Pues claro, mamá, Sebastián vino corriendo a avisar. Dice que desde lo alto de la loma vio a papá en su caballo blanco, y detrás los tres coches de la caravana. A lo mejor vienen llenos de regalos...

-¿Para ti?

-Para ti, mamaíta. Si ha llegado barco de Francia, papá te traerá de todo, telas de seda, perfumes, bombones y todas esas cosas que siempre te trae. Yo le pedí un reloj de bolsillo. ¿Me lo traerá?

-Seguramente, hijo. Pero llama a mis doncellas... A Isabel, a Ana... a la primera que encuentres. Tengo que peinarme, que vestirme...

-¡Señora, señora...! Dicen que el señor está llegando para acá -exclama Ana, la doncella, irrumpiendo en la alcoba.

-¿Tú ves? ¿Tú ves, mamaíta? ¡Ya está aquí!

-¡Jesús! Ayúdame a peinarme Ana. De cambiarme de ropa no hay tiempo, pero...

-La señora está, como siempre, linda y arreglada. No miente la doncella mestiza. Como siempre, la señora Fernández está impecable. Un fino traje blanco adornado con amplios encajes, medias de seda, zapatos de tacón Luis XV y un fino aderezo con el que muy bien podría presentarse en cualquier centro elegante de su tierra natal. Sin embargo, sólo está en la gran casa, centro de las plantaciones de Campo Real, mansión enorme y sólida, de amplísimas estancias suntuosas, grandes lámparas y pisos brillantes como espejos; tan lujosa, tan señorial, con sus lunas de Venecia y sus consolas doradas, que resulta anacrónica en el corazón de aquella isla americana, tórrida y salvaje; pero es digna morada ,de la frágil dama que avanza paso a paso sobre el pulido parquet, una mano apoyada en el brazo de su doncella favorita, otra sobre la adorada cabeza de aquel hijo único tan extraordinariamente parecido a ella.

-¡Ahí está papal -grita el muchacho, alejándose alborozado. Ha corrido al encuentro del jinete que ya se detiene frente a la entrada principal y desmonta de un salto del brioso caballo, arrojando las riendas a la media docena de sirvientes que han acudido para atenderle y saludarle. Y desde la semipenumbra de la ancha galería, Sonia Fernández contempla, con ojos de celosa enamorada, la figura varonil, altanera y gallarda, ante la que todos se inclinan, porque él amo de Campo Real es soberano indiscutible de la tierra que pisa.

-¿Me trajiste el reloj, papá?

-No hijo. No tuve tiempo de buscarlo.

-¿Y la caja de colores? ¿Y las cuerdas para mi mandolina?

-Lo siento, pero en este viaje no hubo tiempo para buscar nada.

-Tomas... -murmura Sonia, acercándose a su esposo.

-Sonia... ¿cómo estás? -indaga Fernández, afectuoso y tierno.

-Como siempre... Pero dejemos mis achaques. ¿Cómo es que has regresado tan pronto? Todavía no te esperábamos...

-Supongo que no te disgusta el que haya adelantado mi regreso -contesta Fernández en tono jovial.

-¿Disgustarme? ¡Qué cosas dices! Es una sorpresa gratísima; pero una sorpresa, al fin y al cabo. ¿Qué pasó? ¿No llegó la fragata que esperaban? ¿Suspendieron las fiestas preparadas en honor del Mariscal Pontmercy? ¿O acaso le traes tú?

-¡Oh, no, no! Ni siquiera he visto al Mariscal Pontmercy.

-¿Qué ha pasado? ¿Alguna desgracia? El tiempo ha estado terrible estos últimos días...

-No, ninguna desgracia. La fragata entró sin novedad y las fiestas deben estarse celebrando.

-Pero...

-No me interesó quedarme a ellas, Sonia. Eso es todo.

-Pensé que te agradaría departir con un compatriota ilustre. Seguramente traerá cosas interesantes qué contar. Podríamos tener noticias...

-¿Chismes de salón o intrigas políticas? ¿Para qué puede servirnos aquí, querida? Estamos a siete mil millas de Francia y hasta el sol nos alumbra a distintas horas.

-No por eso podemos olvidar a nuestra patria -le reprocha Sonia.

-Mi patria es ésta, querida. Porque aquí está mi casa, está mi hijo y estás tú. En esta isla, que sólo para tu salud ha sido inhospitalaria. ¿Pero no sientes curiosidad en ver lo que te traigo?

-Se ha vuelto hada el macizo de flores que envuelve la escalinata, entrada principal de aquella mansión, donde acaban de detenerse los tres carruajes que forman la caravana que le seguía. Uno totalmente vacío, del otro descienden ya sus servidores particulares, y del tercero, que es el más próximo baja Paco Miranda casi arrastrando al hosco muchacho que ha sido su compañero de viaje. Las finas cejas de la señora Fernández se juntan en un gesto de extrañeza que es casi, casi de disgusto, al comentar,
-Paco Miranda... ¿Pero a quién trae?

-A alguien que puede entretener tus ratos de ocio y los de nuestro hijo Gonzalo -explica Fernández.

-¡Un muchacho! -salta, alegremente Gonzalo- ¡Me trajiste un amigo, papá!

-Justamente. Has dicho la palabra exacta. Te he traído un amigo. Me agrada mucho que lo hayas entendido en el primer momento. Un amigo, un compañero....

-¿Pero qué estás diciendo. Tomas? -interrumpe Sonia, con disgusto reprimido.

-Traiga usted a Lucas, Miranda -le indica a éste, Fernández.

-Señora Fernández -saluda Paco Miranda, aproximándose- es un gran honor para mí el poder presentarle mis respetos. -Luego, dirigiéndose a Gonzalo, exclama- ¡Hola, buen mozo!

-Buenos días, señor Miranda -corresponde Gonzalo.

-Este es Lucas... -explica Fernández, presentándolo.

-¿Lucas? ¿Lucas qué? -quiere saber- Sonia.

-Por el momento, Lucas a secas. Es un huérfano desamparado, para el que espero no falte un rincón en esta casa tan grande.

-Lucas... a secas, ¿eh? -recalca Sonia, con retintín.

-También me llaman Lucas del Diablo -aclara el hosco muchacho, imperturbable.

-Jesús, María y José -se escandaliza la doncella persignándose.

Hay un momento de estupor general, y también alguna risa ahogada, cuando Miranda, mundano, interviene,
-Excúselo, señora. El diamante todavía está sin tallar.

-Ya lo veo... Y sin separarlo de la broza -dice Sonia, en tono mordaz- Los caballeros son una verdadera calamidad. A ninguno de los dos se les ha ocurrido bañar a este muchacho antes de meterlo en el coche.

-Es un olvido que puede remediarse -explica Fernández, conteniendo su manifiesto disgusto- Hazte cargo de él, Ana. Llévalo al baño, arréglalo, péinalo y ponle ropa limpia de Gonzalo.

-¿De Gonzalo? -se extraña Sonia.

-No creo que ya pueda usar la mía.

-Ni cabe en la de mi hijo.

-Todo puede compaginarse -interviene Miranda, conciliador- Seguramente no faltará ropa de alguien, que pueda servirle.

-La negra Paula es la encargada de la ropa de los jornaleros -aclara despectiva la señora Fernández- Pídele una camisa y unos pantalones para este muchacho Ana.

-Yo tengo un traje que me queda grande, mamá -ofrece Gonzalo- Todavía no lo he estrenado, precisamente por eso, Es el de paño azul...

-Lo mandaron de regalo tus tíos desde Francia -se opone Sonia con creciente disgusto.

-Se lo ha ofrecido de buena voluntad -comenta Fernández en tono suave, pero con determinación- No le cortes el impulso generoso Sonia; Nuestro Gonzalo tiene ropa para vestir a diez muchachos. Ve con Lucas y con Ana, hijo, y piensa que, para él éste es un mundo nuevo por el que tú vas a guiarlo -Volviéndose a su esposa le suplica con amabilidad- Tú ven conmigo, querida. Yo también voy a ponerme un poco más presentable -Y alzando la voz, llama al criado- Bautista... Lleva al señor Miranda a la habitación que suele ocupar y encárgate de que nada le falte.

-Por mí no se molesten -se disculpa Miranda- Me considero de la casa.

-Y lo es. Dentro de media hora, Sonia nos hará servir un aperitivo que tomaremos juntos antes de sentarnos a la mesa, ¿verdad? Hoy te veo muy bien, tienes muy buena cara Sonia... Seguramente podrás acompañarnos y será un gran placer para nosotros La mesa es otra cuando tú nos acompañas...

Ha salido Paco Miranda, seguido por el criado, y quedan solos los esposos Fernández. Sonia no puede ocultar los celos que le corroen el alma, al preguntar,
-¿Quién es ese muchacho?

-Sonia querida, cálmate...

-Y tú respóndeme... ¿Quién es ese muchacho? ¿De dónde lo sacaste y para qué le has traído aquí? ¿Por qué no me contestas?

-Voy a contestarte, pero por partes. Se llama Lucas y es un huérfano...

-Eso ya lo dijiste -le interrumpe Sonia, nerviosa-, y es lo único que sé. Se llama Lucas del Diablo... una respuesta bastante insolente de su parte, cuando nadie le preguntaba nada.

-No hay insolencia en su respuesta, Sonia. Se trata del apodo que seguramente le daban los pescadores, por el lugar en que estaba ubicada la cabaña de sus padres.

-¿Qué lugar era ése?

-Bueno... cerca de lo que llaman el Cabo del Diablo -Fernández intenta restarle importancia- Hay allí una aldea de gentes muy humildes, muy pobres, que remiendan redes y componen barcos. Entre esa pobre gente...

-Entre esa pobre gente hay muchos huérfanos, hay muchos muchachos mendigos y miserables en los arrabales de Saint-Pierre. Jamás se te ocurrió traer a ninguno, y mucho menos dárselo a tu hijo como amigo... como hermano, diría yo.

-¡Sonia!

-¡Es la forma en que has traído a ese pordiosero! -exclama Sonia, arrebatada ya por la ira- Y creo que tengo derecho a preguntarte ¿por qué lo traes así? ¿Qué tienes tú qué ver con él? ¿Por qué no puede vestirse con ropa de los jornaleros, y pretendes que estrene los trajes de Gonzalo? ¿Por qué ha de ser nuestro hijo quien tiene que darle la bienvenida, y es en esta casa donde hemos de encontrarle un rincón, habiendo cien barracones de jornaleros donde siempre cabe uno más?

-Siempre te tuve por mujer de nobles y generosos sentimientos cristianos, Sonia.

-No me falta la caridad para tos desgraciados, y más de una vez te pareció excesiva.

-Cuando se trataba de desmoralizar a los que son mis servidores, a los que por fuerza tengo que hacer que me conozcan como señor y amo. No puede manejarse una hacienda, que es como una provincia, sin el respeto absoluto a una autoridad, sin disciplina y sin castigos que obliguen a respetarla. Por eso discutimos en más de una ocasión. En este caso…

-En esté caso, todo es diferente. Lo sé, lo veo y lo palpo. No es una obra de caridad lo que estás haciendo. Es una obra de reparación. Ese muchacho te importa por ti mismo. Te importa mucho... demasiado...

-Pues bien, Sonia... Sí... Voy a decirte la verdad. Ese muchacho es el hijo de un hombre con el que yo me porté mal. Un hombre que se arruinó por culpa mía. Ha muerto dejándolo en la más espantosa miseria. Creo un deber de conciencia ampararlo -Duda un momento- ¿Qué pasa? ¿Por qué me miras de ese modo? ¿Es que no me crees?

-Me parece muy extraño. Has arruinado a muchos, y no trajiste sus hijas a casa... Mejor cabría pensar la historia de otro modo. ¡Ese muchacho es el hijo de una mujer a la que tú has amado!

Con esa acusación recta y precisa, como un venablo disparado contra la fría coraza de indiferencia con que en vano pretende revestirse Tomas Fernández, han ido las palabras de Sonia dando justamente en el blanco. Por un momento ha pareado a punto de estallar en uno de sus arranques de violenta cólera. Luego, lentamente, se ha dominado, porque aquella mujercita morena y frágil, doliente como una flor de estufa, es la única persona que parece tener la facultad de amansar en él los ímpetus bravíos, de resolver sus tormentas en una sonrisa o en un gesto ambiguo que cuaja después en forzada actitud galante.
-¿Por qué te empeñas en pensar siempre lo que más pueda mortificarte?

-Pienso mal para acertar... y acierto, por desgracia.

-En este caso, no.

-En este caso más que en ninguno. ¿De qué amor es el fruto esa criatura? ¿Por qué no tiene nombre? Ese hombre a quien arruinaste, a quien quieres satisfacer recogiéndole el hijo, ¿qué apellido tenía? ¿Cómo se llamaba?

-Bueno, el caso es que el muchacho es hijo natural de este hombre de que hablo, que no llegó a darle el apellido... Se descuidó, son cosas que pasan. Al prometerle hacerme cargo de él, tranquilizaba, además, su conciencia. Y no querrás que falte a la promesa que hice a un hombre que murió bendiciéndome, sólo porque en esa linda cabecita le ha entrado una idea tan descabellada como la que acabas de manifestar.

-No vas a ablandarme con historias sentimentales...

-Entonces tendré que concretar las cosas, he prometido, he jurado ayudar al muchacho... No creo que pueda molestarte en lo más mínimo. Yo mismo me encargaré de educarlo...

-¿Cómo a otro hijo...? -insinúa amargamente Sonia.

-Como un amigo y leal servidor de Gonzalo -corta tajante Fernández- Le enseñaré a quererlo, a defenderlo, a prestarle su ayuda y su protección cuando llegue el caso.

-¿Su protección?

-¿Por qué no? Nuestro hijo no es fuerte ni audaz.

-Me lo echas en cara como si yo fuera la culpable.

-No, Sonia, no quiero llevar esta discusión adelante, pero si hemos de considerar la verdad, nuestro hijo, por un exceso de cuidados y mimos de tu parte, no es lo que debiera ser para las luchas y responsabilidades que caerán sobre él el día de mañana. Ya te lo dije antes, le falta valor, fuerza, audacia. Tiempo es que comience a adquirirlas cuanto antes

-Mi hijo irá a educarse a Europa. No quiero que se haga hombre en este medio salvaje.

-Tengo para él proyectos contrarios, quiero que se haga hombre aquí, que conozca a fondo el terreno en que ha de desenvolverse, que sepa gobernar, el día de mañana, el pequeño reino que voy a legarle. Si hubiéramos tenido una niña, serías tú la que dijeras sobre ella la última palabra, Gonzalo es un muchacho y necesito que se haga un hombre. Por eso hablo y mando.

-¿Y ese chiquillo que trajiste...?

-Ese chiquillo es casi un hombre ya, y servirá a las mil maravillas para mi empeño. Me encargaré de enseñarle que todo se lo debe a Gonzalo y que es su deber dar la vida por él si es preciso. ¡Esa será mi venganza!

-¿Venganza de qué?

-Del destino, de la suerte, o como quieras llamarle. Te ruego que no hablemos más del asunto, Sonia. Déjame a mí arreglar las cosas.

-¡Júrame que lo que me has dicho es verdad!

-Puedo jurártelo. No te he dicho nada que sea mentira. Además, no estoy haciendo nada con carácter definitivo. Sólo trato de darle al muchacho una oportunidad de probar que vale la pena ayudarlo. De lo que él me demuestre ser, dependerá su porvenir. Si tiene en las venas la sangre que dice que tiene, sabrá demostrarlo.

-¿Qué sangre?

-¿Dan ustedes su permiso? -Es Paco Miranda, que llega en el preciso instante en que la situación se hace ya insostenible entre los esposos.

-Adelante, Miranda -invita Fernández, aspirando profundamente y agradeciendo en su fuero interno la llegada de su amigo- Llega usted en el momento oportuno de que tomemos ese aperitivo de que hablé antes. No te molestes Sonia. Yo mismo ordenaré que lo traigan -Y al decir esto se aleja, dejando solos a Sonia y a Miranda.

Sonia ha hecho un vago ademán de detenerle, tensa el alma en la respuesta no obtenida a sus últimas palabras, pero queda inmóvil, turbada por aquella mirada con que Paco Miranda parece envolverla, adivinando hasta sus más recónditos pensamientos.

-A veces vale más no ahondar demasiado en las cosas, ¿verdad? Admitir, sin profundizar demasiado, que hasta los mejores hombres tienen, caprichos, debilidades y cometen errores lamentables, que con un poco de indulgencia pueden disimularse, evitando males mayores.

-¿Qué trata de decirme, señor Miranda?

-En concreto nada, señora. Hablaba por hablar, como hablo muchas veces; pero mientras cruzaba esta preciosa casa, para acercarme aquí, pensaba que son ustedes un matrimonio realmente dichoso y que conservar esa felicidad merece cualquier pequeño sacrificio de amor propio.

-¿Para qué me está preparando Miranda?

-Para nada, señora... ¡qué ocurrencia! Es usted demasiado sensata para necesitar de un consejo mío, mas si por casualidad me preguntara cuál es en mi opinión la mejor forma de llevarse con el señor Fernández, yo le respondería que esperara. Mi padre, que fue notario de los Fernández, en Francia, me decía siempre, "La cólera de un Fernández es como un huracán, violenta, pero pasajera". Oponerse a ella en el momento del arrebato, es una verdadera locura. Pero pronto pasa, y entonces es el momento de reparar lo que destrozaron...

21 noviembre 2008

Corazon salvaje; La muerte de Bertolozi.

La tormenta ha amainado. El mar está casi tranquilo, y un viento fresco, casi frío, llega con la proximidad del alba, barriendo las nubes.

El frágil bote, que resistió la tempestad, encalla en la arena de una profunda grieta, tallada en la roca viva por los golpes del mar, y otra vez salta el muchachuelo metiéndose en el agua para sacar a tierra la barquilla, dejándola a salvo. Luego, sus pies descalzos, endurecidos por la intemperie, trepan por los peñascos afilados, primero con agilidad de felino, después más lentamente, como si no quisieran llegar hasta el lugar a donde van... Ya en lo alto del farallón de rocas, parece como si fuesen de plomo... se detienen a cada instante, tiemblan como si fueran a tomar otro rumbo, y al fin llegan hasta el hueco sin puerta, entrada de la mísera cabaña que es la única habitación, humana en el Cabo del Diablo.
Una voz de enfermo, cargada de rencor, pregunta:
-¿Quién es?

-Soy-yo, Lucas...

-¡Lucas del Diablo!

Del camastro donde yace, con febril esfuerzo se ha incorporado un hombre que más parece, un despojo humano: la piel sobre los huesos; las mejillas hundidas; sucios, crecidos y revueltos el cabello y la barba... la boca, un hueco crispado de dolor... por vestidos, unos sucios andrajos. Inspiraría compasión profunda si no fuese por su mirada: ardiente, audaz, desafiadora, cargada de odio, relampagueante de rencor, como cargadas de odio y amargura suenan cada una de sus palabras.
-¿Y el perro que te mandé buscar? ¿Viene contigo? ¿Dónde está? ¿Dónde está el maldito Tomas Fernández? ¡Corre... llámalo! Tráelo, dile que pase... ¡Un poco más y no puedo aguardarle!

-No vino conmigo- se excusa el muchacho.

-¿No...? ¿Por qué? ¿No hiciste lo que te dije, maldito? ¿No llegaste a su casa? No me obedeciste, ¿eh? Ahora verás...

Ha tratado de levantarse, pero cae de nuevo sin fuerzas, para quedar inmóvil, extenuado, los ojos vidriosos... El muchacho le mira impasible, sé acerca paso a paso, con una expresión extraña en sus profundos ojos altaneros, y afirma:
-Si; llegué a su casa...
.
-¿Y le diste la carta?

-Sí, señor, en la mano.

-¿Y no vino después de leerla?

-No la leyó. Dijo que no conocía a nadie que se llamara Bertolozi...

-¿Dijo eso el perro?

-Y se fue en coche a una fiesta donde lo estaban esperando.

-¡Maldito! ¿Y tú qué hiciste entonces? ¿Qué hiciste?

-¿Qué iba a hacer? Nada.

-¡Nada... Nada! Sabes que me estoy muriendo, sabes que necesito que venga, ¡y no haces nada! ¡Tenías que ser quien eres…

-¡Pero, padre...! —suplica el muchacho.

-¡No soy tu padre! ¿Cuántas veces tengo que decírtelo? No soy tu padre. ¡Cuando esa maldita volvió a buscarme, cuando vino a buscar mi amparo, ya te traía en los brazos. ¡No eres hijo mío! Si ella, además de engañarme, me hubiera robado un hijo mío, yo la habría matado. Pero no, volvió con el hijo de otro, con el hijo de ese canalla... ¡contigo!

-¿Hijo de quién?

-¿De quién... ¿de quién? ¿Quieres saberlo? Para decírselo, lo mandé llamar. Hijo de él, de ese, del que se iba en coche a una fiesta mientras yo veo acercarse a la muerte. Del que me lo quitó todo, del que me lo robó todo, para darme, en cambio, a ti.

-¡No entiendo... no entiendo!

-¡Pues entiéndelo! Ese señor que te volvió la espalda, ese señor que te dijo que no me conocía... ¡es tu padre!

-¿Mi padre... ¿Mi padre...? -balbucea el muchacho en el paroxismo de la sorpresa.

-Pero no te preocupes... tampoco te conocerá ¡Qué asco!

-Señor Bertolozi... repítame eso. ¿Mi padre...? ¿Dijo usted que mi padre...?

-Tu padre es Tomas Fernández. ¡Díselo a todo el mundo, grítalo en todas partes! Tu padre es Tomas Fernández... A él le debes toda tu desgracia. Le debes la miseria, le debes la vergüenza, le debes tu desnudez y tu hambre...Le debes el insulto que han de echarte a la cara cuando seas hombre, porque él manchó a tu madre! Todo eso le debes... Y ahora, cuando lo llamo porque me estoy muriendo, porque vas a quedarte solo, se va a una fiesta donde lo están esperando -Un sollozo se quiebra en su garganta, dejando paso a la ter¬nura- i Lucas... Lucas, hijo mío...!

-¡Señor...!

-Te aborrezco porque eres hijo suyo, pero hay algo con lo que puedes limpiarte, lavarte esa mancha... Cuando seas hombre, busca a Tomas Fernández y haz lo que yo no hice, lo que no tuve el valor de hacer, mátalo. ¡Mátalo! -Y como si en estas palabras hubiese puesto el último hálito de su vida, cae desplomado al suelo.

-¡Señor... señor, señor ¡Respóndame! -Lo ha sacudido en vano. ¡Andrés Bertolozi no responderá más!

Nadie en la costa; nadie en la honda grieta, entrada de la estrecha playa; nadie en los imponentes farallones de rocas en los que rudamente se estrella el mar; nadie en lo alto del promontorio del Cabo del Diablo; nadie en todo cuanto su vista inquisitiva alcanza... Ni alma viviente ni habitación humana... Sólo una cabaña miserable al amparo del negro promontorio que se adentra en el mar: el Cabo del Diablo.

Bien puesto tiene el nombre el abrupto paisaje, ahora más desolado bajo los espesos nubarrones grisáceos que envuelven las montañas... tan bajos, tan cerca de la tierra, como si quisieran también tragársela. Con paso firme. Tomas Fernández va hacia aquella cabaña y llama con estentórea voz:
-¡Bertolozi!

El nombre suena hueco en la desnuda estancia sin puertas, sin ventanas, sin muebles casi... En el camastro se halla la forma rígida de un cuerpo que se destaca bajo una sábana, increíblemente limpia en aquel lugar... Impresionado, Fernández musita:
—Bertolozi...

De un tirón ha bajado un poco la sábana para ver aquel rostro en el que la muerte puso ya su máscara, y apenas puede reconocer en él al hombre Joven, sano y arrogante, que fue su rival... Hay manchones de canas entre los revueltos cabellos oscuros, entre la espesa barba que cubre las mejillas adelgazadas, y hay también una sombra de suprema paz sobre los párpados cerrados...

Estremeciéndose, Tomas Fernández cubre aquel rostro, y retrocede un paso. ...
Ha llegado tarde, demasiado tarde... Aquellos labios lívidos ya no le entregarán el secreto que guarda... Callan para siempre... Pero la mano de Tomas Fernández palpa nerviosamente en sus bolsillos y extrae el arrugado sobre de aquella carta que aun no ha leído... La guardó como puede guardarse un veneno, un arma, una dormida sierpe emponzoñadora. Pero ahora, frente a aquel cadáver, rasga el sobre y da un paso hacia la ventana sin hojas, por la que penetra la luz lechosa del día que nace...

"Con mis últimas fuerzas te escribo, Tomas Fernández, y te pido que vengas a mi lado. Ven sin miedo... No te llamo para intentar una venganza. Es tarde para que yo me cobre en sangre todo el mal que me has hecho y que le hiciste a ella. Eres rico y feliz, amado y respetado, mientras yo, hundido en la abyección y en la miseria, miro llegar la muerte como la única liberación posible. No he de repetirte cuánto te odio. Tú lo sabes. Si te matase con el pensamiento, te habría aniquilado; pero sólo yo mismo me he consumido poco a poco en la hoguera de este rencor que me cubre el alma..."

Por un instante. Tomas Fernández ha interrumpido la lectura para contemplar la forma rígida que destaca bajo el lienzo blanco, sintiendo que la angustia le invade, que le es difícil respirar bajo el techo de aquella cabaña donde todo pa¬rece rechazarlo, y otra vez vuelven sus ojos a la lectura...

"Me mata el odio más que el alcohol, más que el abandono. Y por odio he callado durante muchos años. Hoy quiero decirte algo que acaso pueda interesarte. Esta carta la pondrá en tus manos un muchacho. Tiene doce años y nadie se ocupó jamás de bautizarlo. Yo le llamo Lucas, y los pescadores de la costa le dicen algo más: Lucas del Diablo... Poco tiene de ser humano. Es una fiera, un salvaje... Lo crié en el odio... Tiene tu corazón malvado, y yo he dado, además, rienda suelta a todos sus instintos. ¿Sabes por qué?" Voy a decírtelo por si no te decides a venir a escucharme: Es tu hijo..."

La carta ha temblado en sus manos... Con ojos agrandados de angustia mira a todas partes, pero los renglones desiguales le atraen como letreros de fuego, y bebe de un sorbo él resto de veneno de aquellas palabras...

"Si lo tienes delante, míralo a la cara... A veces es tu vivo retrato... Otras, se parece a ella... A ella... la maldita... Es tuyo... Tómalo... Tiene el corazón envenenado y el alma dañada de rencor. No sabe más que aborrecer... Si lo llevas contigo, será el peor castigo que puedas tener... Si lo abandonas, será un asesino, un pirata, un salteador de caminos, que acabará en la horca... Y es tu hijo... Tiene tu misma sangre. .. ¡Esa es mi venganza!"

Pálido de espanto primero, rojo de indignación un instan¬te después, Tomas Fernández ha estrujado aquella carta, último mensaje de su rival vencido, de su enemigo inmóvil para siempre ya; triunfador en la muerte, tanto como en la vida fue derrotado... Con súbito impulso de irrefrenable cólera, ha ido hasta el camastro, descubriendo el rostro del Cadáver, y le espeta, tembloroso de horror y de rabia:
-Mientes! ¡Mientes! ¡Esto no es verdad! ¿Por qué no me esperarte con vida para obligarte a confesar! ¡Embustero! ¡Cobarde! ¡Como siempre fuiste, tenías que portarte, hasta el final! ¡Cobarde, si... cobarde! Jamás me buscaste cara a cara... Jamás, como hombre, me pediste cuentas... Y ahora... ¿por qué no estás vivo? ¿Por qué no me aguardaste? -Ha retrocedido tambaleándose, cegado por un vaho rojo que forma en torno suyo como una atmósfera de irrealidad- ¡Eres el más vil de los embusteros, pero no vas a alcanzarme con tu torpe venganza! ¡No! ¡No!

-¡Señor Fernández! -llama, suave, la voz de Paco Miranda

-¡Eso no es verdad! ¡Eso no es verdad!

-¡Fernández -insiste Miranda, acercándose- ¡Fernández!

-¡Cobarde... Canalla...!

-Amigo mío... ¿pero está usted loco?

-¿Eh? ¿Qué? -reacciona, por fin, Fernández. Está usted enfermo, trastornado... Vuelva a la realidad... -Miranda... Amigo Miranda...

-Cálmese, por favor... Cálmese...

Tomas Fernández se ha contenido con tremendo esfuerzo, alejándose del camastro donde yace el cadáver, mientras Paco Miranda se acerca respetuoso.
-Es un embustero... ¡Un embustero y un canalla...! -sentencia Fernández con voz sorda.

-Ya no es nada, amigo mío, sino un triste despojo. Déjelo, y vamos...

-¿Cómo está usted aquí? -interroga Fernández, saliendo del marasmo de su estupor.

-Me pareció conveniente venir a buscarlo... Bautista me dijo el camino que había usted seguido. Creo que llegué a tiempo... y usted, en cambio, demasiado tarde. Pero venga, vamos...

-Aguarde... Aguarde... ¿Dónde está el muchacho?

-¿Qué muchacho?

-El que llevó la carta... ¿Dónde está?

-No sé... No he visto a nadie. Supongo que el desdichado Bertolozi vivía en la más absoluta soledad.

-El niño vivía con él... ¿Dónde está?

-Repito que no he visto a nadie, pero si usted se empeña... ¡Oh, mire....!
Fernández se ha vuelto con viveza... Muy cerca del camastro, sentado en el suelo, tras los desvencijados muebles de la casa, una mesa y un par de sillas rotas, está el muchacho que fue hasta Saint-Pierre llevando aquella carta, y arden con un extraño fuego sus ojos oscuros bajo el pelo enmarañado que le cubre la frente...

-¿Qué haces ahí escondido, muchacho? -indaga Miranda-. Levántate... Levántate, que el señor te está buscando...

Lucas se ha levantado lentamente, sin dejar de mirar a Tomas Fernández, que siente enrojecer sus mejillas bajo aquella mirada... Es una mirada que acusa, que condena... acaso que pregunta...
-¿Estabas ahí? ¿Estabas ahí desde que yo entré? -quiere saber Fernández-. ¡Responde!

-Sí, señor -contesta el muchacho-. Ahí estaba...

-¿Por qué te escondías? -pregunta Miranda.

-No estaba escondido... Estaba ahí...

-Sin decir una sola palabra... -se queja Fernández.

-¿Y qué tenía yo que decir?

El muchacho se ha puesto de pie. Es alto para su edad, delgado y redo, inquieto y ágil como un animalillo montaraz, y Fernández se vuelve a él, sujetándolo bruscamente por los brazos...
-Me has estado espiando, oyendo mis palabras... Sí, ¿verdad? ¿Conocías tú el contenido de la carta que llevaste?

-¿Cómo?

-¡Que si habías leído esa carta...! Responde! -le apremia Fernández, airado.

-¡Oh, suélteme! Yo no lo estaba espiando... ¡Suélteme! No tiene por qué sujetarme... Tampoco leí la carta... No sé leer...

-Naturalmente, amigo Fernández -interviene, conciliador, Paco Miranda- ¡qué ocurrencia! ¿Cómo va a .saber leer este pobre muchacho!

-¿Te había dicho él lo que me escribió en esta carta? ¡Responde la verdad! -Fernández se dirige al muchacho en tono amenazador.

-Ya he dicho que no -responde el muchacho.

-Por favor, amigo Fernández -aconseja Miranda-, Calma. .. Calma...,

Tomas Fernández se ha alejado unos pasos, apretados los puños y trémulos los labios, mientras el notario mira bondadosamente al muchacho inmóvil, duro y hosco, y le pregunta:
-¿A qué hora murió .el señor Bertolozi?

-No sé... Hace tiempo ya...

-¿No has avisado a nadie?

-Llegué hasta las cabañas de allá abajo... Allí me dieron esa sábana... Después me dijeron que vendrían los de la justicia... Pero yo no estaba espiando a nadie... -insiste con terquedad- Ese señor dice...

-EI señor Fernández está nervioso por todo cuanto ha pasado. Tu actitud le pareció extraña, pero nada más. Ven acá... acércate un poco... Comprendo que tú también te sientes mal. ¿Qué eras tú del señor Bertolozi? ¿Amigo? ¿Pariente? ¿Criado?

El muchacho se ha erguido. Su mirada, como una flecha, se ha clavado en Tomas Fernández, que vuelve ya sobre sus pasos, mirándolo de frente. Un instante se cruzan en el airé aquellas dos miradas extrañamente iguales... y el notario, tras contemplarles, indaga con suavidad:
-¿No sabes lo que eras del señor Bertolozi? Probablemente, vecino nada más... ¿Eres de la aldea de pescadores que está allá abajo?

-No... Yo vivo aquí... El señor Bertolozi era... Era mí padre...

-Efectivamente -suspira Fernández- Creo que este muchacho es hijo de Andrés Bertolozi y de su infortunada esposa. La enfermedad y el alcohol debieron enloquecer a Bertolozi en sus últimos tiempos... Ha debido decir tantas cosas extrañas, que el pobre muchacho está trastornado...

Su mano temblorosa ha querido posarse en la cabeza de Lucas, que con un brusco movimiento lo esquiva. Luego, con gesto de desaliento, Fernández sale lentamente de la cabaña, y Miranda va tras él. Unos pasos más adelante se detiene y el notario interroga a su amigo:
-¿Me permite preguntarle qué va usted a hacer?

-Haré que sepulten a Bertolozi con decencia. ¿Querría ocuparse de eso? -contesta Fernández con tristeza, sereno, ya dueño de sus emociones.

-Naturalmente, si usted lo dispone...

-Pienso salir para mis tierras mañana, de madrugada...

-¿Y el muchacho?

-Lo llevaré conmigo.

-¡Ah... ¡¿Pero querrá irse? No creo que ustedes hayan simpatizado.

-Confío en su buena magia para conquistarlo Miranda.

-Perdóneme una última pregunta. ¿Leyó, por fin, la famosa carta?

-La leí y la rompí en el acto. Sólo decía locuras y disparates. Por eso sé que Andrés Bertolozi estaba completamente loco. ¡Absolutamente trastornado!

Paco Miranda se ha llevado al muchacho, alejándolo un tanto de la cabaña, rumbo al camino que por otra vía comunica con la ciudad aquel paraje desolado. Han pasado las horas, y los oscuros y rutinarios trámites para dar sepultura al cuerpo de Bertolozi tocan ya a su fin. Sólo queda aquel último punto delicado que Tomas Fernández encargara a su diplomático amigo y notario.
-El señor Fernández va a llevarte con él. ¿Sabes lo que eso significa? Te llevará a su casa, donde van a tratarte bien, donde hay toda clase de comodidades. Tu vida va a cambiar...

-¡No... No quiero! -protesta el muchacho, huraño.

-¿Que no quieres? No puedo creerlo. Seguramente no he logrado que entiendas mis palabras... El señor Bertolozi ha muerto. No te queda nada qué hacer por acá.

-¡No quiero irme!

-No seas terco... Vas a una hermosa casa donde gozarás de todas las comodidades, donde vivirás como un ser humano. El señor Fernández quiere ampararte, es muy bueno...

-¡No! ¡No! ¡No es verdad! ¡No quiero ir con él!

-Pues tendrás que hacerlo, por las buenas o por las malas. No van a hacerte ningún daño... Al contrario... Pero será peor para ti que te lleven a la fuerza, metido en un saco como un mono salvaje.

-¡Si me llevan a la fuerza, me escaparé!

-Y te volverán a atrapar... -dice el notario, afectuoso- Pero, ¿por qué eres tan terco, muchacho? Mira... ¿quieres que hagamos un trato? Yo voy a ir con ustedes; pasaré dos o tres días en Campo Real, que es la hacienda del señor Fernández. Si no quieres quedarte allí, cuando yo regrese para Saint-Pierre, te traigo.

-¿Por qué no me deja con usted desde ahora? Yo sé trabajar en muchas cosas, cortar leña, cuidar caballos... Yo...

-Perfectamente. Te ocuparás de todo eso cuando volvamos a casa. Pero, por el momento, tienes que complacer al señor Fernández. Te equivocas al pensar que no es bueno; es bueno y generoso, posee una linda casa de campo, su esposa es una bella dama, distinguida y amable, y tiene un hijo que poco más o menos tendrá tus mismos años. Seguramente te querrá para que estés con él, para que le acompañes en sus juegos y seas algo así como su pequeño lacayo. Lo vas a pasar bien, Lucas.

-Yo prefiero quedarme con usted... o que me dejen solo.

-Solo no vamos a dejarte. Yo te llevo, y...

-Y me trae... Me trae después... me da su palabra... ¡Yo no quiero quedarme allá!

-Bien, hombre, bien. Te llevo y te traigo. Eres un ingrato con el señor Fernández. Al menos, tienes que tratar de de mostrarle tu gratitud por su buena voluntad. Anda, ve para el coche, que allí viene él y tengo que hablarle.

-¿Qué pasa, amigo Miranda? -pregunta Fernández.

-Se resistió bastante, pero logré amansarlo con la promesa de ir yo con ustedes y traerle de regreso si no se halla a gusto. El prefiere quedarse conmigo, y no lo tome usted a desaire. Es un muchacho raro, pero me temo que extraordinariamente inteligente a pesar de su aspecto rudo y salvaje.

-¿Temer? ¿Por qué?

-Es una manera de hablar. Al fin y al cabo, siempre es preferible tratar con inteligentes que con brutos. Este nos ha probado ser un valiente. El viaje que hizo anoche en ese bote, y con esa borrasca, precisa un temple que muchos hombres no hubieran tenido. Parece, además, altivo, reservado, con cierta dignidad natural. Nada de eso es común en quien vive como un mendigo. Se le ve cierta casta...

-¡Deje en paz su casta! Lo recojo porque supongo que era lo que quería pedirme Bertolozi, pero nada más. A mi esposa no tenemos por qué darle detalles de nada de eso. La imaginación de las mujeres todo lo enreda. Esperó que no se sorprenda usted demasiado si me oye contar alguna historia distinta referente al muchacho.

-Me temo que es usted quien va a enredarla, porque apenas se peine y se lave la cara, ese muchacho no podrá pasar por ningún mestizo. ¿Se ha fijado en que es un buen mozo? Sus grandes ojos italianos recuerdan extraordinariamente a los de la infortunada Gina Bertolozi. ¿No se ha fijado?

Miranda le ha observado, viéndole palidecer, apretar los labios. .. Luego, Tomas Fernández encoge los hombros, forzando el gesto despreocupado, al comentar:
-No he tenido tiempo de mirarle bien a la cara. De un modo o de otro, ya se arreglarán las cosas. Y en el peor de los casos, todavía soy yo el que manda en mi casa.

20 noviembre 2008

Corazon salvaje; El principio

La tormenta de octubre ruge sobre el inquieto Mar de las Antillas... Es de noche, y las ráfagas de un viento huracanado hacen estrellarse contra los acantilados de rocas las olas gigantescas, que caen luego, en hirviente manto de espuma, bajo el azote de la lluvia; Negro está el cielo, y la tierra, como sobrecogida.

Es la costa brava que se abre, primero en pequeñas ensenadas, en playones estrechos, y luego, unos pocos metros más allá, se convierte en selva espesa... Tierra antillana sobre la que ondea la bandera de Francia...
Un barco entra en el puerto de Saint-Pierre, a despecho de los elementos desencadenados... y uniéndose al concierto del viento y de las olas, la salva de honor de veintiún cañonazos le saluda desde el fuerte de San
Honorato...

AI mismo tiempo que la fragata, que ya se acoge a la rada de Saint-Pierre, un pequeño bote desvencijado ha ganado milagrosamente la arena de una diminuta playa próxima a la ciudad, y su único tripulante salta, metiéndose en el agua hasta la cintura, para arrastrar el frágil cayuco, librándolo de la furia renovada de los elementos...

La luz vivísima de un rayo ha iluminado de pies a cabeza al audaz marinero, que en noche tal arriba a la ensenada. Es fuerte y ágil; con flexible soltura de felino da unos pasos alejándose del mar, para erguirse después, como calculando el peligro del lugar en que dejó su bote. Tiene la piel tostada por la intemperie; ancho y fuerte el cuello; los hombros, cuadrados; las caderas, estrechas; las manos, callosas, y los pies descalzos, que parecen aferrarse como zarpas a la tierra que pisan... Puede tener apenas unos doce años...

El ominoso estampido de un trueno agitabas sombras nocturnas... El muchacho, dominando su primer movimiento de, temor instintivo, mira de frente al firmamento oscuro, donde marcan los rayos los latigazos de su vivida luz, y exclama:
-¡Santa Bárbara!

Por un momento parece vacilar, mas no es por temor. La horrible noche no le produce espanto... Sólo calcula, con mirada certera, qué camino debe seguir para llegar más pronto a la ciudad cercana, cuyas luces se apiñan alrededor de la bahía.

Palpa el pequeño sobre que como un tesoro lleva entre sus ropas mojadas, mira de nuevo al bote que dejara sobre la arena y echa a andar con paso silencioso y rápido...
-Si no se da usted prisa, llegaremos tarde a la fiesta del Gobernador, amigo Fernández.

-¿Prisa? Nunca me di prisa por nada ni por nadie, amigo Miranda; sin contar con que llueve a cántaros.

Pocos serán los invitados que no se retrasen esta noche, y además, el Mariscal Pont-mercy llega en esa fragata que vio usted entrar hace veinte minutos escasos. El es el invitado de honor...
-No más que usted, amigo mío. La fiesta es en honor de ambos, y el coche está aguardando desde hace mucho rato.

-Está bien, amigo Miranda... Vamos, pues... Tomas Fernández se ha puesto de pie con ademán de elegante fastidio... Ha dado unos pasos a través de la lujosa estancia, y se detiene en medio del vestíbulo, con gesto de extrañeza al oír los fuertes aldabonazos que repentinamente cubren el lugar con sus ecos...

Disgustado, interpela altanero a su criado:
-¿Quién llama de ese modo, Bautista?

-Iba a verlo en este momento, señor -responde el criado-. No sé quién pueda ser el atrevido...

-Pues ponlo en su lugar -ordena, tajante, Fernández. Una ráfaga dé viento y lluvia hace irrupción, silbando, en el elegante vestíbulo; y airado, Fernández grita- ¡Cierra esa puerta, estúpido!

Antes que el criado logre cerrarla, el inoportuno visitante ha penetrado de un salto; los revueltos cabellos mojados sobre la frente, el cuerpo semidesnudo chorreando agua sobre las alfombras... tan sorprendentemente atrevido y audaz, que Tomas Fernández y Paco Miranda retroceden al verle, apagada la indignación por la sorpresa...
-¡Caramba! -exclama Miranda.

-¿Pero qué es esto? -indaga Fernández.

-Busco al señor Tomas Fernández... -explica el muchacho con decisión.

-Debe ser un loco, señor... -interviene el criado-. ¡Voy a...!

-¡Ahora, déjalo en paz! -ataja imperativo Fernández.

-¿Es usted don Tomas Fernández? -inquiere el muchacho- ¿Es usted, señor?

-Si, soy yo... Pero tú, ¿quién eres? ¿Y qué diablos te pasa para atreverte a llegar a mi casa de esta manera?

-Mi nombre es Lucas. Vengo desde el Cabo del Diablo para traerle esta carta. El señor Bertolozi se está muriendo y dijo que tenía usted que llegar antes de que él acabara. Si es usted de veras el señor Fernández, venga conmigo... Traje mi bote para llevarlo... ¿Vamos...?

El muchacho ha dado un paso hacia la puerta, pero se detiene observando el rostro de Tomas Fernández, que le mira estupefacto, en la mano el mojado sobre de la carta que acaba de entregarle. Es un hombre alto y distinguido, que viste con extraordinaria elegancia; A su lado, Paco Miranda, su amigo y notario; rechoncho y bondadoso, mueve la cabeza como si no pudiese dar crédito a lo que está viendo y escuchando, y con sorpresa y disgusto a la vez, pregunta:
-¿Llevar al señor Fernández en tu bote?

-¡Cuando digo yo que es un loco...! Lo mejor será llamar para que vengan a llevárselo... -insiste el criado.

-¡Quieto! -ordena Fernández. Luego, como recordando, murmura- Bertolozi... Bertolozi...

-Dijo que fuera usted enseguida, que él, por desgracia, no podía esperar demasiado. Si salimos ahora mismo, al amanecer estaremos allá.

-Bertolozi se está muriendo… -susurra Fernández.

-Eso aseguró el curandero... Que no llegará a mañana…Y le dejó un remedio, pero él no se lo quiso tomar y me mandó con esta carta... Dijo que usted tenía que ir allá...

-Pues está completamente equivocado. No conozco a ningún Bertolozi... -exclama Fernández, ceñudo.

-¡No es posible, señor! Si es usted don Tomas Fernández...

-¡No conozco a ningún Bertolozi! -recalca éste. Se vuelve hacia su amigo y le invita- ¿Vamos Miranda?

-¡Pero, señor… -se lamenta el muchacho, Ha salido seguido del notario, sin volverse a mirar al muchacho, y salta el cochero del pescante para abrirle la puerta del carruaje. Por un instante contempla la mojada carta, la hunde luego en su bolsillo, y entrando al coche ordena con voz fuerte:
-Al palacio del Gobernador. ¡Pronto!

El muchacho se acerca, gritando implorante:
-¡Señor... señor... señor...!

Todo es inútil. El coche se ha alejado; el muchacho vacila un instante, y luego echa a andar bajo la lluvia que azota la calle... Paco Miranda, el notario de la familia Fernández, con las gruesas manos apoyadas sobre la
Empuñadura de plata de su bastón, mira de reojo al hombre que va a su lado. A pesar de la brusca respuesta dada al muchacho, a pesar de su gesto glacial, Tomas Fernández parece hondamente conmovido, profundamente preocupado. Tiene los labios apretados y las mejillas pálidas... Las inquietas manos cambian a cada instante de posición y con frecuencia palpan el húmedo sobre guardado en su bolsillo... Al fin, el notario, tras mirar y remirar, arriesga una palabra:
-¿No va usted a leer esa carta? Puede tratarse de algo realmente importante. Cuando se obliga a un niño a venir desde el Cabo del Diablo hasta la ciudad, para traerla en una noche como ésta... será porque ese
Bertolozi, a quien usted no conoce, tiene absoluta necesidad de decirle algo... -Baja la voz y, en tono insinuante, explica- Bertolozi… A mí ese nombre me suena...

-¿Cómo...?

-De momento no pude recordarlo, mas ahora voy haciendo memoria... Andrés Bertolozi llegó a la Martinica hará unos quince años. Pertenecía a una de las más distinguidas familias de Nápoles... Trajo dinero para comprar una hacienda, y adquirió una bien extensa al Sudeste de la isla, con grandes plantaciones de café, tabaco y cacao. Pronto se convirtió en un hombre opulento, alegre y liberal, franco y expresivo, como la mayor parte de los italianos, y trajo consigo a su esposa: una bellísima muchacha de la que estaba locamente enamorado...

-¡Basta! -le ataja, airado, Fernández.

-Perdón... No creí importunarle. Me sorprende que no recuerde a Bertolozi. Usted estaba en Saint-Pierre cuando los días de su desgracia...

-¿A qué llama usted su desgracia?

-El principio de su desgracia fue la fuga de su esposa...

-¿Qué trata de insinuar?

-No insinúo, amigo Fernández... recuerdo. Bertolozi juró públicamente matar al hombre que se la había llevado, pero el nombre de aquél quedó en el misterio. Ella desapareció para siempre y Bertolozi se dio a todos los vicios: bebía, jugaba, buscaba la compañía de las peores mujerzuelas del puerto... Al fin perdió la finca y, totalmente arruinado, desapareció él también. Pero recordando, recordando, me viene a la memoria algo que me dijo un amigo...

El coche se ha detenido frente a la puerta de la casa del Gobernador, mas Tomas Fernández no se mueve... Tenso, crispado, vuelto hacia el notario, parece esperar sus últimas palabras, que Paco Miranda pronuncia como a desgana, con una sutil insinuación resbalando de cada frase:
-Parece ser que el último pedazo de tierra que le quedaba era esa desnuda roca del Cabo del Diablo. Sobre ella, por sus propias manos, fabricó una cabaña, y allí es donde seguramente agoniza y desde donde le ha mandado llamar. ¿No le parece?

-Tiene usted la buena memoria más abominable que conocí jamás.

-¡Por Dios, amigo Fernández, es mi oficio...! Son tantas las historias que se escuchan cuando se manejan papeles de familia, que con frecuencia son el reflejo de dramas de alcoba. Por lo demás, Bertolozi fue un hombre interesante... Sus asuntos dieron mucho que hablar, y su desgracia...

-No me interesa su desgracia. ¡Nunca fui su amigo!

-A veces, con ser enemigo basta para interesarse.

-¿Qué quiere decirme. Miranda?

-¿Me autoriza para que hable francamente?

-¿Acaso no estoy pidiéndole que lo haga?

-Pues bien... creo que debería usted leer esa carta, e ir a ver a su enemigo Bertolozi, al Cabo del Diablo... -Tomas Fernández, nervioso, ha oído las palabras del notario, y con gesto de rabia estruja en su bolsillo aquella carta que el muchacho le entregara momentos antes. Luego sonríe, tratando de vestir de ironía la inquietud que apenas puede ya disimular:
-¿No tenía tanto empeño en que llegásemos temprano a la fiesta del Gobernador?

-Hasta hace media hora era lo más importante que tenía usted que hacer.

-Y ahora, ¿qué? ¿Le parece más importante que el Gobernador y su fiesta, recoger el último aliento de ese vicioso, de ese borracho, de ese desdichado caído en todos los vicios, sólo porque una mujer le ha engañado?

-Era su esposa y él la amaba -responde Miranda con suavidad- Lo cubrió de vergüenza y él no logró jamás encontrarse con el agresor.

-¡No lo encontró porque no quiso buscarlo! -salta Fernández, con ira concentrada.

-Tal vez el otro supo ocultarse bien...

-¿Piensa usted que era un cobarde?

-No, claro que no puedo pensarlo. Sin duda, era capaz de afrontarlo todo. Todo, menos el escándalo. Por lo demás, tenía obligaciones graves, y Gina Bertolozi no lo ignoraba. Era casado... su esposa estaba a punto de darle un hijo... Yo no culpo a ese hombre, amigo Fernández... Son pecados de hombre... Más grave me parece no acudir a la llamada de un moribundo...

-¡Basta, Miranda! Iré allá.

-¡Por fin Perdóneme por haber insistido tanto. Le conozco un poco, amigo Fernández, y sé que hay cosas que no se las perdonaría usted jamás.

-Entonces, ¿quiere usted presentar mis excusas al Gobernador?

-Con verdadero gusto, amigo mío.

-Pues vaya. -De pronto Fernández exclama- ¡Un momento...!

-No es preciso que me recomiende la discreción más absoluta -aclara Miranda, comprensivo-. Es... mi oficio, amigo Fernández.

*Bueno, bueno, bueno.... que os parece? quizás alguna haya oído hablar o haya visto esta magnifica telenovela protagonizada por el malogrado Eduardo Palomo y Edith Gonzales (si yo antes veia telenovelas, que pasa?)a mi personalmente me maravillo esa historia, tanto que me lei los libros, y por eso os la traigo aqui... os imaginais a Lucas del Diablo? Yo si, jejeje.... decidme si continuo, ok?